Sacco y Vanzetti

Por Washington Bado

 

 

 

Arriba: Fotografía de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, esposados. Fueron ejecutados en la silla eléctrica el 23 de agosto de 1927.

 Abajo: dibujo publicado en un periódico de la época sobre la represión de los huelguistas del 1ro. de mayo de 1886.                                                                                  

                                                                  

 

 

 

Los juicios por la  cuestión social

 

      La Revolución Francesa , en su afán liberalizador que templaba el deseo de terminar con todas las instituciones del Antiguo Régimen, no tardó en arremeter contra las corporaciones, que materializaban el encierro a que quedaba sometido el trabajo durante la Edad Media , con su férrea estructura de maestros, compañeros y aprendices. Primero fue el edicto de Turgot y más tarde la ley Le Chapelier, aprobada por la Asamblea Nacional el 14 de junio de 1791, que aniquilaba las corporaciones de un mismo estado y profesión, prohibiendo reestablecerlas. De hecho cercenaba el derecho de asociación, que tampoco había sido contemplado en la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano, votada por la Convención el 2 de octubre de 1789.

      Ya a fines del siglo XVIII las corporaciones carecían de razón de ser. La industria empezaba a absorber los gremios y las distinciones entre maestros, compañeros y aprendices, eran innecesarias, sin contar las restricciones que imponían a la libertad de trabajo. La máquina venía a sustituir al banco del artesano y la fábrica al taller. El vapor era utilizado como fuerza motriz y definitivamente la rueda mecánica había desplazado al huso, instalándose la lanzadera mecánica.

      Aristóteles, que pese a su humanismo aceptaba la esclavitud como una necesidad, afirmaba que aquella desparecería cuando la lanzadera pudiera correr sola por el telar. Pues bien, lo que parecía imposible se había logrado, pero una nueva forma de explotación humana, muy cercana a la esclavitud, cargada de injusticias, se había instalado en su lugar. La aparición de la fábrica como nueva entidad económica hizo que los trabajadores se sintieran aislados y mientras que la nueva organización técnico-económica de la producción, tendía a reunirlos en lugares insalubres, con  horarios agotadores y salarios de hambre, comprendieron que aquella ley de la libertad los condenaba a la miseria, sin que ni siquiera se pudieran asociar para defenderse. Un puñado de derechos políticos, más ilusorios que reales en muchos casos, no compensaba el sufrimiento que se instalaba en los humildes hogares de quienes –por solo disponer de su capacidad de trabajo y afectos de familia, generalmente numerosa- recibieron la denominación de “el proletariado”.

      Como consecuencia de esos hechos se produjo la reacción de los trabajadores, movidos por el espíritu de solidaridad, que derivó prontamente en la unidad de clase y así empezaron las primeras colisiones con los patronos. La lucha se volvía ineficaz si uno solo o unos pocos dejaban el trabajo como protesta y se imponía la necesidad de hacerlo colectivamente. Surgió entonces la voluntad de unirse y formar sindicatos, lo que permitió que se llevaran a cabo las primeras huelgas. Como bien lo afirma el maestro de laboralistas, Francisco De Ferrari: “de este movimiento surgirá en gran parte el Derecho del Trabajo cuya extracción corporativa y su naturaleza supraetática y extraparlamentaria se deberá parcialmente al esfuerzo de los trabajadores y a su propósito de elaborar un derecho con prescindencia de los órganos representativos del poder político.” (“Lecciones de Derecho del Trabajo” – Montevideo- 1956 - T.I p.146)

      A despecho de que Francia suele ser tomada como la cuna de los grandes acontecimientos históricos transformadores de la sociedad, fue en realidad en Inglaterra donde comenzó el movimiento sindical. Allí siguiendo el ejemplo francés, se había votado en 1799 una ley que prohibía las asociaciones profesionales y gremios. Pero ya en 1824 se autorizó a los obreros a asociarse con la condición de que no se valieran para sus fines de la violencia o intimidación. El movimiento sindical inglés comenzó en 1825 y se consolidó en 1840, con las llamadas “Trade Unions”, medio siglo antes de que lo mismo ocurriera en los demás países europeos. (Cfr. Guillermo Cabanellas “Derecho Sindical y Corporativo” –Ed. Atalaya- Bs. Aires- 1946 ps. 58 y 215) A partir de ese momento inicial el movimiento obrero crecerá y se extenderá, siendo cada vez más influyente; sufrirá en su lucha muchos reveses, grandes persecuciones y se desangrará en enfrentamientos ideológicos, en la medida en que la política se introducía en sus filas, con la aspiración de cambiar –ya pacífica, ya violentamente- el modelo de sociedad, para alcanzar uno mejor.

      Del modelo socialista –propuesto por Saint Simon, Owen y Cabet- que no profesaba ideas contrarias a la propiedad privada y confiaba en que el espíritu de progreso removería los obstáculos del egoísmo humano para alcanzar una sociedad justa e igualitaria, se pasó al socialismo de pretensión científica, basado en la interpretación dialéctico-materialista de la historia. Esta propuesta se alejaba de la abstracción romántica de sus antecesores, y tras afirmar que “la historia de todas las sociedades que han existido hasta el presente es la historia de la lucha de clases”, planteaba la revolución social, para la toma del poder por la clase obrera y la abolición del capitalismo, que caería por su  propio peso y por el cumplimiento inexorable de la ley económica. Este fue el mensaje de Carlos Marx y Federico Engels con su “Manifiesto Comunista” de 1848: “Proletarios del mundo, uníos…” Y con el aporte pragmático de Lenin, por ese camino se pasaría del fracaso de las Comunas de Paris de 1848 y 1871, al éxito circunstancial de la Revolución Soviética de 1917, cuyo modelo terminaría con la caída del muro de Berlín en 1989 y  la implosión de la U.R .S.S., poco después.

      La Exposición Universal de Londres de 1862, sirvió para que las Trade Unions promovieran la creación de la Primera Internacional , (Asociación Internacional de los Trabajadores) que de acuerdo a sus bases, redactadas por Marx, obligaba a sus delegados a constituir asociaciones obreras en todos los países. Pero fue además el escenario para el replanteo de la cuestión de la libertad esencial del hombre frente al Estado  -que bajo otra visión fuera cuestionada por los viejos liberales- lo que llevaría al surgimiento de una nueva corriente de opinión: el anarquismo. Las ideas del libertario Prudhom -que prevenía que el socialismo puesto al servicio de la dictadura podía derivar en la tiranía más terrible de la historia- pasaron a Bakunin y Kropotkin, en la formulación sistemática de la anarquía, apología de la libertad, como forma de regulación de la convivencia humana. Pero también el valor de la violencia como instrumento para el cambio, que solitariamente sostuviera Babeuf en la Convención –antes de que también a él le cortaran la cabeza sus compañeros de juerga revolucionaria- recuperó vigencia en Sorel y surgió entonces una expresión, “acción directa”, que se divulgaría en ciertos grupos de sindicalismo militante, como instrumento de la violencia sistemática puesta al servicio del interés de clase.

       El atentado y la bomba -la máquina infernal tan alejada del telar-  ya estaban prontos. Más tarde vendrían los robos a mano armada, como expresión de la violencia revolucionaria.

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       En Estados Unidos, la libertad de asociación, a diferencia de los países europeos como se acaba de ver, fue consagrada por la Constitución de 1787 que estableció que “el Congreso no podrá hacer ninguna ley limitando el derecho del pueblo de reunirse pacíficamente”. Bajo esta norma tutelar y siguiendo como es lógico la tendencia inglesa, el movimiento sindical se desarrolló sin trabas, al estilo de las “trade unions”, hasta que se dictó la “Sherman Act”, del 2 de julio de 1890, que las restringió, con el mismo espíritu de la legislación “antitrust” con que se quería frenar el abuso empresarial. Esa restricción fue aclarada posteriormente por la “Clayton Act”, de l5 de octubre de 1914. Las federaciones que agrupaban varios sindicatos, quedaron regidas por una ley federal de 1896. De todos modos las legislaciones estaduales establecieron una gran diversidad de regulaciones. (Cfr. Cabanellas –Ob. Cit. P.217)

       Estas diferencias podrían llevar a pensar que el sindicalismo estadounidense dispondría de un marco más amplio para desplegarse, pero no fue así. La política conservadora seguida por sus gobiernos, tendiente siempre a favorecer la libre empresa para un país en plena expansión y el propio carácter nacional, significaban un freno que afincaba en la propia conciencia del ciudadano medio, aunque se sintiera sacudida por la afluencia masiva de trabajadores extranjeros, que aportaban nuevas inquietudes. Los extranjeros eran resistidos.

      En la segunda mitad del siglo XIX, ese crecimiento explosivo hizo de Chicago la segunda ciudad de los Estados Unidos, en razón de su población e importancia económica. Allí confluían las líneas ferroviarias que transportaban el ganado que sería procesado en las grandes plantas frigoríficas; también se recibía el carbón, el hierro y la madera que eran la base de la industria más desarrollada. Paralelamente,  miles y miles de trabajadores, muchos provenientes de Alemania, Irlanda y de los países del centro y el este de Europa, huyendo del desempleo y la miseria, encontraban ocupación y poblaban los barrios aledaños de la gran ciudad, en un desordenado apiñamiento de viviendas menesterosas. Mientras tanto, la riqueza y el éxito, se congregaban en los centros de poder que controlaban la vida política, donde solo participaban los grandes empresarios y los terratenientes, imponiendo las condiciones injustas del trabajo subordinado.

      La Federación de Trabajadores de Estados Unidos y Canadá (antecesora de la American Federation of Labor, AFL, una de las grandes centrales sindicales) convocó a los trabajadores, en una Convención del 7 de octubre 1884, a luchar por la jornada de 8 horas, para eliminar las de 10, 12 y hasta 16 horas que se venían exigiendo. Se declaró que la nueva jornada empezaría a regir a partir del lo.de mayo de 1886. La consigna era: 8 horas para trabajar, 8 para descansar y las restantes 8 horas para el ocio y el disfrute de la familia. Pero los empresarios contestaban diciendo que lo que se pretendía era cobrar el salario sin trabajar.

      Aunque la Orden de los Caballeros del Trabajo (Knights of Labor) que reunía a irlandeses e italianos, no quiso en principio acompañar la medida, en los meses previosa la fecha señalada,  miles de trabajadores, sindicalizados o independientes,  se fueron preparando para el gran acontecimiento. Pero también la policía, alertada y pertrechada con los más modernos equipos, se disponía a reprimir a los manifestantes, que eran acusados por las fuerzas anti-obreras de querer fomentar la revolución social, proclamada por los anarquistas.

       Cuando llegó el primero de mayo, se calcula que cerca de 190.000 trabajadores hicieron huelga en todos los Estados de la Unión. Los anarquistas habían estado dudando de acompañarla, porque muchos consideraban la reclamación como una medida muy moderada. Pero cuando vieron que el poder de convocatoria de Albert Parsons, un líder estadounidense de la organización de los Caballeros del Trabajo, le había permitido  movilizar a ochenta mil obreros en Chicago, se convencieron de integrarse a la lucha.

       Aunque muchos empresarios aceptaron la reducción del horario de trabajo, en los días siguientes se inició una huelga a nivel nacional que fue respaldada por más de trescientos cincuenta mil trabajadores de toda la Unión , lo que provocó la alarma de los industriales y de la prensa que mayoritariamente los respaldaba. El 3 de mayo, en un acto en las cercanías de la fábrica Mc Cormick de Chicago, convocado por August Spies - un periodista alemán que dirigía un periódico anarquista- la policía intervino abriendo fuego, lo que provocó la muerte de uno de los manifestantes, quedando además  muchos heridos.

       Spies clamó venganza en un editorial incendiario de su periódico y llamó a los trabajadores a las armas diciendo: “La guerra de clases ha comenzado. Ayer, frente a la fábrica Mc Cormick han fusilado a los trabajadores ¡Su sangre pide venganza! (“Historia del Movimiento Obrero” -Centro Editor de América Latina –Vol. 2 p.264).Los anarquistas convocaron entonces a un acto masivo para la noche del 4 de mayo de 1886, en el Haymarket (mercado de la ciudad) con el objeto de protestar contra la represión policial del día anterior, donde hablarían Spies,  Parsons y el inglés Samuel Fielden, que sería el último en hacerlo. Cuando los oradores ya se habían retirado y también lo había hecho el Alcalde Harrison que había otorgado el permiso para el acto, la policía comenzó a dispersar a los manifestantes y  una bomba explotó causando la muerte de uno de los funcionarios policiales. Se desencadenó entonces una balacera, muriendo a raíz de ello y en medio de una gran confusión, cuatro manifestantes y quedando innumerables heridos.

      La prensa presionó para que se diera de inmediato intervención a la Justicia, a fin de juzgar sobre la muerte del policía, siendo detenidos treinta y dos sospechosos que después quedaron reducidos a ocho. La causa se radicó ante el Tribunal de Cook Country, actuando Joseph Gary como Juez y Julius Grinnell como Fiscal.

      Nadie sabía quién había arrojado la bomba, aunque se pensaba que Parsons, que permanecía prófugo y era considerado como jefe, debía conocer al autor del hecho. Parsons finalmente se entregó, constituyéndose ante el Tribunal, cuando ya había entrado en funciones. Se sumó entonces en el banquillo de los acusados junto a los otros imputados: Spies, Fielden, Schwab, Engel, Fischer, Lingg y Neebe (Ob. Cit. P.271)

      El juicio fue considerado como una farsa y hay razones suficientes para ello. El fiscal actuaba interesado políticamente (hay que aceptar que la forma de designación de estos funcionarios en E.E.U.U. lo facilita) y el juez, lejos de actuar con ponderación, presionado por el medio y la prensa sensacionalista que reclamaban la condena de los procesados, favoreció de todas maneras al acusador, a la policía y sus testigos, entre los cuales figuraban conocidos delincuentes de los bajos fondos de Chicago, a los cuales se les había prometido favores por sus declaraciones complacientes. Los abogados defensores, William Black, William Foster, Sigmund Zeisler y Moses Salomón, poco pudieron hacer para demostrar que la policía había disparado a mansalva contra la multitud.

      La primera irregularidad procesal –muy común cuando se trata de liquidar de antemano la responsabilidad en una causa- fue declarar que el juicio sería colectivo y no individual respecto de cada uno de los imputados. De este modo se ideologizaba el litigio, dándose entrada a pruebas ambiguas y admitiéndose opiniones, en vez de declaraciones sobre hechos, como procesalmente corresponde con arreglo a derecho. La segunda fue la designación interesada de los miembros del jurado, seleccionados por el Alguacil Ryce, de quien se supo después que dijo: “Yo estoy manejando este caso y sé lo que persigo. Estos individuos van a ser ahorcados sin remisión.”

      El juicio se inició el 21 de junio de 1886 y la apertura de la causa a prueba se produjo el 14 de julio siguiente. El fiscal Grinnell sostuvo que el lanzamiento de la bomba formaba parte de un complot, tramado para dinamitar todas las comisarías de Chicago. Esto había sido declarado por dos testigos falsos, supuestos anarquistas y un tercer testigo –considerado como un delator a sueldo- declaró que había visto a Spies pasarle a Schwab y este a su vez a un tercer anarquista, Rudolph Schnaubelt, un objeto que se parecía a una bomba, para que lo arrojara contra la policía. Curiosamente este último, cuñado de Schwab, nunca fue detenido ni juzgado.

      Aunque hubo quien dijo que la bomba había sido arrojada por la propia policía –en un ejercicio más de la típica teoría conspirativa tan accesible en estos casos-  todo hacía suponer que el artefacto había sido preparado por los anarquistas  -a lo que podía no ser ajeno el editorial de Spies, que Parsons se había negado a repartir-  pero nunca se pudo probar la autoría del hecho. Como bien lo ha señalado Gregorio Selser: “Los ocho de Chicago habían sido llevados al banquillo de los ºacusados porque eran anarquistas y no porque hubiesen sido autores morales o materiales del episodio de Haymarket…” (ob.cit. p. 272)

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      En su alegato final, previo al dictado de la sentencia, el abogado William Foster trató de demostrar que no se había probado que el ignoto autor del atentado hubiera estado instigado o aleccionado por ninguno de los acusados, puesto que ni siquiera se conocía su identidad. Trató entonces de circunscribir el objeto de la causa a la figura de un simple homicidio, pero se le observó que estaba fuera de la cuestión cuando intentó reivindicar la legitimidad de la lucha empeñada por los obreros, por encima del desatino de algún descarriado.

      El fiscal a su vez trasladó el objeto de la acusación al motivo de la alarma pública, que sacudía a los espíritus pacatos y  conservadores pero mucho más a los preocupados empresarios, que no querían que la causa obrera se abriera camino. Ya tenían bastante motivo de temor con la declaración del presidente Grover Cleveland,  en 1866, sobre las relaciones del capital y el trabajo, poco satisfactorias, según él,  en gran medida por “las ávidas e inconsideradas exacciones de los empleadores.” (ob.cit.p.261) El fiscal cerró su alegato con las siguientes palabras: “La ley está bajo proceso. Estos hombres han sido seleccionados, elegidos por el “grand jury” y enjuiciados porque fueron líderes. No fueron más culpables que los millares de sus adeptos. Señores del jurado: ¡Declarad culpables a estos hombres, haced escarmiento con ellos,  ahorcadles y salvaréis a nuestras instituciones, a nuestra sociedad!” (ob.cit.p.275)

      El 28 de agosto el jurado dictó el veredicto de culpabilidad. Siete de los acusados, Parsons, Spies, Fielden, Schwab, Fischer, Lingg y Engel deberían ser colgados y solo Neebe recibiría una condena de quince años de prisión. La defensa apeló y pidió que se realizara un nuevo juicio, pero el juez Gary lo denegó.

      En la audiencia final se permitió que los condenados hablaran. Algunas de esas piezas, en las que los reos se declararon inocentes al par que defendieron ahincadamente sus convicciones, resultan memorables. El joven Lingg, un alemán que acababa de cumplir 23 años, proclamó: “muero feliz porque estoy seguro de que los centenares de obreros ante quienes he hablado recordarán mis palabras y cuando hayamos sido ahorcados ellos harán estallar la bomba. ¡Os desprecio! ¡Desprecio vuestro orden, vuestras leyes, vuestra autoridad sostenida por la fuerza! Ahorcadme por esto.” Su compatriota Engel, expresó: “No combato individualmente a los capitalistas; combato al sistema que produce sus privilegios…Desprecio el poder de un gobierno inicuo. Desprecio a sus policías y a sus espías. En cuanto a mi condena que fue alentada y decidida por la influencia capitalista, nada más tengo que decir.” El inglés Fielden, fiel a la característica concisión de su pueblo, se limitó a decir que “yo creo que llegará un tiempo en que sobre las ruinas de la corrupción se levantará la esplendorosa mañana de un mundo emancipado, libre de todas las maldades, de todos los monstruosos anacronismos de nuestra época y de nuestras caducas instituciones.” Parsons fustigó el juicio y sostuvo que la ejecución “sería un crimen judicial, que es una cosa mucho peor que un linchamiento” -aserto que hubiera podido contar con el apoyo de Ihering-  tras de lo cual señalaba: “Vuestra Señoría sabe perfectamente que este proceso ha sido provocado, inspirado encauzado, orientado y propagandizado por los capitalistas, por los que creen que el pueblo no tiene más que un derecho y un deber: el de la obediencia.” Schwab, después de sostener que “la anarquía es el orden sin gobierno” auguró: “Nosotros los anarquistas creemos que se acercan los tiempos en los que los explotados reclaman sus derechos a los explotadores  y creemos además que la mayoría del pueblo, con la ayuda de los marginados de las ciudades y de las gentes sencillas del campo, se rebelarán contra la burguesía de hoy. La lucha, en nuestra opinión, es inevitable.”  Neebe, el único que no había sido condenado a muerte, se lamentaba de no correr la suerte de sus compañeros. A su vez Fischer elevó su voz de rechazo contra la pena de muerte, “pero si he de ser ahorcado por profesar las ideas anarquistas o por mi amor a la libertad, a la igualdad y a la fraternidad, entonces, nada tengo que objetar…”

      Pero el discurso que resulta más conmovedor fue el de Spies, que se cerró con las siguientes palabras: “Ya he expuesto mis ideas. Ellas constituyen una parte de mí mismo. No puedo abominar de ellas, ni tampoco lo haría aunque pudiese. Y si pensáis que habréis de aniquilar estas ideas, que día a día ganan más y más terreno, enviadnos a la horca. ¡Si una vez más aplicáis la pena de muerte por el delito de atreverse a decir la verdad –y os desafiamos a que demostréis que mentimos alguna vez- yo os digo que si la muerte es la pena que imponéis por proclamar la verdad, entonces estoy dispuesto a pagar tan alto precio, orgullosa y bravamente! ¡Llamad a vuestro verdugo! ¡Ahorcadnos! ¡La verdad crucificada en Sócrates, en Cristo, en Giordano Bruno, en Juan Huss, en Galileo, vive aún! ¡Estos y muchos otros nos han precedido en el pasado! ¡Estamos prestos a seguirles!” (Transcripciones en ob. cit. P. 265 y ss.)

      Durante todo el trámite del juicio las organizaciones laborales del país y del exterior, reclamaron un nuevo juicio con garantías o por lo menos un indulto. El gobernador Oglesby se negó a esta última posibilidad, aunque conmutó las penas de Fielden y Schwab por la de prisión perpetua. Lingg apareció muerto en su celda y a pesar de que las autoridades dijeron que se trataba de un suicidio con un cartucho de dinamita que lograra introducir, se sostuvo que fue eliminado por la propia policía, cuando se disponía a declarar el nombre de quien había arrojado la bomba. Nada de esto podrá aclararse jamás.

      Finalmente la fecha de la ejecución se fijó para el 11 de noviembre de 1886 y ese día los cuatro condenados que quedaban, Spies, Fischer, Engel y Parsons fueron conducidos al patíbulo. Cuando los nudos corredizos se cerraron sobre los cuellos y antes de que se abriera la trampa del piso, Spies gritó: “Tiempo llegará en que nuestro silencio será más poderoso que las voces que vosotros estranguláis”. Fischer y Engel gritaron: “¡Viva la anarquía”, en tanto que a Parsons no se le permitió hablar, cuando reclamaba que se escuchara la voz del pueblo. Los últimos momentos de la ejecución merecieron el relato de un prócer de la libertad de América: el cubano José Martí que escribía como periodista para “ La Nación ” de  Buenos Aires.

      Consumada la terrible condena, fruto de uno de los juicios más injustos que recuerda la historia y que merece la nota de asesinato judicial, hubo un intento tardío de reparación. John Peter Altgeld, gobernador de Illinois, sucesor de Oglesby, revisó el proceso y como hombre de leyes, no vaciló en firmar un decreto por el cual, como acto de justicia, dispuso la liberación inmediata de los tres condenados que permanecían presos. En su texto reconocía las fallas, omisiones y desviaciones que viciaron el juicio, la falta de pruebas de culpabilidad, la manipulación de los jurados, la tendenciosidad del juez actuante y la nulidad global del proceso. Aunque el daño era ya irreparable en cuanto a la muerte de los ajusticiados, dejó a salvo que “cualquiera fuese el delito de que se acusase a los imputados merecían un proceso legal” y concluía: “Ningún peligro mayor puede amenazar a nuestras instituciones que el permitir que las cortes judiciales sean dominadas por la prepotencia…”

      El 1º. De Mayo ha sido declarado en casi todos los países del mundo occidental, como “día de los trabajadores”, con la excepción de los Estados Unidos que no reconocen esa fecha.

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      Todos aquellos que tenemos abuelos o padres, que un día abandonaron Europa en busca de nuevos horizontes, para hacer “ la América ”, conocemos muy bien el alto precio que pagaron por su desarraigo, en largas horas de “morriña” o “malinconía”, cuando las comunicaciones eran muy difíciles y solo les quedaba la esperanza, casi siempre frustrada, de  volver algún día a su tierra natal. Si eso sucedía en el Río de la Plata , de tan arraigada tradición latina, podemos fácilmente imaginarnos lo que ocurriría con aquellos emigrantes que eligieron como destino los Estados Unidos, con las dificultades insalvables del idioma y un estilo de vida completamente diferente. Sufrían inevitablemente la marginación social, que solo se mitigaba en el encuentro fraterno de los compañeros de aventura que corrían igual suerte.

      Así se encontraron un día en Boston dos italianos, uno del norte y otro del sur, unidos por la esperanza de una vida mejor. Se llamaban Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti. El primero había nacido en Torremaggiore, un pueblito de la Puglia , el 22 de abril de 1891; su compañero en Villafalletto, en el Piamonte, el 11 de junio de 1888. Dejaron Italia para emigrar a los Estados Unidos, en 1908.

      Nicola, un obrero zapatero, pronto formó un nuevo hogar; se casó y tuvo una hija y pasó a ser conocido como Nick. Bartolomeo, que provenía de una familia de campesinos, tuvo dificultades de empleo, encaró diversas actividades y terminó ganándose la vida como vendedor de pescado. Se mantuvo soltero. Empezó a ser conocido como Bart.

      Aunque ambos eran católicos, la relación de amistad entre ellos no empezó precisamente en la iglesia, sino en un comité que frecuentaban con otros italianos, que –como una respuesta a las malas condiciones de vida e injusticias que los rodeaban- habían asumido la causa revolucionaria anarquista, que predicaba por el mundo un compatriota prestigioso: Enrico Malatesta, que continuaba, aunque con diferencias, la escuela de los rusos Bakunin y Kropotkin.

      La oposición de aquellos anarquistas a la primera guerra mundial que condenaban como un producto del capitalismo, hizo que Nicola y Bartolomeo, viajaran a Méjico para evitar la conscripción y allí se fortaleció su amistad. Finalizada la guerra retornaron a Boston donde continuaron con su militancia sindical y política. El grupo al que se vinculaban comenzó a editar un periódico que se denominó “Cronaca Sovversiva”, dirigido por el teórico Luiggi Galleani, cuya plana mayor terminaría deportada. Poco después, en aquella época -signada además por la violencia desplegada por las bandas de “gangsters” comunes, que traficaban con el alcohol, la prostitución y la droga- comenzaron a producirse una serie de atentados y robos a mando armada, contra empresas y empresarios de los grandes grupos económicos (Rockefeller, Morgan), políticos y jueces, que eran atribuidos a los anarquistas. También fue objeto de un atentado frustrado  el Fiscal General Mitchell Palmer, que había desarrollado una fuerte campaña contra comunistas y anarquistas, consiguiendo que se instalara un comité parlamentario de investigación sobre sus actividades. La bomba había estallado en las manos de uno de los terroristas, pero sus efectos se propagaron, desatando lo que se conoció como “red scare” (miedo rojo) que veía sobre todo en los extranjeros, un peligro constante, con claras manifestaciones de xenofobia.

      El 15 de abril de 1920, a las cuatro de la tarde, en la localidad de South Baintree, cercana a Boston, Frederick Parmenter y Alessandro Berardelli, un pagador y su guardaespaldas, que transportaban los sueldos ensobrados del personal  de una empresa de calzado, fueron asaltados y baleados al resistirse, por dos individuos que huyeron en un automóvil, que después fue encontrado en un bosque. Se presumía que en el ataque habían actuado cinco personas, utilizando dos rodados. Una de las víctimas murió en el acto y la otra - a la que se le había arrebatado el arma que portaba- poco después. La suma robada ascendió a 15.776 dólares.

      Las sospechas recayeron sobre los anarquistas y el 5 de mayo siguiente Sacco y Vanzetti fueron detenidos en calidad de indagados, por haberse interesado por el otro automóvil, propiedad de un tal Mike Boda (Mario Buda) que se sospechaba como vinculado al asalto, en una celada tendida por la policía. En el acto de la detención se encontró que eran portadores de armas y de propaganda anarquista.

      Los detenidos negaron toda participación en los hechos, incluso la evidencia de su vinculación con  Mike Boda, que había mandado reparar el automóvil por el que se interesaban. (Este individuo sería después responsabilizado por haber arrojado una bomba en Manhattan que dejó un saldo de treinta muertes). La obcecada actitud de negar todo, incluso lo que estaba plenamente probado como su vinculación con los anarquistas, les valió a los detenidos que fueran encausados.

      Sacco fue acusado del asalto y de los homicidios de Baintree, pero a Vanzetti, como resultado de otra indagatoria, se le acusó de ser el autor de un asalto fallido contra un recaudador de impuestos en Bridgewater, en la víspera de la Navidad de 1919. Por esta tentativa de asalto –de lo que  era totalmente inocente porque después un ex-presidiario, Frank Silva, se confesó autor del hecho- Bartolomeo Vanzetti recibió una condena de doce a quince años de prisión, siendo encarcelado en Plymouth.

      El juez de ambas causas era Webster Thayer y en determinado momento a la acusación que pesaba sobre Sacco, por los mismos hechos del 15 de abril, se sumó una nueva imputación contra Vanzetti quien de esta manera debía afrontar un segundo proceso, por un delito más grave de homicidio.

       Los procesados quedaron presos en la cárcel de Charlestown, Massachusetts.  Actuaría en el juicio como Fiscal Frederick Katzman, Procurador de Distrito y como abogado de Sacco y Vanzetti,  Fred H. Moore, un profesional reconocido, de militancia socialista, que había alcanzado notoriedad en California, por haber tenido éxito en una causa similar. La “Societá Figli d’Italia”, sindicatos y círculos políticos afines a los encausados,  Carlo Tresca, un influyente anarquista que contrató a Moore y hasta el propio Malatesta, desde el exterior, ya se habían puesto en movimiento, buscando apoyos y reuniendo fondos.

      El nuevo proceso comenzaría en Dedham el 31 de mayo de 192l.

      Una semana antes Bartolomeo le escribiría a su padre:

      “Vivimos en una triste época. Época de corrupción, época en que el poder es asaltado desesperadamente y desesperadamente se defiende. Ya no nos sorprenden ni las cosas más inverosímiles. Podría hasta suceder que me hallaran culpable por segunda vez; a mí que no lo soy de modo alguno. Pero el error no podrá durar. Por lo tanto, consérvate calmo y confiado. El tiempo es honrado, y nos dará la razón” (“Las cartas de Bartolomeo Vanzetti” –Granica Editor- 1972- Bs. Aires p. 69)

      Solamente acertaba en cuanto a que se trataba de una época difícil. El triunfo de la revolución comunista en Rusia sembraba el temor en los países capitalistas. El fascismo con Mussolini a la cabeza se lanzaba al poder dictatorial en Italia. Frente a la paz inestable del Tratado de Versalles, la esperanza de la Sociedad de las Naciones se terminaría diluyendo con la deserción de los Estados Unidos. Solo quedaría en pie una institución creada dentro de ella que llegaría hasta nuestros días, constituyéndose en la gran defensora de la causa de los trabajadores: la Organización Mundial del Trabajo (O.I.T.). De estructura tripartita (trabajadores, empresarios y representantes gubernamentales) no tardaría en proclamar la visión de un mundo más justo y humano, en el cual el progreso social resultaría del progreso económico, cuyos frutos deben ser equitativamente repartidos, excluyéndose las ventajas obtenidas en detrimento de los trabajadores.

      Nada de eso podían reconocer aquellos anarquistas que solo veían en los gobiernos democráticos un enemigo de clase.

 

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      La estrategia del abogado Moore, en el juicio contra Sacco y Vanzetti, consistía en situar el litigio en el marco de la lucha de clases, atacando la injusticia social como forma de forzar la liberación de sus clientes, afirmando que se les juzgaba por su ideología y procurando el apoyo de la clase trabajadora, en lo nacional e internacional. Lo logró, al punto de que un juicio de alcance local pronto se transformó en una causa internacional que despertó la adhesión de trabajadores de todas partes del mundo, provocando grandes movilizaciones, a lo que se  sumaba el respaldo de infinidad de intelectuales de nota, como Upton Sinclair, Bertrand Russell, Bernard Shaw, John Dos Passos, H. G. .Wells y hasta científicos como Albert Einstein y Madame Curie.

      Mientras tanto la Fiscalía se apoyaba en el estado de opinión contraria de la gente común que se identificaba con el “american way of life” y veía en aquellos anarquistas a los enemigos de su país. Siete testigos identificaban a Sacco como partícipe en el delito, entre ellos una respetable bibliotecaria del barrio e incluso uno lo señalaba como autor de los disparos. Otros cuatro testigos acusaban a Vanzetti. Y aunque tanto unos como otros habían incurrido en dudas y contradicciones, la prueba de la defensa que trataba de demostrar que los inculpados no habían estado en el lugar de los hechos, se resentía porque sus testigos eran italianos que tenían dificultades con el idioma y podían ser tachados por su amistad con los acusados. El dueño de la fábrica donde trabajaba Sacco había identificado como de propiedad de éste, una gorra de uno de los asaltantes, recogida en el lugar del crimen. Por último, la prueba fundamental de la Fiscalía consistía en una pericia balística que señalaba que los disparos mortales provenían del arma de Sacco, aunque existían dudas sobre la que estaba en poder de Vanzetti. La defensa mientras tanto sostenía que el cañón del arma de Sacco, había sido manipulado y que la pericia carecía de validez.

       El 22 de julio de 1921Vanzetti le escribió a una de sus benefactoras, la Sra. Glendover Evans: “He perdido la fe en la justicia del hombre; me refiero a la que recibe ese nombre, y no por cierto a ese sentimiento que yace en el corazón del hombre, y que ninguna fuerza infernal será lo bastante fuerte para aplastar. Su asistencia y la asistencia de muchos otros hombres y mujeres han hecho que mi cruz fuese mucho más liviana. No lo olvidaré”.(ob. cit. p. 72)

      Pero el 14 de julio de 1921 el Jurado, después de unas pocas horas de deliberación,  pronunció su veredicto: culpables.

      Entonces, el 4 de septiembre siguiente, Bartolomeo le escribió a su hermana Luigina: “Ya sabes cual fue el resultado. Por segunda vez, parece imposible, me declararon culpable de un delito que no solo no cometí, sino que ocurrió en un lugar en el que no estuve jamás. Con todo,  no se ha dicho aún la última palabra. Apelamos para la revisión del proceso. Dentro de unos meses tendremos la respuesta del juez. Si esta es negativa, recurriremos a la Corte Suprema del Estado.” 

      Más tarde, ilusionado con otras alternativas, el 11 de junio de 1922, le escribió: “Uno de los testigos de la acusación confesó haber jurado en falso; un testigo nuevo, a quien antes habían hecho desaparecer del Estado, negó categóricamente nuestra presencia entre los autores del atraco; por otra parte, se pueden aportar muchos testigos irrefutables acerca de la forma de mis bigotes, que (cómico pero verídico) fue de suma importancia en el primer proceso” (ob. cit. p. 80)´

      Mientras Sacco, que había caído en una profunda depresión, intentaba inútilmente una huelga de hambre, Vanzetti se manifestaba optimista.

       Quizá injustamente se le había reprochado al abogado Fred Moore, incompetencia y debilidad y eso condujo a que ambos aceptaran la designación de un nuevo defensor, el abogado de Boston William Thompson , un famoso letrado que no simpatizaba con las ideas de sus defendidos, pero se proponía darle al juicio un giro diferente, promoviendo la reapertura del caso. Sus honorarios eran muy elevados, pero el apoyo de que gozaban Nick y Bart, permitía costearlos. Se hablaba de la posibilidad de una deportación. Vanzetti se alentaba porque –decía- “el abogado es hombre de gran influencia; el Estado está harto de nuestro proceso”, pero en una carta del 8 de mayo de 1925 le confiaba a su hermana: “No me fío de los abogados: estoy absolutamente seguro de que el trabajo y la defensa legales son, por sí solos, desesperadamente inocuos, absolutamente inútiles”  Y en otra carta le decía: “Piénsalo, seguimos reclusos después de que se gastaron 300.000 dólares y se movió todo el mundo en nuestro favor…”(ob. cit. p. 124 y 138)

       No obstante ello sus esperanzas se rehicieron –Sacco ya ni quería ser defendido- cuando Thompson planteó una apelación ante la Corte Suprema del Estado de Massachussets. De acuerdo a su visión estratégica, opuesta a la de Moore, les pedía a los reos que no se insistiera con la agitación popular, decisión sobre la cual asumiría, por escrito, toda la responsabilidad. Pero la Suprema Corte del Estado, el 22 de mayo de 1926, rechazó por razones formales la apelación.

      Una nueva luz de esperanza se presentó para ellos cuando un presidiario condenado a muerte, el portugués Celestino Madeiros, confesó haber intervenido en el asalto, lo que abonaba la inocencia de los acusados. Pero el juez Thayer ante el cual se presentó la moción para la revisión de la causa, la denegó el 23 de octubre de 1926, aduciendo que la declaración de Madeiros no era confiable y que solo intentaba demorar su ejecución. Nuevamente Thompson apeló ante la Suprema Corte del Estado. A esta solo le tocaría fallar sobre si durante el proceso se hubieran violado disposiciones legales en perjuicio de los acusados. El 5 de abril de 1927 esta apelación también fue rechazada.

      Quedaba una última posibilidad. La Constitución de Massachussets le daba al Gobernador del Estado la potestad de revocar o conmutar cualquier sentencia, por razones de clemencia o de justicia. Se presentó entonces la petición ante el Gobernador Alvin Fuller, que contaba con un amplísimo respaldo -particularmente con el del eminente Profesor de Harvard Felix Frankfurter- y los más variados sectores de la opinión pública. El Gobernador nombró una comisión de tres miembros para investigar el caso en su totalidad, presidida por el Rector de la Universidad de Harvard, Lawrence Lowell y que integraron además el Profesor Strattom, presidente del Instituto Tecnológico y el Juez George Grant. La Comisión Lowell –como se la llamó- revisó el legajo del juicio, volvió a interrogar a los acusados y testigos, entrevistando además al juez Thayer, al Fiscal, a los miembros del Jurado y al propio Madeiros. Su conclusión fue que ambos acusados eran culpables, siendo más contundente la evidencia contra Sacco. Frente a este dictamen el Gobernador denegó la petición.

       En la medianoche del 23 de agosto de 1927, Sacco y Vanzetti fueron ejecutados en la silla eléctrica. En el momento de la ejecución Sacco gritó: ¡Viva el anarquismo! Vanzetti sólo protestó: “Soy inocente”.

 

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      Las cartas enviadas por Vanzetti a su familia –especialmente a su hermana Luigina que lo acompañó en el momento de su ejecución- son verdaderamente conmovedoras y conducen al lector a una firme convicción sobre su inocencia. Fueron compiladas por otra de sus hermanas, Vicenzina y publicadas recién en 1946, siendo editadas en lengua española por el Editor Granica, en Buenos Aires, 1972, bajo el título “No lloren mi muerte”. Este título responde a una de sus últimas misivas, enviada veinte días antes de su ejecución donde decía: “Les juro mi completa inocencia respecto de este o de cualquier otro crimen.  No se averguencen de mí…Y si he de morir por suprema injusticia de los hombres y de cosas, pueden estar seguros de que ninguno de mis enemigos será llorado como seré llorado yo. Pero no quiero que los míos me lloren…”

      Esta misma protesta de inocencia la proclamó el 9 de abril de 1927 cuando se le comunicó la sentencia final de muerte. Ante la tradicional requisitoria sobre si tenía algo que decir, se plantó ante el Juez Thayer, al que responsabilizaba de su condena, para decirle: “hace siete años que estamos encerrados en la cárcel…sin embargo, usted lo ve, lo miro directamente a los ojos, no me ruborizo, no cambio de color, no me avergüenzo, ni siento miedo.” Y terminó su apasionado discurso con las siguientes palabras: “…He sufrido por culpas que efectivamente tengo. He  sufrido por ser radical y, en efecto, soy radical; he sufrido por ser italiano y, en efecto, soy italiano; sufrí más por mi familia y por mis seres queridos que por mí mismo; pero estoy tan convencido de estar en lo justo, que si usted tuviera el poder de matarme dos veces y yo pudiera nacer dos veces, volvería a vivir para hacer de nuevo, exactamente, lo que hice hasta ahora.” (ob.cit.p. 223)  

      También hay que decir que en sus cartas, si bien no ocultaba sus ideas, nada les contaba a sus familiares sobre las actividades ilegales del grupo anarquista al que pertenecía. Se sabe que su padre se disgustó cuando lo supo y dejó de mantener correspondencia con él. En contacto con el espíritu  violento de la sociedad norteamericana, en poco tiempo Vanzetti pasaría del romanticismo socializante de De Amicis, que cultivaba en Italia, a la furia anticapitalista de los ácratas. Su padre no podía comprenderlo. A poco de haber emigrado, mucho antes de los trágicos hechos que le tocara vivir, el 12 de enero de 1911, le escribía a su hermana: “Aquí,  la justicia pública se funda en la fuerza y la brutalidad, y pobre del extranjero, y en particular del italiano, que pretenda hacer valer la razón con medios enérgicos: para él se hicieron el bastón de los guardias, las prisiones y los códigos penales. No creas que los Estados Unidos son un país civilizado; aunque no faltan grandes cualidades en la población nativa y sobre todo en la totalidad cosmopolita, si les quitas los dólares y la elegancia en el  vestir, encuentras semibárbaros, fanáticos y delincuentes.” (ob.cit. p. 46)

       Un hondo resentimiento se estaba instalando en su corazón puro e idealista, el mismo que lo hacía  recordar una frase de San Agustín: “la sangre de los mártires es la semilla de la libertad” y lo llevaba a tener una visión superficial y sustancialmente falsa del país que lo había recibido, precisamente, bajo la efigie de la Libertad. Y poco antes de caer detenido, le escribía a su tía: “No soy más el muchachito sabihondo. Soy el hombre altivo y taciturno que ve todas las fealdades, todas las injusticias; el hombre que combate con todas sus energías contra la actual sociedad de lobos y corderos, listo para lanzarse, sin temores y sin incertidumbres, a la gran lucha que está por estallar.”(ob.cit.p.61)  Ello tal vez pueda explicar el rumbo que siguieron él y su compañero.

      Aunque se pueden señalar muchas coincidencias entre los juicios de Chicago y los que se siguieron contra Sacco y Vanzetti, particularmente porque sus protagonistas compartían los ideales anarquistas y participaban en la lucha por la cuestión social y las reivindicaciones obreras, las diferencias son notorias. Hay entre ellos una distancia de cuarenta años, que marca en ese lapso una importante evolución en el Derecho del Trabajo, tanto en su faz individual, sobre las condiciones de las relaciones de trabajo, como en lo colectivo, en lo tocante al reconocimiento del derecho sindical. Aunque en ambos casos existía un clima de alarma colectiva, en uno  se trataba del estallido de una bomba en un acto público, mientras que en el otro se investigaba un delito contra la propiedad, practicado con extrema violencia, llegando al homicidio. Pero existe sobre todo una diferencia muy importante en cuanto a la forma en que fueron tramitados y el grado de legitimación que se le ha atribuido a uno y otro juicio. Mientras ya nadie duda de que el juicio que se montó en 1886, estuvo viciado de nulidad desde el principio y sólo  buscó una condena que se pretendía ejemplarizante contra los procesados y sus camaradas, por su ideología y la causa que defendían, la opinión de los académicos aparece como muy dividida en el caso de Sacco y Vanzetti, ya no solo en lo formal, sino también en cuanto a la responsabilidad que se les atribuyó como autores del delito. Al admitirla, tratándose de un doble homicidio, en primer grado, la condena a muerte era solo una consecuencia de la ley aplicable.

      El profesor Félix Frankfurter, un académico de Harvard, estaba convencido de la inocencia de los inculpados y escribió un libro que fue considerado como “ la Biblia ” sobre el caso. En 1933, el ayudante de Thompson en el juicio, Herbert Herman, dio a conocer otro libro en el que señalaba la culpabilidad de Madeiros y del “gangster” Joe Morelli, en el asalto de Baintree, lo que sería prueba de la inocencia de Sacco y Vanzetti. Pero en 1960 esta opinión comenzó a ser controvertida, cuando Robert Montgomery publicó un libro titulado “ Sacco y Vanzetti - El crimen y el Mito” donde justificaba los veredictos de culpabilidad sobre ambos. Finalmente, en 1962 el abogado neoyorquino James Grossman, se inclinó por una tercera posición: hizo una nueva revisión de los antecedentes del caso, reivindicó la pericia balística y consideró a Sacco como culpable y a Vanzetti, como inocente. Esta misma posición fue acompañada por Francis Russell en un libro que tituló “El caso resuelto”, publicado en 1986. (Referencias tomadas de la nota del profesor Richard Newby , de la Universidad de Illinois en la dirección: http:// www. Writing.upenn/ alfilreis/ 50s/ newby –sacvan. Html)

      Frente a esta controversia, como abogados debemos aceptar que sin tener un acceso directo a los antecedentes judiciales, es imposible inclinarse fundadamente a favor de cualquiera de esas tres opiniones, aunque debemos expresar nuestro rechazo contra la pena de muerte, que en un caso como este, tan lleno de dudas, demuestra toda su injusticia.

      También se ha sostenido que el abogado Fred Moore supo -por habérselo comunicado Carlo Tresca- que Sacco era culpable, lo que lo desmoralizó, debilitando su defensa. Coincidiría con ello que el analista del caso Francis Russell dijo haber recibido en 1982, una carta del hijo del anciano Giovanni Gambera, último sobreviviente del comité de defensa de Sacco y Vanzetti, donde le confiaba que todos sus integrantes conocían la culpabilidad de Sacco, pero que un pacto de honor y de silencio -que Vanzetti compartía-  hizo que esa verdad no trascendiera.

      Como quiera que haya sido y con el temor de que la verdad, como ha ocurrido en tantos otros casos, no se pueda conocer del todo, es evidente que este juicio, jurídicamente por lo menos,  no puede ser equiparado al que se siguiera en Chicago, cuarenta años antes.

      En el plano político, en cambio, el caso Sacco y Vanzetti fue desplegado como una bandera de lucha por todos los que vieron en él una injusticia del capitalismo. Después de la ejecución se escucharon voces de protesta en todas las grandes capitales, acompañadas de multitudinarias manifestaciones. El profesor Lowell presidente de la comisión que refrendó los fallos, fue objeto de duros ataques en la propia Universidad de Harvard y la casa del juez Thayer fue destruida por una bomba, resultando herida su esposa. En cambio, Felix Frankfurter, que proclamara la inocencia de los ajusticiados, fue designado por Roosevelt como miembro de la Suprema Corte de Justicia. Por último el gobernador Michael Dukakis, al cumplirse cincuenta años de su ejecución, los reivindicó y proclamó el 23 de junio como el día de Sacco y Vanzetti.

      Escritores de la talla de Upton Sinclair y Morris West, entre otros,  escribieron sobre el caso y en la década de los años setenta, una exitosa película dirigida por Giuliano Montaldo, con la actuación de Gian María Volonté y Ricardo Cucciola, en los papeles protagónicos, recorrió el mundo entero. La Balada de Nicola y Bart, cantada por Joan Baez, se hizo célebre.( “Here´s to you Nicola and Bart/  rest forever here in our hearts…”)

      La imagen de aquellos grandes idealistas que murieron en la silla eléctrica, entró entonces en la leyenda. Ya no interesarían sus ideas; ni siquiera si fueron o no culpables; su causa se confundiría con la de todos aquellos que se consideran oprimidos y luchan por su libertad.

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      Los hechos de violencia del pasado que se acaban de relatar, merecen una especial reflexión y se constituyen en un antecedente, cuando se entra a analizar uno de los grandes peligros que acechan a la sociedad actual: el terrorismo. Mientras algunos lo consideran como un delito internacional, que debe ser prevenido y castigado, otros pretenden que se trata de actos de defensa de los débiles frente a los poderosos, que se legitiman por los móviles de justicia  perseguidos. Esta misma discusión se planteaba ya, sobre todo en relación con la cuestión social, a fines del siglo XIX y comienzos del XX. Del pistoletazo se pasó a la bomba explosiva o incendiaria y más tarde a la rapiña practicada por bandas cuyos métodos en nada se diferencian de la delincuencia común, salvo en cuanto a los fines que se atribuyen. En la actualidad, los avances tecnológicos y la posibilidad de acceder a armas cada vez más mortíferas, sumada a la complejidad de la vida moderna, la diversidad y potencialidad internacional de los conflictos, transforman este problema en un terrible desafío para la paz y la seguridad.

En la época de los atentados anarquistas no se hablaba de terrorismo. Esta es una expresión que se introdujo recién en la 3ª. Conferencia Internacional para la Unificación del Derecho Penal de Bruselas, celebrada en 1931, para abarcar una amplia gama de de delitos, generalmente con una finalidad política o social, que se realizan por medios de estrago y tienden a provocar la alarma pública. (Cfr. González Lapeyre “Violencia y Terrorismo”–Arca-Mdeo.1995ps.18yss.)
La evolución del Derecho Internacional y en especial de la Jurisdicción Penal Internacional, ha abierto un camino  para la prevención y represión de esta creciente y cada vez más peligrosa clase de delincuencia. Por empezar, de acuerdo a estas tendencias, el delincuente terrorista, aún en los casos de que no se trate de delitos de lesa humanidad, es susceptible de extradición, aunque haya actuado movido por fines políticos o sociales, sin que le corresponda el derecho de asilo.

A pesar de que la agresividad, innata o adquirida –según la concepción antropológica que se asuma-  se encuentra en la base de estas conductas antisociales, la admiración que su idealismo despierta en muchos espíritus desprevenidos, es causa de no pocas confusiones. Y si se recoge el hilo histórico que liga a esos actos de violencia, inevitablemente se llega a aquellas “acciones directas” del  pasado.

El idealismo siempre despierta admiración, más aún cuando  lleva al sacrificio de la propia vida. Pero muchas veces esa admiración resulta equivocada. La arrogancia de quienes piensan que el fin justifica los medios y no ponen un freno moral a la lucha por sus ideas -aunque se busque un mundo mejor- jamás debe imponerse sobre la tolerancia y el respeto por el derecho ajeno. Porque el derecho de cada uno cesa donde empieza el derecho de los demás.

Nada tiene de admirable la pretensión de imponer por la fuerza un determinado sistema.  Sí, en cambio, debe admirarse la fuerza de la razón que caracteriza la discusión abierta de la democracia, fundada en el verdadero concepto de la libertad.

Gracias a eso y no por la violencia irracional, la humanidad ha progresado en Derecho y en Justicia.

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El conteo comenzó el 1/1/2014