LA INQUISICIÓN

Por Washington Bado

 

La inmolación del Caballero Templario Jaques de Molay según un antiguo grabado.Aunque el maravilloso “sistema de la Caballería” -como lo definía Montesquieu- enalteció el sentimiento de justicia que emanaba del Cristianismo, la seguridad institucional del Estado secular encarnado por la Monarquía y la Iglesia medievales, lo doblegaron. El fanatismo condujo a la Inquisición.

 

 Los Templarios y Juana de Arco

 

      Los orígenes de la Inquisición pueden rastrearse en el final de la Alta Edad Media en Francia, cuando después del conflicto que tuviera Felipe IV, el Hermoso, con el Papa Bonifacio VIII por la recuperación de los diezmos que beneficiaban a la Iglesia, se amigaron y pusieron de acuerdo para perseguir a los Cátaros y Albigenses, considerados herejes, que habían florecido  y se habían extendido por todo el Mediodía francés, con el apoyo del Conde Raymundo VI de Toulouse. Se organizó luego una pequeña cruzada contra ellos a cuyo frente estuvo Simón de Monfort.

       El Rey de Aragón, Pedro II, guerrero prestigiado por la victoria de las Navas de Tolosa frente a los árabes, respaldaba a su cuñado Raymundo VI, con un fuerte ejército, superior al de Monfort. Pero este no le teme porque ha interceptado una carta del rey –galante y español al fin- dirigida a una dama en la que le dice que ha atravesado los montes para ver sus bellos ojos y ofrecerle la victoria. Cuando sus amigos se expresan sus preocupaciones, Simón contesta: “¿Qué puedo temer de un Rey que se enfrenta a Dios sólo por ver a una puta?  Y en la batalla de Muret lo derrotó. El rey Pedro fue muerto a lanzazos y Pierre Dominique dice que la victoria se tomó como una ordalía, un juicio de Dios, lo que llevó a Simón de Monfort de triunfo en triunfo.( “La Inquisición” –Ed. Caralt –Barcelona- 1997 p.37)

      La doctrina de los cátaros tuvo según algunos su origen en la predicación, entre 1160 y 1170,  de Pedro Valdo, un comerciante de Lyon que donó sus bienes a los pobres y  fundó la comunidad valdense. Entre otras cosas de su doctrina que sobresaltaban a la Iglesia, afirmaba –como un anticipo de la futura Reforma- que los sacerdotes no tenían  la exclusividad de hablar en nombre del Señór y que todo fiel es depositario del Espíritu Santo, pudiendo por lo tanto comentar las Escrituras. El movimiento cátaro fue más lejos y se enfrentó a la fastuosidad y el nepotismo de los obispos feudales, predicando la bondad de Dios y la vuelta a la pobreza evangélica. Cuestionaban las cosas del dinero y de la carne, aunque, paradojalmente, fueron atacados porque algunos de sus fieles pretendían la superación del pecado entregándose a él, en supuestos accesos de lujuria.

      El Papa Inocencio III, superando la querella de las investiduras y el gran cisma de la Iglesia que llegó a tener tres titulares del solio episcopal, ocupó el trono de San Pedro el 8 de enero de 1198. A partir de allí se consolidó el poder de la Iglesia. El nuevo Papa en un carta al Arzobispo de Narbona, empezaba por condenar a los “simoníacos que venden la justicia, absuelven al rico y condenan al pobre y que ni siquiera observan las leyes de la Iglesia...” Por su iniciativa se dejó establecido en Narbona el tribunal eclesiástico que tendría por cometido “la busca y castigo de todos aquellos a los que se puede llamar enemigos de la  Iglesia Católica y Romana.”   (Pierre Dominique, ob. cit. p 22 y 41) Poco después el catarismo quedaría destruido, víctima de la Inquisición.

      El Papa Gregorio IX, sobre las bases ya constituidas, institucionalizó la Inquisición, que hasta entonces había sido un instrumento ocasional, mediante una serie de decretos y bulas. En los días 12 y 20 de abril de 1233 se anunció a todos los prelados de Francia que se había elegido a los hermanos de la Orden de los Predicadores, fundada por Santo Domingo,  para combatir la herejía. Todos los herejes quedaban excomulgados. Los que abjuraran y pidieran volver al seno de la Iglesia, serían condenados a prisión perpetua o temporal, multas y penitencias visibes y duraderas. Los herejes impenitentes o los relapsos (abjurados que volvían a la herejía) serían entregados al brazo secular para la ejecución de la pena de muerte. Los sospechados que no consiguieran borrar las sospechas, serían considerados “infames”, no pudiendo ejercer cargos, ni actuar como testigos, ni testar ni ser herederos, no pudiendo tampoco accionar en juicio. Quien diera sepultura a un muerto excomulgado, recibiría a su vez la excomunión. La puerta a la persecución quedaba abierta: quien conociera a herejes o a gentes adheridas a los conventículos secretos o cuya forma de vida se saliera de lo ordinario, se vería obligado, bajo pena de excomunión, a avisar a su confesor o a cualquier otra persona que pueda advertir al obispo. Los hijos de los herejes y sus cómplices quedarían privados de derechos hasta la segunda generación.

      Los cátaros, albigenses y valdenses, fueron los primeros en ser conducidos a la hoguera. Después se sumarían los Templarios.

      En cuanto a la jurisdicción, los jefes de las Órdenes, pero preferentemente los dominicos, la asumirían con carácter permanente, sin excluir a los obispos que también participarían en los juicios inquisitoriales.

      El norte de Francia, Flandes y los Países Bajos conocieron la Inquisición bajo el reinado de San Luis. Luego su presencia se extendió a Aragón y Navarra, más tarde a Italia, Lombardía, Florencia, Sicilia, Venecia y llegó hasta el reino de Jerusalén. En España, en sus comienzos, la Inquisición empezó por ejercitarse sobre los cadáveres de los considerados herejes, cuyos restos eran exhumados, quemados y aventados, como ocurrió con el Conde Ramón de Forcalquier y de Urgel, por disposición del Tribunal de Lérida. Con el tiempo llegarían los terribles autos de fé y el implacable Torquemada.

      El inquisidor de Toulouse, Bernard de Gui, tuvo el nada envidiable privilegio de ser el primero, hacia 1323, de emprender la tarea de escribir una serie de libros bajo el título general de “De practica Inquisitionis heretice graviati” que resumía su experiencia y quedaba reservado  al execrable beneficio de sus continuadores. Antes que él, un legista italiano, llamado Zanchino Ugolino Serra, ya había intentado un manual de procedimientos para la justicia inquisitorial. La obra de Gui contenía un capítulo especial sobre “métodos, arte y procedimientos para el descubrimiento de la herejía.” Posteriormente, Nicolás Eymerich, Inquisidor General para el reino de Aragón, responsable de un terrible auto de fe en Valencia en 1360, compuso el “Directorium Inquisitorium”que sería el manual de cabecera de Torquemada, hasta culminar con el Código de la Inquisición Española, de 1561. Como bien lo señala Dominique “son los grandes tratadistas de la Inquisición en materia procesal, los que no se han contentado con detener, interrogar y juzgar, sino que han meditado sobre el problema y escrito sobre la búsqueda, la penintencia y el suplicio, al igual que otros escribieron sobre el arte de la guerra  o el de los jardines y que evitaron que los jueces de la Inquisición siguieran siendo unos aficionados forzados a una improvisación constante” (Cfr. P.146)

      Lo que es seguro es que estos tratadistas y sus tratados quedarán para siempre incorporados a la historia de la infamia en el Derecho. En realidad esos procedimientos siempre eran los mismos. Como lo recordaría Voltaire: “Uno puede ser aprisionado por la simple denuncia de las personas más infames: un hijo puede denunciar a su padre, una mujer a su marido; el acusado jamás es confrontado con sus acusadores; los bienes del condenado son confiscados en beneficio de los jueces...” (Cit. por Dominique ob. cit. p. 326) Por lo demás, las audiencias eran secretas; no actuaban abogados ni el acusado tenía defensa; dictada la sentencia recién el procedimiento se hacía público y si el acusado era condenado, se le conducía a la hoguera.

      La palabra Inquisición deriva del latín “inquirere”, que se traduce por “buscar”. Cuando el que juzga busca su propio convencimiento con la verdad que surge a través de la prueba libremente obtenida, se legitima el proceso. Cuando lo que se quiere es imponer por la fuerza ese convencimiento al propio acusado para que lo asuma a través de una confesión, el suplicio sustituye a la prueba y el proceso es inicuo. En esto cayó la Inquisición al igual que otros regímenes criminales que desgraciadamente ha conocido la humanidad. Es un peligro que, desgraciadamente, siempre acecha a la verdadera Justicia. No es casual que los herejes tuvieran que llevar la cruz roja de la penitencia, de la misma manera que los nazis impusieron la estrella amarilla a los judíos en los guetos.

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      Cuando en la primera Cruzada  Godofredo de Bouillon se presentó ante las murallas de Jerusalén, a mediados de junio del año 1099, seguramente debió sentir la misma emoción que todavía hoy asalta al peregrino y al viajero, ante la contemplación de la yacente Ciudad Sagrada, a través de cuya Puerta Dorada y sentado sobre un asno como lo marcaba la antigua Escritura,  ingresó Jesús mil años antes. Pero para aquellos Cruzados la emoción debió ser mucho mayor por la inminente recuperación del Santo Sepulcro, que ansiaba la Cristiandad y la noticia que se tenía sobre los excesos que se atribuían a los infieles, turcos y árabes, que la habían conquistado.

      La reconquista estuvo precedida por la toma de Antioquía, donde un extraño monje llamado Pedro Bartolomé, dijo haber recuperado desde las entrañas de un templo donde yacía enterrada, la lanza con la que un centurión romano había herido el costado de Jesús, cuando agonizaba en la Cruz. Munidos con esta sagrada reliquia que inflamaba sus bríos y valiéndose de sus máquinas de guerra  -como lo recuerda Carl Grimberg-  los Cruzados lograron trasponer las murallas y apoderarse de la ciudad.

      Godofredo de Bouillon –que rechazó la corona de oro que se le ofreció porque dijo no poder aceptarla después que a Jesús se le impusiera la de espinas- asumió el gobierno y promovió la formación de una Orden de Caballeros que se constituyó en el lugar que ocupara el antiguo templo de Salomón y de allí el nombre que recibió: la Orden de los Templarios.

      Durante los doscientos años siguientes esta misteriosa Orden religiosa y militar, acumuló poderío y riquezas, en Oriente y Occidente, al par que su estructura impenetrable alimentaba sombrías historias sobre sus hábitos y ritos, que llevaban a creer en la existencia de un terrible secreto –que algunos relacionan con la posesión del Santo Grial-  lo que atemorizaba a la gente común.  Se calcula que llegó a contar con mil quinientos caballeros y quince mil hermanos servidores.

      Al finalizar el siglo XIII, ya se había  perdido Jerusalén y con la caída de San Juan de Acre, último baluarte de la cristiandad,  la posición de los Caballeros se debilitó. Fue entonces cuando Felipe IV, rey de Francia -que todo lo que tenía de “hermoso” (como se le llamaba) lo tendría de canalla- concibió la idea de quedarse con las riquezas de los Templarios –de quienes había pretendido sin éxito ser Gran Maestre- para poder financiar sus ejércitos en dificultades, después de fracasar en su intento de falsear el fino de la moneda en circulación, lo que también le valió el apodo de “el rey falsificador”.

      Después de su enfrentamiento con Bonifacio VIII, a quien consiguió por fin arrojar de Roma, logró instalar un papa francés, Clemente V, en la ciudad de Avignon, que le resultaría absolutamente maleable. Sin perjuicio de precipitar el gran cisma de la Iglesia, consiguió que el nuevo Papa, el 24 de agosto de 1307, convalidara la denuncia de herejía contra los Templarios, habilitando la intervención del Gran Inquisidor Guillaume Imbert para que violara la inmunidad de la Orden y aprisionara a los Caballeros, secuestrando además sus bienes.

      Los cargos eran: haber renegado de Jesús para practicar el culto idolátrico de Bafomet, apostasía y blasfemia, prácticas sexuales aberrantes que incluían sodomía y “besos bajo el rabo del diablo”, entre otras cosas obscenas. Esta recurrente obsesión por lo sexual, que ya se había manifestado en la persecución contra los cátaros, es una de las características de la sociedad medieval, profundamente reprimida.  El psicoanálisis recién se acercaría en la actualidad a la comprensión de estas psiconeurosis sociales. Ha dicho Freud: “Sería equivocado limitarse a hacer resaltar la repulsa que, partiendo de los consciente, actúa sobre el material que ha de ser reprimido. Es indispensable tener también en cuenta la atracción que lo primitivamente reprimido ejerce sobre todo aquello sobre lo que le es dado entrar en contacto.” (“Los textos fundamentales del psicoanálisis” –Altaya- Barcelona –1997-p.648)

       Felipe IV consiguió que se divulgaran las imputaciones contra los Templarios en asambleas populares y de obispos, como las de Chinon y  Tours, donde se obligó a comparecer al Gran Maestre Jacques de Molay y los principales dignatarios de la Orden. Se arrancaron las confesiones por el suplicio y se hicieron públicas para escarnio de los acusados.

      Finalmente los Templarios fueron conducidos ante el Concilio de la Inquisición de París. Describe Dominique: “Todos en apretado haz, el rey el Concilio, la Inquisición y el Papa que no decía palabra, todos querían acabar de una vez...” (ob.cit. p. 108) Setenta Caballeros fueron quemados en esa oportunidad en las hogueras de París, otros, sobre todo los que se habían atrevido a defenderlos, si no fueron quemados, desaparecieron.

      En el momento en que se iba a pronunciar la sentencia contra Jacques de Molay y el preceptor de Normandía, ambos proclamaron que las confesiones eran falsas por haber sido arrancadas mediante tortura. El tribunal no se dejó conmover por este gesto de grandeza final. Los consideró de inmediato como relapsos, condenándolos también a la hoguera.

      A punto de morir, se dice que Jacques de Molay convocó al Rey y al Papa, para ante el Tribunal de Dios, en el término de un año. El destino, por lo menos –a diferencia del pobre Obispo Pretextato-  hizo lugar a la convocatoria porque Clemente V murió un mes más tarde y Felipe IV lo hizo siete meses después.

 

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      El caso de Juana de Arco es uno de los más interesantes de la historia forense universal, no sólo por sus entrañables aspectos humanos, sino también por ser uno de los más antiguos de los cuales se conservan actas judiciales, sobre sus instancias, interrogatorios y la sentencia final que le impuso su inmolación en la hoguera, en la plaza del Viejo Mercado de Rouen, el 30 de mayo de 1431. Un segundo proceso se llevó a cabo veinticinco años después y, aunque tardíamente, fue solemnemente rehabilitada. La Iglesia que como es sabido pidió perdón muchos años después por los crímenes cometidos por la Inquisición, en el caso de Juana –la doncella de Orleáns, como se la llamaba- fue mucho más lejos: fue beatificada en 1909 y posteriormente canonizada como Santa Juana de Arco, en 1920.

      Había nacido en Domrémy, pequeña localidad de la Lorena, muy probablemente en 1412. En esa época Francia  se encontraba sumida en los embates de una especie de permanente guerra de guerrillas, entre Francia e Inglaterra, que la historia denominó como Guerra de los Cien Años. Los ingleses estaban aliados con los borgoñones gobernados por Felipe el Bueno, a raíz de la muerte de su padre, Juan Sin Miedo, atribuida a los seguidores del pretendiente del trono de Francia, Carlos VII. A su vez estos le atribuían a Juan Sin Miedo la muerte en una emboscada de Luis de Orleáns, de la familia de los Armagnac que apoyaban a los reyes de Francia.Cuando los ingleses invadieron el suelo francés, Felipe y los borgoñones que reivindicaban su autonomía, no titubearon en unirse a ellos. En una época singularmente violenta, los conflictos tenían casi siempre como referencia un hecho de sangre original. En cuanto a las pretensiones de los ingleses sobre el territorio de sus vecinos continentales, se remontaban a Guillermo el Conquistador, el príncipe normando que conquistó la isla de los antiguos anglos. Cuando en 1152, el rey de Francia Luis VII repudió a su esposa Leonor de Aquitania y más tarde esta se casó con Enrique Plantagenet, Duque de Normandía, que asumiría la corona de Inglaterra, esas aspiraciones se vieron reforzadas.

      En la Lorena la mayoría de los habitantes se identificaban con los franceses y así fue como Juana, que no pasaba de ser una humilde aldeana, carente de toda ilustración, de poco más de diecisiete años de edad, se sintió llamada a cumplir la “misión”de salvar a Francia y hacer consagrar como rey al Delfín Carlos VII, después de recibir las “voces” de los Argángeles Miguel y Gabriel y de las Santas Catalina de Alejandría y Margarita de Antioquía, que así se lo ordenaban.

       Como bien lo señala Jacques Cordier en su obra “Juana de Arco” con la que desmenuza la realidad que rodeaba a la Doncella y desmitifica su participación en los hechos que la volvieron célebre, la mentalidad colectiva de toda la cristiandad se hallaba saturada de ideas religiosas, el monarca era considerado como un representante de Dios sobre la tierra y existía un profundo sentimiento de unidad nacional, todo lo cual confluía en la reivindicación que impulsaba al Delfín Carlos VII y la transformaba en una causa popular (3ª.Ed. Grijalbo –Barcelona- 1970)

      Cuando el Delfín, hijo del demencial Carlos VI que no había sabido defender el trono y casi lo dilapida, convocó a los Estados Generales en Chinon, ante la emergencia del sitio que los ingleses pusieron a la ciudad de Orleáns, Juana, que se suponía no montaba a caballo, lo hizo, fugó de su aldea a mediados de diciembre de 1428 y luego de una cabalgata de muchas leguas, se encontró con el rey en la ciudad que se extiende plácidamente a orillas del Loira, para dar comienzo a su misión.

      Los datos que se poseen sobre las “voces” que escuchaba Juana, provienen de las declaraciones que ella misma aportó en el proceso de condenación y las de cinco testigos que mantuvieron diálogos con ella, en el de rehabilitación. Jacques Cordier se tomó el trabajo de hacer una comparación minuciosa entre la descripción de esas “voces” y la experiencia actual de la Psicología sobre el fenómeno de las alucinaciones y las resume en las siguientes conclusiones: 1º.) Juana de Arco creyendo oír voces, experimentó indiscutiblemente alucinaciones. 2º.) No manifiesta ningún síntoma de disociación intelectual o afectiva 3º.) Los únicos síntomas de patología nerviosa no bastarían para explicar su carácter y su actividad.

      Aunque la alucinación en vigilia es considerada como un síntoma patológico, termina su análisis acompañando la opinión del especialista G. Dumas, en cuanto a que  “un ser humano, en su conjunto, puede presentar un psiquismo aparentemente normal, independientemente de sus trastornos alucinatorios, y mostrar, por estos últimos las preocupaciones que le asedian.” (Ob. cit. p. 67-71)  Recuerda que Lutero decía que discutía con el diablo que se paseaba por su dormitorio; Tasso discutía con un genio familiar y Santa Teresa de Ávila creyó oír palabras y tuvo visiones. Por nuestra parte recordaremos, que también Sócrates decía percibir “voces” que lo aconsejaban y sus discípulos se refirieron a ello. No existirían contradicciones en que, fuera de estos fenómenos, se mostraran psíquicamente sanos e incluso se manifestaran históricamente como seres superiores. La conclusión que saca es que las “voces” de Juana de Arco, no son otra cosa que Juana misma”.

      Aunque se recogieron diferentes versiones sobre el encuentro entre Juana y el rey en Chinon, el hecho de que llegara con una escolta y una carta de presentación de Roberto de Boudricourt , ha hecho pensar que ese encuentro estaba preparado. Sin embargo se han dado diferentes versiones, incluyendo la de la propia Juana, sobre ese hecho, aunque ha quedado probado que el Consejo Real ordenó una investigación que llevó a cabo una comisión en Poitiers, luego de lo cual se aceptó que la misión que proclamaba como enviada por Dios de levantar el sitio de Orleáns y conducir al rey a Reims, para hacerlo coronar, era digna de ser aceptada y que “el rey podía utilizarla y enviarla a Orleáns”.

       Fue entonces que, el 22 de marzo de 1429, un martes de la Semana de Pascua, dictó la famosa “carta a los ingleses” que fue pieza fundamental en el proceso de su condenación. Dirigiéndose al Rey de Inglaterra y al Regente duque de Bedford y a William Pole, Johan Talbot y Thomas Scales, que comandaban al ejército inglés, les dice: “Obedeced al rey del cielo: entregad a la Doncella que se encuentra aquí enviada por Dios...las llaves de todas las buenas ciudades que habéis tomado y agredido en Francia. Ella está aquí enviada por Dios para reclamar el derecho real. Está siempre dispuesta a hacer la paz si queréis darle la razón...Rey de Inglaterra, si no lo hacéis así soy jefe de guerra y en cualquier punto que alcance a vuestras gentes en Francia les haré marcharse, lo quieran o no; y si ellos no quieren obedecer los haré matar a todos” (ob. cit. p. 94) Juana en dos ocasiones reconoció haberla dictado por lo que no se duda de su autenticidad. Si la liberación de Orleáns se lograba, eso iba a ser interpretado como el “signo” que de ella se esperaba para el cumplimiento de aquella misión.

      Por eso, cuando el 29 de abril de 1429, entró al frente de las tropas en la ciudad asediada, montada en un  caballo blanco, vestida con armadura masculina y portando su estandarte que tenía dos ángeles con la flor de lis, el “signo” prometido se patentizó y entre las aclamaciones de la multitud que llegaba a su encuentro, comenzó a elevarse su leyenda. Sin embargo, Cordier, con una visión objetiva de los hechos, analizando las pruebas, el diario del sitio  y sobre todo el más pedestre pero irrefutable Libro de Cuentas de la guerra, encuentra que Juana de Arco jamás tuvo el mando de tropas que siempre reposó en los militares y concluye que Carlos VII “más hábil en procedimientos que emprendedor de actos” se decidió, con un objetivo militar y político,  a utilizar el misticismo de aquella visionaria que prometía el “signo” de un socorro celestial, en un medio “saturado de representaciones religiosas”. (Ob. Cit. p 106) En fin, que todo habría sido una precoz y formidable maniobra de manipulación de masas, que le dio grandes resultados.

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      La ciudad finalmente quedó liberada. Los ingleses, que probablemente habían tomado sus amenazas como una manifestación casi pueril, también cayeron en la tentación taumatúrgica de la “poucelle” milagrosa, se asustaron y huyeron, abandonando la ciudad a los franceses, junto con sus “bombardas, cañones, artillería y la mayor parte de sus víveres y bagajes.” Esto lo reconocía en el parte oficial de guerra Carlos VII, que por lo menos hasta allí otorgaba el mérito de la acción a la gran proeza y el poder de las armas de sus hombres, aunque también recordaba a “la Doncella que ha estado presente en la ejecución de todos estos hechos.” (ob. cit. p. 141)

      Pero la fama de Juana siguió creciendo y junto con ella su leyenda. En el bando de los ingleses también se destaca el comienzo de la que la llevaría a su fin. En una carta de Bedford dirigida a su rey, dando cuenta de la muerte del conde  Salisbury, le informa que recibieron “un gran golpe causado...por una mezcla de falsas creencias y del loco temor que tenían de un discípulo y polizonte del enemigo –es decir del diablo- llamado la Doncella, que empleaba falsos encantamientos y brujerías.” (ob. cit. 154)

      A la liberación de Orleáns siguió la campaña del Loira con las victorias de Beaugency, Meung y Patay. Y cuando todo militarmente indicaba que los ingleses, sumamente desmoralizados, estaban a punto de caer vencidos y el camino hacia París quedaba finalmente libre, Carlos VII decidió frenar la ofensiva para dirigirse hacia Reims con la finalidad de hacerse coronar.

      ¿Había caído el Delfín en la sugestión fatal de la Doncella, que se lo había propuesto como fin de su Misión? No se podrá saber nunca. Lo cierto es que Carlos VII cometió un grave error: consiguió su corona pero  cuando quiso avanzar  hacia lo que ya se reconocía como la Capital de Francia, era tarde. Los ingleses consiguieron recomponerse y con el apoyo de sus aliados los borgoñones rechazaron a los franceses y continuaron con el dominio de París, designando al duque de Borgoña, Felipe el Bueno, como gobernador.

       Carlos VII, pragmático como siempre, entró en conversaciones con Felipe y quiso obtener una tregua. Las concesiones que se pretendían, desde la devolución de las joyas de su padre, hasta la exención del reconocimiento de su autoridad real de Carlos VII en el Ducado de Borgoña, despertaron la disconformidad de sus más allegados colaboradores. Juana de Arco nunca tuvo en todo esto una participación activa. Hubo entonces  una tentativa de asalto a la ciudad en la que Juana resultó herida por un tiro de ballesta. Decepcionada, la Doncella, siguiendo la costumbre caballeresca, depositó  su arnés en la Abadía de Saint Denis y se retiró. Finalmente, el 23 de mayo de 1430, en una escaramuza frente a Compiègne, Juana de Arco cayó prisionera de los borgoñones.

      La noticia de su captura corrió rápidamente. Tres días después Felipe recibiría una carta de París, con los sellos de la Inquisición, reclamando la entrega de la prisionera “vehementemente sospechosa de varios crímenes que huelen a herejía...” (ob. cit. p. 270) Juana intentó huir del castillo que le servía de prisión pero fue recapturada. Finalmente y no sin antes haberse tentado una vergonzosa oferta de 10.000 francos como rescate, lo que no se sabe si se efectivizó, los ingleses consiguieron que fuera entregada al Obispo Pedro Cauchon, conducida a Rouen y encerrada en una celda de las siete torres del castillo de Boureuoil,  en una jaula metálica, con grilletes y atada con una cadena fija a un gran madero. Allí pasaría Juana de Arco sus últimos meses de vida, mientras se llevaba a cabo su proceso.

 

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      El 9 de enero de 1431, Pedro Cauchon acordó en una reunión privada con ocho “doctores y maestros” el orden que debía seguirse para la instrucción del caso. Como ya se  vio los jueces inquisitoriales no estaban en realidad obligados por ninguna regla de procedimiento. Como lo describe Cordier: “fueron oídos testigos sin confrontarlos con Juana y sin ni siquiera dar sus nombres; que ésta, sin el auxilio de ningún abogado, era sometida a preguntas múltiples y repetidas, en las que los distintos jefes de la acusación se entremezclaban continuamente para confundirla y sorprenderla...” (ob. cit. p. 273) Hay una terrible desproporción entre la acusación y la defensa solitaria de la propia inculpada. Es evidente que al Obispo Cauchon se le encargó de una tarea política en la que actuaba respaldado por unos sesenta teólogos imbuidos de prejuicios.

    El proceso duró veinte semanas y tuvo dos etapas: una primera de instrucción de la causa en la que el tribunal actuaba de oficio, comprendiendo las investigaciones e  interrogatorios preliminares y una segunda, considerada como proceso “ordinario” que culminaba con la sentencia. Es bueno señalar que, más allá de la tendenciosidad e irregularidades del juicio, ya se insinuaba lo que habría de ser el esquema moderno del proceso inquisitivo penal, según el modelo francés que se extendería a otras partes del mundo. En Inglaterra, en cambio,  prevalecería el modelo denominado acusatorio, en el cual la instrucción es impulsada por el fiscal, representante del Estado. Independientemente de la intervención del jurado –tan caro a los anglosajones- estas diferencias han llegado hasta la actualidad, dividiendo la preferencia de los procesalistas.

      Como lo destaca Cordier, el procedimiento “uniformemente aplicado en todos los procesos de herejía, tenía como finalidad provocar en las respuestas del acusado modificaciones capaces, a su vez, de permitir el reconocimiento de sus faltas, que era el objetivo principal de cualquier interrogatorio.” (Id. P. 274) El objeto de la investigación estaba dirigido a tres puntos principales: las “voces” que decía escuchar Juana, por la sospecha de que se tratara de una “posesión diabólica”; el “signo” de su misión, exigible a todo el que pretendiera ser un enviado de Dios, sin lo cual se caía en herejía y la vestimenta masculina que utilizaba, que se consideraba una agresión a las reglas de la religión y la moral corrientes.

      Los interrogatorios comenzaron en la mañana del 21 de febrero. Cauchon le exigió el juramento sobre los Evangelios a fin de que “declarara completa verdad sobre las preguntas que le serían planteadas en materia de fe”. A continuación le pidió que recitara el “Padre Nuestro”, a lo que Juana se negó, alegando que sólo lo haría en confesión. Cauchon le advirtió que podía ser convicta del crimen de herejía, pero Juana no se dejó intimidar. Los siguientes pasajes del interrogatorio, considerados de autenticidad indiscutible, revelan el carácter de la inquisitoria. Juana comenzó por declarar: “A la edad de trece años tuve una voz de Dios para ayudarme a gobernarme y la primera vez tuve gran miedo; esta voz vino al mediodía, en verano, en el huerto de mi padre… reconocí que era del Arcángel Miguel… me decía tres o cuatro veces por semana que  me era preciso partir y venir a Francia;  me repetía que haría levantar el sitio de Orleáns”. Se registró entonces el siguiente diálogo:

      “-¿Cómo era la cara de San Miguel?” Y respondió: “No sé”

      “-¿Estaba desnudo?   “-¡Pensáis que Dios no tiene de qué vestirle!”

      “-¿Tenía cabellos?”   “- ¿Porqué se los habrían cortado?”

      Y más adelante:

      “-¿Estabais segura de hacer levantar el sitio de Orleáns? – Dios me lo había revelado y se lo había dicho a mi rey”.

       “No decíais a vuestros soldados que desviaríais las flechas de los ingleses?”

       “-Les encomendé estar sin temor. Muchos han sido heridos a mi lado y yo misma lo he sido.” (“Reportaje de la Historia –Relatos presenciales- Ed. Planeta. –Barcelona- 1962 p. 236)

       Como lo destaca Cordier: “En esta forma Juana se debatía difícilmente y con contradicciones bastante claras, sobre el “signo” acerca del cual no quería precisar, pero que afirmaba.” En cuanto a que tomara el traje masculino contestó que “no ha tomado este traje ni hecho nada si no es por mandato de Dios y de los ángeles.” (Id. P. 278- 279) Por fin cuando se le pregunta si cree haber estado en pecado mortal, contesta: “Que no sabe si ha estado en pecado mortal, pero no cree haber hecho nada para ello.”

      El 28 de marzo se escucha la petición fiscal, contenida en setenta artículos. Se le acusará de “mentiras imaginadas por esa Juana a instigación del demonio, o mostradas a ella por este demonio mediante prestigiosas apariciones, para burlarse de su curiosidad mientras ella se dedica a tratar de cosas que la sobrepasan y que son superiores a la facultad de su condición”. La presencia del demonio en esta reflexión excluye lo que tal vez podría ser tomado como una apreciación de sentido común, teniendo en cuenta las limitaciones de la pobre Juana. Aunque sus jueces estuvieran dispuestos a tomar todas sus declaraciones como expresiones de herejía –en cuanto a las “voces”, el “signo” y la vestimenta masculina que chocaba contra los prejuicios de época- en un acto de supremo valor Juana dijo que prefería “morir antes que revocar lo que Nuestro Señor le ha ordenado hacer.” En caso de ser condenada pidió también llevar “una camisa de mujer en el momento de su muerte.”

      El 23 de mayo se dio por concluida la causa. Los obispos que pretendían que Juana abjurase públicamente, habían preparado secretamente dos sentencias: una de condena a muerte y otra de prisión a perpetuidad. Solo en el caso de que Juana no abjurase se le aplicaría la que la condenaba muerte, que le fue leía por Cauchon, como última forma de intimidarla. Según una versión Juana dijo entonces que estaba dispuesta a hablar y que “en todo obedecería a los jueces y a Nuestra Madre Iglesia.” Al escucharlo, Cauchon se apresuró a leer el otro texto con el que se le condenaba “a prisión perpetua, con el pan del dolor y el agua de la tristeza.” Pero el rapto de desfallecimiento no duró mucho. En su celda Juana, que había vestido ropas de mujer, volvió a colocarse la armadura masculina. Cuando Cauchon lo supo volvió a la prisión para saber “cuándo y por qué había vuelto a utilizar el traje de hombre”. Juana se mantuvo firme y le contestó que “en realidad Dios la había enviado” que todo lo que había dicho había sido por miedo a la hoguera, pero que prefería “hacer de una vez su penitencia, es decir, morir, que sufrir por más tiempo penas en encierro.”

      El 29, en sesión secreta, el tribunal resolvió que debía ser condenada como “relapsa”, figura que se aplicaba a los que después de abjurar reincidían en herejía. Según un testigo al tomar noticia de la condena a muerte Juana le dijo a Cauchon: “Obispo, muero por vos…y os emplazo ante Dios” También se dijo que en ese momento reconoció que el ángel del signo de la corona, era ella misma.

      El 30 de mayo de 1431, a las nueve de la mañana, después de la comunión, fue conducida en una carreta rodeada de soldados ingleses a la plaza del mercado viejo de Rouen, para ser ejecutada en la hoguera.

      Isambert de la Pierre, uno de los acusadores que presenció la ejecución, dejó para la posteridad el siguiente relato del acto de cremación:

      “Depone el que habla que dicha Juana tuvo al fin tan grande contrición y bello arrepentimiento que era una cosa admirable, diciendo palabras tan devotas. piadosas y católicas, que todos cuantos la contemplaban, en gran multitud, lloraban ardientes lágrimas, talmente que el Cardenal de Inglaterra y otros muchos ingleses no pudieron evitar llorar y tenerle compasión. Dice además que la piadosa mujer le pidió, requirió y suplicó humildemente, puesto que estaba cerca de ella en el momento de su muerte que fuese a la iglesia vecina y le trajese la cruz  para tenerla alzada, derechamente, ante sus ojos hasta el trance de su muerte, a fin de que la cruz de que Dios pendió estuviese, mientras vivía, continuamente ante su vista. Dice además que estando ya envuelta en la llama nunca cesó hasta el fin de confesar en alta voz el santo nombre de Jesús, implorando e invocando sin cesar la ayuda de los santos y las santas del Paraíso, y lo que aún es más, al rendir su espíritu inclinando la cabeza, profirió el nombre de Jesús en señal de que ella era ferviente en la fe de Dios.” (Id. P. 238)

      Esta es la imagen que la iconografía clásica ha recogido de Juana de Arco, una doncella creyente que fue condenada por la Iglesia a la que pertenecía. Pero para la historia universal de la injusticia, Juana fue una víctima más de la política; de Carlos VII que la utilizó para hacerle creer a los ingleses que Dios estaba de su parte; de los ingleses que instigaron su condena a muerte para demostrar lo contrario.

      Hoy, Juana de Arco es una Santa para su Iglesia y una gloria para Francia.

Cuando se está frente al monumento que la recuerda en el viejo mercado de Rouen donde fue ejecutada, se hace difícil creer que un crimen tan terrible haya podido ser cometido alguna vez, en nombre de la justicia.

 Juana de Arco- según cuadro de Ingres- vistiendo la armadura y desplegando la bandera del Rey de  Francia.

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El conteo comenzó el 1/1/2014