Cristóbal Colón

 Por Washington Bado

 

Cristóbal Colón en el momento de su mayor gloria: el descubrimiento de un Nuevo Mundo. Sobre su final escribió Fray Bartolomé de las Casas: “Murió desesposeído y depojado del estado y honra que con tan inmensos e increíbles peligros, sudores y trabajos había ganado, desposeído ignominiosamente sin orden de justicia, echado en grillos, encarcelado sin oírlo ni convencerlo ni hacerle cargos, ni recibir sus descargos, sino como si los que juzgaban fueran gente sin razón, desordenada, estulta, estólida y absurda y más que bestiales, bárbaros.”

 A cambio de cuentas de vidrio se llevó el oro de los nativos e inició con ellos el comercio de esclavos en América. Pero no se le juzgó por eso. En realidad, con su aventura había desafiado la seguridad del Imperio con el que había contratado casi en un pie de igualdad.

 

EL JUICIO DE LA AVENTURA

 

      Trescientos cincuenta años antes de Cristo, Platón les contó a sus discípulos la historia de la desaparecida Atlántida, que podía haberse hundido en el mar, al Oeste de Europa, más allá de las Puertas de Hércules. Uno de ellos, Aristóteles,  intuyó que una distancia relativamente corta separaba al Este de Asia del Poniente de  Europa. Más tarde,  Ptolomeo llegó a pensar que África se extendería hasta un polo ubicado hacia el Sur. Pero todo eran meras suposiciones. Muchos pensaban que el mundo era redondo y el florentino Toscanelli llegó a calcular que la tercera parte de la cintura de ese globo, separaba a Oriente de Occidente. Pero solo un navegante, alimentó la idea –surgida tal vez como un sueño en alguno de los viajes en que puso proa hacia el Poniente- de que el mar no era infinito, la tierra redonda y que se podía llegar desde la península ibérica hasta las Indias, el país de las especias –tan costosas e indispensables en ese tiempo- navegando hacia esa dirección. Ese hombre fue Cristóbal Colón.

      Aunque han quedado de él doce retratos, de escasa fidelidad por ser muy posteriores a su muerte, su contemporáneo, el clérigo Francisco López de Gómara, lo describe así: “Era hombre de buena estatura y membrudo, cariluengo, bermejo, pecoso y enojadizo y crudo y que sufría mucho los trabajos.” (“Biblioteca de Autores Españoles” –Madrid- 1946-T. XXII p. 165)

      El nacimiento y hasta la verdadera identidad de Colón han sido y siguen siendo objeto de ardiente discusión. La versión más divulgada y que los italianos desde luego hacen suya, afirma que Colón era genovés, que su verdadero nombre era Cristóforo Colombo y hasta muestran a quienes llegan a la bella y muy marinera ciudad “xeneize”, capital de la Liguria , la pequeña casa donde habría nacido, con un primoroso patio de columnas. Otros afirman que era portugués, descendiente de un judío converso y no faltan quienes sostienen que era gallego o catalán. La verdad es que su extraña firma, que se ha conservado en múltiples documentos, no representa la grafía del nombre y apellido que se atribuía. Puede transcribirse así:         

                                                            . S .

                                                        .S.  A  .S.

                                                        X   M   Y

                                                   : Xpo FERENS .

 

      Como se ve, más se parece a un verdadero acertijo con caracteres cabalísticos y se presta a que pueda interpretarse de otra manera. Así lo hace Alfredo F. de Mello –recogiendo la opinión de Mascarenhas-  quien sostiene que era portugués, de origen judío y antecedentes nobiliarios que lo emparentarían con la reina Leonor de Portugal.  Según este autor su verdadero nombre sería Salvador Fernandes Zarco. (“El verdadero Colón” Ed. del autor –Montevideo- 1997)

       También se discute que haya sido el primero en llegar a América –logro que los escandinavos atribuyen a los vikingos- y hasta el mérito de haber sido el autor de sus ideas. Pero, por más que se quiera decir que el secreto se lo arrebató a un náufrago en la isla de Madeira, como lo hace el citado López de Gómara (ob. Cit. P. 165) o que interceptó las cartas de Toscanelli, nada ni nadie le podrán  arrebatar la gloria de su aventura.

      Colón cometió muchos errores, ya se sabe. Uno fue el de creer que no se podía llegar a Asia rodeando la costa de África y doblando el Cabo de Buena Esperanza, como lo hiciera Vasco da Gama, poco después. Pero el más grande fue el de creer que Asia y Europa ocupaban las dos terceras partes del globo terráqueo y que solo setenta y cinco grados separaban a una de otra. Por eso, a pesar del éxito de su aventura, murió convencido de que había llegado a Asia, sin comprender que se trataba de otro continente, que se llamaría América en homenaje a Américo Vespucio, el primero que aparentemente la identificó.

       Pero esos errores alimentaron su tesón y fueron los que lo llevaron de una corte a otra con sus mapas, astrolabios y esferas, de fracaso en fracaso,  hasta convencer a la reina Doña Isabel de Castilla, que empujó a su esposo, Don Fernando de Aragón, para montar la expedición de aquellas tres pequeñas carabelas que un 3 de agosto zarparían del puerto de Palos –hoy un pueblito simpático y mínimo en la costa de Huelva- para llegar al Nuevo Mundo, el 12 de octubre de 1492.

      El 17 de abril de ese año se había firmado el contrato que ligaría a Cristóbal Colón con las Coronas de Castilla y Aragón, por el cual se le otorgaría el cargo de virrey y gobernador de las islas o tierras que descubriera; el título de almirante de la mar océano; la décima parte de todas las riquezas, ya fueran mercaderías o joyas que se adquirieran; el derecho de propiedad sobre la octava parte de las tierras que se ganaren y sus beneficios; la facultad de ser juez en ellas sobre las causas comerciales que surgieran en ocasión del tráfico con las nuevas posesiones y el derecho de enviar una terna a los reyes para que ellos eligieran el gobernador de cada isla o provincia. (ob. Cit. Bartolomé De las Casas “Historiadores de Indias” p. 174)

       Lo que había pedido y en definitiva conseguido Colón de los Reyes era demasiado, y eso fue lo que demoró que se otorgara la escritura. Esto  ha llevado a pensar que los reyes no confiaban demasiado en el éxito de su expedición o que no perderían demasiado con el fracaso. También debe preguntarse: ¿si el objetivo del viaje eran Catay y Cipango, o sea la China y el Japón –reinos poderosos- sobre qué países iba a poder ser virrey Colón?

      En cuanto a la financiación, se convino que el Almirante cubriría la octava parte de los gastos de la expedición y Castilla los siete octavos restantes. Es versión corriente, recogida por Las Casas, que la reina tuvo que empeñar sus joyas para cubrir aquella suma, pero no de da por cierto. En cambio se admite que la corona de Aragón también adelantó buena parte de ella. En cuanto a don Cristóbal, que a la salida del convento de La Rábida para ir al encuentro de la reina se encontraba en la indigencia -al punto que Fray Pérez le hizo un donativo- es probable que no pudiera dar nada y que su parte fuera cubierta, como se afirma, con fondos de los hermanos Pinzón y del Duque de Medinaceli, uno de sus mentores, sin excluir que el carpintero Pedro Margarite también lo ayudara.  Otros afirman que fueron banqueros judíos, genoveses y florentinos.

      Tanto los detalles del contrato –que se conocen como Capitulaciones de Santa Fe-  como los pormenores de la financiación del viaje y las personas involucradas, serán elementos fundamentales a la hora de comprender las razones que llevaron a que Colón –luego del éxito de la aventura en la que tan pocos creían- entrara en dificultades con la propia Corona española y con varios de quienes lo acompañaron en sus viajes.

      Es probable que Colón se imaginara las zozobras que lo esperaban en la mar, pero no las que lo aguardaban en la tierra que descubriría.

 

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      En los preparativos de su primer viaje, Colón, acompañado por los hermanos Pinzón, recorrieron las muelles de Palos, tratando de encontrar una tripulación apropiada. Como se sabía que eso era difícil, estaba autorizado para reclutar criminales en las prisiones y por más que prometiera villas y castillos a los marineros libres, solo consiguió alistar a ciento veinte hombres, de los cuales veinticuatro eran convictos. Se debe suponer que los otros tampoco eran muy santos, aunque sí seguramente muy intrépidos. Esto tendrá que ver con los sucesos que después ocurrieron.

       Viajaban además como pilotos Pedro Alonso, Sancho Ruiz y Bartolomé Roldán, como Escribano Don Rodrigo de Escobar o Escobedo, como Alguacil Don Diego Arana de Córdoba, hermano de una de las mujeres de Colón y en carácter de delegado regio, Don Rodrigo Sánchez de Segovia. Como cartógrafo lo hacía el ya reconocido Juan de la Cosa. Eran todos hombres. No viajaba ningún cura.

     De las tres embarcaciones que se hicieron a la mar, “ La Pinta ” iba capitaneada por Martín Alonso Pinzón, “ La Niña ” por su hermano Vicente y la más grande –aunque de apenas 170 toneladas- era comandada por el propio Almirante. Había sido rebautizada como “Santa María”, después de haberse llamado originalmente “Marigalante” o “La Gallega”, según otros . Dicen que los cambios de nombres en los barcos traen mala suerte: esta fue la que primero sucumbió, en lo que ahora se conoce como “el triángulo de las Bermudas”. Sobre este lugar, dicho sea de paso, los “ufólogos” recuerdan que Colón y sus compañeros, la noche anterior al descubrimiento, vieron una luz que se desplazaba velozmente, que no era una estrella y desapareció en la oscuridad.

      Colón viajaba con un pasaporte de los reyes españoles dirigido a los Señores de Cipango y Catay –Japón y China, los reinados de Oriente a los que supuestamente se dirigía- donde era presentado como “Nobilem Cristoforum”, pero significativamente llevaba también los famosos collares de cuentas de vidrio, espejos y otras naderías, que trataría de cambiar por el ansiado oro. Esto ha llevado a pensar que ya sabía quienes lo esperaban –los salvajes que trataría de engañar-  pues debe suponerse que a aquellos príncipes orientales, cuya grandeza ya se conocía por Marco Polo, les llevaría costosos regalos y no esas baratijas. (Cfr. Alfredo de Mello ob. Cit. P.121)

      Este primer viaje, fuera de la inquietud de la tripulación que el Almirante supo manejar, engañándola en cuanto a las distancias recorridas, no tuvo mayores peripecias. A treinta y dos días de haber comenzado la aventura tocaron tierra. El 12 de octubre Colón estrenaría su encumbrada dignidad de virrey en la isla de Guanahaní, que conquistaba para la Cruz y la Corona , besando la playa, desenvainando su espada y haciendo ondear el estandarte real que clavó en la arena. Bautizó aquella tierra como San Salvador.

      Entre asustados y curiosos, aparecieron entonces en la playa los primeros aborígenes. Desnudos como estaban, podrá comprenderse su reacción cuando vieron a aquellos extraños hombres, con sus armaduras, arcabuces, lanzas y estandartes. Colón los describe así: “todos mancebos y todos de buena estatura, gente muy fermosa…Las piernas muy derechas, todos a una mano, y no barriga, salvo muy bien hecha…Traían ovillos de algodón filado y papagayos y azagayas, y otras cositas que sería tedio de escrebir, y todo daban por cualquier cosa que se les diese. Y yo estaba atento y trabajaba de saber si había oro, y vide que algunos de ellos traían un pedazuelo colgado en un agujero que tienen en la nariz, y por señas pude entender que yendo al Sur o volviendo la isla por el Sur, que estaba allí un rey que tenía grandes vasos dello, y tenía muy mucho” (“Diario de Navegación” -Historiadores de Indias- Bruguera- Barcelona- 1971 p.229)

     ¡A Colón solo le interesaba el oro! Era muy tacaño (lo que podría confirmar que verdaderamente era genovés) y hasta se quedó con el premio -un justillo de terciopelo- que prometiera a quien primero divisara tierra…Y más tarde también se quedó con el  premio de diez mil maravedís  prometido por los reyes, lo que hizo que el marino Juan Rodríguez Bermejo, a quien se reconocía ese mérito, desilusionado, terminara convirtiéndose en musulmán.

      Ha llamado la atención de los analistas el desinterés de Colón por entrar en detalles respecto de su descubrimiento, lo que reafirmaría la tesis de quienes han sostenido -como López de Gómara- que ya estaba informado y no se sentía como un verdadero descubridor. “Aquí nace el oro que traen colgado a la nariz, mas no por perder tiempo quiero ver si puedo topar a la isla de Cipango” –escribió Colón en su diario. “Unos nos traían agua; otros, otras cosas de comer…y entendíamos que nos preguntaban si éramos venidos del cielo…”  Aquellos salvajes a quienes llamarían erróneamente “indios”, se manifestaban en una actitud superior a los civilizados recién llegados. Les ofrecían lo que tenían, “que de buena gana daban por un cascabel destos de pie de gavilano y por cuentecillas de vidrio”.(id. P.237) Lo que les daba Colón, por propia confesión “no valía 4 maravedís.” Pero, si bien lo pensamos, para los indios que no conocían los maravedís, no tenían ni habían visto nunca  nada de eso y no valoraban tanto el oro que deslumbraba a los españoles -de acuerdo a las leyes que hoy llamamos de mercado- aquel intercambio no los dejaba como tontos. Que no lo eran. Dejaba sí a los españoles como abusadores. Y el propio Colón sospechó que se burlaban de ellos cuando los mandaban de un lado a otro, en busca desesperada de aquel metal dorado que ellos colgaban de sus narices. Entonces decidió ir a la isla de Cuba, de la que tanto le hablaban, “que creo debe ser Cipango…pues veo que aquí no hay mina de oro…” dice en su diario del 23 de octubre. Pero los nativos ya habían empezado a odiarlos, sobre todo cuando los vieron abusar de sus mujeres, valiéndose de sus armas y dando rienda suelta a sus deseos carnales. Comprendieron que aquellos salvajes que no los entendían, no habían venido del cielo.

      Colón bordeó Cuba -en la que por supuesto no encontró el monte Fuji- la llamó entonces Juana y continuó su viaje exploratorio, que lo llevó a otra isla que bautizó como Isabela. Mientras tanto, Pinzón, que se había cortado solo con La Pinta , descubría Haití, donde encontró el ansiado oro, lo que contrarió al Almirante, que la bautizó después como Hispaniola.

      Estaba resuelto retornar a Europa, pero en las últimas andanzas, una noche, después de un festín en el que se había agasajado a Guacanagarí, -cacique que colaboraba con los españoles- en ocasión de la Navidad , todos se fueron a dormir dejando a un grumete al frente de la nave capitana, la Santa María. La nave fue arrastrada a un banco donde quedó encallada y ya no se le pudo recuperar. La Pinta se había ido y ya no le quedaba a Colón nada más que la frágil Niña, para emprender el retorno a España, que todos ansiaban. Pero como no todos podían ser transportados en ella, resolvió el Almirante construir con el maderamen de la nave siniestrada un fuerte al que llamaron de la Navidad , donde permanecerían los que no pudieran embarcar, al mando de Diego de Arana. Con él quedarían un médico, un carpintero de ribera, un tonelero, un escribiente, un calafate, un sastre y unos treinta hombres más, a la espera del retorno de las huestes españolas.

       El 4 de enero de 1493, el Almirante se decidió a levar anclas. Poco después se encontró con La Pinta , comandada por Pinzón. Pero la aventura no había terminado. Ya de regreso, hicieron un alto forzado por la falta de vientos y allí trataron de comerciar con los naturales, estafándolos como era su costumbre. Pero esta vez las cosas no salieron bien. Pese a la inferioridad de sus armas, apenas con arcos, flechas y mazas, los indios se decidieron a atacarlos y así fue como el l3 de enero de 1493 se libró la primera batalla por la libertad de la América que todavía no se conocía como tal, pero ya estaba siendo conquistada. Los indios cayeron muertos y prisioneros. Los españoles no tuvieron bajas. Contra su voluntad, cuatro indios fueron subidos a la carabela, que se sumaron a los tres que ya estaban, como “ejemplares” nativos, entre palmeras y papagayos a los que ya se le había enseñado a decir palabrotas, para ser exhibidos ante la Corte. Y el 16 de enero dejaron la tierra americana con rumbo a España. 

                                  

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      Los malos vientos que –que ya estaban también en sus mentes- se encargaron de separar definitivamente a Colón y Martín Yánez Pinzón. La pobre “Niña”, frágil y ya muy destartalada, arrastrada por tormentas fue a dar a las islas Azores y después al estuario del Tajo, recalando al final en Lisboa. Otra tormenta arrastró a la “Pinta” de Pinzón a Galicia. La llegada de Colón a Portugal, donde fue recibido por el rey Juan II, le valió la molestia de los Reyes Católicos y  suspicacias por su condición de “extranjero” que lo seguirían hasta el fin de sus días, siendo la causa de no pocas de sus dificultades.

      Pinzón, que probablemente alentaba la esperanza de ser el primero en entrevistarse con los reyes españoles y que responsabilizaba a Colón por la pérdida de la Santa María , por muy poco no lo consiguió. Murió el 20 de marzo de 1493. Colón en cambio fue recibido triunfalmente en Barcelona.

      Pese al escaso aporte de oro y más allá de las especies exóticas –entre ellas los indios- que despertaron curiosidad y admiración, la experiencia abría una gran puerta de esperanzas, en un momento en que los Reinos de Castilla y Aragón se afianzaban  por la victoria frente a los moros. Así lo reconocería el Papa Alejandro VI en su Bula del 3 de mayo de 1493, que le otorgaría a los reyes de Castilla y Aragón, el señorío de las islas y tierras situadas al poniente de una línea distante cien leguas hacia el oeste y sur de las islas Azores y Cabo Verde, que no fueren poseídas por otro rey o príncipe cristiano. Fue por ello que rápidamente se montó una segunda expedición, comandada nuevamente por el Almirante, que ahora exhibía además, orgullosamente, el blasón señorial que los Reyes Católicos le habían otorgado.

      El 24 de septiembre de 1493, diecisiete embarcaciones, esta vez, con un total de mil quinientas personas a bordo se hicieron a la mar, con destino a lo que ya se llamaba “las Indias”. Embarcaban fuerzas armadas bien pertrechadas y por primera vez caballos –que tan importantes serían militarmente- además, de vacas, corderos, cochinos, gallinas y numerosas semillas y plantas, entre otras la vid, destinada a la elaboración de vino, tan indispensable para los españoles. Empezaría así el primer intercambio agropecuario, ya que en el primer viaje se habían traído a Europa, patatas, maíz, tomates y ajíes, entre otros vegetales de las Indias.

      El primer contingente humano destinado a colonizar el Nuevo Mundo, estaba encabezado, además del Almirante -quien viajaba también como virrey y gobernador- por el Alguacil Mayor (Jefe de Policía)  Pedro Fernández Coronel y como Contador Mayor, Bernal Díaz de Pisa –la fuerza y los números- más dos escribanos y un tesorero, todo lo que indica las seguridades que querían tomar los reyes. En Sevilla, su hombre de confianza, Juan Rodríguez Fonseca, sería el encargado de atender las necesidades de la nueva colonia que se fundaría.

       Aunque no ha quedado registrado se sabe que viajaron por primera vez mujeres y por lo menos dos centenares de criados, que, aunque sin sueldo oficial, acompañaban a sus amos a la aventura. Entre los caballeros figuraban el doctor Diego Álvarez Chanca, el cosmógrafo Juan de la Cosa , que repetía el viaje, Juan Ponce de León, futuro descubridor de La Florida , Pedro de las Casas, padre de Fray Bartolomé, Pedro Margarite y Alonso de Ojeda que no pocos disgustos le darían a Colón.

      Viajaban también por primera vez curas, encabezados por el catalán Fray Bernardo Buil, con la misión –especialmente recomendada por la reina Isabel a Colón- de evangelizar a los nativos. Acompañaba a Don Cristóbal su hermano menor Diego y más tarde se le unió el mayor, Bartolomé, que fue nombrado Adelantado. El Almirante, que como tantos otros grandes hombres se sentiría profundamente solo, confiaría en ellos más que en nadie.

      Antonio de Torres sería el encargado de retornar a la metrópolis, doce de las diecisiete naves, tan pronto como se hubiera fundado la nueva colonia.

      Como es de imaginar, lo primero que se hizo fue tratar de ubicar el fuerte de la Navidad , pero lo hallaron totalmente destruido, habiendo muerto los treinta y nueve cristianos que habían quedado del viaje anterior. ¿Qué había pasado? Se decía que el cacique Caonaobó había sido el responsable del ataque que Guacanagarí no había podido impedir. Pero Colón tenía su respuesta: los cristianos no habían cumplido sus órdenes y probablemente habían violentado a las indias. Lo atestiguaban una gran cantidad de bebés mestizos.

      Cuando de Torres retornó,  en febrero del año siguiente, fue portador de aquella terrible noticia, pero además, muchos de quienes volvieron se encargaron de divulgar la versión de que no se encontraba oro, ni especias, los colonos pasaban privaciones y las enfermedades empezaban a hacer estragos, entre otras la sífilis.

      Colón se enfrentó primero con el contador Bernal de Pisa, que al parecer lo sorprendió en alguna irregularidad por lo que intentó una pesquisa. El virrey, utilizando sus potestades, le instruyó a su vez un proceso –el primero de que se tuvo noticia en estas tierras- cuando descubrió que intentaba regresar a Castilla, con un grupo de descontentos, tratando de apoderarse de una nave. Más tarde se enfrentó a Pedro Margarite, a quien había nombrado alcaide del Fuerte de Santo Tomás, en la difícil región del Cibao que regenteaba Caonaobó.  Margarite regresó a España en la primera oportunidad que tuvo, dejando librados a su suerte (que era la del pillaje y la concupiscencia) a la soldadesca que comandaba. Por último, Colón terminó por pelearse con el cura Bernardo Buil, quien le reprochaba “los castigos que en los hombres hacía, o porque apretaba más la mano en el repartimiento de los bastimentos… o porque a él y a sus criados no daba mayores raciones como se las pedía.” Colón les rebajó aún más la ración a los frailes. (Cfr. Consuelo Varela “La caída de Cristóbal Colón” -Ed. Marcial Pons –Madrid- 2006 p. 24) Pero Buil había sido designado nada menos que por el Papa Alejandro VI y por eso, a su regreso a España, junto con Margarite, se transformó en un fuerte enemigo para Colón, a quien oirían además los reyes “lo más presto que ser pudiere”.

      Colón a su vez se quejaba de que seglares y religiosos eran gente “perdida” que había acudido a las Indias con el único propósito de enriquecerse “sin trabajo ni pena”. (C. Varela ob. cit. P.27) Esto se lo decía a los soberanos en una carta que les hizo llegar aprovechando el segundo viaje de retorno de Antonio de Torres, en donde les comunicaba que en ningún momento había obstaculizado su oficio y que todo lo relacionado con la contaduría estaba documentado.

      En esa oportunidad Colón cometió un terrible desvío, el que peor lo deja frente a la historia, al fletar un cargamento de quinientos esclavos consignados a Fonseca, que iría acompañado por su hermano Diego que retornaba a España. Por mas que se tratara de los sanguinarios guerreros de Caonaobó, capturados en la campaña librada contra él y que terminó con su ajusticiamiento, nada ni nadie le permitía al Almirante proceder de esa manera, al peor estilo de la antigüedad grecorromana. Los reyes lo entendieron así, pese a lo cual se afirma que los esclavos fueron subastados como tales en Sevilla. Se sabe también que el tráfico de esclavos indios continuó.

      Entretanto, Colón se propuso fundar la nueva colonia en La Española y más precisamente en la cercanía de las minas en donde ya Pinzón había encontrado abundante oro. Mientras él combatía a los indígenas que cada vez se sublevaban con mayor brío –en tanto se convencían de que los cristianos habían llegado para quedarse- su hermano Bartolomé llevó a cabo la fundación de la nueva colonia que se llamó Santo Domingo.

      Pero las exigencias tributarias para con los nativos que estos al principio habían aceptado mansamente, se volvían cada vez más imperiosas, hasta resultar intolerables. Se pretendía que los indios mayores de catorce años debían entregar cada tres meses, un cascabel o campana lleno de pepitas de oro o de lo contrario el equivalente en fardos de algodón. Muchos españoles consideraban que no habían llegado a la Indias para trabajar la tierra y Colón dictó un bando autorizándolos a tomar a su servicio, en condiciones de verdadera esclavitud, a cuantos indios necesitasen. Esto favoreció una explotación inicua y los indios terminaban por sublevarse, a riesgo de sus vidas o huir hacia los montes. Colón ordenó las primeras ejecuciones y habiendo perdido la vida algunos españoles, se juramentaron estos para que por cada cristiano que cayera se matara a cien indios. (Cfr. C. Varela ob. Cit. P. 30) Todo esto en el peor estilo de las más crueles ocupaciones que recuerda la historia. Pero nada de ello sirvió. Se perdieron entonces los sembrados y el hambre terminó por hacer presa de aquella gente.

      Los reyes lo supieron quizás demasiado tarde. Como dato curioso cabe consignar que, aduciendo dificultades económicas, fomentaron el envío de remesas por familiares de los colonos que permanecían en España, al par que enviaron a una especie de veedor, Juan Aguado, con el cometido de realizar una primera pesquisa sobre la administración colonial. Pero tampoco estas medidas dieron mayores resultados, salvo que Colón se resolvió a acompañar a Aguado, de regreso a España, cinco meses después, para rendir cuenta de sus actos directamente a los reyes. Esto lo hizo  valiéndose de dos carabelas construidas con los restos de las que había destrozado un temporal.

      Colón y Aguado desembarcaron en Cádiz el 11 de junio de 1496. De las mil quinientas personas que habían llegado a las Indias en el segundo viaje, las que permanecían en ellas no llegaban a cuatrocientas. Muchas habían retornado, pero la gran mayoría habían quedado sepultadas en aquella tierra lejana, en la que Colón seguía creyendo ubicar a las esquivas Catay y Cipango.

      Un sueño había empezado a desvanecerse. Pero Colón estaba muy lejos de darse por vencido.

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      El contrato que Colón otorgara con las coronas de Castilla y Aragón –las capitulaciones de Santa Fe-, estaba firmado por los soberanos en la forma de estilo: “Yo el rey; yo la reina” El otorgamiento era certificado por el notario Juan de Coloma. Hay que recordar que un célebre aforismo de la época, rezaba: “Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando”, pero, como pasa siempre cuando una mujer y un hombre comparten el poder, al final se hace lo que quiere la mujer… Castilla y Aragón eran dos reinos, unidos por el sacramento del matrimonio de sus soberanos, en una incipiente España que había dado el paso fundamental hacia su grandeza, un año antes del descubrimiento, con la conquista de Granada y la huida de Boabdil, el último rey de los moros.

     Pero las finanzas habían quedado muy comprometidas, el tesoro real estaba exhausto y eso –seguramente más que la cuestión religiosa- llevó a la expulsión de los judíos, para quedarse con sus riquezas y evitar el pago de las deudas contraídas con ellos. El día anterior a la partida de Colón en su primer viaje, había vencido el plazo para que salieran los judíos de España. Inmediatamente la Inquisición con el cruel Torquemada a la cabeza, empezaría a perseguirlos.

      La obsesión de Colón por el oro puede tener esa explicación –tenía que justificarse ante quienes habían organizado el viaje-  aunque no debe descartarse la ambición de los exitosos reyes por lograr nuevas conquistas. Tanto Isabel como Fernando eran monarcas absolutistas que atribuían su majestad a “la gracia de Dios”; no valían las cortes y sus ministros y consejeros no pasaban de ser meros colaboradores que podían ser desplazados sin miramientos. El pueblo poco contaba. Por lo tanto hablar de responsabilidad del Estado como contratante en caso de incumplimiento, frente a un particular y además extranjero –aunque existieran como tribunales las Audiencias- estaría totalmente fuera de época. Era imposible. La jurisdicción anulatoria de los actos contrarios a derecho o con desviación de poder fue una de las conquistas del derecho moderno.

      Las garantías solo podían darse de príncipe a príncipe y eso, en el mejor de los casos con la intervención de un tercero: la Iglesia. Por más documentos que se hubieran firmado entre los reyes y Colón, todo quedaba librado a la buena fe de aquellos monarcas y eso Colón lo sabía, aunque tomó el cuidado de archivar celosamente la documentación. Esta medida valió que su hijo Diego reclamara después a la Corona , como sucesor, por las posesiones que le correspondían en Darien, entablando un pleito cuyos detalles recuerda Bartolomé de las Casas. El fiscal pretendió entonces que  el mérito del descubrimiento era de los hermanos Pinzón.  Y el ilustre fraile, frente a esa falsedad, se lamentaba de que “muchas veces los oficiales de los reyes, por hacer estruendo de les servir, con perjuicio de muchos, les desirven y a Dios ofenden…” (Ob. cit. “Historiadores de Indias” –Bruguera- p.182)  Pero a su vez también sabían los reyes que Colón –un extranjero del que tan poco conocían y que por algo sólo confiaba en sus hermanos-  podía, llegado el caso, buscar el apoyo de otro príncipe, incluso en forma encubierta. Por eso ya después del segundo viaje prohibieron que la tripulación se integrara con extranjeros.

       La desconfianza y las malas mentas sobre la gestión de Colón habían empezado a dañar su imagen y es probable que allí haya surgido la idea de desplazarlo, incumpliendo aquel contrato del que ya no se habló hasta mucho después. Aún así fue bien recibido, pero debió permanecer veinte meses en España, para obtener lo que quería, una tercera oportunidad, aunque esta vez fueron muchos menos los que se animarían a acompañarlo, algunos con grillos en los pies. Zarparon el 30 de mayo de 1498.

      Mientras duró la ausencia de Don Cristóbal, su hermano Bartolomé quedó como gobernador de Santo Domingo. Su administración fue muy criticada y solo se le recocería como mérito la construcción del fuerte de Xaragua, en la zona donde los indios se mostraban más peligrosos y la lucha que libró contra Caonaobó, hasta aniquilarlo. También se le atribuye que quedó prendado de la mujer de aquél, la reina Anacaona, una especie de Venus del Caribe, que según el testimonio de Las Casas “era una mujer admirable…y muy amable con los cristianos”  y según López de Gómara poco menos que una pérfida licenciosa. Anacaona fue más tarde ahorcada. Las pasiones que despertaba esta reina seductora,  se continuaron al parecer en su hija Higueymota, que fue disputada por Fernando de Guevara, perdidamente enamorado de ella y Francisco Roldán que también la pretendía. La porfía terminó con la prisión de Guevara y el ajusticiamiento de su primo, Adrián de Múxica, que había planeado sin éxito la muerte del rival de aquél.

      Roldán que había llegado a las Indias como hombre de confianza del Almirante, quien le confió una alcaldía, aprovechó su ausencia para encabezar una sublevación en la que prometía tierras, indias a discreción sin cumplir los votos religiosos y sobre todo la destitución de los hermanos Colón, “los extranjeros”. Los sublevados se instalaron en Xaragua y se hicieron fuertes cuando consiguieron el apoyo de parte de la tripulación de dos barcos llegados de España, según el cronista Pedro Mártir “prometiéndoles en vez de empuñar el azadón; tocar tetas de doncellas; en vez de trabajo, placer; en vez de hambre, abundancia y en vez de cansancio y vigilias, ocio.” (Cfr. C. Varela –ob. Cit.p. 40)

      El 31 de agosto de 1498 regresó Cristóbal Colón a Santo Domingo, después de descubrir, sin saberlo, el continente sudamericano, la desembocadura del Orinoco y sobre todo los yacimientos de madreperlas que más tarde despertarían la ambición de Ojeda. Este, alentado por la propia Corona, llegaría con una expedición para hacerse de ellas, en una flagrante violación de sus derechos que indignó a Colón.

    Después de comprender que no podía con Roldán o que por lo menos tenía otros asuntos que atender tras el reencuentro con su hermano, el Virrey  -que ya estaba renunciando a sus atributos- transó con él y le permitió que siguiera gobernando la región que se había atribuido por la fuerza. Esa decisión contribuyó a desacreditarlo.

    Colón, enfrentado a la dificultad de tener que resolver la infinidad de disputas que se producían, les había pedido a los reyes que le enviaran un juez instructor, para ayudarlo en esa tarea. Pero lo que nunca se imaginó es que un día recibiría una simple nota que decía:

      “Don Cristóbal, nuestro almirante en el Océano: Hemos ordenado al  

      Comendador don Francisco Bobadilla que os explique nuestras

      intenciones. Os ordenamos que le deis fe y ejecutéis lo que os

      diga de nuestra parte. Yo, el Rey; yo, la Reina

      Nuevamente las mismas firmas que lucían en aquellas capitulaciones de Santa Fe, pero esta vez para poner en marcha lo que sería la caída del virrey, ya que ni siquiera se le reconocía ese carácter en la misiva. La carta le fue entregada por los emisarios de Francisco Bobadilla, Comendador de la Orden de  Calatrava, que con dos carabelas, la “Gorda” y la “Antigua” y una guardia de 25 hombres había llegado a Santo Domingo el 23 de agosto de 1500, con instrucciones precisas de los reyes de destituir a Cristóbal Colón.

     Como el Almirante no estaba, su hermano Diego que había retornado tiempo antes, trató de impugnar los poderes de Bobadilla. Este, tras contemplar dos cuerpos que colgaban de las horcas, exigió la entrega de los presos que estaban en la fortaleza y sus respectivos procesos. Diego Colón, aduciendo que los poderes de su hermano eran mayores, se negó. Entonces Bobadilla le exhibió la provisión real por la que se le otorgaba la gobernación de las Indias con plenos poderes y se conminaba a todos los habitantes su acatamiento. La exigencia del Comendador de que se abonaran inmediatamente los salarios adeudados a quienes estaban al servicio de la Corona , hizo que la mayoría de los colonos lo apoyara, por lo que no tuvo dificultades en tomar por la fuerza la fortaleza. Enseguida se proclamó gobernador.

 

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      Por mucho tiempo se consideró que la pesquisa realizada por Bobadilla contra Colón se había perdido y esa fue tal vez la razón por la cual, en su abundante historiografía, se aportaron pocos detalles a ese respecto. Pero en esa permanente búsqueda de documentos que caracteriza a los investigadores, recientemente se encontró una copia de esas actuaciones en el Archivo General de Simancas, que la Jefa de dicho Archivo, Isabel Aguirre y la historiadora Consuelo Varela, han dado a conocer en un libro de reciente publicación titulado “La caída de Cristóbal Colón –El juicio de Bobadilla” (Ed. Marcial Pons –Madrid- 2006)

      Es inocultable que este libro, con su fuerte apoyo documental, viene en cierto modo a cambiar en muchos aspectos la imagen de Colón que –más allá de las visiones encomiásticas de los cronistas, Las Casas, Pedro Mártir y de su hijo Hernando- ya merecía algunos reparos.

      Bobadilla no solo destituyó a Colón, sino que lo puso preso junto con sus hermanos, Diego, que lo recibiera y Bartolomé, cuando volvió de Xaragua. Tan pronto como los hermanos fueron encarcelados -en un atisbo de lo que podríamos llamar ahora prisión preventiva- se inició el proceso, el 23 de setiembre de 1500.

       Cristóbal Colón fue interrogado en tres oportunidades en actas que quedaron firmadas. Adujo no tener los antecedentes de los procesos que se seguía a los presos, algunos –los que habían sido ejecutados- por haber sido enviados a Castilla y los otros por ser simples casos de castigo. La verdad era que Colón había hecho oídos sordos a los requerimientos reales.

      Se le pidió luego que entregara el oro y las otras “cosas” que tuviere en su poder,  pertenecientes a los reyes. Colón escurrió la respuesta diciendo que estaba dispuesto a pagar los salarios adeudados y entregar el sobrante. En cuanto al oro, presentó una cuenta jurada que no se agregó a las actas y aparentemente se perdió.

       Pero, evidentemente, las decisiones ya estaban tomadas de antemano y simplemente Bobadilla las ejecutaría, enviando a los tres hermanos, detenidos y engrillados, a España. Y hacia allí partieron las naves que los conducirían el primero de octubre. Don Cristóbal, ya en la carabela, se negó a que le quitaran los grilletes, que quiso conservar para ser sepultado algún día con ellos.

      En una carta posterior, Colón les reprochó a los monarcas –no se puede negar que fundadamente-  que lo hicieran juzgar por alguien que asumiría su lugar de confirmar la gravedad de los cargos. Y agregó que Bobadilla “publicó que a mí me había de enviar en fierros, y a mis hermanos, así como lo ha fecho, y que nunca yo volvería más allí, ni otro de mi linaje… (Ob. Cit. P. 71)

      El Almirante negaba los cargos que se le imputaban: robar las Indias, querer entregarlas a otro príncipe, adulterar las cuentas e impedir que se bautizara a los indígenas para esclavizarlos. Todo era falso según él.

     El juicio prosiguió después de la expulsión de los hermanos Colón. Se llamó a declarar a veintidós testigos, a quienes se les hacían tres preguntas: la primera acerca de si Colón había ordenado reunir gente, cristianos e indios, para ir contra el nuevo gobernador; la segunda respecto de si el Almirante y sus hermanos habían prohibido la evangelización de los indios y la tercera sobre los juicios seguidos e injusticias que se hubieren cometido contra los vecinos. (Ob. Cit. P.73)

       Entre los testigos convocados figuraban personas allegadas a Colón, algunos -como Pedro de Terreros y Pedro Salcedo que lo habían acompañado en todos sus viajes- y fueron después llamados a declarar en el pleito que su hijo siguió más tarde contra la corona. Estos declararon a favor del Almirante. El último de los nombrados ya lo tenía “por uno de los mayores ombres del mundo”.

      Pero fueron más los que declararon en contra, entre ellos, su viejo protegido Diego de Escobar -que lo había traicionado para  apoyar a Roldán-  los que estaban presos por órdenes suyas o Francisco de Montalbán a quien el Adelantado, Bartolomé, había ordenado cortar una mano. El terrible castigo fue porque le había propinado una paliza a Lope de Olano, amigo de Bartolomé,  pero este lo justificaba diciendo que la golpiza se la había dando dentro de la iglesia.

      Más allá de que pudieron hacerse valer tachas –tanto a favor como en contra, si se hubiera seguido un procedimiento regular-  siguiendo las conclusiones de la historiadora Consuelo Varela, debemos señalar que  los testigos coincidieron, en forma casi unánime, en cuanto a que Colón trató de reunir fuerzas para resistir a Bobadilla, primer punto de la pesquisa. Pocos cristianos pero muchos menos indios se mostraron dispuestos a respaldarlo, por lo cual desistió de su intento, que de todas maneras quedó probado. Debe agregarse que, en todo caso, era muy lógico que Colón tuviera esa reacción, aunque sus adversarios le atribuyeran que intentaba provocar una guerra civil y alzarse contra los reyes.

      En cuanto al segundo de los cargos - la oposición de Colón al bautismo de los indios-  la mayoría de los testigos lo confirmaron, incluyendo a Fray Ramón Pané, un ermitaño respetado por su sólida vocación sacerdotal, quien llegó a declarar que no osaba cristianizar, por miedo al Almirante. Se probó también que Colón se reservaba el derecho de decidir a quién se cristianizaba y a quién no y que muchas veces se negó, aún cuando se trataba de indias embarazadas por españoles. Pero lo peor fue que muchos testigos declararon que Colón no consentía que se bautizara a los indios, para poder venderlos como esclavos. Cristóbal Rodríguez llegó a declarar que incluso eran entregados a los colonos como esclavos, en pago de los salarios que se les adeudaban. Cuando se realizó la pesquisa, mil quinientos indios habían sido remitidos para ser vendidos. Estas pruebas concuerdan con documentos de Colón de donde surge que no solo no tenía escrúpulos en cuanto al tráfico, sino que lo consideraba como una fuente de riquezas, porque le atribuía a los indios un valor superior “en fuerza e ingenio” al de los negros de la Guinea. (id. P. 112) Pensaba también que de ese modo los monarcas podían resarcirse de los gastos que demandaba la conquista, aunque es de presumir que también le interesaban las ganancias que eso le reportaría. En descargo del virrey, podría decirse que no hacía más que sumarse a las ideas dominantes en la mala conciencia de su época, pero de todos modos debe reprochársele el cambio que tuvo respecto de aquellos a quienes llamó “gente muy fermosa”, la primera vez que los vio, tal vez porque no pudo conseguir todo el oro que quería obtener en aquellas tierras.

      Por último, diecisiete testigos declararon “sobre lo de la justicia” que había administrado el virrey. Se dijo que había aplicado castigos excesivos por procedimientos sumarísimos y se extendieron en cuanto podía perjudicarlo, atribuyéndole incluso los actos de sus hermanos. La declaración de Roldán fue la peor, pues dijo que respecto de los ahorcados ni siquiera se había hecho una pesquisa y que el Almirante “le enbió a dezir” que matase a los presos sin proceso “pues las sentencias tenían en la frente” (ob. Cit. P. 123). Rodrigo Pérez, lugarteniente del Almirante, lo responsabilizó de otras muertes, como la de Adrián de Múxica, Cristóbal Moyano y Pedro de Alarcón y de tener prevista la ejecución de otros dieciséis detenidos, lo que no se consumó por la llegada del Comendador, cuando ya se les había recibido confesión. Y fuera de estos casos se le atribuían a Colón infinidad de maldades y actos de corrupción en el manejo de los alimentos y el vino –considerado de primera necesidad- en una población hambreada. “Con una vez de vino está la gente harta y alegre” –había dicho antes Colón y se había justificado comentando: “Si habemos de estar al apetito de todos estos, no hay bastimentos para un día…” También se le acusaba de hambrear a los indios, aunque debemos recordar lo que dijera Fray de las Casas: “Como los indios nunca tengan ni trabajen tener más mantenimientos de los que les son necesarios y hacer más de aquello que tengan por trabajo, y los españoles gasten y aún desperdicien en un día lo que ellos comen en diez y en quince…” (“Historiadores de Indias” ob. Cit. P.290) Como se ve, todo parecía ser muy relativo. Pero de lo que no hay dudas es que los Colón implantaron un régimen férreo, aunque en su descargo haya que considerar la mala calaña de la mayoría de aquellos individuos. Sea como fuere, lo grave es que quedó una lista de catorce ejecutados por orden de ellos. Consuelo  Varela concluye que “la imagen del Nuevo Mundo que nos proporciona la pesquisa de Bobadilla contra Colón resulta estremecedora.” (ob. Cit. P.166) Como prueba, el legajo encontrado por Isabel Aguirre, en el que basa sus conclusiones Consuelo Varela, está reproducido al final del libro.

 

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      Los romanos ya distinguían el derecho público del privado. Ulpiano había dicho “el derecho público es el que atañe a la cosa pública; el derecho privado es el que atañe al interés de los particulares.” Pero hay que llegar al derecho moderno, sobre todo al alemán, para distinguir a partir de Jellinek, las relaciones jurídicas de subordinación que caracterizan al derecho público, de las de coordinación que distinguen al privado. Ya en el siglo XX, la necesidad de librar al derecho público de la omnipotencia estatal por “la razón de Estado”, motivó una de las grandes inquietudes de Kelsen que afirmaba la unidad fundamental del Derecho. Pero recién a partir de la jurisprudencia del Consejo de Estado francés se puso freno a la irresponsabilidad del Estado a través de la doctrina de la desviación de poder.

      En las capitulaciones de Santa Fe encontramos un atisbo de los contratos de derecho público y en la pesquisa contra Colón, los primeros fundamentos del sumario administrativo y el derecho de intervención del Gobierno sobre las administraciones descentralizadas, que configuran hoy un capítulo del moderno Derecho Administrativo.

    El proceso seguido por Bobadilla contra Colón no fue un juicio de residencia sino un sumario inquisitorio que se fundó en la reserva de autoridad de los reyes. Pero la sentencia que debió recaer nunca se dictó. El legajo fue remitido seguramente al Consejo Real que también actuaba como Tribunal Superior del Reino y tenía facultades para disponer sobre la jurisdicción delegada y ordenar la pesquisa. El legajo que la Sra. Aguirre ubicó en el Archivo de Simancas, no es el original sino una copia, que circuló entre los miembros del Consejo. (Ob. Cit.p. 176)

      Colón y sus hermanos arribaron a Cádiz el 20 de noviembre de 1500 y un mes después fueron recibidos por los reyes. Las Casas recoge la versión, que la tradición ha repetido, de que los monarcas “hobieron mucho pesar de que viniese preso y maltratado…” y que Colón lloró arrodillado ante doña Isabel. Los reyes le restituyeron sus “rentas e derechos” –como dijo Fernández de Oviedo- “pero nunca más dieron lugar que tornase al cargo de gobernación.”  En el lenguaje jurídico actual, fue un típico acto de gobierno (“fait du prince”), por el cual unilateralmente se dispuso la rescisión, por lo menos parcial, de las Capitulaciones de Santa Fe, en lo que más interesaba a la Corona : recuperar la libre disponibilidad de sus derechos de conquista. Lo que importaba era la destitución del virrey. Ya no hacía falta la sentencia que nunca se dictó.

      Colón quedó conforme. Bobadilla que ya había cumplido su parte, para cerrar el círculo fue también destituido, designándose en su lugar como gobernador de las islas y tierra firme a Nicolás de Ovando, “ecepto en las islas en que tienen gobernación Alonso de Hojeda y Vicente Yañez Pinzón, por otras nuestras cartas”. Esto que demuestra que los reyes eran concientes de que ya habían violado las capitulaciones, cuando aún los obligaban. Como bien lo advierte Consuelo Varela: “Colón había logrado la deposición de su adversario, pero también se había roto, ya definitivamente, su condición de socio monopolista con los reyes. Ya eran imparables las licencias para descubrir y  los nuevos conquistadores iban a ostentar títulos similares a los que antes tan solo él tenía derecho.” (ob. Cit. P. 169)

      También se le restituyeron al antiguo virrey todos los bienes que le habían sido embargados por Bobadilla y en cuanto a las deudas que aquél hubiera podido contraer, se dispuso que con el oro, joyas y bienes que el Almirante tuviere en las islas, se debían abonar los sueldos y de lo que restare, se retuvieran nueve partes para la Corona y una para Colón, de acuerdo a lo que sobrevivía de las capitulaciones. Seguramente a Don Cristóbal le quedó poco.

      Bobadilla recibió de Ovando el mismo trato que Colón recibiera de él. Apenas el nuevo gobernador llegó a La Española le instruyó a su vez una pesquisa. Cuando lo devolvían a España, después de haber quedado “solo y desfavorecido” –como lo recordaría Las Casas-  acompañado nada menos que de Roldán -el otro enemigo de Colón- una terrible tempestad hizo que el mar se tragara la nave en que viajaban. Lo curioso es que la historia recuerda que Colón -que ya navegaba en su cuarto viaje- valiéndose de sus conocimientos y experiencia, predijo el huracán, pero fue desatendido en su pedido de que se detuviera la partida. Su hijo Fernando diría después: “Vi la mano de Dios en aquella catástrofe…”

      ¿Cómo y porqué pudo el Almirante realizar aquel cuarto viaje? Los reyes españoles ya sabían que Vasco Da Gama, doblando el cabo de Buena Esperanza, había llegado a las verdaderas Indias, porque se lo había comunicado el rey lusitano, Don Manuel. La provisión de especias, telas finas y piedras preciosas, que había quedado comprometida por la caída de Constantinopla en 1453 en manos de los turcos, quedaba nuevamente asegurada, pero a través de Portugal. Colón les recordó entonces a los reyes españoles que en su último viaje, al llegar a las costas de Panamá,  había comprobado que, por las corrientes, debía existir un estrecho o pasaje que permitiría llegar directamente a aquellas Indias. Y con ese destino se embarcaría, el 9 de mayo de 1502, con cuatro carabelas pequeñas y una tripulación de 150 hombres. ¡Cómo habían cambiado los tiempos!  Lo acompañaban nuevamente su hermano Bartolomé y su hijo menor, Fernando que tenía apenas 13 años. Su hermano, Diego, se quedó en España donde tomó los hábitos.

      Colón tenía prohibido tocar La Española salvo en caso de extrema necesidad. No era ese su objetivo y los reyes le desconfiaban. El Almirante lo sabía y tampoco se confiaba en ellos. Puso todos sus documentos a buen recaudo con el doctor Nicolo Oderigo, un italiano que había sido embajador y por primera vez se dirigió al Banco de Génova, probablemente para buscar un resguardo.

     El cuarto viaje fue muy penoso para Colón. No encontró el paso que buscaba, desaprovechó la oportunidad de abrirse camino hacia la tierra de los Mayas y Kukulkan, mientras que  -en sus arrebatos místicos-  seguía soñando con Ofir y Jerusalén. Terminó varado en Jamaica, con sus últimas naves encalladas. Casi inmovilizado por un terrible ataque de gota, con la preocupación constante de su hijo, tuvo que enfrentar, con su hermano y unos pocos tripulantes que le permanecían fieles, la rebelión de Francisco  de Porras a quien seguía la mayoría. Después de fracasar en su intento de volver a Castilla a cualquier costo –lo que Colón les había advertido- los sublevados se dedicaron a la depredación y el pillaje entre los indios. Aunque  fueron finalmente dominados y Porras hecho prisionero, el mal ya estaba hecho.

      Los indios que al principio se habían manifestado sumisos  -mientras los cristianos aguardaban noticias de Diego Méndez, que había salido con una canoa a pedir ayuda en Santo Domingo- se rebelaron, negándose a seguir proporcionándoles alimentos y mostrándose sumamente agresivos.

      Pero Colón consiguió engañarlos una vez más; no con cuentas y espejitos de colores, como tantas veces lo había hecho antes, sino valiéndose de su ciencia –la verdadera superioridad sobre los nativos, que entonces como ahora hace que unos pueblos dominen a otros- lo que le permitió predecir la ocurrencia de un eclipse de luna. Reunió entonces a los caciques y tal como lo relata Las Casas les dijo que “quería Dios que viesen de su castigo en el cielo cierta señal, y porque aquella noche la verían, que estuviesen sobre aviso al salir de la luna, y verían como salía muy enojada y de color de sangre, significando el mal que sobre ellos quería Dios.” Los indios que al principio no lo creyeron, quedaron aterrados cuando vieron que el fenómeno se producía. Colón les dijo entonces que hablaría con Dios y se retiró a su camarote. Cuando el eclipse llegó a su punto máximo, sigue Las Casas “salió diciendo que había rogado a Dios que no les hiciese el mal que tenía determinado porque le había prometido de parte dellos que de allí en adelante serían buenos y tractarían y proveerían bien a los cristianos.” Y como vieran los indios que la luna recuperaba su luz y color “dieron muchas gracias al Almirante y maravillándose y admirando las obras del Dios de los cristianos; y así se volvieron con grande alegría todos a sus casas”. (“Historia general de las Indias” Ob. Cit. -Ed. Bruguera- p. 291)

      Y los españoles también volvieron a sus casas. Al parecer –pese a sus pocos escrúpulos cuando mentía sobre sus conversaciones con Dios- las oraciones del creyente Don Cristóbal tuvieron buen destino. Diego Méndez pudo llegar a Santo Domingo y –pese a la reticencia de Ovando que no quería saber nada con Colón- consiguió que les enviaran dos carabelas para rescatarlos.

      El día 7 de noviembre de 1504 retornaron a Sanlúcar de Barrameda los repatriados. Habían pasado muchos meses. Esta vez terminaría definitivamente la aventura de Colón; volvía tan pobre como partiera de Palos por primera vez, doce años antes, pero ahora estaba muy enfermo.

      Veinte días después de su arribo fallecía la Reina Isabel y Colón quedó también definitivamente solo, al perder a quien tanto lo había apoyado y perdonado, frente a un Rey Fernando que se mostraba esquivo y solo lo recibiría en 1505, en Valladolid. El rey le presentaba cuentas con las que trataba de demostrarle que los gastos de la Corona no se compensaban con las tierras que el Almirante señalaba como nuevas conquistas. Tampoco se había conseguido encontrar el paso hacia las verdaderas Indias a las que sólo llegaban los portugueses. Colón mantuvo alguna esperanza con la hija Juana, la heredera de Castilla, que podía tal vez reconocer en él el aprecio que le tenía su madre. Pero la nueva reina, que no tardaría en volverse loca de amor por su marido Felipe el Hermoso, quedando recluida en un castillo, tampoco pudo hacer nada por él.

      Colón se sentía morir y redactó su testamento instituyendo el mayorazgo a favor de su hijo Diego, a quien recomendaría que pugnara por sus desconocidos derechos y se le restituyera el gobierno de la Indias.

      El reconocimiento llegó después de su muerte. Diego fue nombrado Duque de Veragua y asumió como Gobernador y Almirante en La Española ,  pero después de siete años corrió la misma suerte de su padre y fue destituído. Fue entonces que entabló el pleito contra la Corona.

       El último Colón, según De Mello ( ob. Cit. p. 212) fue el nieto de Don Cristóbal, Luis Colón , quien solamente tuvo dos hijas, María y Filipa, por lo cual el apellido se extinguió. En 1664, Pedro Nunes de Portugal, nieto de una de las hijas de Diego, heredó el mayorazgo y los derechos patrimoniales de su tatarabuelo, después de ganar un pleito que duró nada menos que ochenta y seis años, contra los nietos de otra de las hijas de aquél. Según De Mello, como Pedro Nunes no dejó sucesores, la herencia habría pasado a Mariano de Larraetegui y esto lo esgrime el autor como argumento a favor de su tesis de que Colón no era genovés, pues ninguno de los Colombos italianos –que los había-  reclamó ningún derecho. También existiría actualmente un marino de la Armada española, con el mismo nombre y apellido del Almirante, que ha dicho ser su descendiente directo.

Colón murió el 20 de mayo de 1506 y según la tradición sus últimas palabras fueron: “In manus tuas Domine, commendo spiritum deum.”

Sobre su final escribió Fray Bartolomé de las Casas, en su “Historia General de las Indias”:

“Murió desposeído y despojado del estado y honra que con tan inmensos e increíbles peligros, sudores y trabajos había ganado, desposeído ignominiosamente, sin orden de justicia, echado en grillos, encarcelado, sin oírlo ni convencerlo, ni hacerle cargos, ni recibir sus descargos, sino como si los que juzgaban fueran gente sin razón, desordenada, estulta, estólida y absurda y más que bestiales, bárbaros.”(Ob. Cit. P.313)

Si bien todo esto puede considerarse cierto y jurídicamente inobjetable, también lo es que Colón difícilmente hubiera merecido -por sus malas obras que fueron muchas- un fallo absolutorio.

Mucho menos frente a la Historia , más allá del formidable mérito de su aventura.

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Dice el historiador español Juan Eslava Galán, que se ha calculado que durante el  siglo y medio siguiente a la muerte de Colón  “los españoles extrajeron de América unas doscientas toneladas de oro y cerca de dieciocho mil toneladas de plata… España al depender progresivamente del metal americano, no se ocupó de desarrollar su industria y otras formas más racionales de economía” (“El enigma de Colón” –Planeta- Barcelona -1999- p.135). Hoy, con una España desarrollada  que se integró a la Unión Europea, sus descendientes americanos encuentran trabas para ingresar en ella en busca de trabajo y a menudo son expulsados.

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