Oscar Wilde

Por Washington Bado

 Fotografía de Oscar Wilde y Alfred Douglas. La seguridad de la familia y de las buenas costumbres que el Derecho inglés protegía de manera muy especial, prevalecieron sobre un amor imposible que hoy la Justicia hubiera respetado.

A instancias del Marqués de Qeensberry, padre de Alfred, el Jurado encontró al gran escritor culpable de siete cargos por “actos groseros de indecencia·” y fue condenado a dos años de prisión y trabajos forzados.

 

 

 

 

 

 

 

 

 El juicio por la sexualidad

 

      En el siglo XIX, Pedro Dufour dio a conocer su obra “Historia de la Prostitución ”-que se leía entonces poco menos que a escondidas- en la que exponía todo cuanto podía saberse sobre  esta actividad, tan antigua como la humanidad misma, desde sus primeras manifestaciones, religiosas y hospitalarias, hasta llegar al comercio sexual propiamente dicho, que desde entonces no ha dejado de ejercerse en todas las sociedades y en todas las épocas.

      De todos modos no puede ponerse en duda que el amor verdadero tiene que haber precedido al venal.  En nuestros días, E.S. Turner, bajo el título “Historia de la Galantería ”, dejando de lado el comercio sexual (que ha hecho que se dijera que la prostitución es la profesión más antigua)  llevó a cabo una profunda investigación sobre las formas de aproximación erótica de que se han valido los seres humanos en todas las épocas para entregarse -más apasionada que interesadamente- a los placeres del verdadero amor. (Ed. Caralt –Barcelona- 1977)

      Gracias a esa investigación sabemos hoy que la edad de la Caballería no fue tan recatada como suele suponerse, sino profundamente “inmoral y licenciosa”, como la calificaron algunos historiadores victorianos, ya que era “imposible describir lo que ocurría en los castillos feudales bajo la tapadera de la cortesía”, aunque  daban por seguro que “las mujeres jóvenes tenían la costumbre de visitar de tapadillo las habitaciones de los hombres, besándolos y abrazándolos en sus propios lechos” (ob. cit p. 30). No debe olvidarse que, como lo destaca el mismo autor, la costumbre medieval era que la gente durmiera desnuda.

      La reacción sobrevino más tarde con los puritanos que aspiraban a que la inmoralidad se considerara como una infracción a la ley. En 1650 el Parlamento inglés declaró el delito de fornicación que sería castigado con tres meses de cárcel y la obligación de observar buena conducta durante un año. El adulterio era castigado con la muerte. En Nueva Inglaterra, Massachussets, adonde se trasladaría el puritanismo extremista, se instituyó el delito de seducción, considerando como tal “la conversación, las cartas, los mensajes, la pura y simple compañía, la familiaridad innecesaria, los encuentros nocturnos, la frivolidad pecaminosa, los regalos y otros actos similares” (Ob. Cit. P.67)

      Aunque la Revolución Francesa produjo un momentáneo relajamiento de las costumbres, el romanticismo no tardó en rectificar esos rumbos. Quedó por el camino la pretensión esgrimida por Rousseau de que la libertad de las relaciones sexuales no podía verse restringida por ningún derecho divino o humano y en su lugar se ensalzó la necesidad y respetabilidad del matrimonio. No obstante la sociedad se volvió refinada y la inocencia ya no podía conservarse intocada por tanto tiempo. Las mujeres usaban polvos y pinturas, resaltaban su anatomía oprimiendo su talle con corpiños y delicadamente introdujeron la moda del desnudo, para exhibir sus encantos en las reuniones sociales.

      Era la época del vals. Probablemente allí nació el aserto –tantas veces susurrado en los devaneos de la seducción- de que el baile era el mejor pretexto para tener una mujer ajena entre los brazos. Así lo recuerda Turner: “Algunos escritores recomendaban el baile como un medio para que los jóvenes pudieran abrazarse y otros lo condenaban por la misma razón” Y un crítico de la época aseguraba: “Europa ha caído en las garras del baile más pervertido de los últimos cien años” (ob. Cit. P.136)

      En 1838 comenzaría el severo reinado de la Reina Victoria. Se cuenta que un día ella se sentó con su adorado Alberto sobre un canapé de su saloncito azul y le declaró su amor, luego de lo cual se casaron. Junto con ellos se entronizaría la mojigatería  de las costumbres en Inglaterra, con un nuevo y postrer empuje del puritanismo. En la literatura se terminaron los arrebatos de los Shelley y los Byron y comenzó la era de Dickens. En lo económico y social se abría paso la Revolución Industrial y junto con ella la determinación política de los Disraeli y los Gladstone, que labrarían la grandeza del Imperio Británico.

      Pero más tarde la marea puritana comenzó a debilitarse. En la segunda mitad del siglo XIX, aparecieron en  Inglaterra las primeras feministas. Se alzaban contra la concepción de la “doble vida” que pretendía legitimar  que los hombres de buena posición tuvieran amantes, mientras se afirmaba que una mujer debía permanecer fiel a su esposo durante toda la vida. Al mismo tiempo reclamaban salir de su forzado ostracismo, ampliar su círculo social, practicar deportes como el crocket o el tenis y desde luego, trabajar. Las reclamaciones por los derechos políticos vendrían in-  mediatamente después.

      A esta clase de mujeres pertenecería Jane Algee, la madre de Oscar Wilde.

      Su padre, Sir William Wilde era precisamente el modelo de hombre contra el cual las feministas luchaban.

 

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      Oscar Fingal O’Flahertey Wills Wilde, más simplemente conocido como Oscar Wilde, nació en Dublín, el 16 de octubre de 1854, hijo del matrimonio de clase media que formaban William Wilde, médico otorrinolaringólogo y Jane Algee, una bella poetisa que se atribuía ser descendiente nada menos que de Dante Alighieri.

      Según parece el Dr. Wilde era un mujeriego empedernido, lo que lo llevó a tener que enfrentar el juicio de una paciente que lo acusaba de haber  abusado de ella. De todas maneras alcanzó un gran éxito profesional llegando a tener entre sus clientes a encumbrados personajes de la nobleza, lo que le valió que la reina Victoria lo nombrara miembro del Colegio Real de Cirujanos y más tarde caballero del reino.

      Jane Algee no era mujer de tomarse muy en serio las aventuras de su esposo, interesada como estaba en los compromisos sociales de su actividad literaria, hasta que la infidelidad tomó estado público con el escándalo del juicio mencionado, que afectó la respetabilidad familiar, más aún que la existencia de los hijos naturales que se le atribuían al marido. El niño tenía pues motivos más que suficientes para rechazar al padre.

      Francesco Mei, biógrafo de Oscar Wilde, cuyas investigaciones hemos estado siguiendo, sugiere que “quizá Jane proyectaba sobre su segundo hijo algo de su propia exuberancia femenina, para consolarse con la niña que no había tenido…” (“Oscar Wilde” -2ª. Ed. Vergara –Bs. Aires- 1991 p.14) En una fotografía el niño aparece vestido como una niña. Pero la hija llegó al fin y la desgracia la arrebató del seno familiar, lo que afectó a todos y en especial al padre que se entregó al alcoholismo.

       Las tertulias literarias en las que participaba desde niño, despertaron en Oscar una vocación temprana que su madre estimuló. Pero las inquietudes de Jane no se agotaban en la literatura. Ya de muy joven había participado en actividades políticas que tenían que ver con el viejo sueño libertario de la Irlanda irredenta y aunque Oscar no continuó esa veta, le valió asumir ciertos aires de inconformista, que más por el espíritu de “épater les bourgeois” –como dicen los franceses- que por el de querer contribuir a una verdadera causa revolucionaria, lo llevaron a flirtear con el socialismo incipiente.

      La formación académica del joven Wilde se desarrolló en el Trinity College de Dublín y en Oxford. Allí comenzó su pasión por la civilización helénica y el culto de la belleza por la belleza misma, sin censuras morales, lo que dejaría en él una profunda huella. A los veinticinco años, con las más altas calificaciones, se graduó como Licenciado en Artes, al tiempo que obtenía un primer premio de poesía reservado para los estudiantes de Oxford.

      Las inclinaciones homosexuales que ya se manifestaban en él, lo llevaron a relacionarse con otras personas de esa misma condición, como Lord Roland, un magnate que organizaba fiestas licenciosas y Frank Miles, que sería su primer amigo estable.  En esa época Oscar se transforma en un “dandy”, afiliándose a lo que se llamó la corriente esteticista, que practicaba un permanente histrionismo, valiéndose de ropas estrambóticas y actitudes desafiantes, para participar en salones donde su oratoria cautivante le granjeó tantas simpatías, como su inclinación a la mordacidad, resentimientos. También comenzó su afición por lucir flores en su chaqueta, primero un girasol, que más tarde cambió por un clavel verde.

      Después de dar a conocer su primer obra dramática, titulada “Vera”, inspirada en los terroristas rusos, que fue representada sin éxito, viajó a los Estados Unidos donde desarrolló otra faceta de su personalidad creativa, actuando como conferencista.

      De regreso a Inglaterra y después de un breve pasaje por París que le permitió conocer a “les poètes maudits” como Verlaine y Rimbaud, frecuentando sus ambientes predilectos, volvió a Dublín. Allí conoció a Constance Mary Lloyd, cinco años menor que él, a quien describió en carta a un amigo como “muy seria y mística, con ojos maravillosos y bucles castaño oscuro.” Pareció entonces  sentar finalmente cabeza,  porque rápidamente se ennoviaron, sosteniendo un breve romance que quedó documentado en encendidas cartas. El 27 de mayo de 1884 se casaron en la Iglesia de St. James de Londres.

      ¿Qué fue lo que llevó a Wilde al casamiento? ¿Cómo se concilia esa decisión con el convencimiento de alguien que llegó a decir: “Deberíamos estar siempre enamorados por eso no deberíamos casarnos jamás”. Alfred Douglas, que fue después la perdición del escritor, comentaba que éste le confesó haber estado profundamente enamorado de Constance y que la suya fue “una pura unión de amor”. Sin embargo se sabe por confesión de otro de sus “amigos”, Sherard, que ya en su viaje de luna de miel a París, Wilde, a escondidas había frecuentado los bajos fondos de la Ville Lumière. Quizá, como lo sostiene Mei, la clave de esas interrogantes haya que encontrarla en la última obra escrita por Wilde, “Un marido ideal”, en uno de cuyos diálogos se dice: “Tú hiciste de mi tu falso ídolo, y yo que no tenía el coraje de descender, de mostrarte mis heridas, de contarte mis debilidades, tenía miedo de perder tu amor como lo he perdido ahora…” (ob. Cit. P. 75)

      Constance le dio dos hijos a Wilde, Ciril y Vyvyan y por un buen tiempo, quizá valiéndose de una máscara de honorabilidad victoriana, se alejó de las maneras extravagantes, dedicándose al oficio de periodista, crítico literario y ensayista. A este período pertenece un trabajo en el que, significativamente, trató de demostrar que los sonetos de Shakespeare, lejos de estar destinados a una mujer estaban dirigidos a un actor adolescente, de gran belleza, que interpretaba papeles de mujer, lo que cayó muy mal entre los admiradores del gran dramaturgo y la sociedad victoriana de ese tiempo. Una frase memorable sintetizaría el pensamiento contestatario de Wilde: “La vida imita al arte más de lo que el arte imita a la vida.”

 

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       Oscar Wilde probablemente sería lo que hoy se considera como un bisexual o como también se ha señalado, una persona ganada por el complejo de Narciso, aquel personaje mitológico que al ver su imagen reflejada en una fuente, quedó enamorado de sí mismo, lo que en este caso se manifestaría por la atracción que ejercían sobre él las personas de su mismo sexo. En “El Retrato de Dorian Gray”, que por tantos motivos puede considerarse como la obra más representativa de sus propios demonios interiores, el personaje central por un secreto conjuro guardará para sí “eterna juventud, pasión infinita, sutiles y secretos placeres, violentas alegrías y pecados aún más violentos”, mientras que su propio retrato que lo representaba en la plenitud de su juvenil belleza, “cargaría con el peso de la vergüenza”. Confiesa entonces Dorian Gray que “en una ocasión en adolescente burla de Narciso, había besado o fingido besar aquellos labios pintados…” y que “día tras día había permanecido frente al retrato, maravillándose de su belleza, casi –le parecía a veces- enamorado de él” (Centro Editor de Cultura –Bs.Aires- 2005 p. 100) Ya al final de su trágico periplo, exclamará: “Me gustaría ser capaz de amar…Estoy demasiado centrado en mí mismo. Mi personalidad se ha convertido en una carga. Quiero escapar, alejarme, olvidar…” Y cuando se encuentra a sí mismo, muere agobiado por la carga de su existencia que lo transforma en un cadáver horroroso, mientras el retrato recupera su belleza original.

      Por rara curiosidad el Dorian Gray de Wilde nació casi al mismo tiempo que Sherlock Holmes, el detective creado por el médico Conan Doyle. Un irlandés y un  escocés habían sido convocados por el editor de una revista mensual, el “Lippincott’s Monthly Magazine”, para escribir dos novelas que proyectaron a sus autores a la fama universal. Esto ocurría a mediados de 1891.

      En esa misma época Wilde se cruzó con Alfred Bruce Douglas, hijo de los marqueses de Queensberry y ese encuentro signó su vida para siempre. Alfred era joven, tan bello como Dorian Gray y encarnaba el arquetipo de un efebo clásico. Oscar quedó inmediatamente prendado de él. La vida se encargaba de imitar al arte, como él lo preconizaba y lo enfrentaba a un personaje bello y tenebroso al mismo tiempo, con veleidades de poeta, que se sintió también inmediatamente atraído por el escritor, ya consagrado, que podía abrirle las puertas del éxito literario. Comenzaron entonces una relación oscura y atrevida, que de los encuentros furtivos pasó a los salones de moda, los almuerzos en los restaurantes más elegantes de Regent Street, el trato con los libertinos más abyectos de los suburbios londinenses y los viajes al exterior, Italia, Francia, Argelia, donde el gusto compartido por el arte, alternaba con la vida licenciosa. Mientras tanto, el éxito seguía acompañando a Wilde con obras teatrales como “El Abanico de Lady Windermere” y “ La Importancia de llamarse Ernesto”. La excepción fue “Salomé”, escrita en francés y dedicada a Sarah Bernhardt, que debió sortear los inconvenientes de una absurda censura a la hora de su estreno.

      El padre de Bosie –como Wilde llamaba cariñosamente a Alfred Douglas- distanciado ya de su esposa y que se sabía rechazado por su hijo- pronto tuvo noticias, por los comentarios que circulaban, del equívoco vínculo que lo unía a un hombre mayor y que suponía lo había corrompido. El marqués de Queensberry era el extremo opuesto de su hijo y se acercaba al modelo del padre de Wilde por su machismo, lo que le valió el desprecio del escritor. Le gustaba y practicaba el boxeo, era pendenciero, pero se preocupaba por la suerte de su hijo que había abandonado sus estudios en Oxford y se había desinteresado de una carrera diplomática que el padre –merced a sus importantes vinculaciones- le había procurado. Primero intentó presionar al muchacho pero cuando éste lo desairó se dirigió directamente contra el escritor, exigiéndole que se alejara de Alfred. Sabía de la existencia de una carta que había caído en forma casual en poder de un chantajista, que comprometía a su hijo con Wilde y por la que éste había pagado una suma de dinero.

      Oscar lo echó de su casa y despertó entonces las iras mayores del marqués. Wilde y Bosie alternaban con maleantes depravados de la peor calaña y comenzaron a frecuentar un salón de un tal Alfred Taylor donde los homosexuales se divertían, que no tardó en ser vigilado por la policía, probablemente a instancias de Queensberry, que se había puesto en campaña para aniquilar a Wilde, usando de todas sus influencias.  

      Ese fue el comienzo de una trama que terminaría en los estrados judiciales, donde el indignado marqués obtuvo, por el brazo implacable de la Justicia, la satisfacción de sus propósitos. A ello contribuyó la enceguecida pasión del escritor por su hijo –al punto de que llegó a escribirle que “no podía vivir sin él- y su soberbia incontrolable que le impedía medir las consecuencias de sus actos. Una y otra fueron manipuladas por el veleidoso Bosie, que consiguió que cometiera el peor de sus errores, cuando lo alentó a que entablara una acción por difamación contra su padre. Como dice el viejo refrán, Oscar “fue por lana y salió trasquilado.”

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       Queensberry que había pagado policías para que practicaran allanamientos y reunieran pruebas sobre las relaciones de Oscar Wilde y su hijo con jóvenes dedicados a la prostitución y el vicio y las tenía -con nombres  y direcciones- sabía también que no podía querellar al escritor sin comprometer también a su hijo en una causa que se volvería escandalosa. El juicio, de seguir ese camino, hubiera terminado seguramente con la condena de ambos y desacreditaría a la noble familia Queensberry, cuyo árbol genealógico ocupaba treinta y dos páginas en el Anuario de los Pares de Inglaterra.

      El Marqués que había tenido actitudes infantiles como la de tratar de obstaculizar el estreno de la última de las piezas de Wilde, “Un marido ideal”, arrojando hortalizas al escenario –lo que fue impedido por la policía advertida por el propio autor- concibió, para vengarse de la afrenta y el desprecio de Wilde, una inteligente celada en la que éste cayó. A esta altura -no puede dudarse- que le fue sugerida por los brillantes abogados que ya lo asesoraban.

      Wilde era socio y “habitué” del exclusivo Albermarle Club y hacia allí se dirigió Queensberry, sabiendo que no estaba, para dejarle una nota que decía: “A Oscar Wilde que posa de sodomita” (“To Oscar Wilde who poses as somdomite”) La redacción había sido cuidadosamente rectificada, para que no quedaran dudas de que no se trataba de una atribución directa. A pesar de que el conserje  le aseguró que el mensaje no había sido leído, Oscar presintió que ya era comidilla de los selectos contertulios del club, que aguardarían su reacción. Bosie lo convenció entonces de que presentara una querella de difamación contra su padre –al que supuestamente estaba enfrentado- para reparar su honor.

      Oscar se dirigió entonces al abogado Humpreys, de un afamado estudio, para que radicara la denuncia correspondiente, cosa que hizo, no sin que antes el profesional, prudentemente, le preguntara qué podía haber de cierto en la afirmación del querellado. Wilde, a quien acompañaba el propio Alfred Douglas, lo negó totalmente.

      Edgard Clarke, un penalista de renombre, fue el encargado de asistir al denunciante en el juicio, en tanto que el Marqués de Qeensberry –que fue detenido pero puesto de inmediato en libertad bajo fianza- estaría defendido por otro letrado de campanillas: Edward Carson, del estudio Day Russel and Comp. quien era además miembro del Parlamento y del Consejo de la Corona.

      Carson conocía perfectamente a Wilde -ambos habían sido compañeros en el Trinity College de Dublín- pero era el extremo opuesto de aquél; se caracterizaba por la rigidez de sus hábitos y costumbres. Con todo, no asumió el caso hasta no tener la certeza de los cargos que le incriminaba su cliente a Wilde. Este le ocultó la verdad a su abogado y cometió su segundo error. En cambio, el marqués no le ocultó nada al suyo. La verdad que se esconde a un abogado, se transforma durante el juicio en la mejor defensa para el adversario. Esa fue la diferencia y se reflejó en el error de estrategia en que incurrió  Clarke.

      La difamación no es un delito de acción pública y requiere la denuncia del ofendido porque el bien jurídico protegido es el honor privado del querellante. En todos los juicios por difamación inevitablemente la cuestión central deriva hacia la comprobación de la verdad de la supuesta ofensa. En este caso se sumaba además al objeto de la querella la atribución de inmoralidad sobre la obra del escritor.

      El 3 de abril de 1895 comenzó el juicio que se tramitó ante un Tribunal del célebre Old Bayley. Frente al requerimiento del Juez, Qeensberry se declaró inocente pues la frase contenida en su nota, según él, respondía a la verdad. Clarke tomó entonces la palabra e hizo un panegírico de su defendido, resaltando sus méritos literarios y su respetabilidad como marido y padre de familia. Consideró que la vinculación con el hijo del querellado era muy honorable y acusó al marqués de manías paranoicas que lo llevaban a perseguir  injustificadamente a Wilde. Leyó entonces una carta que le había enviado a su hijo donde entre otras cosas decía: “Si fueses de verdad mi hijo yo habría preferido matarme antes de correr el riesgo de dar a luz una criatura como tú. Cuando eras pequeño, un día me incliné sobre tu cuna y derramé amargas lágrimas por la culpa de haberte traído al mundo. Por parte de tu madre hay cierta locura…Por lo tanto te concedo tus atenuantes, pues pienso que estás loco. Pero estoy muy triste por ti. ¿Quién puede asombrarse de que hayas caído presa de ese hombre?” (Mei 0b. cit. P.179)

      Seguramente el jurado tomó esto más que como una prueba de la acusación, como una demostración de la aflicción de un padre bueno y desolado.

      Carson tomó entonces la palabra y se limitó a tratar de demostrar que lo afirmado por el marqués era cierto o sea que el escritor se hacía pasar por “sodomita”. Valiéndose hábilmente de la absolución de posiciones que le exigió a Wilde y del contrainterrogatorio –la gran arma de los que manejan la verdad contra los que la ocultan- fue utilizando en su beneficio la soberbia del artista, que probablemente conocía, para hacerlo caer en contradicciones. Las respuestas ingeniosas a que Wilde estaba tan acostumbrado, no disimularon que ingenuamente cayera en la aceptación de hechos que lo comprometían gravemente. Wilde admitió que había alojado a Douglas en su casa y que había cohabitado con él en otros lugares, como su estudio y el Savoy Hotel. La demostración de que practicaba el hedonismo que resaltaba en sus obras, muchos de cuyos pasajes fueron discutidos, pasó entonces a un segundo plano.

       Carson se reservaba para el final de su alegato, un golpe que podía considerarse bajo. Denunció entonces las relaciones equívocas de Wilde con otros jóvenes de baja condición a los que había hecho regalos. El escritor trató de defenderse alegando que se interesaba en ellos por razones profesionales. Pero Carson dobló la apuesta aportando detalles con nombres y lugares de encuentros, hasta llegar a la siniestra casa de Taylor y su relación con un camarero desempleado llamado Charles Parker, al que obsequiaba con cenas regadas con champagne helado en el Savoy. Después de aceptar Wilde que el champagne helado era una de sus bebidas preferidas, en contra de las órdenes de su médico, se registró el siguiente diálogo:

       -  “¿Qué había de común entre ese joven y Vd.?

       - “¿Se refiere Vd. A qué tipo de atracción? Se lo voy a decir: me agrada la compañía de gente más joven que yo. Me gustan su ocio y su despreocupación. No reconozco distinciones sociales de ningún tipo y para mi la juventud, el solo hecho de ser joven es tan maravilloso  que preferiría hablar con un joven durante media hora antes que ser interrogado en un tribunal…” (Ob. Cit. P. 18)

      Y ya en tren se hacerse el gracioso, con respuestas de ese tono, terminaba por confesar sus relaciones con esos jóvenes, sin advertir que no estaba en el podio de los conferencistas, sino –ya de hecho- en el banquillo de los acusados. En efecto, el comportamiento del jurado y del público, que al principio se mostraban favorables a él, se había ido modificando. Ya se estaba probando por lo menos que se hacía pasar por sodomita. Pero al finalizar la segunda jornada del juicio, Carson anunciaba más pruebas…

      En la tercera jornada Clarke tenía previsto convocar a Alfred Douglas para que declarara contra su padre, pero, convencido a esa altura de la culpabilidad de ambos por la verdad que se le había ocultado, prefirió no hacerlo. El abogado comenzaba a batirse en retirada y –descartado que el asunto pudiera centrarse sobre la paranoia del marqués y la obra de Wilde- ante el cariz que había tomado el juicio y el anuncio de nuevas pruebas aún más graves, le planteó a su cliente la conveniencia de desistir de la denuncia lo que obligaría al archivo del caso. Wilde dudaba.

      Al comenzar la nueva audiencia Carson anunció que se atendría “a la parte más dolorosa de la causa” y que citaría a declarar a esos jóvenes, empezando por Charlie Parker. “Cuando escuchen sus palabras se maravillarán no ya de las habladurías llegadas a oídos de Qeensberry, sino de pensar que este innoble individuo, Wilde, haya sido tolerado por tantos años en la buena sociedad y que sus irregularidades no hayan llegado a oídos de la ley” Y fue más lejos: ya no solo lo acusaba de hacerse pasar por sodomita sino de “practicar con total desfachatez ese vicio”. (id. P. 187)

       Clarke no esperó más. Pidió al juez que se suspendiera por un momento la audiencia. Habló con Wilde quien ya no dudó en aceptar desistir de la querella por difamación pero, temiendo ya que su cliente  iba a ser objeto de una denuncia penal en causa pública, le aconsejó  que se alejara inmediatamente del país, de ser posible ese mismo día.

      Carson aceptó la propuesta de su colega de no seguir adelante con la causa, admitiendo un veredicto de no culpabilidad a favor del marqués.

      El jurado se pronunció entonces por unanimidad diciendo que el acusado, Queensberry, no era culpable y que “todas sus afirmaciones fueron expresadas en pro del bien público” Esta parte del veredicto encerraba una condena implícita contra Oscar Wilde y le abría un horizonte oscuro.

 

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      A pesar de que todos sus amigos insistieron en que se alejara hacia Francia y llegaron a reunir una suma para que lo hiciera, Wilde decidió permanecer en Inglaterra. Cometió así su tercer error.

      A las cinco menos cuarto, la hora señalada para la partida del tren de ese día hacia París en la Estación Victoria , Oscar que había estado esperando infructuosamente a su adorado Bosie, para despedirse de él, dejó que el tren se alejara. Volvía a quedar atrapado por su pasión y quizás también por su soberbia.  Eso a pesar de que un periodista –ya la noticia del fallo había tomado estado público en los periódicos vespertinos- le anunció que corría el rumor de que se había librado orden de captura contra él.

      Poco después sería efectivamente detenido y conducido a la misma comisaría, donde había radicado su denuncia anterior, bajo la imputación de haber cometido actos inmorales. Comenzaría así el segundo juicio que lo involucraría, esta vez por un delito de acción pública contra la moral y las buenas costumbres que el Estado protegía y donde su representante, el Fiscal, llevaría la iniciativa.

      Queensberry se abstuvo de iniciar una querella contra Wilde pero uno de sus abogados le hizo llegar al Procurador General de la Corona , Hamilton Cuffe, una copia de todas las declaraciones prestadas en el juicio clausurado. El marqués no se conformaba con haber quedado exculpado y aspiraba a que su enemigo terminara en la cárcel.

      Después de permanecer detenido durante tres semanas, Wilde se enfrentó al Juez Bridge, nuevamente en el Old Bayley, por delitos previstos en la vieja “Amendment Act” y bajo los cargos que presentaba el Fiscal G.S Gill. El asunto ya había sido discutido al más alto nivel político porque se temía la presión de Queensberry, quien había perdido a su hijo mayor en oscuras circunstancias, que lo relacionaban con el ministro de la Corona , Rosebery, de dudosas inclinaciones. En este caso se consideraba necesario calar hasta el hueso.

      Clarke - motivado tal vez por el fracaso de su primera gestión- tuvo el gran gesto de asumir honoríficamente la defensa de Oscar, que a esa altura estaba empobrecido porque sus acreedores lo habían acosado, rematando incluso los bienes de su casa.

      En este segundo juicio se acumuló irregularmente a la causa la imputación contra Taylor, el propietario del prostíbulo clandestino y se llamó a declarar a los jóvenes  con los cuales Wilde, a través de aquel, había estado vinculado. Clarke consiguió refutar sus declaraciones, demostrando que, más allá de su condición de pobres, eran malvivientes y chantajistas declarados, mucho antes de que el escritor los conociera, por lo que sus testimonios no eran confiables. Incluso uno de ellos fue acusado de  perjurio. La Fiscalía contraatacó presentando como testigos a las camareras del Hotel Savoy, pero Clarke se lució con un golpe maestro cuando convocó a declarar a su propio cliente que con brillantes palabras -con las cuales recordaba a Platón, Miguel Angel y Shakespeare-  refiriéndose al “amor que no osa decir su nombre”, arrancó aplausos del público asistente en la sala del proceso.

      Finalmente el jurado se pronunció, pero salvo en cuanto a uno de los puntos de la acusación, respecto del cual Wilde fue considerado “no culpable”, en los otros no hubo unanimidad. Dada la particularidad de las leyes procesales inglesas, esto motivó que se promoviera una nueva instancia, en la cual actuó como fiscal un jurisconsulto considerado como sumamente rígido: el “General Solicitor”, Frank Lockwood.

      El nuevo juicio prácticamente fue una repetición del anterior, pero pese a su sólida defensa, esta vez Clarke solo consiguió que no se considerara probado el cargo de sodomía. En cambio, el jurado reconoció a Wilde como culpable de siete cargos por “actos groseros de indecencia” y el Juez Wills, el 25 de mayo de 1895, después de declarar que ese era “el caso más execrable” que le tocara juzgar, condenó a Wilde, al igual que Taylor, a dos años de prisión y de trabajos forzados.

      Totalmente derrumbado y después de ver como sus obras eran bajadas de cartel, despreciado por el mismo público que lo había aclamado,  por los propios artistas y declarado en bancarrota, Oscar Wilde marchó a la cárcel de Reading y cumplió íntegramente su condena.

     Mientras estuvo en prisión Bosie no fue a visitarlo. Sus hijos cambiaron de apellido optando por el de la madre y su esposa, que estuvo a punto de divorciarse, cambió de opinión cuando recibió una carta en la que le pedía perdón. “No llores Constance. No soy digno de tus lágrimas. Me doy cuenta del daño que te he hecho a ti y a los niños. Pero no fue solo mía la culpa. Fue Douglas quien me llevó a la ruina…y si estuviese junto a mí ¡te juro que lo mataría!”(ob. Cit. P.233)

      Pero el reencuentro con Constance nunca se produjo. Cuando recuperó su libertad viajó a Francia, donde se estableció en el pueblito de Berneval, dándose a conocer bajo el nombre de Sebastián Melmoth.

      En “De Profundis”, su última obra, escrita desde la cárcel, que se dio a conocer muchos años después, dirigiéndose a Alfred Douglas, dejó escrito:

      “Después de una larga e impetuosa espera, me he decidido a escribirte y ello tanto en tu interés como en el mío pues me repugna pensar que he pasado en la cárcel dos años interminables, sin haber recibido de ti una sola línea…Nuestra trágica amistad en extremo lamentable ha terminado para mí de un modo funesto y para ti con escándalo público. Empero el recuerdo de nuestra antigua amistad me abandona raramente y siento honda tristeza al pensar que mi corazón, antes henchido de amor, está para siempre lleno de maldiciones, amarguras y desprecio.”      

Sin embargo, pese a los reproches y recriminaciones, propias de las reacciones cernidas entre el amor y el odio que siempre mantuvieron, Oscar y Bosie se volvieron a encontrar en Francia.

El escritor, en medio de la decadencia y la pobreza, falleció en París, a los cuarenta y seis años de edad, el 30 de noviembre de 1900. No llegó a vivir en el nuevo siglo que conocería la revolución sexual y prohibiría la discriminación de los homosexuales.

En esta época no hubiera sido condenado. Es probable que hubiera llegado a ser una persona feliz.            

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Durante su cautiverio Wilde escribió: “En la cárcel de Reading, junto a la ciudad de Reading, hay una fosa de infamia, en la que yace un mísero, devorado por dientes de fuego, envuelto en un sudario de llamas, y su tumba no lleva nombre alguno.

Allí, hasta que Cristo llame a los muertos, dejadle en paz yacer; ni lágrimas inútiles, ni suspiros vanos precisa; este hombre mató lo que amaba y tuvo que morir por ello” (“La Balada de Reading”-Clásicos Jackson-  T. XXIV p. 433).

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