JESUS DE NAZARETH

Por Washington Bado

 

    Jesús de Nazareth en la Cruz, detalle de un crucifijo en madera, obra de juventud de Miguel Angel. Hebreos y romanos se apartaron del debido proceso de sus propias leyes y antepusieron la seguridad del Estado a la justicia revolucionaria de una Nueva Fe.                            

EL JUICIO SAGRADO

Tácito, uno de los padres de la historia, en el libro XV de sus Anales, refiriéndose al incendio que arrasó la antigua Roma y que el pueblo presumía voluntario, escribía lo siguiente:                                                                                     

“...Y así Nerón, para divertir esta voz y descargarse, dio por culpados de él y comenzó a castigar con exquisitos géneros de tormentos, a unos hombres aborrecidos del vulgo por sus excesos, llamados comunmente cristianos. El autor de ese nombre fue Cristo, el cual, imperando Tiberio, había sido justiciado por orden de Poncio Pilato, procurador de la Judea; y aunque por entonces se reprimió algún tanto aquella perniciosa superstición, tornaba otra vez a reverdecer, no solamente en Judea, origen de ese mal, pero también en Roma, donde llegan y se celebran todas las cosas atroces y vergonzosas que hay en las demás partes. Fueron, pues, castigados al principio los que profesaban públicamente esta religión, y después, el delito de incendio que se les imputaba, como por haberles convencido de general aborrecimiento a la humana generación. Añadióse a la justicia que se hizo de éstos, la burla y escarnio de que se les daba la muerte. A unos vestían de pellejos de fieras, para que de esta manera los despedazasen los perros; a otros ponían en cruces; a otros echaban sobre grandes rimeros de leña, a los que, en faltando el día, pegaban fuego para que ardiendo con ellos sirviesen de alumbrar en las tinieblas de la noche.”

Y tras recordar que Nerón se paseaba en hábito de cochero entre el vulgo, acompañando el regocijo que aquel espectáculo le provocaba, seguía: “Y así, aunque culpables estos y merecedores del último suplicio, movían con todo eso a compasión y lástima grande, como personas a quien se quitaba tan miserablemente la vida, no por provecho público sino para satisfacer a la crueldad de uno solo.” (Clásicos Jackson  –Bs.Aires- 1960- T. XXV p. 424)

Esta mención, alguna referencia a la crucifixión de un judío y ciertos comentarios de Suetonio y Plinio el Joven,  es lo poco que ha quedado como testimonio de aquellos romanos, dueños del mundo de su época, sobre un acontecimiento tan importante que habría de cambiar el curso de la humanidad. Tácito que aplicaba  la norma “sine ira et studio” y que a diferencia del griego Tucídides no pretendía  “una verdad para siempre”,  sabía que “los grandes acontecimientos permanecen dudosos” pese a lo cual no vacilaba en hacerse eco de un grueso infundio, desenmascarado por la posteridad, aunque se redimiera por la compasión que aquellos actos de crueldad le inspiraban.

          A esa altura el pueblo romano estaba ganado por una gran depravación, siguiendo el mal ejemplo de aquellos emperadores  que –como los describe Suetonio en su “Vida de los doce Césares- competían en despotismo, crueldad y corrupción. Los primeros habitantes de Roma que no se conformaban con ser un laborioso pueblo de campesinos y cultivadores (de allí provienen algunos de los célebres nombres gentilicios como los Fabio o los Scévola), se decían descendientes nada menos que del sobreviviente héroe troyano Eneas y le pusieron como  fecha de fundación a  su ciudad un 21 de abril, a partir de la cual comenzaban a contar la historia del mundo antiguo, que conquistaron en pocos siglos con sus victoriosas legiones. (V. Indro Montanelli “Historia de Roma” –Plaza y Janés- Barcelona 1976 – p.285)

          Setecientos cincuenta y tres años después nacería en una remota región del inmenso imperio -que sus naturales llamaban Israel y los romanos Palestina- aquel judío enigmático que moriría crucificado por una condena del Procurador que la gobernaba. Sólo los pocos que hasta entonces lo habían  seguido, pudieron imaginar que  partir de su nacimiento en un humilde pesebre,  se comenzarían a contar los años de una nueva era de la humanidad. Los altivos romanos para los cuales el episodio pasó casi desapercibido, jamás hubieran podido imaginarlo.

          Aquel imperio que se extendía desde las Puertas de Hércules hasta el Mar Negro, que sólo se había detenido frente a los fríos polares en el Norte y las arenas inhóspitas del desierto en el Sur, poca importancia podía darle a un ignoto pueblito llamado Belén, de la casa de David, donde según el anuncio de un antiguo  profeta, de nombre Isaías,  nacería un niño de virgen grávida, que sería “Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de Paz” (Cp. 7 v. 14 y cp. 9 v.6)

          Quienes consideren –siguiendo a Aristóteles- que la política es “la más alta de las ciencias”, sabrán que tiene como fin lograr el poder para la realización de la justicia entre los hombres. En otra dimensión debe situarse a la religión, que también es obra de los hombres, pero cuya finalidad es el encuentro con un poder superior: el poder de Dios que realiza la justicia universal. Pero allí nos detendremos. En la realización humana de la justicia, la política y la religión no deben pesar en la decisión de los jueces, que solo se deben guiar por el buen saber del Derecho. La responsabilidad penal que el Derecho reconoce no se debe confundir con la responsabilidad política y mucho menos con la moral, en la que generalmente se apoya la religión. Pese a ello, la historia de la jurisprudencia está llena de ejemplos en que esa interferencia se ha producido y en esos casos el resultado siempre ha sido el de las peores injusticias que recuerda la humanidad.

          Son incontables los ejemplos que podrían citarse,  pero tal vez ninguno sea tan conmovedor ni haya dejado una secuela más profunda que el proceso que se  siguió contra Jesús de Nazareth y que culminó con su crucifixión.

          El juicio contra Jesús puede ser mirado desde dos ángulos. Si se considera que la muerte de Jesús ya estaba predeterminada, como el mismo se lo anunciara a sus discípulos, en cumplimiento de su misión divina, nada ni nadie hubiera podido detener esa determinación ordenada por la voluntad de Dios, que dispuso ese sacrificio para la redención de los pecados de los hombres. Jesús, el Mesías, sería el ser divino que en realidad no podía morir, porque estaba llamado a vencer la muerte mediante la resurección. Asumir o no esa visión es una cuestión de fe.  Pero si se analiza el proceso secular que ha quedado en la historia y que recogieron los Evangelios, que tuvo una primera instancia instructoria ante el Sanhedrin donde el Fiscal fue el sumo sacerdote Caifás y una segunda instancia ante el Procurador Romano Poncio Pilato, allí entran en juego las leyes, tanto hebreas como romanas, en función de las cuales se definía el papel de los magistrados intervinientes, los derechos del acusado, las formalidades del juicio, sus incidentes y la probidad del fallo que cerraría la causa.

          Debemos decir que nuestro propósito es examinar este segundo aspecto –el único que con esfuerzo podremos abordar-  pero también corresponderá aclarar que es inevitable entrar en algunas consideraciones respecto del primero, porque la Pasión de Jesús está íntimamente ligada a ese proceso. Para ello, además de los cuatro Evangelios, que han quedado como un testimonio  de sus discípulos, Mateo, Marcos, Lucas y Juan, nos ayudaremos  por una invalorable guía, la “Guía de la Biblia-Nuevo Testamento”, del reconocido Isaac Asimov (España –Plaza y Janés Editores- 4ª. Ed. 1992) y –por aquello de que también con la novela se hace historia- con las creaciones literarias de cuatro escritores consagrados, dos creyentes y dos que apuntan a no serlo o que por lo menos no lo son en el sentido convencional. Entre los primeros ubicaremos a Anthony Burgess autor de la novela “Jesús de Nazareth” (Bs. Aires –Ed.  Sudamericana- 1978) y del libreto de la exitosa película del mismo título de Franco Zeffirelli y al uruguayo Tomás de Mattos, con su gran obra “Las Puertas de la Misericordia” (Montevideo –Ed. Santillana. 2002) ) Entre los segundos al portugués José Saramago, Premio Nobel, autor de “El Evangelio según Jesucristo” (España –Santillana- 10ª. Ed. 2003) y al británico Robert Graves, especializado en novelas históricas, autor de “Rey Jesús”.(Bs. Aires –Planeta- 1998)

          Existe una coincidencia en la obra de estos grandes escritores que es el deseo de presentar a Jesús en su verdad humana, en su misión generosa y reivindicadora y en su final trágico y trascendente. Las diferencias aparecen en la interpretación de su trayectoria y en la visión de su destino, que no es ajeno al nacimiento que en forma muy discímil le atribuyen. Para Burgess, recogiendo la versión de la Iglesia Católica, María es virgen y es fecundada por el Espíritu Santo, tal como se lo anuncia el Arcángel Gabriel. José, siendo ya mayor e impotente, se casaría con ella para protegerla. Según el relato de de Mattos, la fecundación es fruto de la violación de María virgen por un centurión romano, acto de violencia que ella sublimiza en un estado de transpersonalización. Saramago se atiene a una versión estrictamente humana: ya en las primeras páginas de su libro José, a quien presenta como joven y vigoroso, se acuesta recatadamente con su esposa y de su relación amorosa, sencilla y bellamente descrita, nacerá Jesús. Por último, Robert Graves que le da a toda la trama de su obra un marcado sesgo político, humaniza también la gestación de María pero la atribuye a una relación, tramada por un sacerdote y mantenida en secreto, nada menos que con un hijo del tirano Herodes el Grande, llamado Herodes Antípater. La finalidad era crear una nueva casa reinante, uniendo a la de David con la de Herodes.

          Salvadas esas diferencias –que como vemos son muchas y se proyectan en sus respectivos relatos-  la maravilla de la aventura evangélica en todos ellos  deslumbra de igual manera, convocando por diferentes recorridos a la eterna  reflexión, que a lo largo de los siglos la ha seguido.

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          ¿Cómo era Jesús? Su descripción física es importante, tanto como el conocimiento de su doctrina, para determinar la causa de la acusación de que fue objeto, pues no es lo mismo un ser de apariencia frágil, seguido por un puñado de discípulos como tradicionalmente ha sido mostrado, que un conductor que por sus dotes y poderes podía convocar multitudes. La primera imagen es la que responde a las representaciones medioevales y renacentistas o tal vez a la divulgada figura yacente  del Santo Sudario conservado en Turin. La otra es la que recoge Burgess, al explicar uno de los motivos de su obra: “Cristo nada tiene que ver con el hombre endeble de la tradición, manso como un cordero, humilde, enclenque. Es alto, fuerte, de voz poderosa: una especie de tigre por su aspecto físico, si no un gigante.” Esta imagen se aviene con el paso atlético de quien transitaba quilómetros para difundir su doctrina  (solo se subió a un asno para entrar en Jerusalén por la Puerta de Oro como la indicaba la profecía), echaba por la fuerza a los mercaderes del templo o predicaba a viva voz desde lo alto de la montaña, a orillas del lago de Galilea.

          Tampoco -hay que decirlo- cabe atribuirle a Jesús  una imagen occidentalizada como la que pudo apreciarse en algunas versiones cinematográficas. Jesús era judío y por lo tanto, a pesar de que en los Evangelios no se hace su descripción -lo que sí resultaría de un pasaje de Flavio Josefo- hay que atribuirle los rasgos que caracterizaron a aquel pueblo en origen.

          En cuanto a su doctrina, bien señala Will Durant que fue en el judaismo expresado por los Profetas Amós e Isaías, donde se iniciaron el cristianismo y el socialismo; ellos “son la fuente de donde ha fluido una corriente de utopías en que ni la pobreza ni la guerra habrían de turbar la paz y la fraternidad humanas” Son también el origen de la concepción de un Mesías que proclamaría la reivindicación de los humildes y desamparados frente a la opresión de los poderosos. (“Nuestra herencia oriental” Bs. Aires Ed. Sudamericana- 1956 ps. 426 y ss.) Decía Amós:

          “Pues porque pisoteáis al pobre y le quitáis sus cargas de trigo, las casas que de piedra tallada os habéis construido no las habitaréis; de las deleitosas viñas que os habéis plantado no beberéis el vino...” (Cp. 5  v.6)

          La conciencia social se volcaba así por primera vez en la religión. Dice Durant que con Amós “empieza el evangelio de Jesucristo.”

          E Isaías, que anunciaba la llegada del Mesías, de vientre de virgen grávida, es aún más duro:

          “¿Qué os proponéis pues que destrozáis a mi pueblo y pisoteáis el rostro de los pobres...? ¡Ay de aquellos que juntan casa con casa, campo a campo, para estar ellos solos en medio de la tierra...! ¡Ay de aquellos que dictan decretos injustos para apartar de la justicia a los necesitados y quitar los derechos a los pobres de mi pueblo, para que las viudas sean su presa y para robar a los huérfanos!” (Cp. III. V. 14 –15)

          Cabe preguntarse, ¿porqué si este mensaje era ya conocido, si se reconocía sus orígenes en los Libros de Moisés y también en la sabiduría salomónica del Ecclesiastés (“¡vanidad de vanidades, todo es vanidad!”) la doctrina de Jesús se volvió subversiva para las autoridades religiosas y seculares de su tiempo? La mejor respuesta la encontramos en las palabras que Burgess pone en boca de Herodes el Grande, en un diálogo con el romano Metello: Dice Herodes: “Los profetas no hacen daño. Siempre ha habido profetas en Palestina. Hombres santos que desearían que los demás fueran santos...”  ¿Y en qué se diferencia un profeta de un mesías?  le pregunta Metello. Herodes responde: “Un mesías es alguien muy diferente de un profeta. Han existido profetas,  pero jamás un mesías. Ni existirá nunca. Es un sueño, solo un sueño, señor”. Pero después cuando ese sueño,  es anunciado como inminente realidad por los tres Reyes Magos, el viejo tirano se siente aterrado y ordena matar a todos los niños menores de un año nacidos en Belén. “Es mejor sacrificar a todos los inocentes que dejar vivo al único culpable. ¿Culpable, majestad? -dijo el consejero teológico- ¿Cómo puede ser culpable un niño? –Sí. Culpable de estar destinado al trono de estas tierras. Culpable del delito de usurpación.” (Ob. cit. p.67 y112)

          Todos sabemos que Jesús pudo ser salvado de esta matanza y que la perversidad de Herodes terminó por llevarlo a la muerte poco después. José, su esposa María y el Niño se trasladaron a Egipto, de donde regresarían a Judea, tiempo después, para seguir trabajando aquel como carpintero y enseñarle el oficio a su hijo. El reino de Herodes fue dividido en cuatro partes y Jerusalén permaneció bajo la jurisdicción romana de Siria, gobernada por un procurador. La estrategia del “divide et impera” del emperador Augusto y su propósito de subordinar el centro religioso de los judíos a la autoridad temporal del gobernador provincial de Siria, prevalecieron sobre la aspiración de los notables judíos, de darle autonomía a Palestina, aunque integrada al Imperio. Robert Graves reconstruye este episodio en su novela y la respuesta que pone en labios del Emperador da  la explicación de sus preocupaciones. Les dice Augusto: “Nicolás de Damasco narra una historia diferente. Me informa que vuestros poetas sagrados os han prometido un mesías conquistador que aguardáis de día en día y cuyo destino es destruirnos.” (ob. cit. p. 181)

          La palabra “mesías” significa “el Cristo” o “el ungido” y como lo recuerda Graves  “por lo tanto solo puede aplicarse a un rey ungido, no a un hombre común...El concepto más popular era el de hijo de David. Este mesías debía ser un monarca en el sentido temporal corriente, gobernando el mismo territorio que había gobernado antes David.”

          Este es el meollo político de la cuestión, tanto para los hebreos que querían mantener un estado confesional flotante que les aseguraba ciertos privilegios, como para los romanos que no querían que la “pax” lograda por sus legiones y de la que se beneficiaban con sus tributos, se viera amenazada por un agitador que podía invocar un título real.

          Pero la rebelión de los humildes ya se había instalado en la patria de David. Como lo recuerda en su relato Saramago, “tras la muerte de Herodes,  contra sus presuntos herederos, antes de que Roma confirmara las partijas del reino y la autoridad de los nuevos tetrarcas”. Pese a la desproporción de los medios de que disponían,  una guerra de guerrillas librada por los Celotes, le dio a los patriotas éxitos sobre los romanos en Séforis y en otras partes de Judea y Galilea. Saramago que, a diferencia de los otros escritores, ve en José a un marido joven aún, atormentado como  padre por haber salvado a su hijo y no haber ayudado a otros a que lo hicieran, lo hace morir en la cruz cuando, por querer ayudar a su amigo Ananías que se había incorporado a la lucha, fue capturado por error y crucificado junto con otros treinta y nueve guerrilleros. Finaliza así este capítulo: “El carpintero llamado José, hijo de Heli, era un hombre joven, en la flor de la vida, acababa de cumplir treinta y tres años” (ob. cit. p. p. 147 y 166 y ss.) El escritor deja planteada una sugestiva coincidencia con la edad y la forma de morir de su hijo, tiempo después

          ¡Qué diferente la visión de Burgess! Para él José muere ya viejo de causa natural. Se cierra el taller y a la caída de la noche, delante de María entabla con  Jesús este bellísimo diálogo: “-Vela por tu madre. Ella es bendita entre todas las mujeres.” “Sí lo sé –responde Jesús- y tu has sido el mejor de los padres...como el amor es uno de los aspectos de nuestro padre celestial y no puede morir, tanto el amado como el que ama han de vivir por siempre.” (ob. cit. p.143)

          Para Graves también muere José de causa natural y Jesús entra en ayuno. Es la oportunidad de que María le revele su secreto: “No me casé con el generoso José hasta que murió mi marido el Rey... –Entonces, madre ¿quién soy?  -Eres el rey sin corona de los judíos, el heredero secreto del trono que nadie ocupa desde los días del rey Herodes”. Jesús rechaza esa corona y le dice que solo aceptará una otorgada por su propio pueblo. “Cómo –le pregunta su madre- ¿desafiando a los romanos? ¿Conducirás a tu pueblo a la guerra? No –le contesta Jesús- Al arrepentimiento y al amor.” (ob. cit. p. 228)

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          Las diferencias señaladas, que resultan de la imaginación creativa de los novelistas que tratan de desarrollar una línea argumental coherente  con su visión personal, se plantean también en la investigación histórica y comparativa que modernamente se hace de los textos evangélicos que presentan marcadas diferencias. Como lo señala Asimov en su  “Guía del Nuevo Testamento”, es en Mateo donde se encuentra una referencia directa a la gestación virginal de María y la pertenencia de Jesús a la Casa de David. En Marcos, que es el más antiguo de los textos, la gran aventura del nazareno –como le llama ya que no habla del nacimiento en Belén- comienza con el bautismo  por Juan a orillas del Jordan. Y las diferencias son también notorias en la versión de Lucas. Comenta Asimov: “Lucas subraya el hecho de que María es virgen, pero ello no es en absoluto un anuncio claro del nacimiento virginal como en Mateo” (ob. cit. p. 229) En cuanto al texto del evangelista Juan, como lo destaca Asimov, no solo no se refiere al nacimiento virginal, sino que declara a Jesús como hijo de José sin restricciones. (ob. cit. p.281)

          En lo que todas las versiones coinciden es en el comienzo de la misión de Jesús, llegado a la adultez, a partir del encuentro con Juan el Bautista y luego de su pasaje por el desierto - superada la tentación satánica ya  en el comienzo de la revelación divina-  su encuentro con los discípulos, trabajadores como él, que lo dejan todo para seguirlo. Y comienzan los milagros.

          Generalmente se habla de los milagros como un artículo de fe. Pero no es necesario creer o no creer en ellos –lo cual dependerá de la fe que cada uno tenga- para comprender que sin la ocurrencia de hechos extraordinarios, aquel humilde obrero a quien seguían otros doce de su misma extracción, no hubiera podido alzanzar el apoyo de multitudes, por lo cual no habrían sido considerados como un peligro para el “establishment” de la época. Y esto no solo ocurrió en el corto lapso que separó  el comienzo de la predicación de Jesús con su crucifixión, sino también después –en un período no muy bien explicado por la historia-  desde  la caída del imperio romano y el inmediato surgimiento de una nueva y poderosa religión fundada en aquella doctrina.

          Hay en los Evangelios -como lo destaca Asimov- un momento culminante cuando Jesús pregunta a sus discípulos: “...Y vosotros ¿quién decís que soy?

          Tomando la palabra Simón Pedro, dijo: Tú eres el Mesías, el hijo de Dios vivo.”   Luego Jesús le dijo: “Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia”

(Mateo: 16. 16 y 16. 18) Se trata de un juego de palabras (Pedro, que en realidad se llamaba Simón y el sustantivo piedra) en el que se cifra la constitución de la nueva Iglesia que tendrá con él su primer Obispo en Roma.

          La sanación de los enfermos, la recuperación del paralítico, el exorcismo del endemoniado gadareno y aún las resurrecciones de la hija de Jairo a quien daban por muerta y la de Lázaro que se levantó de su sepulcro, como tantos otros milagros, son hechos individuales asombrosos, sólo explicables por la fe. Pero el milagro de la multiplicación de los peces y los panes, que se repite en los cuatro Evangelios, en el que saciaron su hambre cinco mil carenciados, tiene además la significación revolucionaria de la lucha contra el hambre universal  que, entonces como ahora, sigue siendo el gran desafío de la Providencia que todos esperamos se pueda cumplir algún día. Actualmente, según la FAO, sólo en Latinoamérica existen cincuenta y tres millones de desnutridos indigentes, mientras que la región produce más de tres veces lo que necesitarían consumir.

          Ahora bien, ¿qué pensar de la adúltera a quien se quería lapidar? ¿ No es acaso un milagro que pudiera Jesús interponerse a la turba y la detuviera para clamar: “el que esté libre de pecado que arroje la primera piedra.”?

          ¿No lo es también, que en un medio en el que todavía hoy las mujeres no han podido lograr el reconocimiento de su dignidad esencial, se acercara a una pecadora –tal vez una prostituta- como María Magdalena,  para enaltercerla y llamarla a su lado? Ella será testigo de su muerte y resurección. Algunos pretenden que es María Magdalena y no Juan quien se encuentra a la diestra de Jesús en la representación de la Ultima Cena de Leonardo. Saramago en su novela  hace de ella su primer y único amor y en el mismo camino se ha internado Dan Brown, para su celebrado “Código Da Vinci”, identificándola con el legendario Santo Grial que recibiría la semilla sagrada. Mujer al fin es quizás la encarnación del eterno femenino. Refiriéndose a ella, el Licenciado Fernando Klein, transcribe fragmentos del Evangelio de María Magdalena del Siglo II,  considerado apócrifo, en el que Leví (Mateo) le dice a Pedro: “Sin embargo, si el Salvador la hizo digna ¿quién eres tú para rechazarla? Bien cierto es que el Salvador la conoce perfectamente; por esto la amó más que a nosotros”. El Evangelio atribuido a Felipe coincidiría con esta versión. (“De Jesús a Cristo” Montevideo 2005- Ediciones de la Plaza- p. 44)

          Ernesto Renan, que puso en duda su fe y dejó los hábitos en San Sulpicio para dedicarse devotamente a la investigación del Jesús histórico, llegando a ser el más reconocido de los orientalistas del Siglo XIX, afirmaba:

          “Fue la clase media de los fariseos, los innumerables “soferim” o escribas cuyo modo de vivir era la ciencia de las “tradiciones”, la que se alarmó, siendo  sus prejuicios o intereses los  amenazados en realidad por la doctrina del nuevo Maestro.” No aceptaban que Jesús pudiera poner en duda el rígido formalismo de esas tradiciones.Y cuando pretendieron arrastrarlo al terreno político para enfrentarlo al poder de los romanos, sus respuestas fueron “Mi reino no es de este mundo” y “Dad al César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios”. Concluía Renan: “Jesús hirió en el corazón a los hipócritas y con el mismo golpe selló su sentencia de muerte”   (Biblioteca Internacional de Obras Famosas –T.IV- p. 583) A todo ello hay que agregar la extensión que Jesús hizo del precepto del Levítico “amarás al prójimo como a ti mismo” (19-18) transformándolo en un dictado por la no violencia y en el amor aún por los enemigos.

          Hoy, cuando se llega a Cafarnaum -cerca de las ruinas de la antigua Sinagoga donde todavía  se conserva en la piedra el nombre de los Zebedeos que seguían  a Jesús- se encuentra una suave colina, alfombrada de césped, que se desliza hasta las orillas de lago Tiberíades, antiguamente llamado Mar de Galilea. Allí se dice que Jesús pronunció las bienaventuranzas que se conocen con el nombre de Sermón de la Montaña. Serán bienaventurados –anunció- los pobres, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los de limpio corazón, los pacificadores, los perseguidos... Y su discurso se cerrará con una de sus más controvertidas sentencias: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de los cielos” (Mateo l9-24). A pesar de los esfuerzos que se han hecho para despojar a este pensamiento de su sentido literal, que quedaría limitado además por la afirmación inmediata de que “para Dios todo es posible” (19-26), expresa Asimov que tiene más sentido aceptar el significado del versículo tal como es, como expresión del rechazo de los ricos por parte de los pobres que componían las congregaciones cristianas primitivas. (ob. cit. p. 150)

          En realidad el mayor de los milagros de Jesús puede decirse que fue la realización de una verdadera teodicea, por la revelación de un nuevo humanismo que habría de transformar toda una civilización.

          Y sin embargo ese fue el gran argumento para la acusación de Caifás ante el Sanhedrin: blasfemia. El delito que se le atribuía suponía la violación del primer mandamiento de Moisés y aparejaba la pena de muerte.

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          El antiguo derecho hebreo, a diferencia del romano, nunca pudo desprenderse del derecho religioso. La ley estaba contenida en los Libros de Moisés y aunque en el Antiguo Testamento se hacen muchas referencias a los juicios que se seguían, los sacerdotes eran los jueces y los templos la sede de los tribunales. No había organización distinta de la religiosa para el cumplimiento de la ley y aunque los crímenes menores podían expiarse por confesión y compensación, la pena capital se aplicaba invariablemente para la violación de los Mandamientos mosaicos. La ley del talión –ojo por ojo y diente por diente- estaba contenida en el Levítico (24-20), pero también se condenaba el perjurio y el falso testimonio.(5- 1 y 4) Cabe recordar la condenación de los malos jueces que habían acechado a la casta Susana y cuyo falso testimonio fue probado por Daniel, cuando entraron en contradicción respecto del árbol debajo del cual se habría consumado el desliz que le atribuían. Pero la base fundamental del debido proceso también estaba prevista en el Levítico: “No harás injusticia en el juicio, ni favoreciendo al pobre ni complaciendo al grande; con justicia juzgarás a tu prójimo.” (19.15)

          En cuanto al derecho romano, aún en sus facetas más primitivas se mostraba con un desarrollo mucho más avanzado y articulado. En sus primeros tiempos se distinguían el Mos (derecho consuetudinario) el Fas (derecho religioso) y el Jus (derecho civil) con el que se desarrollaría el formalismo de los actos jurídicos, característico del antiguo derecho quiritario. Ya en el siglo II (A.C.)  el sacerdocio fue desprendido de las magistraturas, se le asignaban los mismos derechos y obligaciones de los demás ciudadanos – los plebeyos tenían ese carácter por la Constitución de Servio Tulio- no ejercían el contralor de las costumbres –lo que se reservaba a los censores- y actuaban subordinados a la autoridad civil. El augur no consultaba al cielo, mientras no se lo ordenara el cónsul o pretor durante la celebración de los comicios.

          Los romanos ya distinguían el derecho privado del público y la creación de todas las magistraturas, como desmembramiento del “imperium” del consulado original, fue el resultado de la concepción del Estado, que a medida que iba creciendo requería de nuevos órganos para ejecutar sus funciones. La ley civil quedó plasmada en el Código de las XII Tablas. Desde muy antigua data se reconocía que las formas en el procedimiento judicial eran una garantía contra la arbitrariedadad, porque le quitaban a los magistrados y en especial al pretor, la posibilidad de aplicarla. En esa misma época aparecen los jurisconsultos que cumplen en el más alto nivel los cometidos del abogado (“respondere”, “cavere”-el derecho es para los diligentes- “agere” –acompañamiento en la causa- “instituere”e “instruere” –instrucción elemental y enseñanza profunda.) El “imperium” y la “jurisdictio” eran los atributos del pretor para la organización  desarrollo de los litigios en que debían intervenir,sin otras restricciones que las establecidas por las leyes.

          Con la ampliación del dominio de Roma sobre el mundo antiguo que conquistaron, surgió el Derecho de Gentes que podía ser invocado por los extranjeros ante los tribunales para su protección. Más tarde, ya en el imperio, aunque ciertas atribuciones jurisdiccionales en causas graves pasan al Senado y se diluye la base democrática de los Comicios, las competencias pretorianas se mantienen, pero se hace necesario extender facultades a los Gobernadores de Provincias. En materia jurisdiccional, estos Gobernadores -tanto dependieran del Senado como directamente del Emperador- tenían la limitación de que sus fallos eran siempre pasibles de apelación ante aquél. Ya desde la época de Augusto se tomaron todas las precauciones para asegurar a los provinciales su libertad, propiedad y el derecho de acudir a la Justicia, lo que redujo los abusos de los gobernadores. Enseñaba Evangelio Bonilla: “De la obra en las provincias, surge la mejor justificación que del Imperio puede hacerse.” (Curso de Derecho Romano –Ed. Medina T.I p.63)

          En este marco, tanto en lo que se refiere al antiguo derecho hebreo como al romano,  debía desarrollarse el juicio por la acusación de blasfemia contra Jesús de Nazaret. De acuerdo al derecho hebreo, Caifás era el sumo sacerdote y como tal cumplía las funciones de fiscal ante el Sanhedrin. Este oficiaba de verdadera Corte Suprema,  y –con la salvedad ya señalada de que la ley mosaica se aplicaba a todas las causas- estaba integrado exclusivamente por fariseos y entendía solo en asuntos religiosos. Había además otro Sanhedrin integrado por saduceos pero solo  se ocupaba de asuntos profanos. Existían normas consuetudinarias que regulaban el curso de los procesos, el papel del acusador y los testigos y se admitía que en las causas criminales el acusado tenía el derecho de disponer del tiempo suficiente para preparar su defensa. No podía funcionar de noche. Si la sentencia era de inocencia se podía dar en el día, si era de muerte solo se podía pronunciar al día siguiente. Para instruir la causa se debía llamar por lo menos a dos testigos.

          De acuerdo a la ley romana aplicable en la jurisdicción provincial, si la sentencia era de muerte, sólo podía ser llevada a la práctica si la convalidaba el Pretor, el Procurador o el propio Gobernador, con apelación –como ya se vio- ante el Emperador. El procedimiento era el que se seguía habitualmente ante los tribunales romanos, con el consiguiente derecho de defensa que podía incluir la asistencia de jurisconsulto.

          En esa época la gobernación de Palestina dependía directamente del Emperador Tiberio y del influyente Lucio Sejano, jefe de la guardia pretoriana y uno de sus funcionarios más allegados. Poncio Pilato, protegido de este último, era un oscuro subalterno acusado de crueldad –se le responsabilizaba por la crucifixión de más de mil patriotas judíos- y cumplía sus funciones en Judea. Estaba casado con Claudia Prócula a cuya influencia ante el Emperador, con el cual tenía parentesco por la gens Julia –según se decía- debía el cargo que ocupaba.

          Bien.Ya tenemos las leyes aplicables, el acusado y el delito que se le imputa, el fiscal,el tribunal de primera instancia y el de alzada. Estamos en condiciones de entrar en el proceso que se siguió contra Jesús de Nazareth en lo que hemos llamado el juicio sagrado. Solo nos falta el nombre de los abogados que debieron defenderlo, si es que los tuvo. Los Evangelios no lo mencionan. Pero ya veremos que en esto –y por aquello de que con la novela también se hace historia- la ficción  puede hacer su aporte para la investigación de la verdad. Para ello, acudiremos a la ayuda de Tomás de Mattos, cuya obra “La puerta de la Misericordia”, desarrolla mejor que ninguna otra – tal vez por la condición de abogado de su autor- este aspecto crucial de nuestro relato.

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          Cuando Herodes Antipas recibió en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista, cuya ejecución había ordenado -luego de la danza macabra de Salomé  y por la instigación de su madre, Herodías- se abrió la página final del drama evangélico. Era su primera lágrima. Juan había condenado la unión de Herodes con Herodías, que había sido la mujer de Herodes Filipo, su hermano, por contrariar la ley mosaica y eso provocó la ira de Herodías contra él.

           La noticia provocó la consternación de Jesús y sus discípulos que también habían sido bautizados por Juan.. Salieron de Cafarnaum y se dirigieron a Jerusalén. Jesús anunció entonces por tercera vez a sus doce discípulos su muerte y resurrección “...Y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas y le condenarán a muerte; y le entregarán a los gentiles para que le escarnezcan, le azoten y le crucifiquen; mas al tercer día resucitará” (Mateo 20-18 y 19)

          Durante la cena de Pesaj, en la que los judíos conmemoraban su liberación de Egipto, anunció a sus discípulos que sería la última y que uno de ellos lo traicionaría. Luego de la solemne ceremonia de la Eucaristía, que introdujo la liturgia del pan y el vino, uniéndolos en su carne y en su sangre, se retiró para orar en el huerto de Getsemani. Entonces descansaron.

          “¿Con un beso entregas al Hijo del Hombre?” le preguntó más tarde Jesús a Judas, cuando vio que un grupo armado venía a detenerlo (Lucas 22-48) Pero no tuvo respuesta. Los soldados de la guardia lo rodearon. Entonces, dirigiéndose a los sacerdotes que habían estado con él en el templo, les dijo: “Esta es vuestra hora y la potestad de las tinieblas.” Y se entregó. Sus discípulos huyeron.

          Los Evangelios, aunque coincidentes en líneas generales, presentan algunas diferencias respecto al proceso que se siguió contra Jesús, luego de su detención. Mateo y Marcos señalan la declaración de testigos ante el Sanhedrin y la intervención de Caifás para plantear la acusación de blasfemia. En Lucas se acentúa la responsabilidad de las autoridades sacerdotales judías y se disminuye la del procurador romano. Se muestra a un Pilato más reacio a condenar a Jesús cuya inocencia proclama hasta tres veces.

          En su novela de Mattos sigue la versión de Lucas y la más detallada de Juan, quien aporta datos respecto de la primera comparecencia del detenido ante Anás, anterior Sumo Sacerdote, a quien sucedía su yerno, Caifás.  Preocupado por el crecimiento de la figura de Jesús entre su pueblo, aquél previno a Anás diciéndole: “ Conviene que muera un hombre por todo el pueblo y no que perezca el pueblo..” Esto le merece a  Asimov el siguiente comentario:  “Esta declaración de Caifás sólo se encuentra en Juan...Jesús moriría para llevar la salvación a todos y no solo a los judíos” (ob. cit. p.291, Juan 18-14)

          Ante la requisitoria de Anás acerca de sus discípulos y su doctrina, Jesús le contesta que siempre ha hablado al mundo y enseñado públicamente  en la sinagoga a los judíos. “¿Porqué me preguntas a mí? Pregunta a los que han oído.” (Juan 18- 20 y 21) Recibe entonces una bofetada de uno de los alguaciles y Anás decide pasarlo a Caifás.

         Queda claro en el relato de Juan que en ese momento seguían a Jesús, Simón Pedro (que lo negaría hasta tres veces) y otro discípulo que era conocido del sumo sacerdote. De Mattos lo identifica con Gamaliel un fariseo, doctor de la ley, quien es un personaje histórico, pues, en el capítulo de Hechos del Nuevo Testamento (5-34), luego de la muerte de Jesús, es presentado en el texto bíblico como defensor de los apóstoles ante el Sanhedrin. En “La Puerta de la Misericordia” Gamaliel actúa con Simeón y Nakdimón – este último el narrador de la historia de de Mattos-  quien había estado siguiendo a Jesús tratando de obtener una respuesta respecto de su verdadera esencia.

         ¿Fueron estos doctores de la ley los defensores de Jesús? Aceptémoslo, por lo menos en homenaje a la vívida descripción que hace de Mattos en su novela:

         “Jesús se mantuvo totalmente prescindente de las vicisitudes del juicio. No le interesaban los testimonios ni se escandalizaba cuando se deformaban sus dichos o sus actos, ni traslucía ninguna satisfacción cuando Gamaliel, Simeón o yo, con nuestras preguntas desnudábamos falsedades insalvables o con muy breves alegatos, desmoronábamos toda posible relevancia de las acusaciones. Parecía que su espíritu se mantenía fuera de la sala; apenas de tanto en tanto, nos miraba afectuosamente, pero ese reconocimiento no alcanzaba el grado de la jubilosa admiración del reo que va siendo salvado por el sostenido despliegue de agudeza y elocuencia de su defensor...No era un acusado, sino apenas un espectador.”

          Hasta entonces Caifás no había intervenido. El interrogatorio lo llevaba su ayudante Joel y Nakdimón reflexiona: “Jesús estuvo a punto de salir indemne del juicio, por la torpe preparación y conducción del interrogatorio que perpetró Joel... que además orientó la indagación por episodios y temas que eran secundarios: la expulsión de los mercaderes... las violaciones del sábado...la absolución de los pecados...el ofrecimiento de su cuerpo y de su sangre... el menosprecio de las enseñanzas de los mayores y particularmente de Moisés”. Como buen abogado, Nakdimón sospecha que cuando la contraparte se reserva para el final y susurra con sus laderos, es porque guarda un as en la manga. Entonces, como lo temiera, Caifás desplaza a Joel y encara con una nueva estrategia el desarrollo del juicio. Frente a la evasiva respuesta de Jesús acerca de su verdadera identidad, insistió: “¿Eres el Mesías? Y Jesús le respondió “Tú lo has dicho” (Ob. cit. p.628 –631)

          En esto, el relato que de Mattos atribuye a Nakdimón se ajusta a la versión  de Juan, diferente a la de los otros evangelistas, Mateo, Marcos y Lucas. En estos Jesús cerró así su declaración: “Además os digo, que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios y viniendo en las nubes del cielo” Frente a lo cual el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras exclamando: “¡Ha blasfemado! ¿Qué más necesidad tenemos de testigos?” Y los consejeros sentenciaron: “¡Es reo de muerte!” (Mateo 26-64; Marcos 14-62; Lucas 22-70)

           Pero –como ya lo vimos- de acuerdo a la ley romana, para ejecutar esa sentencia se requería la homologación del Procurador. Por eso Jesús fue conducido ante Poncio Pilato.

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          A esa altura ya se habían producido varias violaciones a la ley procesal que preveía que el juicio no podía celebrarse de noche y que el acusado debía disponer de tiempo para su defensa. Aunque Anás y Caifás pretendieron que sólo se trataba de una investigación, la sentencia era de muerte y debió haberse postergado. La verdadera razón de no hacerlo era que la celebración de la Pascua se acercaba y querían apurar el fallo que se dictó en las primeras horas de la mañana.

          De Mattos pone en labios de Nakdimón la sospecha de que pudiera haber existido un entendimiento secreto entre Caifás y Pilato. “En definitiva, ¿quién habría decidido la muerte de Jesús? ¿Quién estaría presionando a quién? (ob. cit. p. 598).

          La actitud de Poncio Pilato ante Jesús es por demás conocida. El Procurador romano no veía en el acusado a un delincuente. Jesús fue trasladado a la Sala del Pretorio, en la fortaleza Antonia, cuyos restos todavía se conservan y sorprenden al visitante por sus dimensiones reducidas. Allí, como lo cuenta Nakdimón se instruiría el juicio “sin solemnidad alguna, prescindiendo del tribunal , el estrado semicircular de madera, alto y amplio, fácilmente montable, en cuyo centro los magistrados romanos colocaban la silla curul en la que se sentaban para interrogar a los testigos oir los alegatos y dictar sentencia.” (Ob. cit. p.646) Pero nada de eso ocurrió. En su novela de Mattos le atribuye a Nakdimón la defensa de Jesús ante Pilato y se plantea un sutil diálogo en el que el romano, explicada la enseñanza del Maestro, se congratula de que alguien pueda amarlo siendo su enemigo.

          En los Evangelios todo es muy breve, aunque hay diferencias entre ellos.

¿Eres tú el rey de los judíos? –preguntó Pilato- y Jesús le respondió: “Tú lo dices.” En esto todos concuerdan. En la versión de Mateo, el Procurador recibe un pedido de su esposa para que lo libere, porque ha tenido un mal sueño respecto de él. Sabido es que los romanos fueron un pueblo tremendamente supersticioso, pero aún así y aunque Pilato da señales de temor y quiere liberarlo por no encontrarle culpa alguna, no lo hizo. En el texto de Lucas  se plantea una especie de excepción previa, pues enterado Pilato de que el acusado es galileo, se lo envía a Herodes Antipas –que visitaba Jerusalén para la Pascua- a fin de que asumiera jurisdicción en la causa de su coterráneo. Pero Herodes le devuelve al acusado.

          Pilato, como última salida, planteó que tenía la posibilidad de liberar a un preso, siguiendo la tradición de la Pascua. Y ofreció a los acusadores la opción entre Jesús, en quien no hallaba delito o Barrabás,  acusado de sedición y homicidio. Finalmente, cediendo a las presiones de los sacerdotes y de la multitud por ellos congregada, que al grito de “suéltanos a Barrabás” le reclamaba también la muerte de Jesús, rectificó su primitiva decisión de ponerle en libertad y ordenó la crucifixión. En el texto de Mateo –lo que extrañamente no figura en los otros- se dice que Pilato tomó agua y se lavó las manos delante del pueblo, exclamando: “Inocente soy yo de la sangre de este justo; allá vosotros.” A lo que el pueblo habría respondido “Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos”  (27-24-25) Es probable que esta declaración –que tampoco se encuentra en los otros textos- como lo dice Asimov- le “haya costado a los judíos un precio tremendo en los dos mil años transcurridos desde la muerte de Jesús” (Ob. cit. p.203)

          Barrabás (o Bar-Abbas, hijo del padre) se llamaba también Jesús (o Yoshua o Josué, en griego) y era hijo de otro José. No han faltado quienes han querido ver en esta extraña coincidencia patronímica,  una especie de transmutación o doble personalidad en el plano místico de ambos personajes. (Ob. cit. p.201)

          Lo que resulta evidente es que la decisión de la muerte por crucifixión fue tomada por el Procurador, ya que se trataba de una forma de ejecución introducida por los romanos en Palestina, que por su crueldad fue incluso repudiada por Cicerón quien si bien afirmaba que “una lágrima es lo que más rápido se seca” hacía siempre de la “conmiseración” una de las bases del buen derecho .                  

          Aunque la tradición ha pretendido desviar su responsabilidad, es evidente que Poncio Pilato se apartó de ley, privó a Jesús de las garantías del debido proceso que el derecho romano le aseguraba -tal como antes lo habían hecho los sacerdotes que lo condenaron en el Sanhedrin- y ya sea por debilidad, por temor o simplemente por comodidad, homologó una sentencia que íntimamente sabía injusta. Trató de tomar una decisión sin animarse a tomarla. No era lavándose las manos como podía descargarse de ese peso.

          También es claro que si Jesús tuvo defensa (y en todo caso debió tenerla), estuvo muy mal defendido. Cierto es que asumió una actitud pasiva, como la de un espectador frente a su propio proceso del que ya conocía su fin, pero la decisión de Pilato podía haber sido apelada ante el Emperador y no lo fue. Como surge del Capítulo de Hechos del Nuevo Testamento, también Pablo de Tarso, cuando asumió su posición de apóstol, fue hallado culpable por el Sanhedrín, pero apeló ante el Emperador –Claudio en ese tiempo- y debió ser conducido a Roma para ser juzgado, circunstancia en la que se produjo el naufragio que lo arrojó a la playa de Malta que hoy lleva su nombre. El precedente vale, aunque más tarde él, como Pedro, como Esteban y tantos otros mártires cristianos, fueran también ejecutados.

          El Jesús humano, el histórico, cuyos pasos hemos tratado de seguir, luego de humillado y torturado, fue crucificado en la colina del Gólgota, lugar de la Calavera, con un título que disgustó a los sacerdotes, que pretendían otro y que decía: “Este es Jesús Nazareno,  Rey de los Judíos”. (Hic est Jesus Nazaraeus Rex Judaeorum)  Antes de morir proclamó: “Señor, perdónalos porque no saben lo que hacen.”

           Está escrito en los Evangelios que el Jesús divino resucitó tres días después.                      

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         Advertía Couture que la suerte de la revolución convertía a los revolucionarios en héroes o en presidiarios; “un leve paso a la derecha o hacia la izquierda, hace del hombre un mártir o un delincuente.”  (“El arte del derecho” Mdeo. -Ed. F.C.U-p. 245). No caben dudas de que Jesús fue un gran revolucionario  y que –recogiendo la imagen de Couture- dio el más grande paso hacia la izquierda en la religión y la política de su tiempo, que – salvadas las diferentes interpretaciones que su doctrina puede merecer- se proyecta hasta nuestros días.

          Se suele decir que cuando la política entra en el gabinete del Juez, la justicia salta por la ventana. Con mayor razón hay que decir lo mismo de la religión.  Debería agregarse que cuando quien entra al gabinete del  juez es  un revolucionario como Jesús, que desafía la fe y el poder de los privilegiados, las probabilidades de que la justicia se desvíe de su recto curso y se transforme en un instrumento de aquellos, son aún mayores.

          Eso es lo que ocurrió en  el juicio contra Jesús de Nazareth.

    

 

 

 La Crucifixión según el célebre cuadro de Salvador Dalí. La elevación de Cristo ingrávido sobre la Cruz es mucho más que un símbolo de la Nueva  Fe que predicara.Es el comienzo de una revolución ideológica que transformaría la sociedad occidental.

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El conteo comenzó el 1/1/2014