En la Alta Edad Media

Por Washington Bado

 

Los Bárbaros, que derrotaron al Imperio Romano, a pesar de no tener una cultura jurídica propia desarrollaron una oscura pasión por el derecho. La barbarie no resultaba del derecho sustancial que seguía los lineamientos del romano, sino de los procedimientos que se aceptaban para la prueba: la ordalía o juicio de Dios.

 La justicia de los bárbaros

Es difícil precisar el comienzo de la Edad Media. Se suele ubicar a fines del siglo IV de nuestra Era, coincidentemente con dos acontecimientos fundamentales: la fractura y el desmembramiento del Imperio Romano de Occidente y el triunfo del Cristianismo. Al finalizar el siglo III el mundo romano estaba  barbarizado por la continua infiltración de extranjeros que habían servido en las legiones. Entre ellos figuraban especialmente pueblos de origen germánico como los godos y vándalos pero también los sármatas provenientes de la Europa Oriental. La antigua ciudadanía romana había ido desapareciendo en forma paulatina, junto con las conquistas territoriales y la propia ciudad de Roma fue perdiendo su carácter hegemónico. El Senado, como órgano de opinión, depositario de la “civilitas”, fue perdiendo importancia hasta prácticamente desaparecer, absorbido por el poder de los emperadores, autócratas que ejercían un mando omnímodo, en su mayoría ungidos por la propia soldadesca triunfante. Los valores de la libertad y los derechos humanos, que por tanto tiempo caracterizaron a la República , se debilitaron, sustituidos por un concepto despótico de soberanía, impuesta a los súbditos mediante el temor. Para colmo la crueldad y el desprecio por la vida humana, arrancados del peor trasfondo de las satrapías orientales, fueron un modelo adoptado por muchos de aquellos emperadores, de los cuales el peor ejemplo tal vez haya sido el de Heliogábalo –Vario Avito Basiano- mitad romano y mitad sirio, que se decía hijo del sol y de ahí el nombre que escogió.

      La primera división del Imperio se produjo con Diocleciano, a fines del siglo II, cuando para tratar de frenar la anarquía militar, nombró como César a uno de sus generales, Maximiano, reservándose para sí el título de Augusto. Maximiano quedó a cargo de Occidente y Diocleciano se quedó con el Oriente, con capital en Nicomedia, en la antigua Bitinia de Asia Menor,  que recordaba la primera victoria de Julio César en aquellas tierras. A su muerte, la estructura descentralizada, se desmoronó y comenzó el derrumbe definitivo del Imperio.

      Roma, maestra del Derecho, heredera del arte y la filósofía helénicas, la que por sus virtudes cívicas y militares había llegado a la cumbre, víctima de su propia gloria, infectada por los vicios contraídos en aquellos pueblos orientales conquistados, ganada por el cinismo en sus antiguas clase cultas y por la superstición y el fetichismo en las más bajas, se terminó de hundir en poco tiempo. Recuerda Indro Montanelli, que cuando el egregio Catón, en plena República,vio retornar triunfantes de Grecia las huestes del Cónsul Flaminino, rodeadas de magos, saltimbanquis, cortesanas y eunucos, se horrorizó y vaticinó la destrucción de aquella Roma que había sido el objeto de sus desvelos.

      El Cristianismo que empezó siendo un fenómeno de reivindicación de los desheredados y oprimidos que aquel régimen caduco dejaba, despertó prontamente en todos un nuevo concepto de la vida y una nueva visión de la finalidad del hombre sobre la tierra y su esperanza en el Más Allá. Primero fueron los esclavos, luego los más humildes y más tarde, a pesar de las persecuciones, la intelectualidad de aquel tiempo asumió la nueva doctrina y le dio el impulso final que, con Cayo Flavio Valerio Constantino, llamado “el Grande” la tranformaría en la religión oficial del Estado, cuando creyó ver la señal de la Cruz en el cielo (“in hoc signo vinces”) , que lo conduciría a la victoria, en las puertas de Roma, frente a su rival Magencio.

      Constantino era hijo de Constancio Cloro y de una cristiana de origen humilde que, con el tiempo, se transformaría en Santa Helena. Empezó por legalizar el cristianismo con el Edicto de Milán en el 313.  Se convirtió a la religión de su madre en su propio lecho de muerte , pero siete años antes,  en el 330, se decidió a fijar la capital del Imperio, en lo que había sido un pequeño pueblito griego de pescadores a orillas del Bósforo, Bizancio, que pasó a llamarse Constantinópolis, luego Constantinopla y que actualmente conocemos como Estambul. Extendida sobre las dos orillas del bien llamado Cuerno de Oro, entre Asia y Europa, rodeada de minaretes pero todavía imbuída por el espíritu cristiano de Justiniano y Teodora que se trasunta en Santa Sofía –hoy un museo consagrado a la Turquía laica de Mustafá Kemal-  sigue siendo la llave del pórtico que puede unir o separar a ambos continentes.

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      Pero el ansia de poder y el amor por el Derecho que caracterizaron a la antigua Roma, no desaparecieron del todo. En Bizancio hubo tres emperadores que merecieron el título de “Grandes”: el ya mencionado Constantino, que cambió el curso del Imperio con sus decisiones; Teodosio, que mantuvo la descentralización y logró reconquistar en buena parte los territorios perdidos frente a los pueblos bárbaros y Justiniano, que aún no siendo militar restauró la unidad del antiguo Imperio y levantó un verdadero monumento jurídico con la codificación de las leyes de Roma.  Surgió así el “Corpus Juris Civilis”, principal instrumento del Derecho Civil, que influyó considerablemente en la legislación de los futuros estados europeos y por extensión los del Nuevo Mundo, hasta la consagración del Código Napoleón, ya en el Siglo XIX.

      Teodosio, al igual que su gran antecesor Trajano, había nacido en España y por sus habilidades militares y políticas logró constituirse en emperador único. Consiguió reducir a los godos y recuperar los dominios sobre el norte de Africa. Como testimonio de sus hazañas ha permanecido, elevándose desde un foso, en la plaza del antiguo Circo de Estambul, un obelisco egipcio, cubierto de jeroglíficos, que sorprende por su notable estado de conservación. A su muerte el Imperio quedó dividido entre sus hijos Honorio y Arcadio, curiosamente defendido por un brillante general de origen vándalo, Estilicón, quien consiguió mantener las fronteras en la Galia y Bretaña y terminó asesinado por orden de Honorio, que temía lo pudiera desplazar.

      Justiniano, que mantuvo el reinado desde el 527 al 545, estuvo siempre acompañado por su esposa, la deslumbrante emperatriz Teodora, tan famosa por sus influyentes consejos como por las intrigas palaciegas en que intervino. En sus exitosas campañas contra los vándalos, visigodos y  ostrogodos, en Occidente y también contra los persas en Oriente, estuvo Justiniano sostenido por dos brillantes militares: Belisario y Narsés. Era un gobernante de profunda convicción cristiana y pese a algunas crueldades que se le atribuyen, como las matanzas entre “azules” y “verdes” en la arena del Hipódromo, la historia lo reconoce como un gobernante progresista, que favoreció las artes y la industria, en particular la de la seda, por haber introducido en Europa, el gusano y su alimento, la morera, que provenían de China.

      Pero su gran obra, además de la construcción de Santa Sofía, el templo cristiano más grande de su tiempo, fue la recuperación sistematizada del  Derecho Romano, que desde la época de las Doce Tablas y el Antiguo Derecho Quiritario, fue desprendiéndose de sus rígidos preceptos formalistas e individualistas, avanzando en el terreno de las ideas de humanidad y justicia. Desde siempre sus grandes jurisconsultos se esforzaron por desarrollar el espítiu de su legislación, proyectándolo incluso hasta el presente. Es que, como bien los enseñaba Stammler, los romanos “aún en los últimos tiempos de su grandeza decadente no pierden de vista ni dejan de exteriorizar la frontera formal que separa al Derecho del poder arbitrario y los juristas romanos son los que ven claramente que el invocar la “boni mores”, la “aequitas”, la “bona fides” y otras expresiones análogas encierra siempre una invocación de normas jurídicas” (“Tratado de Filosofía del Derecho”p.27)

      En la época republicana la institución del patronato de los patricios dio origen a la profesión de jurisconsulto. Manlio, Mucio Escevola, Tribacio y Sulpicio fueron los nombres más prominentes.  Los jurisconsultos se paseaban por el Foro donde recibían las consultas de sus clientes que les preguntaban: “¿Licet consule?” y si ellos estaban dispuestos a evacuarlas, respondían: “Consule”. Su dictamen se emitía en una fórmula breve, si el problema planteado era sencillo, pero si resultaba complejo, junto al templo de Apolo se podía constituir una junta, “disputatio fori”, el antecedente de lo que hoy llamaríamos una Sala de Abogados. El servicio se consideraba como un honor para el cliente y de allí la denominación del precio –que se ha conservado hasta ahora-  que se pagaba por él, depositándolo discretamente en la bolsa que portaba su asistente. Pero los jurisconsultos eran más que abogados ya que sus dictámenes no solo interpretaban la ley, sino que sentaban precedentes y podían llegar a constituir preceptos, cuando, valiéndose de la inducción llenaban vacíos legales, atendiendo a la equidad.

      Con el paso del tiempo la profesión se fue democratizando.  Augusto restringió su ejercicio y creó lo que podría considerarse como el primer colegio profesional, con un número limitado de jurisconsultos, para tratar de evitar las contradicciones e incertidumbres que se planteaban. Más tarde, ya en las postrimerías del Imperio se admitió que no tuvieran fuerza legal nada más que las interpretaciones emanadas de un quinteto  célebre que formaban Papiniano, Gayo, Paulo, Modestino y Ulpiano. Cuando tuvieran diversas opiniones prevalecería la del mayor número y en caso de empate el asunto se resolvía por la que hubiera emitido Papiniano, a quien se le reconocía  la máxima autoridad. De hecho se iniciaba así la obra de codificación.

       Iniciada la desmembración del Imperio y perdidas en manos de los bárbaros muchas de sus provincias, se promulgó el “Código Teodosiano” o primer Digesto, destinado a llevar a aquellos pueblos, faltos de normas legales, la obra civilizadora del Derecho Romano. Pero fue una Comisión de juristas presidida por Triboniano -célebre jurisconsulto que posesía un vastísima biblioteca-  la que, ya bajo el reinado  de Justiniano, entre los años 528 y 529, completó el “Codex Justinianeus” que resumió la legislación imperial de Roma. El núcleo central estaba consituído por la arcaica ley de las XII Tablas a lo que debían agregarse las leyes aprobadas en los Comicios republicanos, los Senado-consultos o decisiones del Senado, los edictos de los pretores y finalmente los rescriptos de los emperadores. Luego se acometió la compilación de la obra de aquellos eminentes jurisconsultos, en especial Gayo –autor de las célebres “Instituciones”- que dictaminara en tiempos de Antonino Pío y Marco Aurelio (138-161y l61-180); Julio Paulo, en tiempos de Septimio Severo (193-211); y Ulpiano, contemporáneo de Caracalla (211-217) A esta obra se le conoce como “Digesto” o “Pandectas”, con un alcance total y que contenía las decisiones jurisprudenciales e interpretaciones autorizadas. Ha quedado para la posteridad la fórmula de Ulpiano que recogió el Digesto como expresión del derecho natural: llevar una vida honesta, no hacer mal a nadie, dar a cada uno lo suyo. (¨Honeste vivere, neminem laedere, suum quique tribuere¨) También se preparó una especie de Sumario, denominado “Instituciones”, que desarrollaba la obra de Gayo. Por último, en el año 534 se publicó una revisión ampliada del Código, conocida bajo la denominación de “Novelas”, constituyendo un todo denominado “Corpus Juris Civilis.”

      Se le ha criticado a Justiniano que su obra tuvo interferencias y que muchas veces sirvió para la aplicación de normas extrañas a aquellos pueblos o peor aún  para justificar excesos o desbordes autoritarios que, sobre todo en materia religiosa, cometieron con frecuencia los emperadores bizantinos. De todos modos debe reconocerse que a ella se debe la preservación de aquellos monumentos jurídicos, que, de otro modo, se hubieran perdido.

      Muerto Justiniano empezó la decadencia de aquel Imperio de Oriente que finalmente se desplomó con la caída de Constantinopla a manos de los turcos, en 1453.

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      ¿Qué pasaba, entretanto, en Occidente? La nación gótica, de cuño germánico, se extendía por toda la Europa Central , desde el Báltico al Mar Negro y se dividía en dos pueblos: los godos orientales u ostrogodos y los occidentales o visigodos. Estos últimos se habían convertido al cristianismo y habían perdido mucho de su barbarie. Los hunos, un pueblo nómade asiático de origen mogol, de terrible ferocidad, los atacaron obligando a una parte importante de los godos a atravesar el Danubio, la tradicional frontera romana, ocupando nuevos dominios. A comienzos del siglo IV Alarico, rey de los visigodos atacó Grecia e Italia y en el 410, al frente de un poderoso ejército tomó y saqueó a Roma. Más tarde su sucesor, Ataulfo, se apoderó de las Galias y España, al par que los romanos abandonaban la Bretaña , que fue conquistada por los Anglos. A su vez el caudillo vándalo Genserico se apoderó del norte de Africa, con  lo que el viejo imperio de Occidente terminó por desaparecer. El golpe de gracia se lo asestó Atila, “el azote de Dios”, como él mismo se llamaba, al frente de los hunos, quien se apoderó de las tierras del Danubio y el este europeo y, aunque fue derrotado, ya nunca se pudo restablecer la autoridad romana. Finalmente, la propia Roma fue nuevamente saqueada por el vándalo Genserico, siendo destruido el Foro y robados las estatuas y reliquias de sus templos y trofeos del  Capitolio. Sólo quedó lo que todavía hoy podemos ver, como silencioso testimonio de su grandeza.

      Pese a todo ello, en la Alta Edad Media –por encima del individualismo caracerístico de los bárbaros- sobrevivirían de Roma, aunque distorsionadas, en parte su lengua, derivada en romance y sus bases de organización administrativa. En cuanto al derecho, la cristianización introdujo la influencia dominante de la Iglesia , a través de los obispos cuya autoridad alcanzaría lo temporal, por extensión de las facultades episcopales, lo que era incompatible con el sistema judicial romano, aunque se mantuviera en parte su legislación. Toda la Edad Media tanscurriría en la lucha entre la monarquía, depositaria del individualismo germánico y del poder militar y el pontificado, pretensor de la vocación universalista del mundo romano, depositario de su lengua y su cultura. Como consecuencia de esa lucha surgieron el feudalismo y más tarde los estados europeos modernos.

      En el siglo VI la lengua latina comenzó a transformarse en francés, italiano, español, portugués y rumano, con innumerables dialectos y se fundaron los primeros monasterios benedictinos. Más tarde, Carlos Martel  contuvo en la batalla de Poitiers, la invasión árabe que se había apoderado del norte de África y buena parte de España. Se aseguró de este modo la supervivencia del cristianismo en Europa y la consolidación del feudalismo. Anglos y sajones, construyeron la Gran Bretaña , mientras se afianzaba el Sacro Imperio Romano- Germánico en el continente. Luego sobrevendrán las Cruzadas y la Caballería , auspiciada por Francia, bajo el reinado de Felipe Augusto; las Repúblicas Italianas impulsarán  el desarrollo de la banca y el comercio, cuyo ejemplo cunde en el norte con la Liga Hanseática. La humanidad entonces empieza a superar la llamada “edad de las tinieblas” para encaminarse hacia las luces del Renacimiento.

      Pero el Derecho y la Justicia sufren el más terrible de los colapsos. Las discrepancias en torno de la nueva religión, sobre la naturaleza humana o divina de Jesuscrito - cuyas primeras manifestaciones se materializaron en la aparición del arrianismo, condenado en el Concilio de Nicea- introducen el primer gran conflicto ideológico de la Nueva Era. Y a partir de allí, la discusión sobre los dogmas de la fé y el cuestionamiento de los veredictos de la Iglesia -que la infalibilidad papal tratará de asegurar- conducen a la aparición de dos palabras terribles para la humanidad: las herejías y la inquisición. 

      Hacia fines del siglo IX, el régimen feudal con su multitud de señoríos, había desencadenado una gran confusión respecto de las competencias en materia judicial. La sociedad feudal había multiplicado los lazos de dependencia a través de la institución del señorío y el vasallaje y cada señor pretendía ser un juez, porque, como lo explica Marc Bloch “solo el derecho de juzgar permitía mantener eficazmente en el deber a los subordinados”  (“ La Sociedad Feudal ” Akal Universitaria –Madrid- 1968 p.378) La percepción de multas, los gastos del juicio y sobre todo las confiscaciones, hacían además de esa justicia muchas veces un verdadero negocio. Los antiguos jurisconsultos desaparecieron y en su lugar algunos practicones, conocedores de viejos formulismos, oficiaban de abogados, aunque el procedimiento no comportaba su intervención, ya que todo dependía del juez que a su vez era el jefe. Como lo señala Bloch “la mayor parte de los jueces no sabían leer; mala condición, sin duda, para el mantenimiento de un Derecho escrito” (ob. cit. p.131) . Los jurisconsultos reaparecerán en el siglo XI, cuando se titulan “doctos en leyes” , particularmente desde Italia, con la fundación de la primera Universidad en Bolonia que se transformó en un foco de irradiación.

      En cuanto a los procedimientos, tanto podía hacerse valer el juramento en la causa, como el duelo, la ordalía y el llamado Juicio de Dios, lo que simplemente se hacía constar. La materia litigiosa más habitual eran las acciones reivindicatorias de tierras y las prescripciones, fundadas en la posesión convalidada por el paso del tiempo sobre bienes y personas, esto último por la importancia que todavía tenía la esclavitud. Como no existían casi documentos, ya que los pergaminos y la tinta eran casi inexistentes, se confiaba más en la memoria y en la idea de que “lo que fue tiene derecho a seguir siendo”, valiéndose muchas veces del testimonio de personas que había sido llamadas de niños, para asistir al otorgamiento de los negocios traslativos de la propiedad.                  Pero, desgraciadamente, la práctica de la venganza privada o el desafío a duelo se constituía en la forma más habitual de resolver los conflictos. Un ejemplo lo encontramos en el inmortal poema del Cid Campeador, cuando ante su demanda contra los infantes de Carrión, que habían abandonado a sus hijas Doña Elvira y Doña Sol, el rey Alfonso de Castilla convoca a corte en Toledo. Dirá el rey: “ y quien no vaya a las cortes como lo he ordenado yo, que se vaya de mi reino y perderá mi favor...Hacia el que tenga derecho habré de inclinar mi voz”. Y la demanda del Cid que al principio se restringía a la devolución de sus dos preciadas espadas, la Colada y la Tizona, a lo que los infantes acceden “ya que nada más pidió”, en un flagrante caso de “ultra petita” es luego ampliada para la devolución de tres mil marcos de oro y plata que “les dí con el corazón.” El rey también hace lugar en su fallo a esta demanda, pero al final nadie se da por satisfecho y todo termina en una rueda de desafíos y retos a duelo, como era de estilo en aquellos tiempos. Como lo recuerda Montesquieu “los hidalgos se batían entre sí a caballo y con sus armas; los villanos se batían a pie y con garrote... Sólo los villanos combatían a cara descubierta y así solo ellos podían recibir golpes en la cara. Una bofetada se convirtió en una afrenta que debía lavarse con sangre, porque el hombre que la había recibido había sido tratado como un villano.” (“Del espíritu de las leyes” –Altaya – Barcelona- 1997 p. 372)

       Más tarde las “asambleas de los hombres libres” encargadas de administrar justicia en las circunscripciones territoriales, condados o castellanías, como una forma de composición que hoy llamaríamos “participativa”, terminó transformándose en el germen de los jurados que, sobre todo en el derecho anglosajón, llegarían hasta nuestros días. El recurso ante el “tribunal real” se reconocería más tarde como una forma de apelación.

      También hay que reconocer que los bárbaros, que despreciaban la vida y transformaban  la violencia de la guerra en un deporte -a través de la cacería, los duelos y los torneos caballerescos-  pese a no tener casi una cultura propia desarrollaron una oscura pasión por el derecho. Tal vez haya influido en ello el recuerdo difuso de los viejos jurisconsultos, cuyas leyes trataron de seguir aplicando a los romanos (“lex romana”). Con la conversión de sus monarcas al cristianismo, empezando por Clodoveo entre los francos, Segismundo entre los burgundios, Agilulfo con los lombardos, Teodorico y Recaredo con los ostrogodos y  visigodos, ya  entre los siglos V y VI, se promulgaron códigos bárbaros como la “Lex Salica” de los francos, la “Lex Gundodaba” de los burgundios, el “Edicto de Rotario” para los lombardos, el “Edicto de Teodorico” y el “Breviario de Alarico”, hasta culminar con el “Fuero Juzgo” que los visigodos del Rey Recesvinto le pasaron a los futuros españoles. (Cfr. “Historia Universal” Ed. Salvat –Barcelona- 2004 T. 8 p.338)

      Todos estos códigos tuvieron como base común la cultura grecorromana, pero se diferenciaron en las particularidades de cada nación por sus diferentes usos y costumbres. Los monarcas trataron de asegurar su predominio y así no es de extrañar que, por ejemplo, entre los longobardos, el que matare por orden del rey fuera considerado inocente, “porque el corazón del rey está en la mano de Dios y nadie puede escapar de su sentencia.” (cit. 347) A su vez el único recurso contra un rey tiránico era asesinarlo.

      Aunque en un principio los monarcas eran elegidos por los nobles, más tarde su designación se volvió hereditaria. A su vez los reyes nombraban a los condes y duques, que en un sistema primitivo de descentralización, gobernaban en su nombre, impartiendo justicia, al par que ejercían el mando militar.

      Pero la barbarie que no resultaba del derecho sustancial, alcanzaba su máxima expresión en los procedimientos que se aceptaban para la prueba. Este fue el caso de la ordalía o juicio de Dios. Se aplicaba la prueba por el agua fría o caliente o por el hierro al rojo. En la prueba por el agua fría, el hombre era atado con una cuerda que lo mantenía doblado, con las manos en las rodillas o sujetas a los pies, lo que le imposibilitaba todo movimiento. Se le introducía entonces en un estanque. Si se iba al fondo era inocente, de lo contrario se le consideraba culpable. En realidad, todo dependía de cómo se respirara. En la prueba del agua caliente el ajusticiado tenía que recoger una piedra de un caldero con agua hirviendo. Si no se quemaba era inocente. En la del hierro al rojo debía desplazarse nueve pasos llevándolo en la mano. Si al cabo de tres días la herida sanaba se le consideraba inocente. También se podía exigir que el inculpado caminara sobre brasas encendidas; en caso de resultar ileso se tomaba su declaración como verdadera. En contrapartida, si el que se sometía a la prueba la salvaba, por habilidad, buena fortuna o más que improbablemente por la voluntad de Dios, la otra parte era condenada al castigo, que, después de esa violencia,  podía ser la muerte. Como lo recuerda Rafael Gallinal, la intervención de Dios, se suponía “porque se creía que no podía el cielo dejar de manifestar la verdad haciendo un milagro a favor de la inocencia o abandonando la suerte del culpado al rigor del orden natural de las cosas...” (“Estudios sobre el Código de Procedimiento Civil-De las pruebas –Barreiro y Ramos- Mdeo. 1914 p. 45)

      Entre los lombardos el método de prueba consistía en el duelo, con las armas y según las reglas de la caballería, prescindiendo en especial de todo “encantamiento” –de lo que los duelistas trataban de precaverse-  según lo que se denominaba “kampfio”, de donde provendría la palabra “campeón” (ob. Cit Salvat. p.358)

      Por último el “sacramentum” consistía en el juramento al cual se difería la causa, que podía ser sobre los Evangelios o sobre las armas, según el juicio de que se tratara. Esta prueba - con diferencias obviamente en cuanto a la forma de introducirla y sus alcances- se mantuvo hasta nuestros días en algunos códigos,  bajo la modalidad del juramento,  “decisorio” “supletorio” o “estimatorio”, según los casos.

      La prueba es como el corazón del Derecho. Si para aplicarlo se admiten medios irracionales o contrarios a la sana lógica, el Derecho, por más que se haya querido preservar, no tarda en decaer y lo corroe la injusticia. Las ordalías y el juicio de Dios le abrieron la puerta al fanatismo oscurantista medieval y junto con las persecuciones religiosas introdujeron la peor de las instituciones bárbaras: la Inquisición.

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      Clovis (o Clodoveo, como lo conocemos en español) un pequeño rey de la Franconia , de fines del siglo V, es reconocido como el fundador de la nación francesa, independientemente de la consolidación que después hicieron los Capetos. Por lo menos en representaciones de época se le puede ver portando el emblema de la Flor de Lis, que caracterizó a muchos de sus sucesores.Clodoveo  unificó los territorios entre el Sena y el Loira, enfrentándose a los “reyes holgazanes” –más preocupados por pasarla bien que por otra cosa-  a quienes respaldaban los llamados “mayordomos de palacio”.

      Chilperico y su mujer Fredegunda –cuyos nombres parecen extraídos de un cuento de hadas-   fueron ejemplo de esta calaña de reyezuelos, que pasaban de cacería en cacería y de festín en festín, pero la historia los recuerda por el litigio que en el año 577 mantuvieron con el Obispo de Rouen, de más extraño nombre aún: Pretextato. Este era acusado por Fredegunda de haberse apoderado de las joyas de la reina Brunequilda  y fue sometido a juicio ante el Tribunal de los Obispos de París. Las actuaciones, de las más antiguas que se conocen, están recogidas en una crónica de Gregorio, Obispo de Tours, quien defendió a Pretextato, registrándose el siguiente sustancioso diálogo entre  el rey y el clérigo:

      “-Obispo, tu debes dispensar justicia a todos y he aquí que yo no puedo obtener justicia de ti... en ti se cumple el proverbio “el cuervo no saca los ojos del cuervo”

Y Gregorio le respondió:

      “Si alguno de nosotros –oh rey-  quiere apartarse del sendero de la justicia puedes corregirle, pero, si eres tú quien se aparta ¿quién te reprenderá? ¿Quién te condenará como no sea Aquel que ha declarado ser la Justicia misma?

      Chilperico insistió diciendo: “Yo que soy rey no puedo obtener la justicia de este hombre ¿Cómo vosotros que estáis por debajo de mí esperáis obtenerla?

Y Gregorio concluyó:

      “-Tú no sabes si yo soy injusto. Aquel para quien están siempre patentes los secretos de los corazones conoce mi conciencia... Tú tienes las leyes y los cánones, necesitas consultarlas  con cuidado y si no observas lo que te enseñan, sábete que el juicio de Dios está suspendido sobre tu cabeza.” (“Reportaje de la Historia –Relatos de testigos presenciales- Ed.Planeta- Barcelona- 1962 p.169)

      Chilperico y Fredegunda intentaron sobornar a Gregorio de Tours, pero éste se mantuvo firme:

      -“Aunque me diéseis mil libras de oro y de plata ¿puedo acaso hacer otra cosa que lo que Dios ordena hacer?”

       Otros obispos cedieron y Pretextato aunque seguía negando la acusación de robo, pese a la defensa de Gregorio tuvo que aceptar forzadamente un acto de contrición y confesarse culpable de haber querido destronar al rey, arrodillándose ante él. Finalmente, un sicario de aquellos reyezuelos lo acuchilló frente al altar, el día de la Resurrección del Señor. La reina le dijo entonces a Pretextato que tenían hábiles médicos que podían curar su herida y recibió la siguiente respuesta:

      -“La voluntad de Dios me ha llamado fuera de este mundo. Tú, a quien todos conocen por ser causa de todos los crímenes, serás maldita por siglos. Dios será el vengador de mi sangre sobre tu cabeza.” (Id. p. 175)

      El sicario fue apresado y confesó que había sido instigado por Fredegunda. Esta a su vez lo hizo entregar al sobrino de Pretextato para que ejerciera el derecho de venganza (“faide”) quien con su espada despedazó al autor material  del crimen. Gregorio cierra su crónica contando que “Fredegunda institiuyó Obispo a Melantio, a quien había nombrado para este lugar desde el primer momento”. Por lo visto y pese a la maldición que le lanzó Pretextato antes de morir, siguió tan campante.                     

      Esta historia, además del ejemplo de la integridad de Gregorio de Tours, es un anticipo de lo que más tarde sería reconocido por Montesquieu como el principio de separación de poderes. Es también un ejemplo del conflicto de aquel tiempo entre el poder de los reyes y el de la Iglesia , que poco después se invertiría  -en las grandes causas en que intervino la Inquisición-   inclinándose a favor de la autoridad espiritual de esta última, a cambio de que el poder secular se mantuviera  como brazo ejecutor de aquella, por el horror que le tenía a la sangre. (“Ecclesia abhorret sanguine”).

      Una brillante y divertida descripción de lo que fue la justicia medieval en Francia, la da Víctor Hugo en “Nuestra Señora de París” cuando relata el juicio del jorobado Quasimodo,  acusado falsamente de alteración del orden público por haber tratado de defenderse de las burlas de que era objeto. En el “Vieux Chatelet” construido por Felipe Augusto, fortaleza, prisión y sede de tribunales, el Oidor Florien Berbedienne, paradojalmente sordo como una tapia pero que por orgulloso no quería que eso se supiera, interroga a Quasimodo tan sordo como él, además de jorobado. Como el juez no escucha sus respuestas, porque el acusado tampoco lo puede oir y no dice una palabra, da por sentado por rutina  que se trata de las  respuestas de orden a las generales de la ley: nombre, edad, profesión, etcétera. Pasa entonces a enumerar los cargos y pregunta al Escribano:

      “- ¿Habéis escrito lo que ha dicho hasta ahora el acusado?”

      Pero cuando observa las carcajadas del público que asiste a la audiencia y se divierte con la confusión, cree que Quasimodo le ha faltado el respeto con una réplica irreverente y le dice indignado:

      “-Respuesta es esa que merecería la horca. ¿Sabéis a quién habláis?”

       Llega en ese momento el Preboste, superior del Oidor, quien, advertido por éste de la supuesta irreverencia, recrimina al pobre sordo jorobado. El acusado, a su vez, suponiendo desdichadamente que le pregunta sus datos, le responde que se llama Quasimodo, campanero de Nuestra Señora y que cree que cumpliría veinte años para el día de San Martín.  Ante las nuevas risotadas del público, el Preboste se enfurece y exclama:

      “-¿Te burlas también de mí pícaro redomado? Llevaréis a este tuno a la picota de la Greve y me lo azotaréis de firme y le daréis vuelta en la rueda por una hora.”

      Cuando todos se retiraban, el Escribano, apiadado del pobre Quasimodo,  se acercó lo más que pudo a  Maese Florian Berberdienne y le dijo:

      -“Este hombre es sordo.” Y el magistrado entonces le contestó:

      - “¡Ah… Ah! Eso es diferente. Yo no lo sabía. Una hora más de picota en todo caso.” (Víctor Hugo  “Nuestra Señora de París” Ed. Dalmau Socias –Barcelona- 1980 T. I p. 232 y ss.)

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      Pero no todo en la Alta Edad Media fueron tinieblas y crueldades. Aquel oscuro sentimiento de justicia que, ya sea mística o supersticiosamente –en el peor de los casos- se trataba de remontar al Más Allá, llevó a juglares y trovadores a dar vida con sus canciones y poemas de gesta, a toda una grey de personajes justicieros que sobre la tierra desplegaban los valores de la galantería.

      Ese sentimiento, en buena parte ajeno al Derecho de la antigüedad, se trasmitiría al Derecho moderno. Dice Montesquieu: “De aquí nació el maravilloso sistema de la caballería. Todas las mentes se abrieron a aquellas ideas. En las novelas se habla de paladines, nigromantes, hadas, caballos alados o inteligentes, hombre invisibles o invulnerables, magos que intervenían en el nacimiento y la educación de los grandes personajes, palacios encantados y desencantados; en nuestro mundo apareció un mundo nuevo, quedando para los hombres vulgares el curso ordinario de la naturaleza. Paladines que iban siempre armados, conseguían honores castigando la injusticia y defendiendo a los débiles en una parte del mundo poblada de castillos, fortalezas y bandidos. De ahí también en nuestras novelas la galantería basada en el amor y unida a la fuerza y protección. Cuando se creyó en la existencia de hombres extraordinarios que al ver la virtud unida a la belleza y a la debilidad iban a exponerse por ella a los peligros y agradarla en las acciones ordinarias de la vida, nació la galantería” (Ob. cit. p. 373)

      A ese linaje pertenecen los Roldán, los Percival, los Amadís de Gaula, los Reynaldos de Montalbán –reales o imaginarios- y, por supuesto, aquel Caballero de la Triste Figura , Don Quijote, a quien Cervantes hizo recuperar su cordura para marcar el  fin de la Edad Media , cuando ya se entraba en el Renacimiento. A punto de morir dijo Don Quijote, reconociéndose al fin como Alonso Quijano: “que ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño”

Pero la humanidad no ha terminado de salir de la Edad Media. Y si no ¡que lo digan Harry Potter y los personajes de Tolkien!

 

                                        

                                    Caballero Cruzado según un antigua imagen.

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El conteo comenzó el 1/1/2014