La Justicia humanizada

 Por Washington Bado

 

A diferencia de la imagen tradicional de la Justicia que se viera al principio (la diosa de ojos vendados) este conjunto escultórico ubicado en los jardines del Palacio Legislativo de Montevideo, obra del  italiano Giannino Castiglioni, simboliza más humanamente a la Justicia, de acuerdo a una moderna concepción integradora, grupal y generacional. Está representada por la figura central de un hombre de toga, el magistrado, que  se apoya afectuosamente en la ley (figura femenina a su derecha) y en la fuerza (guerrero armado de escudo a su izquierda).A sus pies, una joven que representa a las nuevas generaciones, recoge los frutos siempre renovados de una Justicia en continua evolución.

 

 

                                  AUDIENCIA PARA SENTENCIA

 

      Ya tenemos a nuestro juez imaginario valorando la prueba producida en el legajo. Esta es la operación fundamental que le cabe a todo magistrado, a fin de dar por probados los hechos que conforman el litigio y pronunciarse respecto del objeto de la causa: ¿Justicia o seguridad­­? ¿Cuál es el verdadero objeto del Derecho?  ¿Pudieron alguna vez los seres humanos hacer justicia? ¿Pueden tener la esperanza de realizarla?

      El repaso de los dieciséis casos aportados en un largo recorrido histórico que arrancó de la antigüedad greco-latina para llegar hasta nuestros días, desde el juicio de Sócrates hasta el de Nuremberg, le ha dejado muchas dudas. El aporte doctrinario de las diferentes escuelas desde el jusnaturalismo hasta la teoría pura del Derecho, pasando por el historicismo, el positivismo y el relativismo de  la teoría de los valores; desde Platón a Kant; desde Cicerón a Radbruch; desde Aristóteles y  Santo Tomás a Kelsen y Stammler, no ha hecho más que crearle nuevas dudas. Aún así debe fallar; ese es su deber. Tiene que seguir pensando.

      Afirmaba Miguel Angel que la obra de arte estaba contenida en el mármol y que el escultor solo necesitaba eliminar el material innecesario hasta descubrirla. Es así que en la Academia de Florencia se puede transitar por  un corredor rodeado de estatuas deliberadamente no terminadas, las llamadas “non finitas”, hasta culminar con el hallazgo majestuoso del David. La obra está siempre en el trabajo y siempre se está haciendo.

       Los hombres de derecho, los abogados, los jueces, también deben proceder como los artistas. Deben ir desbrozando el material sobrante. Los abogados imaginarán la obra pero el juez es el único que podrá encontrarla y darla a luz en su sentencia. Después se sabrá si puede ser considerada como una obra de arte o no y el mérito, en caso afirmativo, lo compartirán el juez que dictó la sentencia y el abogado que se decidió a tomar la defensa del caso. La Justicia resultará de la correcta aplicación de la ley.

      Los abogados están llamados a la duda y al conflicto. Cuando el cliente les presenta un caso, el abogado entrará en conflicto consigo mismo, dudará sobre la conveniencia de aceptarlo o no. Si lo acepta, no tardará en entrar en conflicto con el abogado de la contraparte. Si el fallo le resulta contrario, como asumió la causa con convicción, apelará y entrará en conflicto con el juez que dictó la sentencia. Al final, gane o pierda, puede ocurrir que entre en conflicto con su propio cliente –lo que hubiera parecido imposible en el comienzo de esa lucha-  cuando este no le quiere pagar sus honorarios. Este triste final, aunque infrecuente, no le puede quitar el honor del deber cumplido. Después de todo, la expresión “honorarios” designaba la paga que recibían los antiguos jurisconsultos del Derecho Romano, porque sus servicios significaban un honor que no podía ser pagado por dinero.

      A los jueces les suele pasar algo parecido, con la diferencia de que no pueden rechazar el caso si entra en su competencia y jurisdicción y no tienen motivos para excusarse. Pero como el Estado, que es el que les confiere ese poder, casi nunca es un buen cliente por falta de recursos, también ellos suelen sufrir la ingratitud de una paga escatimada. De todos modos les corresponderá el gran premio del deber cumplido: haber quitado el manto que cubría la obra para exponerla a todos;  haber dicho el Derecho, que eso es en definitiva juzgar. Muchas veces esa obra podrá ser merecedora de los versos que Miguel Ángel estampara en el basamento de su célebre “Pietá”:

      “Bellezza ed onestate                               (“Belleza y honestidad

        e doglia e pietà in vivo marmo morto    y dolor y piedad vivientes en

                                                                        el mármol muerto                                                                      

        deh, como voi pur fate…”            Por favor ¿Cómo pudiste hacerlo?”

                                                                       

      (Vasari “Vida de pintores, escultores y arquitectos”  Ed Jackson –Bs. Aires – 1960 Vol XII . 284)

      Pero nuestro juez tiene sobre su escritorio otra pequeña estatua que ya vimos al comienzo, muy común en el ámbito forense. Es un obsequio que recibió cuando en lejanos tiempos se decidió a dejar la abogacía, que no lo atraía, para dedicarse a la magistratura.  Se trata de la figura de una mujer con los ojos vendados que sostiene con una mano una balanza y con la otra una espada. Es una  representación de la Justicia y suele creerse que es la imagen de una diosa de la mitología griega. Pero no es así. A pesar de que es frecuente escuchar que los antiguos griegos eran tan inteligentes que no podían creer mucho en sus dioses, Alfred Weber sostiene que el pueblo griego “se mantuvo unido principalmente por su agrupación alrededor de los cultos de sus dioses principales” (“Historia de la Cultura ” F.C.E  Mexico -1941- p.120) Pero las diosas griegas de la Justicia -Némesis, Temis o  Diké-  ocuparon un lugar secundario en el Panteón Olímpico y no figuraban entre las doce divinidades principales. Radbruch dice que la Justicia era representada como una bella mujer que portaba una espada -la fuerza- y que mucho después los romanos le atribuyeron la balanza que simbolizaba la equidad. Durante la Edad Media ambos símbolos se unieron y con intención al principio satírica  -como una burla para los malos jueces- se le vendaron los ojos a la figura. Curiosamente la imagen se mantuvo como una alegoría de la igualdad, como símbolo del juez  que falla “sin fijarse en las personas”.Espada y balanza, sí, son atributos reconocidos de la Justicia, pero -como bien lo decía el maestro de Heidelberg- “con los ojos tapados no es posible esgrimir la una ni manejar la otra”. (“Introducción a la Filosofía del Derecho” F. C. E- México p.141). En realidad la justicia debe tener los ojos bien abiertos porque la igualdad debe estar en la ley. Por eso hoy se buscan otras representaciones.

      Estas reflexiones se las hizo nuestro juez después de leer cuidadosamente el relato de  los juicios que se incorporaron a la prueba,  abarcando casi dos mil quinientos años de la sociedad occidental, desde el de Sócrates, el primero que quedó documentado, hasta el de Nuremberg, que marcó el comienzo de la justicia internacional que se proyecta hacia el futuro. Y se dispuso entonces a redactar su sentencia.

 

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      VISTOS: para sentencia definitiva estos autos caratulados “Aulo Agerio c/ Numerio Numidio–Acción Declarativa—que han venido a conocimiento de esta Sede;

       RESULTANDO:

       I) Que la sabiduría y la belleza han sido los dos pilares de la cultura griega clásica y sobre ellos se apoyaba la fuerza, para constituir el pórtico de la Justicia. Esto hace que los juicios de Sócrates y Friné tengan algo en común. Sócrates se condenó por su sabiduría y Friné se salvó por su belleza. Sócrates predicaba el lema que lucía en el oráculo de Delfos: “conócete a ti mismo” y enseñaba a buscar el principio de la verdad, a través del saber y el obrar. La virtud era para él la verdad. Respetaba la ley y aceptó la condena a muerte que se le impuso en nombre de ella  y que en el fondo deseaba, como forma de trasmitir a sus discípulos la confianza en sus ideas y su desprecio al miedo. Sócrates quería morir y la  Justicia le otorgó ese favor para transformarlo en un mártir de la libertad.

      Friné solo quería vivir por y para su belleza y un fallo que se la hubiera quitado anticipadamente, condenándola a la muerte,  hubiera lesionado uno de los ideales griegos fundamentales. Por eso la Justicia la perdonó y dejó que fuera la propia vida la que la condenara, arrebatándole con su vejez achacosa, el bien que más preciaba.

      II) Demóstenes y Cicerón fueron brillantes abogados que hicieron escuela y defendieron casos que han quedado incorporados como modelos en la historia de la jurisprudencia. Dejaron además como pensadores -sobre todo Cicerón cuya obra se ha conservado mejor- un aporte imperecedero para la Filosofía y el Derecho. Cicerón fue el primero en oponer el Derecho a la arbitrariedad; sostuvo un Derecho superior en la naturaleza y conciencia de los hombres –el Derecho Natural- y rechazó los extremos del relativismo al expresar que no todo lo que se define como Derecho es tal, negando ese carácter a las leyes de la tiranía. Ambos juristas deben ser reconocidos como los grandes abogados de la libertad. No fueron víctimas de la Justicia , sino de la tiranía.

      III) El juicio de Jesús de Nazareth es el más conmovedor, no por la muerte que recibió, que al igual que Sócrates deseaba -porque formaba parte de su destino- sino por la grave estulticia de quienes lo juzgaron, apartándose de las leyes humanas que debieron aplicar –tanto hebreas como romanas-  para impedir que su mensaje de Justicia llegara a los oprimidos de su época. Sin embargo, para Radbruch: “El Sermón de la Montaña proclama que el padecer injusticia carece de importancia y ordena que quien es golpeado en una mejilla ofrezca la otra a su agresor y que aquel a quien roban el manto entregue además al ladrón la túnica. Esta concepción –dice Radbruch- desemboca en la más sublime inversión de todos los valores: en la doctrina de la no resistencia al mal”. (Ob. cit. p.61) En cambio, para Weber, el mensaje de Jesús significó “la rebelión esclavista de la Moral contra los señores del mundo de entonces”. Y lo explica así:

      “En cada una de las frases del Sermón de la Montaña encontramos la clara y consciente inversión de todo lo que había constituido hasta entonces la formación del carácter; encontramos la terminante declaración de guerra contra los principios que habían informado la educación; contra todo aquello que había sido algo obvio en la Antigüedad desde los tiempos de Homero, pasando por Esquilo, Sófocles hasta la Roma Imperial y también entre las clases señoriales del Asia Menor; contra las representaciones que en definitiva se orientaban al ideal heroico del guerrero, que era propio de las culturas que habían sido talladas según el patrón del inquebrantable orgullo masculino vinculado a sus empresas terrenales. Sobre todo para la cultura greco-romana, el Cristianismo constituía exactamente el negativo fotográfico de su centro espiritual, la antítesis de éste.” (Ob. Cit. P. 169) En el Sermón, Jesús anunció la bienaventuranza de “los pobres, los mansos, los que tienen hambre de sed y justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los pacificadores, los perseguidos” y proclamó que “es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja, que entre un rico en el Reino de los Cielos.” (Mateo 19-24) En definitiva, Cristo puso de un lado a María Magdalena y del otro a la espada de la cruz; por eso dijo: “yo no he venido a traer la paz, sino la espada”.

      III) Fue tal vez ese signo de la espada, convertida en cruz, el que Constantino creyó ver en el campo de batalla (“in hoc signo vinces”) lo que lo llevó a cambiar toda esa época adoptando el cristianismo como religión de aquel imperio romano -ya tan inmenso como decadente- aunque preservando su Derecho, el más importante de sus legados. Y sin embargo, pese al genio de San Agustín que logró unir el espíritu de Sócrates con el milagro de Jesús en la común Idea del Amor y del Bien para vencer la muerte, la Edad Media que sobrevino, cargada de miedo y de violencia no consiguió realizar ese mensaje ni a través del poder del Estado, ni a través del poder de la Iglesia. Increíblemente fue todo lo contrario. Hubo dos instituciones, la Esclavitud y la Inquisición que acorralaron a la Justicia y solo dejaron una fe, empobrecida por el terror, como único sostén del arte y la  caballerosidad, el gótico y la gesta, que se desarrollaron como su mejor expresión. Aún así hubo quienes como Pretextato y Gregorio, obispos de Rouen y de Tours tuvieron el valor de enfrentarse a reyezuelos como Chilperico y Fredegunda; el espíritu de libertad no podía morir y por eso el Derecho sobrevivió.

      IV) La luz de las llamas que quemaron a Jacques de Molay y a los Templarios, a Juana de Arco y más tarde a Giordano Bruno, iluminó sutilmente, en la penumbra de los talleres corporativos, aquel Renacimiento que empezó con el desafío de la belleza que Friné había dejado en la memoria de los Miguel Angel, los Giorgione y los Tiziano. Se fue elevando y engrandeciendo después, hasta alcanzar las estrellas, con los cálculos de Copérnico y el telescopio de Galileo, para terminar revolucionando la fe con Erasmo,  la ciencia con Bacon, devolviéndole a la filosofía el poder creativo de la duda con Descartes y reestableciendo la majestad del verdadero Derecho, Privado, Público e Internacional, con Locke,  Hobbes, Grocio y Pufendorf.

       Se invirtió la carga de culpa que atormentadamente judíos y cristianos sobrellevaron, atribuyéndola al remoto pecado original -como una condena inexorable sobre los seres humanos- algo que el oscurantismo utilizó para ensombrecer la razón y perturbar las conciencias. Los hombres se reconocerían libres e iguales sin que ya nada ni nadie pudiera desconocer su dignidad esencial. Eso fue lo que Kant vino a proclamar en la Época Moderna, recogiendo el viejo legado griego de Protágoras: “el hombre es la medida de todas las cosas”. Así empezó la humanización del Derecho Penal con Beccaría y se consolidó el principio de que se es inocente hasta que se demuestre ser culpable.

      V) Pero aquel oscurantismo dejó como turbio sedimento la carga de los prejuicios que se ha arrastrado hasta nuestros días. Con los adelantos de la navegación los mares se transformaron en puentes para el comercio internacional, pero los audaces mercaderes y armadores tuvieron que recurrir a los judíos -condenados a diáspora por su fidelidad inquebrantable a la Alianza de Moisés, que los hacía el pueblo elegido-  para financiar sus expediciones. Los judíos habían aprendido a ahorrar e invertir, pero eso en una época de fanáticos y de locos aventureros, no los hacía muy estimables por los cristianos, que se aferraban a la gracia de las indulgencias para el perdón de sus pecados. Aún así, ese fue el comienzo del Derecho Comercial, los bancos, las pólizas de seguro,  las letras de cambio, los pagarés y en definitiva los Shylock –tan codiciosos como injustamente humillados-  de la inmortal alegoría de Shakespeare.

      VI) Fue en ese mismo tiempo que sobrevino la más grande de las aventuras: la conquista de América. Y hoy, con las nuevas investigaciones que se han realizado sobre los archivos de Indias, ya se puede afirmar que Colón – superadas las elegías alentadas por la gloria de la conquista y sin que se le puedan negar sus méritos de visionario- fue el primer culpable de haber introducido en América, dos de sus más terribles flagelos: la codicia de la explotación y el escarnio de la esclavitud. Una y otra llevaron al estallido de la libertad que tuvo sus precursores en Túpac Amaru y Tiradentes, condenados al descuartizamiento -la más humillante e inconcebible de las muertes-  víctimas del terror insano que sus justas reclamaciones inspiraban a la tiranía colonial.

     Pero ese deseo de sangre no fue exclusivo de los amos. También lo sufrieron los esclavos. Porque el odio alimenta al odio y el vejamen a la venganza. Eso tal vez pueda explicar el terrible crimen cometido por Mariquita y Encarnación que ultimaron salvajemente a su ama y por el que ambas esclavas pagaron con su propia muerte, siendo ejecutadas en la plaza pública. Fue uno de los últimos actos de la administración colonial en América. Poco después, Fructuoso Rivera, primer presidente del Uruguay, instaló su vivienda en la misma casona de los Salvañach, que fuera escenario de aquel crimen. Con los nuevos vientos de libertad, la esclavitud –el mayor crimen de la historia- no tardaría en ser abolida por la nueva República.

      VII) Esos vientos de libertad soplaron primero en la América del Norte, donde se instaló la primera gran república democrática, y se extendieron rápidamente al resto del continente. Pero, pese a la comunidad de ideales que simbolizó La Fayette que luchó por ambas, fue en realidad la Revolución Francesa -que comenzó con las páginas que Rousseau incendiaba con su pluma, al decir de Voltaire y terminó con un baño de sangre en la guillotina-  la que consolidó una nueva época para la humanidad. Nunca mejor aplicada que en este caso la antigua sentencia de Aristóteles: “la tragedia tiene por fin purificar las pasiones inspirando el terror y la compasión”.   La muerte violenta que unió  a tres de sus principales protagonistas: Luis XVI, Dantón y Robespierre, dejó una enseñanza: la Justicia no puede hacerse en la Revolución , porque esta es un instrumento más de la política y -como lo reconocía el propio Danton- los procesos políticos no tienen por finalidad la justicia sino el poder. Como un monumento del Derecho universal, fuente del Derecho Constitucional moderno, quedarán las Declaraciones de Derechos del Hombre y el Ciudadano, votadas el 26 de agosto de 1789 y 24 de abril de l793

      VIII) En el siglo XIX, el Romanticismo, con el empuje de Goethe y Víctor Hugo -herederos de Rousseau-  se instaló brioso con su humanismo sentimental en la literatura y en las artes. En la política, el Anarquismo y el Socialismo -reivindicadores del proletariado impaciente surgido de la Revolución Industrial- no tardaron en organizar al movimiento obrero mundial para enfrentar los excesos del capitalismo. Y en el misma época en que la primera gran huelga de los trabajadores de Chicago se enfrentaba al poder empresarial y lograba la humanización de la jornada extenuante de trabajo reduciéndola a ocho horas, en Inglaterra, un nuevo movimiento de cuño hedonista, el “dandysmo”, bajo el signo contrario de la placentera vida burguesa, trataba de revolucionar las costumbres pacatas de la era victoriana, pregonando la libertad sexual. De un lado del Atlántico los mártires de Chicago -que no eran culpables de otra cosa que de tratar de mejorar la condición de sus hermanos de clase- y del otro Oscar Wilde –víctima de un amor imposible que trataba de ostentar frente a una sociedad intolerante- estaban introduciendo en el insinuante Siglo XX, como una antesala ya del postmodernismo, dos de las principales cuestiones que seguirían dividendo a la sociedad Occidental: la revolución social y la revolución sexual.

      La propiedad y la familia, desde el antiguo Derecho Romano, siempre estuvieron en la preocupación de los civilistas; de allí que se desprendieran del Derecho Civil dos ramas autónomas: el Derecho Laboral y el de Familia.  

      IX) Ya en el siglo XX, el protagonismo que los Estados Unidos asumieron desde su intervención decisiva en la primera guerra mundial, frente a una Europa diezmada, volcó la balanza de la historia hacia una Norteamérica triunfadora, que recibió miles de inmigrantes que llegaron, como Sacco y Vanzetti, para buscar en ella el bienestar y la libertad que sus países de origen les negaban. Empujados por sus ideales revolucionarios, renunciaron a la calma de sus aldeas, para sumergirse en un mundo nuevo de oportunidades y violencia, que no los aceptó y ellos a su vez no quisieron.

     “Cette vielle Europe m`ennuie” cuenta Hegel que exclamó decepcionado Napoleón.  Y eso lo recordaba el filósofo para respaldar su convicción de que “América es el país del futuro en el que los tiempos que van a venir –acaso en la contienda entre la América del Norte y la del Sur-  debe revelarse la trascendencia de la historia universal” (“Filosofía de la Historia ” Ed. Zeus –Barcelona- p.110) Han pasado más de ciento setenta años  desde que Hegel formulara ese vaticinio y la historia todavía no ha dado esa respuesta. La América del Norte sigue estando arriba y la del Sur abajo.

       Coincidentemente con los mismos locos “twenties” en que Sacco y Vanzetti fueron conducidos a la silla eléctrica, conmoviendo con su ejecución al mundo, un terrible y casi absurdo homicidio, cometido en un ignoto paraje del Uruguay rural -el Paso de la Ternera-   conmovía al país más pequeño, pero tal vez el más avanzado de América del Sur en esa época. Pese a su modernidad –fincada en la capital y en su puerto- se descubría que en sus entrañas profundas –como en tantos países latinoamericanos- el latifundio seguía ocultando la herencia de la mita colonial, que la Independencia no pudo hacer desaparecer. La verdad sobre aquel crimen nunca se pudo determinar y solo se descubrió la inutilidad de un largo proceso de años, que sirvió para castigar, con una extensa prisión preventiva, a un hombre viejo y enfermo que fue declarado inocente por el último Jurado que funcionó en el país.

      A raíz de este sonado juicio y bajo sospechas de toda índole, se abolió la institución del Jurado y más tarde se promulgó un nuevo Código del Proceso Penal. Pero el Uruguay sigue sin contar con un procedimiento apropiado, rápido y eficaz y la prisión preventiva continúa siendo, injustificadamente, el castigo con el que se resuelven la mayoría de las causas penales, que terminan sin que se dicte la sentencia definitiva.

      X) A más de sesenta años de los juicios de Nuremberg –aún con sus limitaciones e insuficiencias- puede darse por cierto que se cumplió el vaticinio del Fiscal británico, Hartley Shawcross, en cuanto a que serían un mojón en la historia de la civilización, “no solo condenando a los culpables, sino también como exponente de que el bien siempre triunfará sobre el mal.” Hasta entonces las responsabilidades individuales por los delitos de lesa humanidad,  no se podían exigir por la inexistencia de un Derecho Internacional reconocido por todos los Estados, lo que llevaba a pensar que cuando un acto criminal era ejecutado en nombre de un Estado, los ejecutantes no eran responsables de ello. El primero de los fallos de Nuremberg sentó el principio de que “las violaciones del Derecho Internacional engendran responsabilidades individuales” y de allí en adelante esta rama del Derecho ha ido avanzando en el sentido de  que tiene como sujetos activos y pasivos no solo a los Estados, sino también –al decir de Herzog- “al individuo como miembro de una sociedad interestatal.”

       Poco después de la última guerra mundial, el 11 de diciembre de 1946, las recién creadas Naciones Unidas incorporaron los principios de Nuremberg y en 1948 se aprobó la Declaración Universal de Derechos Humanos, un documento que constituye un hito en la historia del Derecho, como antes lo fueron el “Bill of Rights” en Inglaterra, la Declaración de Filadelfia en los Estados Unidos o la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano de la Revolución Francesa. Luego, una larga serie de Tratados Internacionales se han extendido en el reconocimiento de los Derechos Humanos, creándose diversas organizaciones y tribunales en diferentes ámbitos, en un proceso de institucionalización jurisdiccional que culminó con la aprobación del Tratado de Roma de 1998, que creó la Corte Penal Internacional, que entró en funciones en el año 2000.                                            

      El siglo XXI se abre así como un ancho camino de renovadas esperanzas hacia la paz perpetua que soñara Emmanuel Kant, cuando dijo: “No debe haber guerra ni entre tú yo... ni guerra entre nosotros como Estados.”

 

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      Nuestro juez acaba de terminar sus Resultandos, en los que ha elaborado  un resumen de los hechos probados. Le cabe ahora entrar en los Considerandos, el capítulo de Derecho que corresponderá aplicar a esos hechos y habrá de fundamentar el fallo que debe dictar, para resolver la antinomia entre justicia y seguridad y determinar si los seres humanos pueden tener la esperanza de hacer justicia. Comenzó entonces a redactar la segunda parte de su sentencia.

      CONSIDERANDO:

       I) La Historia enseña y los casos incorporados a la prueba así lo demuestran, que según las diferentes épocas los seres humanos prefirieron uno u otro fin -justicia o seguridad- anteponiéndolos a los otros que pudieran existir. No le convence a esta Sede la idea de Radbruch de que justicia y seguridad no están en armonía y constituyen “una viva antinomia” y considera que ambos fines deben realizarse conjuntamente y que la seguridad no pasaría de ser otra cosa que la garantía de la realización de la justicia en el Derecho. Debe existir necesariamente un equilibrio entre ellas. El conformismo ante la injusticia no debe existir, ni siquiera cuando se trata de un poder irresistible, como en el ejemplo de Prometeo, encadenado a la roca, por la voluntad despótica de Zeus, por el delito de haberle dado la esperanza a los hombres, junto con el fuego. Mucho menos puede aceptarse la fórmula abstracta que Nietzche le adjudicaba a este castigo: “Todo lo que existe es justo e injusto y justificado en los dos casos.” (“La naissance de la tragédie”- Gallimard- 1949 p.72). La injusticia debe despertar en el peor de los casos la angustia que sufría Joseph K, en “El Proceso”, de Kafka, que tenía un acusado, pero no tenía acusación ni jueces.

     El Derecho es un término medio ente la anarquía y el despotismo –como lo afirmaba Bodenheimer-  y eso es lo que ha llevado a las diferentes escuelas a tratar de determinar su verdadero punto de ubicación  -en el amplio espectro de las conductas humanas permitidas o prohibidas- según  la época y el lugar de que se trate. Eso es lo que también llevó a pensar en la existencia de un derecho universal, válido para todos los lugares y todas las épocas­­­­­­­­­­­­: el Derecho Natural. Siguiendo este razonamiento ya no podría decirse, como lo hacía Bodenheimer, que el poder representa el elemento de lucha y el derecho el elemento de paz. El poder en la sociedad  actúa como la fuerza en el mundo físico mediante transferencias de energía. El derecho sería simplemente un reparto de potencias y de impotencias.

       II) La Sede juzgadora encuentra que esta posición es muy convincente y permite superar con sencillez y profundidad al mismo tiempo, las insuficiencias de otras doctrinas. Ha sido desarrollada por uno de los más importantes juristas contemporáneos: Werner Goldschmidt.

      La antinomia entre justicia y seguridad desaparece en la concepción de Goldschmidt, que resume el fenómeno jurídico en tres elementos: conducta, justicia y norma. Todas las conductas que integran el fenómeno jurídico se integran en un reparto de potencias e impotencias. El orden de los repartos, autónomos o autoritarios,  en un sistema de normas determinado,  implica que unos serán repartidores y otros recipiendarios. Esto podría llevar a pensar que unos se benefician del reparto y otros lo soportan.  Pero no es así.  Debe examinarse si el orden de las conductas de reparto se adapta a los criterios de la justicia, lo que diferencia esta teoría de aquellas que veían en el poder por el poder mismo la satisfacción del interés de los poderosos.

       Afirma Goldschmidt: ‘La humanidad progresa en el conocimiento de la justicia como en el conocimiento de cualquier otro tema. De ahí resulta que es menester tener en consideración la fecha de la realización del orden de repartos en su relación con el momento en el que se encuentra el descubrimiento científico de la justicia.” Esto ayuda a comprender la diferente respuesta -a veces injusta para los criterios actuales- que el Derecho tuvo para los casos jurisprudenciales que fueron objeto de la prueba en este juicio. Pero en todos los casos, la ciencia de la justicia – a la que Goldschmidt llama Dikelogía, recogiendo el nombre de la diosa de la mitología griega- fue avanzando paso a paso como avanzaron las demás ramas de la ciencia. 

      III) El autor sostiene que el concepto de naturaleza se opone al de cultura y explica que la primera comprende lo que al hombre le es dado mientras que la segunda abarca lo que el hombre ha hecho. Y afirma: ¨La justicia divina consiste en el reparto de todos los bienes y males entre todos y cada uno de los hombres y otros recipiendarios según las reglas del Derecho Natural. Si ahora restringimos el concepto de la justicia divina al de la justicia humana, llegamos a la siguiente caracterización de esta última: la justicia consiste en el reparto de todos los bienes y males entre todos y cada cual de los hombres por personas autorizadas y de acuerdo a reglas derivadas de la razón.” Finalmente concluye con las siguientes palabras que no por amargas dejan de ser esperanzadoras:

      ¨La justicia humana es siempre imperfecta en su realidad, y solo una idea regulativa como ideal. La justicia de todas nuestras resoluciones se vicia por el desenvolvimiento incesante del mundo, por el contagio de cualquier entuerto en el rincón más apartado de la tierra, por el ¨progressus ad infinitum” y, por último por el ¨regressus ad infinitum”. Todo acto de justicia humana contiene necesariamente estos cuatro granitos de injusticia. Si quisiéramos excluir la influencia rectificadora de lo por venir, habríamos de cruzarnos de brazos hasta que llegare el fin del mundo; como esta inactividad constituiría la mayor de las injusticias, hay que llevar a cabo actos de justicia o de injusticia relativas que se aíslen hacia la marcha del mundo. Si deseáramos extirpar todas las injusticias enquistadas en el cuerpo de la humanidad, no sabríamos dónde empezar y henos aquí de nuevo paralizados despreciando el único camino expedito consistente en avanzar paulatinamente perpetrando justicias imperfectas… Y si, finalmente, aspiramos a investigar todas las ramificaciones y todas las raíces de un suceso, precisamente por lo discursivo de nuestra razón y lo finito del tiempo de que disponemos, nunca llegaríamos a un término; por lo cual hay que cortar por lo sano. Nuestra incapacidad teórica de prever el futuro, nuestra incapacidad práctica de deshacer todos los entuertos y nuestra incapacidad teórico-práctica de relacionar un acto con todos los acontecimientos concomitantes, provocados y causales obstan a que se de cima a un solo acto de justicia completa. La justicia pura es, pues, como el oro puro: requiere la amalgama con metales menos nobles para lograr la dureza necesaria de soportar la realidad.” (“Introducción al Derecho” Estructura del mundo jurídico –Aguilar- Bs. Aires- 1960 ps. 25 y ss.y 121)

      El método de fraccionamiento permite neutralizar la imperfección inherente a cada acto de justicia, para la realización del “Derecho Natural” considerado como el conjunto de los criterios de justicia, abstraídos de las valoraciones de los diversos repartos. La seguridad jurídica –concluía Goldschmidt- no es por ende un valor especial.

      IV) Estas sabias reflexiones iluminan la valoración que la Sede debe hacer de los dieciséis casos jurisprudenciales que se han incorporado a la prueba de este legajo. Tomados aisladamente podrían ser considerados como una colección de injusticias, pero analizados en su conjunto no solo describen el surgimiento y evolución de las diferentes ramas del Derecho, sino que demuestran el esfuerzo que a lo largo de los siglos la humanidad ha venido desarrollando, para realizar la Justicia a través del Derecho y asegurar los caminos del debido proceso, a fin de resolver los conflictos que inevitablemente se plantean entre los seres humanos.

      La Justicia es el fin fundamental del Derecho y en todos los casos en que pudo ocurrir que por un conflicto de intereses se consumara  una injusticia a través del Derecho, la conciencia de la humanidad -en todas las épocas-  se elevó contra esa injusticia y consiguió superarla, por la razón o la fuerza, pacífica o violentamente, por la evolución o la revolución.

      La Justicia se apoya a su vez en la Libertad y por eso Goldschmidt expresó que el principio supremo de justicia consiste “en brindar a cada cual un espacio de libertad dentro del cual pueda desenvolverse de hombre en persona.” (ob.cit. p. 158)

Y por ese camino su pensamiento hace que puedan relativizarse las diferencias que lo separan de ese otro gran jurista que fue Kelsen, en su intento por estructurar una teoría pura del Derecho. No en vano Kelsen cerró su ensayo “¿Qué es la Justicia ? con las siguientes palabras, que la Sede comparte:

“Verdaderamente no sé si puedo afirmar qué es la Justicia , la Justicia absoluta que la humanidad ansía alcanzar. Sólo puedo estar de acuerdo en que existe un Justicia relativa y puedo afirmar qué es la Justicia para mí. Dado que la Ciencia es mi profesión y, por lo tanto lo más importante en mi vida, la Justicia para mí se da en aquel orden social  bajo cuya protección puede progresar la búsqueda de la verdad. Mi Justicia, en definitiva, es la de la libertad, la de la paz; la Justicia de la democracia, la de la tolerancia.” (Planeta, España, 1993 p. 63)

Por estos fundamentos FALLO:

Declarando que la Justicia es la finalidad fundamental del Derecho y que debe seguirse realizando en todos sus aspectos: jurídicos, políticos, sociales, económicos y morales. Debe tener como supuesto la libertad, como objetivo la paz y comprender la seguridad como garantía para su cumplimiento.

No ameritando especial condenación, las costas y costos se declaran de oficio.

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Todo está dispuesto en la Sala de Audiencias. Los abogados han tomado ya asiento en sus respectivos lugares. Se ponen de pie cuando ingresa el magistrado que se detiene brevemente para saludarlos con una inclinación de su cabeza,  solicitándoles que vuelvan a tomar asiento.

Se produce un profundo silencio. Todos están muy atentos.

El Juez comienza la lectura de su Sentencia…

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El conteo comenzó el 1/1/2014