Giordano Bruno y Baruch Spinoza

 Por Washington Bado

                                            

A la izquierda: estatua  que recuerda a Giordano Bruno monje napolitano que desafió con sus ideas a la Iglesia y murió en Campo dei Fiori (Roma) lugar donde fue quemado, luego de ser condenado por la Inquisición  el 17 de febrero de 1600.

A la derecha: imagen de Baruch Spinoza, filósofo judío que se inspiró en parte en las ideas de Bruno y fue anatemizado por los dignatarios de la Sinagoga de Amsterdam. Alejado de todos, murió serenamente el 20 de febrero de 1677 sobreviviendo a las llamas imaginarias de su condena, pero reconocido como uno de los grandes pensadores de su tiempo. Dijo: “El que quiera vengar las injurias con odio recíproco en verdad vivirá desgraciado. Pero el que por el contrario se esfuerce en combatir el odio con amor, luchará contento y seguro...Las almas  se conquistan no con las armas sino con  amor y generosidad.”

 

 

 

 

                                             

 

Los juicios por la libertad de pensamiento.

 

      El Renacimiento es una de esos momentos maravillosos de la Humanidad en los que el espíritu de libertad hace que se puedan romper las cadenas de una época y se  abran las puertas de un nuevo tiempo histórico. Lo curioso es que eso se logró con un salto atrás que hizo que los hombres de fines de la Edad Media descubrieran en el arte, en la filosofía y en la ciencia de la antigüedad clásica, la luz necesaria para despejar las tinieblas que los rodeaban. Fue como si hubieran retrocedido para tomar impulso en un salto hacia delante. Eso se vio favorecido, sobre todo en Italia, por la lenta disolución del sistema feudal, la secularización del poder político, el surgimiento de las ciudades-repúblicas y la gravitación del comercio que condujo a la aparición del espíritu burgués y el surgimiento del capitalismo. Era la antesala de la Época Moderna que implicaba una nueva forma de relación con la naturaleza, la tierra y el cosmos, hasta entonces reducida a la interpretación de las Sagradas Escrituras. En toda Europa se abriría además una interrogante sobre las ideas religiosas comúnmente aceptadas y la autoridad eclesiástica infalible del Papado que las sostenía, todo lo cual  culminaría con la Reforma y la división de la cristiandad.

      Pero para muchos, el espíritu del Renacimiento llegaba aún más lejos. Como lo describe uno de sus más reconocidos estudiosos, Walter Pater, “en su busca tras los placeres de los sentidos y la imaginación, en su amor por lo bello, en su culto del cuerpo, las gentes fueron impelidas más allá de los lindes del ideal cristiano y sus amores fueron muchas veces una extraña idolatría, una extraña religión rival.” (“El Renacimiento” Ed. Inter-americana” Bs. Aires 1944 p. 55)

       Esa tal vez haya sido la desdichada pasión que condujo a un monje napolitano, nacido en Nola, en las cercanías flamígeras del Vesubio, a mediados del siglo XVI, a embarcarse en una nueva aventura de la fe, impulsada por la libertad de pensamiento. Eso lo llevó a entrar en conflicto con la Iglesia que lo acusó de herejía. Sus continuos viajes y los peligros a que se expuso por la defensa de sus ideas, en el enfrentamiento con sus adversarios, lo mostraron como obstinadamente valiente, defendiéndose con su discurso cautivante aún en sus momentos más difíciles. Fue una lástima. Si hubiera nacido en el norte como Erasmo y Lutero y no lo atrajeran tanto las bellezas de su tierra cálida y apasionada que lo hicieron retornar de aquellos países, si no se hubiese entregado tan empecinadamente a la misión visionaria que se atribuía, si su astucia –que la tenía- se hubiera sobrepuesto a su entrega, habría podido vivir más años para seguir predicando sus ideas. Pero estas por sí solas lo condenaban, aún en la Venecia de aquel vigoroso “cinquecento”  -enaltecido en el arte por Giorgione, Tiziano, Veronese y el Tintoretto-  pero  que pese a su fuerza y liberalidad no lo podía rescatar de las tinieblas de la Inquisición.

       Que se atreviera a sostener que la Eucaristía era solo un ritual que unificaba y no la comunión real, física y espiritual de Dios con los fieles, como lo sostenía la Iglesia ; que afirmara que los mismos fieles eran Dios y el pan y el vino como elementos de una integración panteísta; que cuestionara las ideas de Aristóteles que la Iglesia aceptaba como única explicación del mundo físico y se inclinara a la espiritualidad platónica y, sobre todo, que intentara amalgamar el catolicismo con el racionalismo y el hermetismo pagano, eran cosas que la Iglesia no estaba dispuesta a permitirle a Giordano Bruno. Y menos que las escribiera y publicara, valiéndose de aquel invento, la imprenta, que un siglo antes le había permitido a Gutemberg, utilizando sus tipos móviles, imprimir por primera vez la Biblia en forma de libro. Era demasiado peligro para los inquisidores del Santo Oficio, que sabían que en Venecia existían ya cien impresores, innumerables libreros, y que de los pocos textos escritos a mano, se había pasado a fines del siglo XVI, a miles y miles de libros impresos. Lo peor para ellos era que además de la Biblia se habían dado a conocer las ideas heliocéntricas de Copérnico, con sus “Revoluciones de las esferas celestes”, las proposiciones reformistas de Lutero y de Calvino y hasta las búsquedas esotéricas de los alquimistas. Los pocos que sabían leer podían arrastrar a una inmensa mayoría de analfabetos, misérrimos, víctimas del hambre, las plagas y las guerras, en una época en que la expectativa de vida de aquella pobre gente apenas sobrepasaba los veinticinco años.

     Giordano Bruno, ya había publicado en 1584 “De la causa el principio y el uno”, sobre el infinito y la cosmología y “Del infinito, el universo y sus mundos”, donde iba más allá del modelo de Copérnico y afirmaba la existencia de infinitos mundos, en una concepción premonitoria que lo acerca a las actuales proposiciones de la ciencia. A su paso por París, Londres y Francfort, donde tuviera largas estadías, fue publicando muchas otras obras que no excluían investigaciones sobre el arte de la memoria y aún la magia. Se había constituido pues en un verdadero peligro para la Iglesia de aquel tiempo.

       Bruno debía saberlo y por eso cuando regresó a Italia, debió comprender que si se mantenía firme en sus convicciones, pretendiendo un imposible acercamiento con el Papa, acabaría en las llamas de la hoguera. Pese a ello no se retractó. Fue quemado vivo en Campo dei Fiori, Roma, el 19 de febrero de 1600.

      Todos sabemos que Galileo, treinta y tres años después, forzado, sí, se retractó. Lo hizo y sus razones –oscuras y profundas que la intimidad de su grandeza preservaría- lo llevaron a aquel “epur si muove” que susurró fuera del alcance de sus torturadores, para que lo escuchara la posteridad. Para entonces, con su telescopio, ya había podido observar la luna y los satélites de Júpiter.

      Las comparaciones estarían demás porque el mensaje de libertad fue el mismo.

 

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      ¡Parece mentira el poder que puede tener un solo libro! Eso mismo debe haber pensado Erasmo de Rotterdam, cuando vio la difusión y el éxito que alcanzó su “Encomium Moriae” –traducida como “El Elogio de la Locura ”- que fue escrita según su autor como una “obra de una época de paz que jamás escribiera si previera la tempestad que amagaba.” A lomo de mula viajaba Erasmo, un cura católico, retornando en 1508 de Italia a Inglaterra, cuando se cruzó con una moza que “le cosquillaba los oídos”, divirtiéndolo con sus gracias. Se llamaba Moria –nombre griego de la locura-  y el libro que le inspiró se lo dedicó –valga la consonancia- a su amigo,  Tomás Moro, que todavía disfrutaba del aprecio de Enrique VIII, su futuro verdugo, pero que en esa época estaba aún muy entretenido por otra de sus futuras víctimas: Ana Bolena.

       La obra, que en apariencia solo tenía las pretensiones de una broma alocada, tiene como protagonista a la propia “Locura”, que es presentada desde el inicio por el autor, diciendo: “soy yo y solamente yo quien, por mis influjos divinos, esparzo la alegría sobre los dioses y los hombres.” (Ediciones Zeus –Barcelona- 1968 p. 25) Pero apenas se entra en su lectura y pasando sobre la crítica mordaz acerca de príncipes, guerreros , jurisconsultos y teólogos, se descubre la denuncia sobre el tráfico de las indulgencias con las que se compraba la salvación de los pecados y otros excesos de la falsa religiosidad de su tiempo, de lo que no escapan ni los propios pontífices: “…son los malos papas –diría- que por su silencio hacen que Jesucristo sea olvidado, que trafican vergonzosamente con sus prebendas, corrompen la doctrina con interpretaciones forzadas y la destruyen completamente con el contagioso ejemplo de sus costumbres desordenadas.” (ob. cit. p. 115) Erasmo tenía por qué saberlo; él mismo era hijo de otro cura, que lo había cuidado solícitamente. Su contemporáneo, el papa Borgia, Alejandro VI –el padre de los no menos célebres César y Lucrecia- era quien seguramente estaba en su recuerdo en esos momentos. Esta obra revolucionaria se publicó en 1511 y fue incorporada al Index de las obras prohibidas por la Iglesia , en 1559.

      Giordano Bruno, a la edad de quince años, ingresó en el Monasterio de Santo Domenico de Nápoles, para seguir la carrera sacerdotal. Era un chico vivaz aunque algo inquieto y su padre, un soldado del virrey español que gobernaba la ciudad, entendió que la carrera eclesiástica podía brindarle las comodidades de una vida segura. Era un curioso y ávido lector y, según se dice, solía leer a hurtadillas un ejemplar de “El Elogio de la Locura ”, que guardaba en un retrete del mismo monasterio donde había recibido su ordenación. Fue denunciado por un condiscípulo con quien discutía mucho y en 1576, requerido por el Santo Oficio, se vio obligado a huir de Nápoles, pasando de ciudad en ciudad hasta abandonar Italia. Ya había sido declarado hereje por la Inquisición , según surge del diario de un librero llamado Guillaume Cotin, que conociera a Bruno. Según su versión se le perseguía además por un crimen que en realidad había sido cometido por otro. (Cfr. Michael White “Giordano Bruno, el hereje impenitente” –Javier Vergara Editor – Barcelona-2002 –p. 109)

      Comenzó así su vida aventurera. En 1579 estuvo en Ginebra donde fue arrestado por los calvinistas que –pese a sus diferencias con los católicos- lo apercibieron por sus ideas, que contrariaban su convicción rígida de que todo en la vida debía estar dirigido a la glorificación de Dios, rechazando el pensamiento liberal. De allí pasó a Toulouse y luego a Paris, devastada por la guerra religiosa entre católicos y protestantes, que todavía conservaba el recuerdo terrible de la noche de San  Bartolomé. Allí trabó amistad con el rey Enrique III y consiguió una cátedra en la Universidad , pero pronto se vio en dificultades por la prédica de sus ideas y, por recomendación del monarca, pasó a establecerse en Londres, en la casa del embajador francés ante la corte de la hija de Enrique VIII,  la muy fría y flemática Isabel I. La reina era protestante –bien que lo lamentaba su rival, María Estuardo, la reina de Escocia, presa en un castillo y esperando el hacha del verdugo- pero Bruno, que se mantenía católico, no encontró obstáculos para la prédica de sus ideas, porque el país era más tolerante. No en vano el pragmatismo incipiente y el amor a la ciencia de Sir Francis Bacon se abrirían camino en él. Se dice también que Bruno aceptó trabajar como espía para la reina Isabel, probablemente como forma de sobrevivir económicamente, mientras se dedicaba a sus investigaciones mnemotécnicas –era capaz de retener y repetir de memoria un largo documento-  y se relacionaba con magos y astrólogos, llevado por su insaciable sed de saber. Allí publicó sus principales obras, pero –sin que se sepa bien por qué- un buen día se fue de Inglaterra,  regresó a Paris y de allí a Francfort. Respecto de este período reflexiona Michael White: “Bruno había tomado por modelo a Erasmo, cuyo método era un paradigma de sus propios esfuerzos para conseguir el cambio. A la manera de Erasmo, Bruno se había convertido en un exiliado, incapaz de mantener ningún contacto directo con Roma y la Santa Iglesia, sometido al ostracismo, excomulgado y constantemente acosado por la Inquisición , pero fuera de su alcance.”

      Pero Bruno deseaba volver. Le diría después a sus jueces: “Deseaba explicar mi caso, ser absuelto por mi mala conducta y que se me permitiera llevar el hábito clerical sin depender de la autoridad monástica…” Para ello deseaba ser recibido por el Papa, en ese momento Sixto V, “pues he sabido que ama a los hombres de recto proceder.”  (ob. cit. p. 120) Bruno había llegado a la conclusión de que era necesario unir a la religión y pensaba que aquel Papa era el indicado para hacerlo. Por eso se decidió a volver.

      Mientras tanto su pensamiento había quedado definitivamente expuesto: la explicación panteísta de la eucaristía y en definitiva del universo total; su concepción heliocéntrica que superaba el modelo aristotélico, que hacía del hombre y la tierra el centro de todo y creía que la simple observación de la piedra cayendo sobre ella era la prueba de su hegemonía y, finalmente,   la percepción de la infinitud del universo que ultrapasaba la visión copernicana. Bruno decía: “Hay incontables soles y una infinidad de planetas que giran alrededor de sus soles de la misma manera en que nuestros siete planetas giran alrededor del nuestro.” (cit. White –p.82) Eso abría la posibilidad de que existieran otros mundos, otros seres inteligentes y otros dioses.

       Pero había algo más. Aunque Bruno reconocía que la magia ritual y la tradición ocultista, no pasaban muchas veces de meras fantasías y supersticiones, tampoco desdeñaba su investigación como forma de conocimiento y los efectos que con ellas podían lograrse por la vía de la sugestión en los abismos de la mente humana.  Para ello hay que tener en cuenta también la época en que se movía. Partiendo de la  base de relacionar antiguas religiones y ritos con el cristianismo, se acercaba a la fusión de lo oculto con lo sagrado y, siguiendo la tentación de muchos otros hombres del Renacimiento, volvía a las fuentes de un saber primitivo. Porque el Renacimiento también fue, en el bello decir de Pater: “el retorno de aquella Venus antigua, no muerta, pero sí solamente escondida en las cavernas del Venusberg y de aquellos viejos dioses paganos aún errantes, aquí y allí sobre la tierra, bajo toda clase de disfraces.” (“El Renacimiento” ct. P.55)

      Pero todo eso era mucho más de lo que la Inquisición estaba dispuesta a tolerar. Después de retornar a Italia, Giordano Bruno fue arrestado en Venecia y sometido a juicio. 

 

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      El 26 de mayo de 1592, en el Palacio Patriarcal de Venecia, dio comienzo el primer proceso que se seguiría contra Bruno, a raíz de la denuncia cursada ante el Santo Oficio, por Giovanni Mocenigo. Este era un rico comerciante veneciano, que podía darse el lujo de aspirar a ser instruido en los secretos mnemotécnicos y conocimientos filosóficos del monje napolitano, para lo cual lo había convocado con la promesa de una buena remuneración. Bruno había comenzado sus investigaciones sobre el buen uso de la memoria en su juventud y publicó su primera obra “Ars Memoriae” en París, en 1582. Si tenemos en cuenta la dificultad que existía para hacerse de los costosos libros y retener la información, se comprende fácilmente la utilidad de estos trabajos, en los que Bruno se valía de la simbología y anticipaba el valor de los íconos, con los que actualmente tanto nos hemos familiarizado a través de la moderna informática. Fue otra de sus anticipaciones.

      Mocenigo quiso aprender algo sin conseguirlo, tal vez por aquello de que “lo que natura non da Salamanca non presta”, porque Bruno, absorbido por sus elucubraciones, no le prestaba toda la atención que requería o porque pretendía de él un saber mágico que no estaba en condiciones de darle. Lo cierto es que alimentó un gran resentimiento -pues se consideraba burlado-  y no encontró mejor forma de saciarlo que denunciando al monje ante la Inquisición , por supuestas prácticas de herejía. “En varias ocasiones –acusaba- cuando hablaba conmigo en casa, decía que los católicos eran culpables de sostener que el pan se convierte en carne; que era un enemigo de la Misa ; que no hay religión alguna que lo complazca; que Cristo fue un pobre infeliz…” Y continuaba: “Pretendía formar una nueva secta, bajo el nombre de Nueva Filosofía; decía que la virgen no podía dar a luz un niño… y que para una buena vida basta con abstenerse de hacer a los demás aquello que no querríamos que nos hicieran a nosotros.” Declaraba por fin que creía que Bruno estaba poseído  por el diablo. (White ob cit. p. 98- 100) Es probable que mezclara afirmaciones explicables en la doctrina de Bruno, con interpretaciones propias de sus limitaciones personales. La afirmación de que quería formar una nueva secta era lo que más preocupaba a los inquisidores; tenían muy presente las rebeldías de Lutero y Calvino contra la Iglesia de Roma.

      Las actas del juicio de Venecia y un fragmento del romano, bajo el papado de Clemente VIII,  fueron halladas en un archivo del Vaticano, a mediados del siglo XIX. En 1925 el Cardenal Angelo Mercati ubicó en otro archivo secreto documentos del juicio de Roma, incluyendo la sentencia final, todo lo cual dio a conocer en una publicación de 1940, bajo el título “Summario del processo di Giordano Bruno”. (Cfr- White ob cit. p.18)

       Los tribunales venecianos, a diferencia de los romanos y pese a su mala fama, funcionaban con mayores garantías. En Roma los juicios eran secretos, mientras que en Venecia actuaban tres jueces que eran acompañados por un observador de la ciudad-estado. Pese a ello Bruno no tuvo abogado y no dispuso siquiera de tiempo para preparar su propia defensa, permaneciendo encarcelado en las condiciones más penosas.

       Los jueces en el proceso fueron el nuncio apostólico Ludovico Taberna y el padre inquisidor Giovanni Gabrielle, asumiendo la representación oficial Laurentio Priuli, un ex embajador veneciano en París. El observador era Aloysio Fuscari. Inmediatamente de leídos los documentos de la acusación, fueron convocados como testigos dos libreros, Giovanni “Ciotto” Battista y Jacobo Britano, que hacían negocios con literatura ocultista y  habían sido mencionados por Mocenigo en apoyo de sus acusaciones. Ambos se mostraron muy cautos y no dejaron mal parado a  Bruno.

      El acusado fue llamado inmediatamente a declarar y comenzó haciendo un relato de su vida pasada, desde su ordenación como sacerdote hasta su retorno a Italia, sin omitir detalles respecto de su huída y de su periplo por el norte europeo, pero afirmando su permanente fe católica, sin renunciar a sus propias convicciones.

      Después de oír la historia de  Bruno, los jueces convocaron al padre superior, Fra Domenico, quien declaró favorablemente al acusado, señalando que le había manifestado “que deseaba llevar una existencia tranquila y escribir un libro que, merced a un importante valedor, lo ofrecería a su Beatitud para obtener su perdón”  Cuando los jueces le mostraron sus obras, dijo el acusado, poniendo la mano sobre la pila de libros: “Estas obras son puramente filosóficas y sostengo que el intelecto debería ser libre de investigar con tal que no dispute la autoridad divina, sino que se someta a ella.”Y agregó: “Ahora bien comprendo que todos los atributos son uno y el mismo en la Deidad y…concibo tres atributos; poder, sabiduría y bondad; o mente, comprensión y amor. Las cosas son a través de la mente y son ordenadas y diferenciadas a través del intelecto; se hallan en armoniosa proporción a través del amor universal, en todo y por encima de todo” (ob.cit.p.123-128). Los jueces, que no se mostraban satisfechos lo interrogaron entonces sobre su concepción de la Santísima Trinidad y otros dogmas cristianos y le preguntaron si era cierto que había dicho que Cristo era “un pobre infeliz”, lo que el acusado negó entristeciéndose de que alguien pudiera atribuirle semejante afirmación.

      Bruno se había defendido brillantemente  -incluso cuando se le inculpaban sus contactos con monarcas extranjeros o sus vínculos con los ocultistas-  pero flotaba en el ambiente que iba a ser condenado y el acusado lo presentía. Sin embargo, aquellos jueces vacilaron. Bruno se había arrojado a sus pies exclamando: “Pido humildemente perdón a Dios y al Tribunal. Lo único que deseo es que mi castigo sea llevado a cabo en privado para así no atraer la atención hacia el hábito que llevo.”

     Y entonces el tribunal se valió de una pirueta procesal, para lavarse las manos al mejor estilo de Poncio Pilato. El Santo Oficio romano había dirigido una carta al veneciano solicitando la extradición de Bruno, para lo cual se necesitaba la aprobación del dogo, máxima autoridad de gobierno, Pasquale Cicogna. Y este dudaba porque se sentaría un mal precedente. Pero entonces un famoso letrado, Federico Contarini, convocado por el tribunal encontró la solución. Los crímenes según él existían: el acusado había tenido tratos con herejes y huido al extranjero para llevar una vida licenciosa y diabólica; pero además Bruno no era ciudadano veneciano y algo peor -en aquella ciudad de mercaderes- había estado vendiendo sus libros en Venecia sin pagar impuestos por ello. Se concluía: “El acusado ha pedido con insistencia se lo vuelva a admitir en el seno de la Iglesia y ha declarado su intención de solicitarlo directamente a Su Santidad. ¿Por qué debería impedir nuestro Estado que lleve a cabo su deseo?” (White ob. cit. p- 144)

      Al día siguiente el prisionero fue embarcado con destino a Ancona. De allí fue conducido por tierra a Roma.

 

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      Giordano Bruno estuvo preso siete años en Roma, en una celda lúgubre de la Inquisición , esperando que se dictara sentencia en el segundo juicio a que fue sometido. Allí era donde el Santo Oficio encerraba a los acusados de herejía y los torturaba para que pudieran alcanzar la salvación, por el camino del arrepentimiento y la iluminación espiritual. Durante todo ese tiempo esperó en vano Bruno que el Papa Clemente VIII se pronunciara sobre varias peticiones de clemencia. Su suerte quedaba librada a la decisión de los dos consejeros principales del pontífice, Roberto Belarmino y Santoro di Santa Severina, considerados como muy duros en todo lo relacionado con las doctrinas oficiales de la Iglesia.

       No se han conservado antecedentes sobre ese largo período en el que se supone que el Santo Oficio estuvo tratando de reunir pruebas contra Bruno. Tampoco se sabe si fue torturado. La primera constancia oficial del juicio de Roma se remonta al 14 de enero de 1599 y de allí surge que intervino una congregación de ocho cardenales, siete coadjutores y un notario, que seleccionó como acusación ocho herejías atribuidas a Bruno, sin que se especificaran cuáles. (White ob. cit. p 163) Se  le dio un plazo de cuarenta días que de hecho se extendió a nueve meses para que se retractara de sus afirmaciones, pero Bruno se mantuvo firme. El 21 de diciembre de 1599 fue llevado nuevamente a declarar ante los Cardenales, con la presencia de Belarmino y Severina. Cuando se le preguntó si se retractaba, contestó: “No lo haré. No tengo nada a lo que deba renunciar y tampoco sé a lo que debería renunciar.” Se acercaban las fiestas navideñas y dos académicos fueron comisionados para que entrevistaran al prisionero en su celda a fin de obtener su retractación y luego se sumó a ellos el propio confesor personal de Clemente, pero todo fue inútil. Bruno continuaba manteniéndose firme. Es probable que supiera que sería condenado de cualquier forma.

      Finalmente, el 9 de febrero de 1600 se dictó la sentencia: “En el nombre de Nuestro Señor Jesucristo y de su Gloriosísima Madre la Virgen María en la causa instruida ante el Santo Oficio y…el ya mencionado Giordano Bruno, el acusado examinado, llevado a juicio y encontrado culpable, impertinente, obstinado y pertinaz, en nuestra sentencia final determinada por el consejo y la opinión de nuestros asesores los reverendos padres, maestros en sagrada teología y doctores en ambas leyes, publicamos anunciamos, pronunciamos, sentenciamos y te declaramos a ti, Giordano Bruno, hereje impenitente y pertinaz…” (White ob. cit. p.170) Fue degradado y expulsado; sus libros, declarados heréticos e incluidos en el Index de los prohibidos, serían quemados en la plaza. La condena implicaba además que el propio Bruno sería llevado a la hoguera, para lo cual se le entregaría al brazo secular.

      El gran escritor australiano Morris West hizo el esfuerzo de tratar de reconstruir en una novela, que tituló “La última Confesión”, los postreros momentos de Bruno en la cárcel de Roma, dando vida literaria a sus recuerdos y  reflexiones  -frente a la inminencia de su fin-  con maestría y profundidad. Lo curioso es que el escritor no pudo terminar su novela porque su propia muerte lo sorprendió, cuando describía la angustia de Bruno que aguardaba la sentencia de condena. La obra fue publicada por los familiares de West, con un epílogo escrito por Beryl Barraclough, en el que se incluye la sentencia y describe la ejecución de Bruno. (Javier Vergara Editor –Bs Aires- 2000)

      West que también investigó en los archivos los procesos de Venecia y Roma, intentó trazar un retrato de Bruno, en sus facetas más humanas, sin ocultar los aspectos desordenados de su vida, su inclinación a los placeres mundanos y sus contradicciones como filósofo. En uno de los mejores pasajes, su pluma le hace decir al monje cautivo: “Lo que en éste, mi último testamento, quiero decir es que sé quién soy, quién he sido y qué se cree que soy: un sacerdote réprobo, un monje fugitivo, un mago con una caja de trucos de prestidigitador, un fanfarrón, un embustero, un pretencioso portador de antorchas afanándose en su propia oscuridad, locuaz en el diálogo,  viperino en el debate. ¡Todo eso! ¡Más, si encontráis las palabras” (Ob. cit. p. 99)

      ¿Sería realmente así, Giordano Bruno?

      Lo cierto es que Morris West no ocultaba su admiración por él. En un comentario de su propia obra dijo: “Cuanto más lo conocía, más moderno me parecía, más relevante para nuestra época. Pensamos que somos más libres que él, cuando en realidad estamos más severamente limitados. La libertad que resulta más laboriosa de mantener es la libertad de equivocarse.”

      En las primeras horas del  17 de febrero de 1600 Bruno fue conducido a la plaza del viejo mercado de Roma, Campo dei Fiori, atado a un poste y quemado vivo. Allí en 1889 se erigió una gran imagen de bronce en su memoria, con una dedicatoria “A Giordano Bruno; el siglo que él anticipó. En Roma, donde fue quemado en la pira.”

      En un poema escrito en su juventud, que Morris West recuerda en su obra, Bruno había dicho:

           “…Había en mí

            Lo que ningún siglo futuro

            Podrá negar: no temí morir,

            Preferí una muerte valiente a una vida sin combates”

 

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      En ese tránsito hacia la libertad, del Renacimiento a la Época Moderna, la intolerancia religiosa no fue una exclusividad de la Iglesia Católica. Los calvinistas habían ejecutado en Ginebra al médico Miguel Servet, los anticatólicos ingleses de Enrique VIII a Tomás Moro, pero también los judíos –aún víctimas de la persecución en España y Portugal-  se dejaron arrastrar por esa intolerancia, como lo demuestra el juicio confesional que siguieron contra uno de los más grandes filósofos, Baruch Spinoza.

      Los judíos habían tenido una vida feliz en la península ibérica, donde además de sus actividades comerciales y financieras, absorbieron y desarrollaron el conocimiento matemático, científico y filosófico de los árabes y se integraron sin fricciones con la comunidad cristiana. Eso fue así particularmente en Portugal, donde Enrique el Navegante aprovechó sus apoyos para la conquista de los mares que inauguró la expansión lusitana. Pero, más tarde, los portugueses se sumaron a la persecución iniciada por los reyes católicos de España que habían dispuesto la expulsión de los judíos, poco después de la conquista de Granada y un mes antes de la aventura de Colón, en 1492. La Inquisición se lanzó contra ellos y tuvieron que optar entre el bautismo cristiano o el destierro y la confiscación de sus bienes. En una formidable demostración de fe, la gran mayoría optó por el destierro; muchos se refugiaron en el norte de Italia y otros en Holanda, donde fueron muy bien recibidos.

      Un descendiente de aquellos judíos portugueses fue Baruch Spinoza, hijo de un comerciante, nacido en 1632, quien estudiaba la religión e historia de su pueblo en la Sinagoga de Ámsterdam, donde era considerado como un alumno brillante. Pero sus inquietudes lo llevaron más lejos del estudio de las Escrituras y pronto se interiorizó del aporte de los grandes pensadores judíos, en especial del cordobés Maimónides y los filósofos escolásticos cristianos. Pasó luego a los clásicos de la antigüedad y le atrajo el pensamiento de los atomistas como Demócrito. Este fue el paso previo para su encuentro con la obra de Giordano  Bruno. Reflexiona sobre ese encuentro Will Durant, a quien seguiremos, en su “Historia de la Filosofía ”:

      “¡Qué riqueza de ideas bullía en aquel romántico italiano! En primer lugar la idea central de la unidad: toda la realidad es una por sustancia, una por su causa, una por su origen. Y Dios y esta realidad son una misma cosa. Es más, para Bruno espíritu y materia son  lo mismo; cada partícula de la realidad es un compuesto indivisible de lo físico y lo psíquico. El objeto de la filosofía, por lo tanto, consiste en percibir la unidad en la diversidad, el espíritu en la materia; en hallar la síntesis en que los opuestos y las contradicciones se encuentran y confunden; en elevarse al más alto conocimiento de la unidad universal, que es el equivalente intelectual del amor de Dios. Cada una de estas ideas se hizo parte integrante de la íntima estructura del pensamiento de Spinoza.” (Ob. cit. Joaquín Gil Editor –Bs. Aires -1952- p. 191)

      Siguiendo esa línea de pensamiento, ya en la médula del universalismo - del todo en las partes y las partes en el todo-  de la dialéctica que culmina en la síntesis de los opuestos, el paso siguiente de su desarrollo filosófico, fue la incorporación de la introspección subjetivista de Descartes, su contemporáneo: aquel “pienso, luego existo…” Era el comienzo del idealismo,de Leibniz, Locke, Berkeley, Hume, Kant y Hegel.  Y también el de la lucha contra el materialismo que arrancaría de Bacon y pasaría por Bentham para llegar a William James.

      Pero de aquel legado griego que recogía Spinoza, tampoco habría que excluir una de las vertientes del pensamiento renacentista: el de Pitágoras y Euclides, el mundo regido por las leyes matemáticas y la mecánica física, -que el cura florentino Luca Paccioli, había compartido con Leonardo Da Vinci y desarrollaría luego  Galileo-  a través del misterio de su regla escondida: la divina proporción, la sección áurea, que rompe el equilibrio axial, estático y da paso al movimiento. “Me propongo escribir sobre los seres humanos –dijo Spinoza- como si se tratara de líneas, planos y sólidos”. Pero ello no lo apartaría de una profunda percepción de la naturaleza humana –muy renacentista- cuando decía: “Me he aplicado cuidadosamente no a reírme, ni a llorar, ni a indignarme por las acciones humanas, sino a comprenderlas; y con este fin he considerado las pasiones…no como vicios de la naturaleza humana, sino como propiedades que le pertenecen, lo mismo que a la naturaleza de la atmósfera pertenecen el calor, el frío, la tempestad, el trueno, etc.” (ob.cit. p.220)

      En su concepción ética, inspirado tal vez en el pensamiento de Giordano Bruno, explicaría la inmersión del individuo en el todo, de la siguiente manera: “Nuestro espíritu, en cuanto entiende, es un modo eterno de pensar; y este por otro y así al infinito; de manera que todos estos modos juntos, constituyen la inteligencia eterna e infinita de Dios.” (ob. cit. p. 230)

      Esta sería su idea en cuanto a la inmortalidad: todos en cuanto partes de ese conjunto somos inmortales.

                                         

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     Unidos tal vez en las bases de su filosofía, Bruno y Spinoza compartirían también el castigo de la intolerancia. Al igual que Bruno que fue llamado a comparecer ante la Inquisición , Spinoza fue convocado ante los dignatarios de la Sinagoga , para que explicara si era cierto que había dicho que Dios podía tener un cuerpo, que sería el mundo de la materia. También le preguntaban si había dicho que los ángeles eran alucinaciones y que el Antiguo Testamento nada decía sobre la inmortalidad. Eran proposiciones que los religiosos no estaban dispuestos a aceptar. “Toda la Escritura –explicaría después Spinoza- fue redactada en primer lugar para todo un pueblo, y en segundo lugar, para toda la raza humana; por consecuencia, su contenido necesariamente se ha de adaptar cuanto sea posible a la inteligencia de las muchedumbres…en el orden y estilo que tienen mayor fuerza para mover a devoción a los hombres y especialmente a los ineducados…” (Cit. Durant p. 203)

      Como la congregación hebrea no tenía el respaldo del poder político, a diferencia de la Iglesia Católica , el juicio seguido contra Spinoza solo podía tener carácter confesional y las sanciones serían de orden moral. No se sabe cuáles fueron sus defensas pero sí se conoce el texto de la fórmula de excomunión por herejía, que decretaron las autoridades religiosas, después que Spinoza se negara a silenciar sus disidencias, rechazando una recompensa de mil florines anuales que le fuera ofrecida.

      La sentencia, que Will Durant reproduce en su obra, decía así:

      “Los jefes del Consejo Eclesiástico por la presente hacen saber, que ya bien informados de las culpables opiniones y hechos de Baruch Spinoza, se han esforzado de varias maneras y con diversas promesas, en atraerlo al buen camino; pero como no han podido convertirle a mejor manera de pensar, antes al contrario, cada día se han podido convencer más de las horribles herejías sostenidas y confesadas por él, y de la insolencia con que estas herejías son propagadas y divulgadas fuera del país; y habiendo muchas personas dignas de crédito dado testimonio de todo esto en presencia del                                                                                susodicho Spinoza, ha quedado completamente convicto. Habiendo sido examinado todo este asunto ante los jefes del consejo eclesiástico, se ha decidido, con el asenso de todos los consejeros, anatematizar al mencionado Spinoza, segregarle del pueblo de Israel y desde la hora presente ponerlo en anatema por la siguiente maldición:

      Por el juicio de los ángeles y la sentencia de los santos, anatematizamos, execramos, maldecimos y rechazamos a Baruch Spinoza, con el asentimiento de toda la sagrada comunidad, en presencia de los libros sagrados con sus seiscientos trece preceptos, y pronunciamos contra él la maldición con que Eliseo maldijo a los hijos, y con todas las maldiciones escritas en el Libro de la Ley. Maldito sea de día y maldito sea de noche; maldito al acostarse y maldito al levantarse; maldito cuando salga y maldito cuando entre. Que el Señor no lo perdone ni lo reconozca jamás; que la cólera y la indignación del Señor se enciendan desde ahora contra este hombre y lo agobien con todas las                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                 _______maldiciones escritas en el libro de la ley, y que borre su nombre bajo el cielo, que el Señor lo separe como pecador, de todas las tribus de Israel; que lo cargue con todas las maldiciones del firmamento contenidas en el Libro de la Ley ; y que todos los que sean obedientes al Señor, Nuestro Dios, puedan salvarse en este día. Y por tanto, amonestamos a todos, que ninguno tenga conversación con él de palabra, que ninguno se comunique con él por escrito; que nadie le preste ayuda alguna, ni habite con él bajo el mismo techo,  ni se acerque a él a más de cuatro codos; y que nadie lea documento alguno por él dictado, ni escrito de su mano.”(Ob. Cit. Durant p. 192)

      Como no tenían el poder de condenarlo a las llamas de la hoguera –como ocurriera con Bruno-  lo condenaban a las llamas de las palabras, pero - lo más terrible-  a una especie de muerte inmaterial e infamante que el derecho conoció más tarde bajo el nombre siniestro de “muerte civil”. Will Durant, con mucha benevolencia, atribuye esta sentencia cruel y excesiva a la necesidad de complacer a las autoridades cristianas holandesas, que habían brindado protección a los judíos, frente a alguien que significaba un peligro para todos por sus ideas. Pero agrega que trataban sobre todo de defender la unidad de su culto, que se simbolizaba en la Biblia , una especie de “patria portátil” de su pueblo,  que Spinoza con su libre examen había puesto en tela de juicio.

      El excomulgado tomó su castigo con tranquilidad. Pero la soledad y sobre todo la soledad frente a un pueblo al que se pertenece, siempre es un terrible golpe. Su padre lo echó de su casa y su hermana quiso quitarle la herencia; Spinoza ganó el pleito que se siguió,  pero terminó regalándole los bienes que le pertenecían, en un gesto que habla de su desprendimiento material. Sus antiguos amigos se apartaron de él y hasta tuvo que soportar que alguien quisiera apuñalarlo, recibiendo una herida en el cuello.

Pero con la fuerza de su espíritu todo lo superó. Se mudó a un barrio alejado de Ámsterdam y cambió su nombre de Baruch, por el de Benedicto. Se ganó entonces la vida enseñando en una pequeña escuela y volviendo a ejercer su oficio de óptico, pero siguió filosofando y comenzó a escribir y publicar sus obras. Más tarde regresó a Ámsterdam y después se estableció en La Haya. Muy pronto, a medida que su pensamiento se fue divulgando, fue recogiendo el prestigio que su aceptación determinaba en calificadas figuras de su tiempo. Obtuvo el reconocimiento de La Real Sociedad de Inglaterra, recién fundada, lo visitó Leibniz y gozó de la amistad de Simón de Vries, rico comerciante y Juan de Witt, alto magistrado, que lo apoyaron. El mismo Luis XIV le ofreció su apoyo a cambio de que le dedicara un libro, lo que Spinoza declinó. Por último rehusó una cátedra en la Universidad de Heidelberg, diciendo: “no aspiro a una posición mejor de la que ahora disfruto y por amor a la tranquilidad, la cual pienso no poder asegurarme de otro modo, debo abstenerme de entrar en la carrera de profesor público…” ( ob.cit. p.202) La sencillez y la firmeza lo acompañaban siempre.

El 20 de febrero de 1677, cuando sólo contaba cuarenta y cuatro años, Spinoza, víctima de una enfermedad pulmonar, falleció serenamente en los brazos de su amigo y médico personal, el Dr.Meyer. Filósofos y magistrados se unieron al pueblo para acompañarlo hasta su sepultura.

Había sobrevivido a las llamas imaginarias de su condena y soportado dignamente su injusticia y no debe extrañar que llegara a escribir:

“El que quiera vengar las injurias con odio recíproco, en verdad vivirá desgraciado. Pero el que por el contrario, se esfuerce en combatir el odio con amor, luchará contento y seguro, y podrá lo mismo resistir a un hombre que a muchos y apenas si necesitará el auxilio de la fortuna…Las almas se conquistan no con las armas sino con amor y generosidad.”

Will Durant ha dicho: “En pasajes como éste, Spinoza vislumbra algunos rayos de la luz que brilló en las montañas de Galilea” (ob.cit. p.224) Es posible que así fuera. Spinoza –que no se había incorporado a otra fe que no fuera la de sus mayores-  no marcaba diferencias entre el Antiguo y el Nuevo Testamento y consideraba a las religiones judía y cristiana como una sola.

También por eso él y Giordano Bruno pueden ser recordados juntos.

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El conteo comenzó el 1/1/2014