Mariquita y Encarnación

 Por Washington Bado

La casa que fuera del General Fructuoso Rivera, primer presidente de la Repúbica Oriental del Uruguay,  hoy transformada en Museo Histórico Nacional. Desde uno de sus balcones fue arrojada a un patio interior su anterior propietaria, la Señora Celedonia Wich de Salvañach, asesinada por sus esclavas Mariquita y Encarnación, cansadas de los castigos que recibían. Fueron ejecutadas. La legislación de Indias, aunque condenaba los excesos,  aseguraba la propiedad sobre los seres humanos permitiendo el tráfico de esclavos, que luego en un acto de justicia,  fue abolido por la nueva República. 

El juicio de la esclavitud

Quienes nos iniciamos en la lectura con las entrañables páginas de “La cabaña del Tío Tom”, de Enriqueta Beecher Stowe, sufrimos con las desventuras de Elisa protegiendo a su hijito de las garras del traficante y aprendimos desde temprana edad que no existe crimen más terrible que el de la esclavitud. Que un ser humano le quite a otro su libertad, que se apodere de su trabajo y que lo deje seguir viviendo  para que pueda ser comprado y vendido, apenas como una cosa, es algo verdaderamente abominable. Y sin embargo este delito, que antes de ser reconocido como tal debió haber sido un pecado en todas las religiones, fue en casi todas las épocas de la humanidad una conducta admitida y hasta fomentada por razones de interés económico. Vencedores inescrupulosos en guerras de conquista y más tarde gobiernos colonialistas movidos por el ansia de riquezas, siguieron esta práctica canallesca, hasta que la conciencia de la humanidad, expresada a través del pensamiento de los enciclopedistas y consagrada después por el  Derecho, la prohibió definitivamente.

La esclavitud surgió desde que la humanidad dio sus primeros pasos en el camino de la civilización, cuando nació la idea de la propiedad y las tribus nómades pasaron a ser sedentarias. Existió en todos los países de la antigüedad, cuando morir a manos del vencedor o caer en la esclavitud era la suerte que corrían los prisioneros de guerra; luego el comercio y la ley del más fuerte trajeron el  tráfico de esclavos. Así fue entre los egipcios y también entre los hebreos – en el Génesis la propia Agar era una esclava egipcia de Abraham- y aunque Moisés anatemizó la esclavitud de los propios hebreos, que sólo podía ser temporal, se permitió posteriormente la de los pueblos vecinos para disminuir aquella.

       En Grecia, Platón y Aristóteles la justificaron, este último pese a haber sostenido que “la riqueza pertenece a pocos pero la libertad a todos”. (“ La Política ” –Austral- B.Aires- 3ª. Ed. p. 99) Con un enfoque económico-social, afirmaba que la esclavitud dejaría de existir el día en que la lanzadera pudiera correr sola por el telar.

       En Roma hubo tres guerras de esclavos, en la última, Espartaco llegó a movilizar miles de esclavos y gladiadores y obtuvo muchas victorias, pero terminó derrotado por Pompeyo.

      En América, después de la conquista, reapareció la esclavitud que ya casi no existía en Europa, cuando los indígenas, que no pudieron soportar el trabajo forzado de las minas impuesto por la codicia de los colonizadores, fueron sustituídos por los negros esclavos que eran traídos de África. Comenzó así el ignominioso tráfico de esclavos que se prolongó hasta el final del período colonial.

      En Uruguay se suele decir que la esclavitud fue relativamente benigna, pero sólo fue así en cuanto a que no existieron grandes plantaciones o ingenios, donde se dieron los peores extremos. La esclavitud quedó así reducida principalmente al ámbito doméstico. La siguiente descripción de Ildefonso Pereda Valdés, investigador y poeta a la vez, recrea la visión familiar de aquella época:

      “Las luces de las bujías arrojaban su resplandor mortuorio sobre los cómodos sillones, en los que tiesos y orondos los abuelos entretenían la tertulia con alguna truculenta narración del tiempo ido. Los esclavos servían el te en una loza de fino grabado, mientras sus amos se pasaban la cajita de rapé y los estornudos estremecían la quieta atmósfera de la tertulia.” (“Negros esclavos y negros libres” Montevideo –1941- p.62)

       De todos modos, Montevideo fue una plaza importante para el tráfico de esclavos, aún después de que este fuera suprimido por el Gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata , que encabezaba Rivadavia,  el 15 de mayo de 1812. Montevideo, pese a que un bando de Artigas de 1814 ratificó la abolición, permaneció bajo el dominio español y luego portugués, por lo que la prohibición fue letra muerta y la esclavitud se extendió hasta que poco después de la declaratoria de la independencia, la Sala de Representantes del Pueblo Oriental de la Florida , por ley de 7 de setiembre de 1825, prohibió las importaciones de esclavos, declarando que los hijos de éstos nacerían libres desde ese momento. El artículo 131 de la Constitución de 1830 lo ratificó.    Con todo, la libertad total de los esclavos siguió un largo proceso. Durante el gobierno de la Defensa y bajo la firma de Joaquín Suárez, el 12 de diciembre de 1842, se promulgó la ley que declaró: “no hay esclavos en todo el territorio de la República ”. El conflicto con el derecho de propiedad sobre los esclavos – a esa altura triste y único fundamento para la sobrevivencia de su estado-  se resolvía declarando “compensado su valor por los servicios que han prestado”. Hay que agregar que en esa época y según un anuncio  “un negro criollo y de todo servicio de casa, de edad de 35 años y sin vicios conocidos” se vendía “en 250 patacones plata libres”. En 1846, en el gobierno del Cerrito, el general Oribe también declaró abolida la esclavitud. Pero la ansiada libertad recién se alcanzó después de terminada la Guerra Grande. Como lo señala Ema Isola, “de esclavo el negro pasó a ser soldado para luego de declarada la paz llegar a ser libre, demás está decir si había logrado sobrevivir a dichas vicisitudes” (“La esclavitud en el Uruguay” Montevideo, -1975- Publicación de la Comisión del Sesquicentenario- p. 307)

      El valor del soldado negro oriental y su contribución a la causa patriótica, tuvieron su mejor ejemplo en el final homérico del Capitán Videla –que recuerda una calle de Montevideo- en la batalla del Cerrito. Comentaba Francisco Bauzá que “aquel negro de heroico aliento, pereció con casi toda su compañía al oponerse a Lacuesta, y a pesar de estar herido gravemente no quiso rendirse prisionero, cuando con la bayoneta al pecho le exigieron que gritara ¡Viva el Rey!  A lo que contestó: ¡Viva la Patria ! Siendo ultimado en el acto.”(“Historia de la Dominación Española en el Uruguay” Mdeo. Tall.Graf. El Demócrata –T.II- p. 140) . La tradición lusitana también lo reconoció y así lo recogía nada menos que Fernando Henrique Cardoso, en su obra “Capitalismo e Escravidao” – citada por Isola- ( p.284): “Es voz general que los más valientes soldados de Artigas son los negros huidos, lo que es natural porque ellos se batían por su libertad.”

      En cuanto al trato que recibieron los esclavos, no debe olvidarse que en 1803 hubo una revuelta, de lo que se instruyó a la Real Audiencia de Buenos Aires. Durante el sitio de Montevideo por las huestes de Artigas, era corriente que los esclavos se fugaran buscando la libertad. Así le ocurrió a Doña Manuela Antonia Cuba quien se quejaba ante el Gobernador de que su única esclava, llamada Ana, fugada de su casa, se le presentó después “con un negro que dice ser su marido y parece soldado o cabo del Regimiento No. 6, declarando ser en dicha circunstancia libre”. (Cfr. Isola ob. cit. p.279)

      Pero el episodio más interesante, del que nos ocuparemos en este relato, ocurrió en 1821, cuando la Plaza Fuerte estaba en poder de los portugueses y se produjo el asesinato de Doña Celedonia Wich, viuda de Salvañach, a manos de sus esclavas Mariquita y Encarnación, en la casona que más tarde pasó a ser de Fructuoso Rivera y que hoy es sede del Museo Histórico Nacional.

 

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      Recordaba Isidoro de María en sus crónicas, allá por 1850, que el crimen “impresionó profundamente a la sociedad de Montevideo. La ultimaron con tenedores y luego arrojaron el cuerpo desde el mirador al patio.” (“Montevideo Antiguo” Clásicos Uruguayos –Vol 23- T. II p. 250). Lo cierto es que la víctima fue arrojada al patio, desde el piso superior. El mirador de la casona, al que se accede por una estupenda escalera de caracol, fue construido en época posterior por lo que tal vez en esto pudo fallarle la memoria al viejo cronista. En cuanto a lo de los “tenedores”, Ricardo Goldaracena, ya en nuestros días y seguramente influido por De María, da la siguiente versión literaria, sin aportar otras referencias:

      “Todo ocurrió de repente. Celedonia sintió que un relámpago helado le recorría el sistema circulatorio: en el agujero oscuro del vano de una puerta, los ojos desorbitados en una expresión de gozo demente, refocilándose por anticipado con el morboso placer del homicidio, Encarnación y Mariquita blandían tenedores enormes, tenedores que titilaban en interminables centelleos sobre el claroscuro del maderamen de la galería” (“El libro de los linajes”-Arca- 2000 p. 261)

      El historiador Aníbal Barrios Pintos, ya a fines del siglo XX,  bajo el título “Historias privadas de la esclavitud: un proceso criminal en tiempo de la Cisplatina ”, con rigor científico ha aportado un completo trabajo de investigación sobre el hecho, que seguiremos en este relato y que en buena medida se aparta de la versión anterior. El distinguido historiador se apoya a su vez en  el estudio que Roberto Mathó Regusci realizó con anterioridad, sobre el expediente judicial instruido por las autoridades cisplatinas, al que tuvo acceso. (“Historias de la vida privada en el Uruguay” –Ediciones Santillana- 1996 ps. 173 y ss)

        De acuerdo a los antecedentes, el crimen tuvo lugar el 2 de julio de 1821, alrededor de las cuatro de la tarde. Las victimarias fueron detenidas y conducidas a las “Reales Cárceles”, en el Cabildo de Montevideo. La instrucción del caso comenzó de inmediato quedando a cargo del Gobernador Interino Don Juan José Durán, asistido por el Escribano Público y de Gobierno, Fernando Ignacio Martínez.

      Mariquita o Mariquilla, como también se la menciona, la principal imputada, se llamaba en realidad María y tenía veintiocho años de edad. Encarnación tenía veinte y el mulatillo Luciano, que intervino secundariamente en el crimen, quince.  Otros dos negritos esclavos, Ignacio y Antonio, de siete y ocho años respectivamente, también declararon como testigos.

      En su primera versión de los hechos Mariquita dijo que al subir al piso alto vio salir a su ama del comedor con las manos y cabeza llenas de sangre y que al agacharse sobre la baranda, llamando a otro servidor de nombre José Cubillas, “sin duda se le fue la sangre a la cabeza y entonces se cayó al suelo”. Esta insólita cuanto ingenua  versión que hacía responsable de la caída a la fuerza de gravedad, no satisfizo desde luego a los instructores y entonces dio una segunda en la que reconoció la autoría del crimen. Luego de una discusión con Doña Celedonia, sobre el lavado del piso del comedor, la ama le reprochó por una fuente de fariña que debió haber sido cocida, a lo que la esclava respondió que no había podido hacerlo, por tener una mano lastimada que le impedía cortar leña. Según la declarante, Doña Celedonia le contestó “que si tenía el brazo malo le iba a poner los ojos tuertos, y le pegó  un rebencazo”. Sigue luego el acta: “y queriéndole dar otro, se levantó la que declara y agarrando un frasco que allí había, se lo tiró a su ama a la cara, y pegándole en la frente le atolondró un poco (lo que fue después que estaba en el suelo su señora ama), en cuyo instante le dio otro golpe en la cabeza con una botella negra con vino, y luego también le tiró con una damajuana de vino y le pegó en las espaldas... “ Más tarde, siguió declarando, tomó un cuchillo y “le dio una puñalada en el pescuezo...” Ayudada por Encarnación y el mulatillo Luciano, continuó en su declaración, retiraron el cuerpo de la señora del comedor y lo llevaron  al cuarto de los criados donde la desnudaron y lavaron sus manchas de sangre, vistiéndola nuevamente, para arrojarla por último, entre los tres, al patio. Según la declaración del negrito Ignacio, Mariquita recibió el cuchillo de Luciano y a su vez, éste, acusó a Encarnación de haber sujetado a Doña Celedonia,  cuando aquella la apuñaló. Quien encontró el cuerpo fue uno de los hijos de la víctima, Carlos, llevándolo a su cama con la ayuda de Cubilla y otro esclavo.

      En una declaración posterior la victimaria trató de explicar su reacción diciendo que su ama le infligía terribles castigos, incluso con grillos, por lo cual no pudiendo soportarlos, se quejó a Don Juan Benito Blanco quien la envió al Hospital de Caridad, hasta que encontrase nueva ama, pese a lo cual fue retornada a la casa de Doña Celedonia.

      El derecho de mudar de amo se reconocía en la colonia, en el caso de que aquél le aplicara a su esclavo castigos de los que pudieran resultar contusiones o efusión de sangre y así estaba reconocido en la Legislación de Partidas (Escriche: Ley 6, T. 21 Part.4 p. 629). Los esclavos podían entonces pedirles “papel de venta”, un documento en el que se señalaban plazos y condiciones para que un tercero pudiera adquirirlos. (Cfr. Isola –ob. cit.- p. 216)

     En el trabajo de Barrios Pintos, se recuerda un antecedente de la señora Celedonia Wich, referente a otra de sus esclavas, llamada Mariana, quien quiso degollarse “de resultas del apuro en que su señora la ponía por la quiebra de un florero”. Mariana había solicitado a su ama el “papel de venta” en varias ocasiones pero ésta se lo había negado.

      Al conferirse traslado de las actuaciones a los familiares de la víctima, el padre de Doña Celedonia, Juan Jorge Wich, se encargó de evacuarlo. Era este un acaudalado comerciante de origen suizo, con tienda en el No. 90 de la calle San Gabriel, casi San Felipe. Goldaracena lo describe así:

      “El padre suizo, criado en la hermética severidad de las normas morales de la religión reformada, sin duda imprime en su casa la idea de que la virtud, patrimonio de los elegidos del Señor, debe imponerse a toda costa por las buenas o por las malas. Acaso no logró jamás que su mujer bebiera muchas de esas ideas. Jacinta de la Torre , muy española, sentía debilidad por las alhajas.” (Ob. cit. T. I p. 260)

      Su hija, también española, nacida en La Coruña en 1780, parecería que por las acciones que le atribuían sus esclavas,  tampoco siguió plenamente sus enseñanzas. No obstante, Celedonia Wich era considerada como una gran matrona de la sociedad colonial de su tiempo,  pues estuvo casada con Cristóbal Salvañach, otro español pero de Alicante, que además de gran hombre de negocios, fue juez y  gobernante, habiendo participado también como militar en la reconquista de Buenos Aires y defensa de Montevideo, durante las invasiones inglesas y en la guerra contra los patriotas de Artigas cuando impusieron el sitio.

      En su escrito, después de invocar a Séneca y a Tácito, el padre de la víctima reclamaba que se le impusiera a los reos la pena capital y que sus miembros fueran “expuestos en altas picotas alrededor de la ciudad” para que “fueran pasto de aves inmundas y carnívoras.”

 

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      La defensa de los encausados le fue encargada por el Defensor de Pobres al Dr. Lucas Obes. Con este apellido –como lo señala Goldaracena- y sobre todo a través de las mujeres que lo llevaron, se fundó un verdadero clan o linaje, que tuvo en su haber a numerosos intelectuales y políticos de destaque,  desde presidentes hasta poetas, dramaturgos  y artistas plásticos. (Ob. cit. T. I ps. 183 y ss.) Y sin embargo los varones que lo llevaron como primer apellido solo fueron dos: Lucas y su hijo Maximiliano, que perdió tempranamente la vida junto con Bernabé Rivera, lanceados ambos  en Yacaré Cururú por los charrúas, que vengaron así la matanza que sufrieron en Salsipuedes, ya con la naciente República.

      Lucas Obes se graduó de abogado en España y volvió al Río de la Plata portador de las ideas vanguardistas que siempre defendió, con las que solía deslumbrar en las tertulias de su tiempo y con las que dinamizó al Cabildo Abierto de Montevideo del 21 de setiembre de 1808, precursor del movimiento revolucionario de la Junta de Mayo de 1810, en Buenos Aires, que abrió el camino de la libertad en América.

     Con esos antecedentes no puede sorprender el formidable alegato que  presentó, en defensa de los tres esclavos imputados del crimen de Doña Celedonia Wich de Salvañach. Es un verdadero proceso contra la esclavitud y como tal merece su transcripción textual, que tomo del aludido trabajo de Barrios Pintos. (Ob. cit. p. 184 y ss.)

      El Doctor Obes comenzó expresando que “el exponente mira el universo de Dña.Celedonia y como piensa en orden a su castigo, no podrá decirlo sin alargar las añejas prevenciones un pueblo que mira con horror un cadáver y no mira con tedio un cargamento de esclavos; donde se conoce una raza monstruosa, donde sus individuos pasan por necesarios a la prosperidad, el público y los particulares; donde se hacen esclavos para multiplicar la grey del Salvador; donde el color de las personas pasa por signo de esclavitud o libertad, donde las amas creen que el siervo es una bestia de carga y las leyes no lo desmienten” Y continuaba: “¿Qué interés pueden despertar dos esclavos asesinos? ¿Qué interés dos criaturas con el pelo rizado, la nariz chata, el color de tinta, los labios hinchados y las manos teñidas en sangre? Fuesen dos bellas huérfanas como son dos negras infelices; fuesen dos mujeres altivas, como son dos criadas humildes, nosotros hallaríamos en el tan feo delito de insurgencia y homicidio algo de aquel heroísmo que tantas veces hizo temible el cuchillo en manos de la hermosura; ¡Qué noble parecería la resolución de abrirse por sus manos el sepulcro de niña de 15 años para salir de un cautiverio ignominioso! ¡Qué grande del arrojo, qué valiente, qué imitable aquella prontitud con que María alza el rostro al golpe de un latigazo; deja el piso que estaba casi besando, se olvida de sus grillos, de su humildad, de sus habitudes y recordando solo que nació libre se arroja sobre su Sra., la tiende y la mata, sin otras armas que su valor y su despecho!”

      Sigue luego su alegato historiando el origen de la esclavitud y el tráfico de esclavos y tras recordar que el esclavo no tiene derecho sino a la vida, concluye que no siendo “capaz de adquirir en el orden social, es menos que el muerto, si el muerto tiene derecho a la sepultura”. Agrega entonces:

      “Indudable parece que tenemos una religión y que esta religión no permite las bárbaras ficciones que hizo el gentilismo para mantener la superioridad del vencedor sobre los  vencidos. También es cierto que comprar por un vaso de aguardiente, un cartucho de pólvora, y un pedazo de gasa azul todo el derecho, o sea el dominio, que suponen las doctrinas de Justiniano y el Sabio Don Alfonso, mas parece una burla, que un derecho digno de alegarse a la faz de naciones enteras para fundamento de esa tiranía que hemos ejercido y estamos ejerciendo...”

      Y ya en el plano jurídico expresa: “Es un dogma ortodoxo, que todo contrato contra las buenas costumbres, o la moralidad,  es por el hecho nulo, y el comprar una mujer, dos mujeres y cien mujeres a cuatro pesos con derecho a disponer de ellas por el mismo o mayor precio, y a favor del primer licitador, no es conforme a ninguna moral pero menos a la evangélica.”

      No obstante, aún en el escarnio de esa situación, recordaba Lucas Obes, las obligaciones que los amos debían cumplir de acuerdo a la Real Cédula del 31 de mayo de 1789, para quienes se encontraran en ella: que se arreglaran la tareas del trabajo diario de los esclavos “proporcionadas a sus edades, fuerzas y robustez”, debiéndoles quedar dos horas del día en su beneficio; que se “respetaran los días de fiesta de precepto”; y que incurriría en penas el amo “que no cumpla con lo prevenido en esta instrucción, sobre la educación de los esclavos, alimentos, vestuario, moderación de trabajos y tareas, asistencia a las diversiones honestas, señalamiento de enfermerías o que desampare a los menores, viejos o impedidos.”

      La prueba testimonial recibida en autos con la excepción de dos dependientes de la casa Salvañach –por lo tanto tachables- favorecía ampliamente a la defensa de Lucas Obes. El vecino Bernardo Idoyaga declaró que desde su azotea había visto a los negritos casi desnudos, oyendo durante la noche “gritos y llantos, como de persona a quien se castigaba” y que esto solía repetirse dos o tres veces. Otro vecino, Bartolomé Domingo Bianqui, coincidía con el anterior y afirmaba que la voz pública en la vecindad “era que la señora era muy cruel con los esclavos”. Por otro lado, el mayordomo del Hospital de Caridad y el propio Juan Benito Blanco, confirmaban el episodio ya relatado respecto de otra esclava a la que Doña Celedonia le negara el papel de venta, después de quejarse de sus malos tratos.

     El filo de la prueba explica entonces el ímpetu discursivo de Lucas Obes cuando definía a la víctima como “una señora que hace consistir su fama póstuma en gritar todo el día y repartir latigazos a grandes y chicos: caen en poder de una viuda rica, una dama bien nacida, una señora que nada en delicias y sin embargo no se desdeña de ser el cómitre de su casa,  ni se horroriza a cada momento de oir el ruido de las cadenas que sus manos delicadas remacharon a otra mujer, no su rival, no su enemiga, sino su esclava.” Y concluía: “En vano querrá disculparse la conducta de Da. Celedonia: ella era cruel, era bárbara para con sus esclavas...su alimento era escaso, el vestido malo, el trabajo mucho, la opresión constante…”

       Se preguntaba entonces Lucas Obes: “¿Cuántos esclavos hemos vendido a la muerte en el dilatado espacio de tres siglos? No contemos los que perecieron en la bárbara trata; no los que sofocó la pestilencia de las bodegas; no los que sin salir del vientre experimentaron el horror de la esclavitud en las agonías de una madre sensible; no los que mal curados de sus dolencias y peor atendidos en sus necesidades naturales hemos sepultado en los mares de África y América...Pero contemos si es posible los negros que mató muy en silencio el azote de los amos que tienen grillos y potro en la mejor pieza de la casa; contemos los que mató el exceso de la fatiga en la soledad de los campos o en lo oscuro de las cocinas; contemos los que mató la intemperie, el aire malsano, la fariña cocida; contemos los que mató el dolor y la pena al ver aquí castigado un hijo tierno por un amo brutal; allá con grillos un esposo, porque hurtó lo preciso para dar pan a la infeliz compañera de su destino; aquí otra vez un amante en el potro porque amó demasiado; allá un padre porque no era insensible. ¡Oh falange triste! ¡Oh turba de miserables que yacen en los sepulcros del Nuevo Mundo; alzad y venid a nosotros; venid y veréis este patíbulo que se levanta en medio de un Estado libre para hacer justicia entre amos y esclavos, entre negros y blancos!.. Llegó el momento de aplacar vuestros manes... decidnos: ¿quién os dio la muerte; mostradlos, que un gobierno inexorable espera para entregarlos a los verdugos de Encarnación y María.”

     Este final, con el estilo propio de la época y la intrepidez del “J’accuse” que años después lanzaría Emilio Zola para condenar otros despotismos de la injusticia, cerraba el alegato destinado a obtener la absolución de sus defendidas Mariquita y Encarnación y la declaración de la inhabilidad del juicio respecto de Luciano, por ser menor de edad.

 

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      Pero la encendida defensa de Lucas Obes tropezaría con un obstáculo insalvable: el cadáver de Doña Celedonia. Como lo temiera el sagaz letrado  en el comienzo de su alegato, el cuerpo de la víctima tras la pericia practicada por  los médicos y cirujanos Luis Chapuz, Jorge Lage y Juan Gutiérrez, hablaba aún estando sin vida y podía ser visto por el pueblo con horror. Presentaba las siguientes heridas: en el dorso de la mano derecha; en la parte externa y superior interna del antebrazo; dos que penetraron en el músculo bíceps del vientre; una en la parte izquierda del cuello; dos en la parte posterior e inferior del cuello entre los hombros; dos cutáneas, una en la raíz de la nariz, una transversal y otra vertical; una contusa en la cabeza que perforó el cráneo, dejando al descubierto la duramadre, otra contusa sobre la sutura sagital y una más ...dejando al descubierto en gran parte el pericráneo. Las heridas de la cabeza eran mortales. A este dictamen se agregó el del cirujano mayor José Pedro de Oliveira, quien no compartió en parte la opinión de sus colegas pues consideró que el fallecimiento se debió “por la pérdida de sangre de los vasos cortados y las partes ofendidas”, agregando que los agresores  observaron durante mucho tiempo correr la sangre de la víctima, por lo que se trataba de un delito “mucho más enorme y horroroso”.

      El alegato antiesclavista de Lucas Obes se quebraba, cual una frágil lámina, frente a la macabra descripción de la autopsia, que no dejaba dudas en cuanto a la terrible alevosía del crimen. Tal vez eso es lo que explica la tradición oral de tenedores y demás  horrores que recogería Isidoro De María, extendiéndose hasta nuestros días, tal como lo describe –no se podría decir que vívidamente- el imaginario de Goldaracena:

       “Rápidas como tigresas, las negras se lanzaron sobre su ama, al tiempo que Luciano, un mulatillo de quince años, hijo de la negra Petrona, las auxiliaba sujetándola. Los trinches punzaron repetidas veces la carne muelle de Celedonia que entre aullidos, agujereada como un colador, reventó en mil chorros de sangre. Feroces, impulsadas por antiguos resentimientos, en el ejercicio de una venganza largamente premeditada, las esclavas sentían reptar en sus venas a los ofidios de fuego de la selva materna. Por eso, el espectáculo del alma trasmutada, en un manantial de sangre, lejos de amedrentarlas, aumentaba en ellas la sádica sevicia, el irreprimible deseo de pinchar”. (Ob.cit. T. I p. 262)

      La imagen que recogieron los memorialistas es seguramente la que vivieron en su época - con el agregado de los más profundos prejuicios raciales- los jueces que decidieron la suerte de aquellos esclavos.

       Según lo consigna Barrios Pintos, por auto del 14 de febrero de 1822, Mariquita fue condenada a muerte y Encarnación a prisión perpetua al servicio de los enfermos del Hospital de Caridad. Luciano sería paseado por las calles a lomo de burro recibiendo azotes de mano del verdugo en las esquinas, para ser remitido después a prisión por ocho años. Los dos últimos serían arrastrados en un cuero para presenciar la ejecución de la condenada a pena capital.

      El legajo pasó luego a la Cámara de Apelaciones que integraron Nicolás Herrera, Francisco Llambí, Félix Saenz y Javier García de Zúñiga, quienes acordaron el 16 de agosto siguiente, la sentencia definitiva. Fundándose en la legislación de Partidas y en las bases constitucionales de la monarquía lisbonesa, que invocaron como apoyo legal y con vicio flagrante de “ultra petita” que se explicaría por el afán de ser más rigurosos y aleccionantes, María y Encarnación fueron condenadas a la pena ordinaria de muerte por garrote y a falta de ejecutor a que fueran fusiladas por la espalda. En cuanto a Luciano, se le condenaba a diez años de presidio en África, con prohibición de retornar a la Cisplatina.

      La ejecución de la sentencia se condicionó por decisión del gobernante General Lecor, Barón de la Laguna , a la aprobación del Emperador  quien  finalmente la otorgó. El 2 de abril de 1824, Mariquita y Encarnación fueron conducidas al patíbulo y ejecutadas a garrote. En esto las resultancias del expediente que menciona Barrios Pintos, señalan otra diferencia con el relato de Isidoro De María, quien dijo que fueron ahorcadas. El garrote, como lo consigna Escriche (Dic. p. 732) “se ejecuta sobre un tablado ahogando a los reos con un instrumento de hierro aplicado a la garganta.”

      Se libró oficio al gobierno para que se encargara del destierro del negrito Luciano a África.

      Respecto de la ejecución de Mariquita y Encarnación, una vez más y con la salvedad anotada, debemos remitirnos a la pintoresca descripción de Goldaracena:

      “Desde temprano un oleaje de rascamoños y abanicos, chambergos y cráneos motudos cubrió el hueco de la plaza en un movimiento de flujo y reflujo cada vez más compacto en torno a los siniestros palos. Bajo un baldaquín de opulento borlaje, los cabildantes fueron depositando sus honorables nalgas en sitiales de damasco carmesí. Compartían el palco con el Gobernador, muy primorosamente atildado y perfumado, el ceño fruncido, los entorchados refulgentes. Junto a las pértigas tomaron su lugar los jefes militares... En determinado momento todos los ojos se posaron sobre la misma esquina: de los portones del Cabildo emergieron las dos negras, rodeadas de un halo de terror... A una señal del Alguacil, la custodia hizo entrega de las penitenciadas al verdugo. Las cajas militares batieron un redoble funerario...el gobernador emergía con ira de adentro de su brillante uniforme, desenvainaba ya su sable y señalando con airado gesto los palos daba la orden final. Entonces un horror macizo empezó a levantarse desde la plaza.” (Ob.cit. T.I p. 266)

 

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      Este juicio de la esclavitud arroja además para la posteridad una duda sobre la personalidad y el desempeño del Dr. Lucas Obes. Pesa sobre el brillante letrado la acusación de que -¡tan luego él!-  también participó en  el tráfico de esclavos, lo que estaría respaldado por  una investigación del Dr. Ildefonso Pereda Valdés, compartida por otros historiadores, que demostraría que fue propietario  de una embarcación, adquirida en 1810,  destinada a ese comercio. Asombra que, once años después, la práctica de la esclavitud  mereciera de su parte una condena tan enérgica. Pero, es más. En su alegato le atribuyó al Sr. Salvañach, esposo de la víctima haber intervenido activamente en ese tráfico y el Sr. Wich al contestarlo se limitó a defender la legitimidad de la tenencia de esclavos, sin hacer referencia alguna a lo que hubiera sido su gran argumento: “lo tuyo me dices...” La defensa ofrecería un flanco que parece improbable que la otra parte no hubiera aprovechado. Por lo tanto y desde el punto de vista estrictamente forense –respetando además la autorizada opinión de los historiadores-  este aspecto deja dudas, sin perjuicio de que también podría ser posible que hubiera existido un acto de arrepentimiento. No se puede olvidar, como lo señala Isola, que “la organización social de la época admitía la esclavitud como un hecho normal. Muchas de las familias patricias montevideanas, dentro de su marco de austeridad comparadas con otras ciudades de la América colonial se dedicaron pues a este tráfico...” (ob. cit. p-162) Por lo mismo que se dijo antes, el propio Artigas y los demás jefes patriotas tuvieron esclavos a su servicio, que incluso participaron en el Exodo, siendo  después  manumitidos. (id. p. 284 y ss.)

      Sea como fuere, el formidable alegato de Lucas Obes, aunque no haya hecho mérito en su tiempo para salvar la vida de Mariquita y Encarnación, quedará incorporado a los anales de la jurisprudencia como una temprana pieza magistral de denuncia de uno de los peores crímenes de la humanidad.

      En el largo camino que condujo a la abolición definitiva de la esclavitud en el mundo entero, deben reconocerse innumerables aportes, de pensadores, juristas y economistas, como Voltaire, Turgot, Condorcet, en Francia; escritores y científicos como Dickens y Darwin, en Inglaterra. Estos influyeron en la labor de parlamentarios como William Wilberforce,  llevaron a las declaraciones abolicionistas del Congreso de Viena de 1815 y finalmente a los tratados que, a partir del suscrito entre Inglatrerra y España, en 1817, se fueron extendiendo y ampliando sus alcances.

      Pero la gran batalla final, por la importancia económica y social del conflicto que motivó una guerra y su repercusión, se ganó en los Estados Unidos cuando el 31 de enero de 1865, el Congreso aprobó la Décimo Tercera Enmienda de la Constitución que abolió la esclavitud en todo el país. El Presidente Abraham Lincoln, que la impulsó, cayó mortalmente herido en un teatro por una bala disparada por el fanático John Wilkes Booth, el 14 de abril de ese mismo año, a poco de su reelección. La causa de la abolición se impuso poco después cuando las tropas confederadas del Sur, se rindieron a las unionistas comandadas por el General Sherman.

      Cuando ya la suerte de las armas sureñas estaba echada, Lincoln advirtió a los vencedores, con su habitual grandeza, que no se admitiría la humillación de los vencidos: “Hay demasiado deseo en algunos de nuestros muy buenos amigos de sentirse amos, para intervenir y mandar en aquellos estados, para tratar a aquel pueblo como si no fuera de conciudadanos; hay demasiado poco respeto a sus derechos. Yo no simpatizo con esos sentimientos.”

      Los Estados Unidos no hubieran podido llegar a ser lo que son y no hubieran podido ver consolidado su principal atributo que es la democracia, si la Unión no hubiera triunfado en la Guerra de Secesión .

      En 1862 en su mensaje anual al Congreso, Lincoln  había dicho: “Dando libertad a los esclavos aseguramos la libertad para los libres.”

      En una nota que escribiera como autógrafo, antes de que accediera a la Presidencia , había escrito:

      “De igual manera que no quisiera ser esclavo, tampoco quiero ser amo. He aquí lo que expresa mi idea sobre la democracia. Todo lo que discrepe de esto, en extensión o en diferencia, no es democracia.” (Lord Charnwood “Abraham Lincoln” Mexico –1958- p. 360)

      Cuatro años después de la muerte de Lincoln fue aprobada una enmienda de la Constitución , por la cual toda distinción referente a hombres libres, basada en la raza o el color quedaba prohibida. Sin embargo todos sabemos  que hubo que esperar a que otro gran ciudadano de la humanidad, Martin Luther King, encabezara la marcha no violenta de un pueblo que reivindicaba aquel derecho, para que la segregación racial pudiera desaparecer definitivamente en la patria de Lincoln. Curiosamente, al igual que éste, Martin Luther King también vio  tronchada su vida por una bala asesina, disparada por un fanático reaccionario, coincidentemente en un mes de abril, después de cien años.  

                      

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El conteo comenzó el 1/1/2014