Tupac Amaru y Tiradentes

                                       Por Washington Bado

    

 

 

Arriba: El descuartizamiento de Tupac Amaru según una lámina de época.

Abajo: La ejecución de Tiradentes según un mural de Cándido Portinari.

Los precursores de la independencia americana desafiaron la seguridad del Estado colonial. Uno se inspiraba en el mensaje profundo del Incario extinguido.El otro en el ideal de una futura república.

 

 

 

 

 

 

Los juicios por la independencia americana.

 

      Uno de los enigmas que la historia de América no ha podido descifrar, es cómo unos pocos de españoles, encabezados por Francisco de Pizarro, pudieron someter a un imperio organizado como el de los Incas, que se extendía desde Tucumán hasta Quito y contaba con millones de súbditos. En sus “Comentarios Reales”, Garcilaso, hijo de español y de india y que - como él decía- había “mamado en la leche” la historia de sus antepasados, recuerda que se lo preguntó a uno de ellos:

      “Inca: ¿Cómo siendo esta tierra de suyo tan áspera y fragosa y siendo nosotros tantos y tan belicosos y poderosos para ganar y conquistar tantas provincias y reinos ajenos, dejásteis perder tan pronto nuestro Imperio y os rendisteis a tan pocos españoles?”

       Menciona entonces que el emperador Huayna Capac, enterado de la presencia de los europeos y ya en trance de morir, le pidió a su hijo Huáscar que debía sucederlo, que “fuese amigo de las gentes blancas y barbudas que viniesen porque habrían de ser señores de la tierra”. Relata luego Garcilaso que el anciano interrogado le respondió a su pregunta:

       “Estas palabras que el Inca nos dijo fueron las últimas que nos habló, fueron más poderosas para nos sujetar y quitar nuestro Imperio que no las armas que tu padre y sus compañeros trujeron a esta tierra .” (Ed. Oficial –“Clásicos”-  M.de I.P. y P.S. –Montevideo-1963 p. 418)     

      Según la leyenda, desde Manco Capac y su esposa Mama Ocllo,  sus fundadores, doce Incas, hijos del sol, habían reinado en el Tahuantinsuyu y más allá de la premonición atribuida a Huayna Capac, también es cierto que a su muerte, el Imperio quedó fracturado y debilitado por el enfrentamiento entre sus hijos, Huáscar y Atahualpa. Una hermosa historia de amor se suele contar a propósito de esa lucha. Huáscar era el heredero legítimo del Imperio por ser el hijo del Inca y de la Ñusta cuzqueña, señora del Trono, pero una princesa quiteña que había ganado el corazón del emperador en sus andanzas, le había dado otro hijo, Atahualpa, que era su preferido. Cuenta Gracilaso que antes de morir, Huayna Capac dictó su testamento: “Yo me voy a descansar con nuestro padre el Sol. Muerto yo abriréis mi cuerpo como se acostumbra hacer con los cuerpos reales. Mi corazón y entrañas con todo lo interior mando se entierren en Quito y el cuerpo llevaréis al Cozco para ponerlo con mis padres y abuelos.”  (ib. P. 417) Junto con su corazón y su cuerpo, también se dividió el Imperio. Atahualpa derrotó a Huáscar y ante el temor de la llegada de los conquistadores, ordenó que lo mataran.

      En 1532, Pizarro se encontró con Atahualpa en Cajamarca. Según el testimonio del cronista Agustín de Zárate, por cada español había más de cien indios. Pero después que el Inca, indignado, arrojara al suelo el crucifijo y la Biblia que el padre Valverde le extendiera para explicar la llegada del conquistador -al grito de ¡Santiago!-  los españoles, que habían estado agazapados, se arrojaron sobre la litera del Inca, lo derribaron y apresaron. Al ver que su soberano  -a quien no se atrevían a mirar a los ojos-  caía de esta manera, sus soldados huyeron  despavoridos.

       La historia del martirio de Atahualpa, que pagó su rescate en oro y fue igualmente ejecutado, es una de las más grandes canalladas de la conquista y por bien conocida, no será necesario recordarla en sus detalles. Pizarro había conseguido que se le allanara el camino del Cuzco, corazón del imperio caído

      Manco Inca, un nieto de Huayna Capac, fue designado por el conquistador para ocupar el trono acéfalo -aunque más no fuera nominalmente-  por considerarlo manejable y a fin de evitarse posibles insubordinaciones. Pero el español se equivocó y al mismo tiempo que los invasores se enfrentaban entre ellos movidos por sus ambiciones personales –los Pizarro contra Almagro y sus respectivos secuaces- se crearon las condiciones necesarias para que  la revuelta del Incario se hiciera realidad.

      Manco Inca y sus tres hijos, Sayri Túpac, Titu Cusi y Túpac Amaru, que lo sucedieron por su orden, llamados los “incas coloniales”, fueron los  encargados de poner en aprietos a los españoles, por casi cuarenta años, hasta que en 1572, pereció el último de ellos. El escenario de sus operaciones -una verdadera guerra de guerrillas- fue el valle del Río Urubamba, considerado como sagrado y su fortaleza escondida una ignota ciudadela colgada en el corazón de los Andes, en el monte Machu Picchu, llamada Vilcabamba, que permanecería olvidada por mucho tiempo.

      Casi doscientos años después de la muerte del último Inca, un indio rebelde llamado José Gabriel Condorcanqui, reconocido como descendiente de Huayna Capac, pretendió reconstituir su Imperio bajo el nombre de Túpac Amaru II.

    

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      El 24 de julio de 1911, Hiram Bingham, acompañado de un indiecito que le sirvió de guía, descubrió en un escarpado pico de los Andes, escondidas entre la frondosa vegetación de la selva, las ruinas de Machu Picchu. Allí estaba la intacta Vilcabamba. En su libro “ La Ciudad Perdida de los Incas”, recordaba el hallazgo de la siguiente manera: “De pronto nos encontramos frente a las ruinas de dos de las más hermosas e interesantes estructuras de la Antigua América. Hechas de granito blanco, las paredes presentaban bloques de tamaño ciclópeo, más altos que un hombre. La vista de aquello me dejó hechizado.” (Ed. Río Verde – Lima- 1997- p. 159)

      La expedición, patrocinada por la Universidad de Yale, encontró en Bingham, que no era más que un aficionado, al hombre apropiado para el gran descubrimiento, que había estado persiguiendo infructuosamente. Su tozudez lo llevó a soportar  grandes dificultades y fracasos, mientras seguía el curso del valle sagrado del río Urubamba, en el corazón del Perú incaico. Cuando ya sus compañeros se daban por vencidos, una corazonada lo llevó a descubrir a la apetecida Vilcabamba, la última fortaleza y a la vez santuario de los incas, que permaneció oculta durante cuatrocientos años, sin haber sido hollada por el conquistador español.

     Bingham se guiaba para su búsqueda por una antigua crónica del padre Calancha, titulada “Crónica moralizadora de las actividades de la Orden en el Perú” que narraba las desventuras de dos frailes agustinos, Marcos y Diego, que fueron los únicos en trasponer los muros de la ciudad sagrada, a la que llamaban “la universidad de la idolatría” donde, según ellos, enseñaban “profesores de hechicerías, maestros de abominaciones.” Los sacerdotes que intentaban evangelizar a los indios,  llegaron allí invitados por el Inca Titu Cusi, quien se había bautizado y decía reconocer la soberanía del rey de España, Felipe II, aunque secretamente alentaba como su padre, Manco Inca  -que llegó a sitiar el Cuzco- la esperanza de recuperar su antiguo poder imperial. Titu Cusi murió repentinamente y sus familiares responsabilizaron de su deceso al pobre Fray Diego que quiso asistirlo, ultimándolo de manera cruel. Fray Marcos murió poco después, ahogado, al intentar cruzar el río para ayudarlo. Así desapareció para los cristianos la memoria de Vilcabamba. 

      En una tesis que los modernos arqueólogos no han acompañado (como le pasara a Schlieman con Troya, no todos han aceptado que aquellas ruinas fueran las de Vilcabamba) Bingham creyó ver en aquel edificio semicircular, con tres ventanas, que guardaba gran similitud con el  Coricancha  -el Templo del Sol de Cuzco- la huella original del llamado Tampu Tocco, donde la leyenda ubicaba el lugar de salida del primer Inca para conquistar su tierra. (Ob. cit. p. 187) Esto le agregaba a su descubrimiento el mérito de que aquel lugar fuera el del comienzo y el  fin de la epopeya incaica. Una especie de Alfa y Omega del último imperio ancestral. Que fue el del fin no caben dudas. Allí las excavaciones posteriores solo permitieron hallar los restos de mujeres, las últimas sacerdotisas, vírgenes del sol, que se fueron extinguiendo en la soledad de aquel nido de cóndores. Los hombres habían muerto en la guerra contra el poder colonialista.

      El triunfo del Virrey Francisco de Toledo sobre los últimos resistentes marcó el fin del Imperio Incaico y junto con él un cambio radical en la vida de los nativos, por la introducción forzada de la nueva religión, el nuevo poder civil y militar y la desaparición de su sistema económico y social. Hasta la llegada de los conquistadores el pueblo había llevado una existencia simple pero feliz bajo un sistema que podía asimilarse a un primitivo socialismo de Estado, donde los provechos de la tierra se repartían entre el Inca, la nobleza y el clero y el pueblo común de los llamados “ayllus”. La nueva organización político-administrativa de virreinato del Perú se basó en el establecimiento de las audiencias, gobernaciones y corregimientos de cuño medieval, con su sistema tributario más cercano a la exacción que a la justicia, cimiento de una burocracia vernácula.

      Cuando ya Europa había comenzado a salir de la esclavitud y la servidumbre de la gleba del sistema feudal, América conoció la encomienda y el repartimiento de indios que de hecho eran su reproducción. El indio era el vasallo de un inesperado y siempre insatisfecho nuevo señor, que le exigía hasta agotarlo su fuerza de trabajo, en la mina, la plantación, los obrajes o el ingenio. Aunque se dictó una legislación tendiente a impedir esos excesos –siguiendo a quienes como el padre Las Casas los habían condenado- las enormes distancias, el poder localizado, la falta de comunicaciones y la voracidad de los poderosos que consideraban a los indígenas como “rústicos y miserables”, no pudieron impedirlos. Ello pese a las preocupaciones del “protector de indios”,  instituido como una especie de lo que hoy llamaríamos un “ombudsman”. Todo terminó con un terrible despojo, fomentado por una corrupción generalizada, que tenía su principal asiento en los insaciables corregidores y la institución de la “mita”, trabajo forzado como el que se utilizó en el cerro Potosí hasta su vaciamiento.

      Fue en ese escenario que, después de decenas de años de explotación, a fines del siglo XVIII, apareció la figura de José Gabriel Condorcanqui, proclamado Túpac Amaru II, vocero de quienes decidieron alzarse contra aquella injusticia.

 

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      José Gabriel fue hijo de Miguel Condorcanqui  -cacique y arriero de la provincia de Tinta-  y de Rosa Noguera, descendiente del último Inca, Túpac Amaru I, linaje que después de un largo pleito colonial se trasmitió a su hijo. Nació en Surinama, a 4.000 metros sobre el nivel del mar,  entre los años 1738 y 1742. Quedó huérfano a temprana edad y con el apoyo de sus tíos recibió educación en el colegio de San Francisco de  Borja de Cuzco y el Colegio del Príncipe, dedicado a la educación de caciques e indios nobles. (Cfr. Alfredo Moreno Cebrian :“Túpac Amaru” Ed. Anaya-Madrid- 1988- p.60-62) Llegado a la mayoría de edad recogió el cacicazgo y el negocio de su padre –traslado de animales y cargas- próspero en la época, que le permitía recorrer toda la región, establecer contactos y conocer las injusticias que soportaba su gente. Casó en 1760 con Micaela Bastidas, una mujer de temple que habría de ser uno de sus principales apoyos morales en la rebelión, que comenzaría veinte años después.

      José Gabriel llegó a decir: “soy indio por todas partes pero descendiente del último Inca” y al socaire de su linaje consiguió que los indios se identificaran con él. Uno de los autores que más ha estudiado su personalidad,  Boleslao Lewin, recuerda que ya el 4 de octubre de 1776, José Gabriel Túpac Amaru, se había presentado con un poder de los caciques de su provincia para seguir infructuosamente: “la causa que tienen pendiente en el Real y Superior Gobierno, sobre que se liberten los naturales de sus “ayllus” de la pensión de la mita.” (“Vida de Túpac Amaru” (Ed. Instituto Cubano del Libro -1973 p.26) Más tarde, también sin éxito, reclamó contra los padecimientos de los trabajos en la mina de Potosí. Los corregidores eran las figuras odiadas y sus “repartimientos” de bienes, el instrumento ilegal pero efectivo que la corrupción y el autoritarismo permitían para el saqueo de la población autóctona.

       Ya se habían producido algunas intentonas de rebeldía, sofocadas violentamente, cuando en 1780 tomó cuerpo la rebelión encabezada por aquel cacique de Tinta, que tenía su centro en Tungasuca y que pronto fue reconocido como Túpac Amaru II. La rebelión comenzó con un acto que hoy se podría llamar como terrorista. El 4 de noviembre de ese año, festividad de San Carlos, en la casa del cura  Carlos Rodríguez, José Gabriel consiguió reunirse con el corregidor Antonio Arriaga, para festejar el día del soberano (Carlos III). Valiéndose de un ardid, cuando el corregidor se retiraba, fue hecho prisionero junto con su escolta, por Túpac Amaru y un grupo de sus partidarios. Trasladado a Tungasuca, ubicada en una zona cordillerana de difícil acceso, Arriaga fue obligado a dirigir a su cajero una carta firmada por él, en la que le ordenaba urgentemente remitirle todas las armas y fondos disponibles, pues existía una amenaza de corsarios en el puerto de Aranta. La carta fraguada produjo su efecto y recuerda Lewin que “gracias a su ardid obtuvo 22.000 pesos, algunas barras de oro, 75 mosquetes, bestias de carga y mulas”. Además se le obligó a firmar una orden dirigida a todos los pueblos de la provincia, para que sus habitantes en el término de veinticuatro horas se presentasen en Tungasuca. Miles de indios y mestizos  lo hicieron y “fueron puestos en pie de guerra por Túpac Amaru, quien montado en un caballo blanco y vestido de terciopelo negro, dirigía los ejercicios militares en la pampa vecina a Tungasuca”. (Ob. cit. p. 88)

      Conseguido el objetivo propuesto, se ordenó la ejecución del corregidor en la plaza del pueblo. Luego de darse lectura a una fingida cédula real en la que se anunciaba la supresión de las alcabalas, aduanas y mitas, el pregonero anunció en castellano y quechua: “Manda el Rey, Nuestro Señor quitar la vida a este hombre por revoltoso.” Y el corregidor fue ahorcado.

      La supuesta orden no pasaba de ser una mentira, pero fue aceptada por la multitud y le valió a Túpac Amaru que pudiera arengarla, anunciando que todos los corregidores correrían igual suerte. Cuesta creer hoy que este engaño surtiera efectos, pero hay que ubicarse en el lugar y la época para comprender que el insurrecto llegara a ser recibido en pueblos y aldeas, por los propios sacerdotes,  como ocurriera en Andaguahillas, bajo palio “haciéndole besar la cruz y dándole el agua bendita…” (Lewin: ob. cit. p.92) Otros, en cambio, advertidos a tiempo, como el corregidor de Quiquijana, Fernando Cabrera, lograron huir y comenzaron la contraofensiva.

     Mientras las huestes del sublevado recorrían el valle, entonando una tonada que se ha conservado y logrando la adhesión de los pueblos, el corregidor del Cuzco, Fernando Inclán Valdés, en vista de la gravedad de los hechos formó una Junta de Guerra, confió el mando de sus tropas a Joaquín de Valcárcel y mandó aviso al Virrey en Lima. Cuzco también se puso en pie de guerra, reuniéndose fondos y apoyos entre españoles y criollos, e incluso caciques que les respondían. En Sangarará, el 18 de noviembre se produjo el choque de ambas fuerzas y después de un confuso incidente en la iglesia del pueblo, los realistas se rindieron. La lucha dejó muchas víctimas y aunque Túpac Amaru tomó a su cargo la reconstrucción de la iglesia, el Obispo Moscoso de Cuzco –que después fue igualmente sospechado de colaboracionista- lo anatemizó.

      La adhesión del sublevado al Rey y a la Iglesia , no pocas discusiones ha provocado entre los autores, respecto de sus verdaderos alcances, pero –como bien los expresa Boleslao Lewin “lo que cabe destacar de manera especial, es que la conciencia de ser inca, o sea, cabeza, representante, dueño y defensor de “sus” tierras daba a Túpac Amaru la fuerza interior necesaria para proseguir sin desmayo en el duro batallar y le inspiraba fe en su destino.”  (Ob. cit.p. 39) El fraude inicial había conseguido que se ganara tiempo y vencieran temores, pero asumiendo el rol de un nuevo soberano y consolidado su dominio sobre las provincias de Paucartambo, Urubamba y las ocho parroquias de Cuzco, no dudó en anunciar al pueblo de Arequipa que “en breve se verían libres del todo”, exigiendo que se exclamara: “¡Viva el dueño principal, muera el usurpador del mal gobierno!”

       Era ya el nuevo Inca que proclamaba la restauración del viejo Imperio. La rebelión se había extendido hasta Puno y el Alto Perú, comandada por Tomás Catari y amenazaba los confines del Virreinato de Nueva Granada, en Silos, donde circuló una proclama revolucionaria del rey Inca.

      Es probable que sus éxitos le hayan quitado a Túpac Amaru el sentido de la realidad, pero lo cierto es que teniendo en sus manos, luego de la victoria de Sangarará, la posibilidad de conquistar Cuzco -la capital del imperio ancestral- se replegó y dio de este modo tiempo a sus adversarios para recuperarse y -con el apoyo que no tardó en llegar de Lima- organizar  un fuerte ejército.

      Sin esperar las órdenes de Carlos III y para obtener el apoyo de muchos caciques indios,  el virrey Jáuregui declaró abolido el reparto de los corregidores -dando razón al sublevado que proclamaba sus excesos-  y encargó al Visitador General José Antonio de Areche dirigir la contraofensiva, que militarmente quedaba confiada al mariscal José del Valle. El 8 de enero de 1781 comenzó la batalla del Cuzco y la acción bélica de los realistas, en gran escala, se afirmó el 23 de febrero cuando llegaron Areche y Del Valle, al mando de 17.116 hombres bien pertrechados, que se enfrentaron a los sublevados.

      Viéndose superado, Túpac Amaru tentó inútilmente un armisticio, dirigiendo una carta a Areche en la que se justificaba, considerando a los corregidores “apóstatas de la fe, traidores al rey” y proclamando nuevamente su sumisión al monarca. Aceptaba su responsabilidad, afirmando con hidalguía: “castígueseme a mí solo como culpado y no  paguen tantos inocentes por mi causa…” Pero Areche rechazó su ofrecimiento, contestándole con dureza: “ Usted ha fingido, según sus edictos y seducciones convocatorias, que tiene auténticas órdenes para matar corregidores, sin oírlos ni hacerles causa, para quitar a los indios toda pensión, aún las justas… y con todo no quiere que se le tenga por sacrílego, por apóstata y por rebelde”.(ob. cit. p.124)

      El 6 de abril el ejército indígena cayó completamente derrotado. Túpac Amaru trató de huir atravesando a nado el río, pero, traicionado por uno de sus hombres de confianza que lo entregó, fue emboscado y hecho prisionero. Los pocos jefes que se salvaron fueron detenidos poco después junto con su esposa, Micaela Bastidas -que había actuado como lugarteniente-  y sus dos hijos. Todos fueron conducidos el 14 de abril a la cárcel de Cuzco, a la espera del juicio que comenzaría cinco días después.     

      El magistrado instructor llamado a intervenir sería el Oidor de la Audiencia de Lima, doctor Benito de la Mata Linares , actuando como Fiscal Acusador el Dr. José Saldívar y Saavedra, abogado de la Real Audiencia y como abogado defensor de oficio, el Dr. Miguel Iturrizarra.

      La sentencia sería dictada por José Antonio Areche, a quien se reconocería como Caballero de la real y distinguida orden española de Carlos III, del Consejo de S.M. en el Real y Supremo de Indias, Visitador General de los tribunales de justicia.

 

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      La justicia colonial era sumamente lenta. Los españoles trasladaron a América su burocracia prensil y su afición a la dialéctica. Pero cuando estaban en juego los intereses vitales de la Corona, las cosas eran diferentes. No en vano el Ministro Godoy escribiría después en sus Memorias: “Nadie ignora cuánto se halló cerca de ser perdido, por los años 1781 a 1782, todo el Virreinato del Perú y una parte del de la Plata , cuando alzó el estandarte de la insurrección el famoso Condorcanqui…” (Ib. P. 72) Por eso aquel juicio fue totalmente expeditivo. Aunque la rebelión había conseguido que por un bando se suprimiera el reparto de los corregidores y de los diezmos y se publicara un perdón general para todos los comprometidos, menos los cabecillas, se consideraba indispensable infligir a éstos un castigo ejemplarizante.

      El 19 de abril comenzó el primer interrogatorio de Túpac Amaru. Las preguntas que más preocupaban eran, según Lewin, las siguientes: “¿Tuvo cómplices entre los criollos prominentes? ¿Contó con la ayuda británica? ¿Quién continuaba la rebelión por él iniciada? ¿De qué manera la organizó y en cuánto tiempo?” (ib. P. 129)

      No debemos olvidar que España estaba en guerra con Inglaterra, que los criollos más ilustrados ya se habían inquietado con las noticias de la revolución norteamericana y sus postulados de independencia y libertad y que todo parecía anunciar futuros alzamientos. La Corona temía a los jesuitas a quienes había expulsado poco antes y sospechaba de muchos curas; temía a los criollos que –jóvenes y audaces- se sentían inclinados a rebelarse contra la hegemonía de una metrópoli que ya no reconocían como su patria y, por último, los mismos españoles - como el propio Areche lo reconocía-  eran concientes de las injusticias que se cometían contra los indios y habían empezado a temerlos.

      Túpac Amaru intentó inútilmente escapar, entregándole a uno de sus carceleros una nota –un tafetán con algunas palabras escritas con su propia sangre- que solo llegó a sus captores, para comprometer aún más su situación. Fue horriblemente torturado, colgado de una soga en una polea de manos y pies, con los métodos de la Inquisición , pero todo lo soportó y nada salió de su boca, salvo sus interjecciones de dolor. Interrogado nuevamente por Areche sobre los culpables de la rebelión, respondió Túpac Amaru : “Nosotros somos los únicos conspiradores; Vuestra Merced por haber agotado al país con exacciones insoportables, y yo, por haber querido libertar al pueblo de semejante tiranía.” (V.:Alfredo Moreno Cebrián ob. cit. p. 101) Los españoles dijeron haber encontrado en uno de sus bolsillos un documento que fue incorporado al proceso, donde denunciaba la usurpación de su corona por tres siglos y que comenzaba así: “Don José I por la gracia de Dios, Inca, Rey del Perú, Santa Fe, Quito, Chile, Buenos Aires y continentes de los mares del Sud, duque de la Superlativa , Señor de los Césares y Amazonas, con dominio en el gran Paitití…” (Lewin ob. cit. p. 138) A los dominios conocidos se sumaban los últimos, imaginarios -¿por qué no?- que desde siempre se han buscado en esta América todavía inexplorada y que aún hoy puede deparar sorpresas.

        Hay historiadores que han dicho que este documento era falso y que fue fraguado para justificar la terrible sentencia que se dictó. Lewin no lo considera así y señala su coincidencia con el documento que fue leído en Silos poco después, lo que demostraría su autenticidad. También es cierto que Túpac Amaru se hizo retratar con el símbolo real del Incario, la “mascapaicha”, especie de corona con una borla de alpaca colorada. (ob. cit. p.80)

      En el Cuzco, el 15 de mayo de 1781,  José Antonio de Areche dictó la sentencia de condena. Se declaró al reo culpable de rebelión, atribuyéndose el título de Inca, contra su legítimo soberano “el más augusto, más benigno, más recto, más venerable y amable de cuantos monarcas han ocupado hasta ahora el trono de España y de las Américas…” Se le declaraba culpable además de “innumerables estragos, insultos, horrores, robos, muertes, estupros, violencias inauditas, profanación de iglesias, vilipendio a sus ministros…”. Se le condenaba también por haber quemado obrajes y abolido “las gracias de  mitas”, embargando bienes de particulares y caudales de las arcas reales, imponiendo pena de vida a quienes no obedecían, mandando fundir cañones con campanas de iglesias y hasta prometiendo la resurrección de quienes lo siguieran y murieran en combate e incluso la libertad de los esclavos.

      Más allá del estilo hiperbólico, propio de la época,  muchos de los cargos eran ciertos por haberse violado el orden establecido por la administración colonial, pero lo que vuelve a esta sentencia uno de los más terribles ejemplos de la infamia judicial universal, es el contenido del fallo que se transcribe a continuación:

      “ …debo condenar y condeno a José G. Túpac Amaru, a que sea sacado a la plaza principal y pública de esta ciudad, arrastrado hasta el lugar del suplicio, donde presencie la ejecución de las sentencias que se diesen  a su  mujer, Micaela Bastidas, a sus dos hijos, Hipólito y Fernando Túpac Amaru, a su tío Francisco Túpac Amaru, y a su cuñado Antonio Bastidas y algunos de sus principales capitanes y auxiliadores su inícua y perbersa intención, los cuales han de morir en el propio día; y concluidas estas sentencias, se le cortará por el verdugo la lengua, y después amarrado o atado por cada uno de los brazos o pies, con cuerdas fuertes y de modo que cada una de estas se pueda atar, o prender con facilidad a otras que prendan de las cinchas de cuatro caballos; para que, puesto de este modo, o de suerte que cada uno de estos tire de su lado, mirando a otras cuatro esquinas, opuestas de la plaza,  marchen, partan o arranquen a una voz los caballos, de forma que quede dividido su cuerpo en otras tantas partes, llebándose este luego que sea hora, al cerro o altura llamado Picchu, adonde tuvo el atrevimiento de venir a intimidar, citiar y pedir que se le rindiese esta ciudad, para que allí se queme una hoguera, que estará preparada, echando sus cenizas al aire y en cuyo lugar se pondrá una lápida de piedra que exprese sus principales delitos y muerte para solo memoria y escarmiento de su execrable acción”

    Se ordenaba también que su cabeza se remitiera  al pueblo de Tinta para que, luego de colgada en la horca, fuera exhibida en un palo; uno de los brazos a Tungusuca y el otro a la capital de la provincia de Carabaya; una pierna al pueblo de Libitaca y la otra al de Santa Rosa de Lampa. Por último se confiscaban sus bienes y se declaraba a los miembros de su familia “infames e inhábiles para adquirir, poseer u obtener de cualquier modo herencia alguna…” La sentencia se extendía además en prohibiciones para “la ilusa nación de los indios”, respecto de sus autoridades, símbolos y hasta en el vestir de ellas “fuera de ser su aspecto ridículo y poco conforme a la pureza de nuestras reliquias, pues colocan  varias partes el sol, que fue su primera deidad…” (Lewin ob. cit. p. 143 y ss.)

    El viernes 18 de mayo la sentencia fue ejecutada. Según el relato de un testigo, tanto “porque los caballos no fuesen muy fuertes o el indio en realidad fuese de fierro, no pudieron dividirlo, después de un largo rato que lo tuvieron tironeando…” Entonces le cortaron la cabeza y lo trozaron. Siguió relatando el testigo: “…y a hora de las doce, en que estaban los caballos estirando al indio, se levantó un fuerte refregón de viento y tras este un aguacero, que hizo que toda la gente y aún los guardias se retirasen a toda prisa. Esto ha sido causa de que los indios se hayan puesto a decir que los cielos y los elementos sintieron la muerte del inca, que los españoles inhumanos e impíos estaban matando con tanta crueldad.” (ob. cit. p.135)

 

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      Diez años después de los hechos que se acaban de narrar, en el otro costado de América, cerca del Océano Atlántico y a más de cinco mil quilómetros de Cuzco, sucesos muy parecidos tuvieron lugar en un pueblo del Brasil colonial, conocido entonces con el simpático nombre de “Villa Rica de Nossa  Senhora do Pilar do Ouro Preto.” Había nacido bajo el impulso de los “bandeirantes”, en una de las incursiones de aquellos intrépidos paulistas que eran, al decir de Stefan Zweig, “portugueses o hijos de tales, que llevan en su sangre, por una parte, el gusto nómada de los viejos indios y, por otra parte, el placer de la aventura de sus antepasados europeos…con una bandera al frente, a caballo y seguidos por una tropa de siervos y esclavos, como otrora los salteadores, pero no sin antes hacer bendecir su bandera en la iglesia…Ellos mismos no sabrían decir qué les impele: en parte es la aventura misma, en parte, la esperanza de un hallazgo…” (“Brasil, país del futuro” Espasa- Calpe –Bs. Aires. -1946- p. 63)

       En este caso el hallazgo fue el oro paladiado, de color negro y más tarde los diamantes, cuya explotación atrajo a miles de aventureros que hicieron de un incipiente caserío, una pujante urbe, donde lució el barroco en casas e iglesias, con costosos mobiliarios y ajuares importados de Europa y Oriente, a lo que se sumaría el aporte de un gran artista, creador de altares magníficos y escultor de santos conmovedores: el lisiado y fascinante “Aleijadinho”. 

      Más tarde, agotada su riqueza, la Villa Rica declinó, pero su antiguo esplendor sirvió para que se transformara en el escenario de un fuerte desarrollo intelectual. Como bien lo expresa Stefan Zweig, “desde la hora del descubrimiento del oro, el Brasil ya no se considera deudor y comprometido a la gratitud para su país de origen, sino como sujeto libre que devolvió centuplicado a la metrópoli lo que otrora le debía.”(ob. cit, p. 67). Algo parecido fue lo que sintieron los criollos hijos de España. Pero, a diferencia de estos, los jóvenes brasileños también tomaron conciencia de la unidad y grandeza física de su país, luego de que con el tratado de Madrid, en 1750 y más tarde con el de San Ildefonso, en 1777, sus fronteras se extendieran hasta los límites del antiguo imperio incaico. Dos cosas pusieron fin a su expansión: el imperio jesuítico que preservaría al Paraguay y la rebeldía de Artigas en el Uruguay. Allí se frustraron sus esperanzas de llegar al Río de la Plata , lo que más tarde se consolidaría por el nacimiento del Uruguay independiente.

      La estulticia de la corona portuguesa, que prohibía al país del algodón y la caña de azúcar fabricar sus propios tejidos y sus bebidas alcohólicas, para obligar a su importación desde Lisboa; que le prohibía la impresión de periódicos y libros para asegurar la ignorancia y el aislamiento, llevaron a los jóvenes  brasileños, a mediados del siglo XVIII a alentar ideas independentistas.

      La llamada “inconfidencia mineira”, fue una manifestación de esa gente joven, romántica, que empezó por manifestarse literariamente y terminó por tomar las armas. El ejemplo de los Estados Unidos estaba muy presente en ellos y luego de que en la Universidad de Montpellier discutieran seguir sus pasos, poniéndose en contacto con Jerfferson, jóvenes emigrados como José Joaquim da Maia trasmitieron sus inquietudes a los residentes de Ouro Preto, como el sacerdote jesuita Antonio Vieira, poetas como Claudio Manuel Da Costa, Tomás Gonzaga e Ignacio Alvarenga Peixoto y con el aliento de aquellos doctorados que habían regresado de Europa,  como Domingos Vidal Barbosa y José Alvares Maciel, pudieron por fin interesar a los militares, para transformar su causa en un movimiento revolucionario.

       El enlace con los militares fue un humilde oficial, que no pasó de alférez porque sus superiores no quisieron nunca que ascendiera y que se había hecho conocer por sus compatriotas, más que por sus méritos castrenses por el oficio secundario que ejercía para mejorar sus magros ingresos y le había dado su apodo: “Tiradentes”, lo que podría traducirse por “sacamuelas” o sea un dentista de práctica. Su verdadero nombre era Joaquim José Da Silva Xavier.

      Joaquim José nació en 1746, en un lugar cercano al Río das Mortes, en Minas Geraes, hijo de Domingos y Encarnación, un matrimonio de gente laboriosa con pocos medios de fortuna. Su madre le brindó la escasa educación que recibió, pero falleció cuando el niño contaba apenas nueve años. Ya adolescente se hizo viajero y aprendió el oficio del orfebre y platero, que le serviría para su futuro desempeño como dentista. (V. León Tenembaum “Tiradentes” –Eudeba- 1965 ps. 26 yss.) Está probado que mantuvo contacto con miembros de la Masonería – nacida en Inglaterra y divulgada ya en el Brasil- que le trasmitieron sus ideas liberales, que  habían influido en la revolución norteamericana y pronto lo harían en la francesa, sintetizándose en la célebre divisa: “libertad, igualdad, fraternidad”. A ello se sumaría un fuerte convencimiento republicano.

      Sobre el filo de sus cuarenta años y viendo que su carrera militar no lo llevaba a ninguna parte, Joaquim José tentó -sin éxito pero endeudándose- una explotación agraria en Río de Janeiro. Pensó entonces realizar allí algunos proyectos de canalización de ríos y construcción de muelles en la bahía de Guanabara, que tampoco tuvieron éxito por la indiferencia de sus superiores. Fue en Río de Janeiro donde conoció al joven Alvares Maciel que volvía de Inglaterra -deslumbrado por el progreso que había conocido allí que contrastaba con el atraso del Brasil-  y, sobre todo, alentando ideales democráticos, que los ingleses, según él,  estarían dispuestos apoyar. Alvares era experto en mineralogía y química y hablaba también de las ingentes riquezas de la colonia, que le permitirían desenvolverse rápidamente en forma independiente. Tiradentes escuchaba todo atentamente y encontró un motivo para superar sus frustraciones. Quedó finalmente sellado  un acuerdo entre ambos que habría de ser el comienzo del movimiento revolucionario.

       La oportunidad inmejorable para el alzamiento, la marcaba la amenaza del gobernador de Minas Geraes -el Vizconde de Barbacena- de lanzar una “derrama”, anuncio de la ejecución forzada de los deudores del erario real, lo que provocó la alarma de los habitantes de aquella Capitanía que después del florecimiento, había conocido la decadencia y el endeudamiento masivo de sus moradores.

        Con el apoyo de otras figuras como los sacerdotes Carlos Correa de Toledo y José de Oliveira Rolim, los conjurados comenzaron a reunirse el la casa del teniente coronel Francisco de Paula de Freire. Convinieron con el otro militar implicado, el coronel Alvarenga, que el levantamiento se produciría en Minas Geraes. La noche señalada saldría Tiradentes a recorrer Villa Rica al grito de ¡Viva la libertad! Francisco de Paula se uniría con sus tropas al motín, tras de lo cual concurrirían a la casa del gobernador para tomarlo preso. Inmediatamente se daría lectura a un bando, anunciado la expulsión del representante de la Corona y la proclamación de la república, para la cual se había esbozado un programa de gobierno. Desplegarían una bandera con un triángulo, según algunos como un homenaje a la Santísima Trinidad , según otros,  porque se identificaba con un símbolo masónico. Se le agregaría un lema en latín: “Libertas quae sera tamem…” (Libertad aunque tardía…) versículo de una égloga de Virgilio. (Cfr. Tenembaum ob.cit.p.66) Por último, se distribuyeron las tareas y se le confió a Tiradentes la responsabilidad de ampliar los contactos y provocar la agitación popular.

      Pero la revolución fue traicionada. Tiradentes se confió en un coronel, Joaquim Silverio dos Reis, a quien suponía partidario de la causa.  Interiorizado  de los planes, los  delató al gobernador quien le pidió que siguiera en contacto con los conjurados, mientras Tiradentes se dirigía a Río para buscar mayores respaldos. Pese a sus esfuerzos no los obtuvo, por lo que resolvió retornar a Minas Geraes.

      Advertido de que estaba siendo vigilado, trató de huir buscando el apoyo de terceros que al principio quisieron ayudarlo, pero, asustados por el riego que corrían, se desentendieron de él. Desesperado, cayó entonces en manos de quien lo había traicionado sin que él lo supiera – nada menos que Joaquim Silverio dos Reis-  enviándole un emisario para pedirle su ayuda. El traidor entregó al emisario y, después de haberle hecho confesar por la fuerza el lugar en que se encontraba Tiradentes, el gobernador no tardó en enviar un piquete para detenerlo.

      Tiradentes pensó resistirse valiéndose de un trabuco de boca atrompetada que poseía, pero comprendió que era inútil hacerlo y se entregó.

 

                                          ____________()____________

 

      Cuando el Vizconde de Barbacena supo por boca de Joaquim Silverio dos Reis de la revolución que se preparaba, también tomó conocimiento del motivo que se quería aprovechar para su lanzamiento: la “derrama” o sea la ejecución forzada de los deudores. Ni corto ni perezoso dispuso entonces la suspensión de esta medida, lo que en cierto modo desconcertó a los conspiradores, que no sabían a qué atribuirlo y tampoco sospechaban que habían sido delatados. Pero cuando el 20 de mayo de 1789 tomó estado público la noticia de la detención de Tiradentes, comprendieron que ya no podrían cumplir sus planes y que iban a correr igual suerte.  El primero en ser detenido fue el Dr. Gonzaga, luego Carlos Correa de Toledo y así, uno tras otro, todos los rebeldes fueron arrestados y enviados a la cárcel de la Isla de las Cobras, frente a Río de Janeiro. Uno de ellos, el doctor Claudio Manuel Da Costa, figura muy respetada,  fue encontrado muerto y aunque se dijo que se trató de un suicidio, se sospechó que había sido asesinado.

      Doce días después de su detención, Tiradentes fue sometido a juicio ante el Desembargador José Pedro Machado Coelho Torres, el Canónigo Marcelino Pereira Cleto, Oidor y Corregidor, y el Escribano José Dos Santos Rodrigues de Araujo. Se le sometió en total a once interrogatorios.

      Al principio negó haber proferido expresiones contrarias al gobernador y haber incitado a la rebelión de la colonia, afirmando que “él no es persona que tenga figura, ni valimiento, ni riqueza, para poder persuadir a un pueblo tan grande a semejante despropósito”. Frente a ello dejó el instructor constancia de que “por más instancias que se le hacen, insiste en su negativa”. Careado entonces con sus denunciantes, Nunes Carneiro y Joaquim Silverio Dos Reis, Tiradentes se limitó a responder que “eran cosas que le andaban inventando” y que “él no sabía nada de la sublevación de Minas.”

      Pero siete meses más tarde, interrogado nuevamente y ante la presión del juez que le dice tener elementos que prueban que era la cabeza del motín, Tiradentes responde: “Que hasta ahora negó por querer encubrir su culpa y no querer perder a nadie”, pero que está dispuesto a decir la verdad. Y reconoce “que es cierto que se premeditaba el levantamiento y confiesa haber sido quien ideó todo sin que ninguna otra persona le indujese ni le inspirase y que lo hizo por haber sido postergado cuatro veces en las listas de los ascensos” Reconoció también que después de sus conversaciones con Alvares Maciel, sus palabras “le hicieron detenerse a reflexionar en la independencia que este país podría tener, entró luego a desearla y finalmente a ocuparse de la forma y medios  por los cuales eso se podría realizar” Y aunque los interrogadores trataron de presionarlo para que comprometiera a sus compañeros, Tiradentes asumió para sí toda la responsabilidad. (Ob. cit. p. 91 y ss)

      Con la característica lentitud de los procesos coloniales, el juicio contra los conspiradores de Minas Geraes se fue extendiendo en el tiempo, hasta que el 24 de diciembre de 1790, cuando el pueblo se disponía a festejar la Nochebuena , se supo que un navío, arribado de la metrópoli, había traído a los miembros del Tribunal de Alzada, encargado de dictar sentencia en la causa. La reina de Portugal, por Real Decreto firmado en Lisboa el 17 de julio de 1790, afirmaba tener conocimiento de un  “horrible atentado contra mi Real Soberanía y la Suprema Autoridad con que unos malvados, indignos del nombre portugués, habitantes de la Capitanía de Minas Geraes, poseídos del espíritu de infidelidad conspiraron pérfidamente para sustraerse a la sujeción debida a mi Alto y Supremo Poder que Dios me ha confiado pretendiendo corromper  la lealtad de algunos de Mis Fieles Vasallos más distinguidos de dicha Capitanía y conducir al pueblo inocente a una infame rebelión”. Previendo alguna chicana judicial, daba “por suplida cualquier falta de formalidad y por sanadas cualesquier nulidades jurídicas, positivas, personales o territoriales que pueda haber en dichos Sumarios resultantes de la Disposición de Derecho Positivo, atendiendo solamente a las pruebas  según el   merecimiento de ellas conforme al Derecho Natural…”                                               
      Con tan divagantes y discrecionales facultades, el Dr. Sebastián Javier de Vasconcellos Coutinho, sería  el encargado de centralizar la dirección de todo el proceso y el 25 de octubre de 1791, dio por finalizadas las actuaciones. Como el proceso era escrito, se le concedió a los reos apenas cinco días para presentar sus descargos, nombrándose como defensor de oficio al abogado de la Casa de la Misericordia , Dr. José de Oliveira Fagundes. En ese breve lapso –tal como desgraciadamente sigue pasando con los defensores que no intervienen en la etapa de instrucción- el Dr. Fagundes tuvo que vérselas con un frondoso legajo que involucraba a los veintiséis  acusados que sobrevivían -miembros de las más respetadas familias- que habían permanecido más de dos años en los calabozos. Ese extrañamiento fue muy cruel para muchos de los presos que por años habían vivido sin sobresaltos en la sosegada calma de las casas coloniales. El coronel Alvarenga escribió a su esposa un sentido soneto que terminaba así:

      “Esses males nao sinto, e ben verdade;

      Porem sinto outro mal inda mas duro;

      Sinto de esposa e filhos a saudade! (ob. cit. p. 100)

      Por último, durante el largo proceso, tampoco faltaron las claudicaciones propias de la debilidad humana, aunque ese no fue el caso de Tiradentes, que se atribuía la responsabilidad de todos y estaba dispuesto a asumir el castigo.

      Después de una prórroga el Dr. Fagundes entregó su alegato final. En su pieza, que es reconocida como meritoria -porque no se podía desconocer la presión que en él podía ejercer la acusación de traición que pesaba sobre sus defendidos- acudía a los “sentimientos de humanidad” y a la piedad de la Reina , para que siguiera el ejemplo del Rey Don Manuel “que tenía en mucho al magistrado cuando sabía descubrir en los delitos con qué excusar al delincuente.”

      Pero, pese a que su defensa lo mostraba talentoso, cometía un pecado imperdonable para un abogado que asume el patrocinio de una causa colectiva, en la cual uno y todos forman una misma parte y nadie es más ni menos que nadie. Como el principal de los acusados era Tiradentes, lo defendió con menos firmeza que a los demás –con mucha frialdad-  como buscando que los jueces encontraran en él  al chivo expiatorio que les sirviera para hallar la manera más cómoda de resolver la causa, cargándole todas las culpas. Lo que en Tiradentes se mostraba como un rasgo de grandeza, en su defensor -que quizás  lo daba por perdido- no pasaba de ser un artilugio condenable.

      El pueblo de Río de Janeiro –que era una ciudad importante para la época, con más de cincuenta mil habitantes- había seguido con mucha intensidad las alternativas del proceso, inclinándose a que se pudiera obtener el perdón de los reos. Pero se temía que sobre los once cabecillas principales recayera la pena de muerte. A puertas cerradas sesionaba el Tribunal. Dieciocho horas les tomó a sus miembros llegar a un veredicto que se dio a conocer en la madrugada  del 19 de abril de 1791: los once cabecillas de la rebelión eran condenados a morir en la horca, salvo Tiradentes que sería decapitado y descuartizado. La memoria de todos  y la de sus descendientes, era declarada infame y sus bienes serían confiscados.

      La escena que siguió a la lectura del fallo, es descrita por Tenembaum, que recoge la declaración de testigos, de la siguiente manera:

      “Aseguran los religiosos franciscanos y entre ellos los de más autoridad, testigos oculares de todos los hechos de la cárcel” que el alférez “recibió con ánimo sereno la sentencia de muerte, sintiendo la de los otros a quienes muchas veces pidió perdón” “Con una gran conmiseración por sus camaradas manifestó entonces al sacerdote que lo asistía: Yo soy la causa de la muerte de estos hombres, desearía tener diez vidas más y poderlas dar por todos ellos; si Dios me escuchara solo yo moriría y no ellos” (ob. cit. p. 108)     

      Joaquim de Oliveira Fagundes pidió la revisión del fallo ante el mismo Tibunal, tratando una vez más de salvar a todos menos a Tiradentes. Pero el Tribunal mantuvo la sentencia y un nuevo y desesperado pedido de misericordia, para que se conmutara la pena de muerte por destierro, no tardó en correr igual suerte. Habían pasado treinta minutos del mediodía y el tribunal ordenó que se cumpliera la sentencia, comenzándose a levantar el cadalso en la plaza, en medio de la consternación general.

      Y entonces sucedió algo insólito. Ante la sorpresa de todos el Escribano anunció que se debía proceder a la lectura de un nuevo documento presentado por el desembargador Vasconcellos Coutinho al tribunal. Como recordaremos este funcionario había recibido la instrucción real de centralizar todo el proceso. Y el documento era precisamente una carta de la Reina en la que ordenaba la conmutación de la pena de muerte y su sustitución por el destierro perpetuo para determinados reos que se ajustaran a las condiciones que se indicaban. Todos menos uno. Y por eso, con la algarabía de los que se salvaban, Tiradentes escuchó en silencio que se ordenaba “que se ejecute la pena de la sentencia en el infame reo Joaquim José Da Silva Xavier, por ser el único que según dicha Carta se hace indigno de la Clemencia Real

      La carta de la reina estaba fechada el 15 de octubre de 1790 o sea que había sido emitida y entregada al desembargador Vasconcellos Coutinho, dieciocho meses antes del fallo. El proceso no había pasado de ser una farsa para asustar y sacarse de encima a unos, los más beneficiados y condenar a otro a una muerte ejemplarizante. Todo estaba decidido de antemano.

      En la mañana del 21 de abril de 1792, era conducido Tiradentes a la plaza donde se alzaba el cadalso. El pregonero leía a viva voz por las calles de Río de Janeiro el decreto que en nombre de la reina  “manda que con soga al cuello sea llevado por las calles públicas de esta ciudad al lugar de la horca y en ella muera de muerte natural para siempre y que separada la cabeza del cuerpo sea llevada a Villa Rica, donde será conservada en poste alto junto al lugar que habitó hasta que el tiempo la consuma; que su cuerpo sea dividido en cuartos y colocados en iguales postes por el camino de Minas en los lugares más públicos, principalmente en el de la Varginha y Cebolas; que la casa que habitó sea arrasada y salada y en el medio de sus ruinas levantado un monolito en que se conserve para la posteridad la memoria de tan abominable reo y delito, y que quedando infame para sus hijos y nietos, le sean confiscados sus bienes para la Corona y Cámara Real” (ob. cit. p.117)

En el acto de ser ejecutado, Tiradentes quiso hablar pero no lo dejaron. Fue colgado y su cuerpo trozado, como estaba dispuesto, fue estibado en salmuera, para que su cabeza y cuartos se exhibieran en los lugares a los que serían remitidos. Su cabeza permaneció dos años en exhibición, hasta que manos anónimas le dieron sepultura. En el lugar se dejó una piedra con la inscripción de una sola palabra: “emounah”, antigua voz hebrea que según Tenembaum, significaría: “fe, firmeza.”(ob.cit.p.122)

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Es indudable que los movimientos revolucionarios que protagonizaron Túpac Amaru y Tiradentes, pese a su contemporaneidad y cercanía continental, tuvieron grandes diferencias. En uno, el de Túpac Amaru, se reivindicaba una monarquía ancestral, mientras que en el de Tiradentes se sostenía el ideal republicano de la revolución norteamericana. La de  Túpac Amaru, fue una revolución derrotada a sangre y fuego; la de Tiradentes no pasó de ser una conspiración abortada. Pese a ello ambos movimientos encontraron su razón determinante en la injusticia del régimen colonial, impuesto por las coronas española y portuguesa, que  se identificaban en  los abusos que infligían a sus colonias. Los procesos que se siguieron contra ellos se invalidan por iguales vicios y las sentencias dictadas que parecen calcadas una de otra, muestran en toda su crueldad el profundo temor -que trató de ser inútilmente ejemplarizante- que inevitablemente gana a quienes practican la injusticia para sostener privilegios indebidos y se saben condenados por la historia.

Y la historia de la nueva América se empezó a hacer de manera definitiva poco después, con las primeras luces del siglo XIX. Por eso  tanto Túpac Amaru  como Tiradentes son considerados hoy  como próceres de su independencia.

Todos los pueblos americanos asumieron la forma republicana de gobierno. En cuanto a la reivindicación de los pueblos indígenas, nunca resuelta, sigue siendo una de las cuestiones más candentes que se plantean en el continente.

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El conteo comenzó el 1/1/2014