El crimen de “La Ternera”

 Por Washington Bado

 

Don José Saravia desciende de su automóvil para ser conducido a declarar ante la Justicia. Aunque fue declarado inocente del crimen de su esposa por el último Jurado, permaneció privado de su libertad casi durante ocho años, mientras se tramitó el proceso que condujo a su absolución. El gran drama de la Justicia Penal-como lo eseñara Carnelutti- es que no puede castigar sin juzgar, pero -paradojalmente- tampoco puede juzgar sin castigar . (fotografia publicada en el diario “ El País”).

 

 

 

                                                      

 

Un juicio al último jurado

 

      La institución del Jurado es una de las más antiguas del Derecho Procesal y todavía se mantiene en muchas legislaciones, especialmente las de origen anglosajón. Escriche en su famoso “Diccionario Razonado de Legislación y Jurisprudencia”, lo define como “la reunión o junta de cierto número de ciudadanos, que sin tener carácter público de magistrados son elegidos por sorteo y llamados ante el tribunal o juez de derecho para declarar según su conciencia si un hecho está o no justificado, a fin de que aquel pronuncie su sentencia de absolución o condenación y aplique en este caso la pena con arreglo a las leyes” (Madrid –1875- p.1077). El ilustre jurista español cuenta  que en la mitología greco-romana, ya se mencionaba esta institución en un caso en que el belicoso Marte –hijo de Juno- fue absuelto por un Jurado de doce dioses, convocados por Júpiter, después de haber sido acusado por Neptuno de haber matado a uno de sus hijos,  llamado Halirrothio. El supremo Júpiter se encontraba en un dilema pues sabía que la inflexible Themis - la diosa de la Justicia- lo condenaría, pero a su vez su esposa –la muy mandona Juno- le exigía clemencia en favor de su hijo. Para colmo el acusador, Neptuno, era su propio hermano, con el que ya sabemos que no se llevaba muy bien. No tuvo mejor idea, entonces, -guiado por sus tres ojos que le permitían ver el pasado , el presente y el futuro-  que convocar a un Jurado de doce dioses para que decidieran por su buen sentido, sin tener que responder a la impasible Themis. Marte era defendido por el habilidoso Mercurio y el Jurado, que no quería vérselas con el dios de la guerra ni con la reina de los dioses, absolvió al acusado, porque Mercurio, en un alarde mágico- fosfórico, consiguió que la pruebas se hicieran ... ¡humo! Los demás dioses soltaron malignamente la risa. 

          La mitología, como en tantos otros casos, se anticipó a los tiempos históricos. Pero, yendo concretamente a estos, hay que recordar que el Jurado probablemente nació con la representatividad en la sociedad civil, asociado con la idea de libertad e igualdad. Griegos y romanos  lo conocieron; estos últimos bajo la consigna “par in parem non habet imperium”.

            Pero es en la Inglaterra que surge de la Carta Magna y del “Bill of Rights” donde arraiga en el espíritu cívico, siendo considerado como el mejor sostén para el equilibrio de los poderes públicos, sólidamente asentado en la severidad de sus costumbres.

      De allí pasa a la Francia revolucionaria, donde se estableció como una de las primeras leyes de la Asamblea, con la disposición de resolver por el juicio popular lo que antes se dejaba a las siniestras “lettres de cachet”, que los soberanos absolutistas libraban a sus obsecuentes jueces, que las ejecutaban.

      En Uruguay, en la oscura época del gobierno dictatorial del Coronel Latorre, se le confió al ilustre jurista que era el Dr. Laudelino Vázquez, la elaboración de un proyecto de Código de Instrucción Criminal, que sustituyera a las antiguas normas coloniales, reconocidas por las leyes patrias, que todavía se aplicaban. Don Laudelino era un admirador de Inglaterra que para él, “a pesar de su forma de Gobierno, es el país más libre del mundo” (“Cuestiones Prácticas de Derecho Penal Procesal” –Montevideo- Barreiro y Ramos- 1894- p. 30). No es de extrañar que en el mensaje que acompañaba su proyecto que incorporaba el Jurado al Proceso Penal, dijera: “Es innecesario sostener aquella institución tan eminentemente liberal; creo que entre nosotros ningún hombre pensador podrá desconocer su importancia y su conveniencia” (Código de Instrucción Criminal Ed. 1926 - Claudio García- p. 20)

    El nuevo Código, aprobado por Decreto de Latorre, entró a regir el 1º. De mayo de 1879, instituyendo los Jurados para las causas criminales. De acuerdo a lo dispuesto por los artículos 293 y siguientes, las Juntas Económico Administrativas de cada Departamento (posteriormente los Concejos de Administración) designarían cada dos años una nómina de “ciudadanos de honorabilidad y aptitudes” que desempeñarían los cargos de jurados, luego de ser sorteados. En la segunda instancia de las causas, los miembros del Jurado serían ocho, que actuarían con los tres jueces de derecho que integraran el Tribunal respectivo. El artículo 301 señalaba que “la ley no impone a los Jurados los medios por los cuales pueden formar su convecimiento; sólo les exige la manifestación  sincera de sus opiniones sobre los hechos llamados a juzgar, teniendo en cuenta las resultancias del proceso. Las solemnidades o los requisitos  de derecho en materia de prueba de ningún modo los ligan.” Bajo esta un tanto confusa redacción, Laudelino Vázquez recogía una de las principales características de los Jurados ingleses que es la de juzgar por lo que ellos llaman “evidencia”, que no tiene otras reglas que las del buen sentido; no se necesita de cierto número, calidad o naturaleza de determinadas pruebas, sino de la convicción íntima y personal que se forma cada miembro.

      El jurado debía  pronunciarsre, en primer lugar sobre el hecho constitutivo del delito y en segundo lugar “sobre su autor o cómplices y la responsabilidad que sea imputable a cada uno de ellos.” Las decisiones se tomaban por simple mayoría y en una sola audiencia que podía prorrogarse, cuando la causa fuera voluminosa, sin otro intervalo que los “días de fiesta” y sin que el Jurado pudiera interrumpir sus trabajos, una vez empezada la deliberación, cualquiera que fuera “la hora del día o de la noche”, salvo enfermedad repentina o acontecimientos que pudieren afectar su libertad. El codificador respetó esta curiosa forma de “encerrona”,  una de las características de los jurados ingleses, que  debían fallar por unanimidad, a diferencia de los franceses para los cuales, al igual que en nuestro Código, se admitía la simple mayoría. Increiblemente, se consideraba que el encierro podía favorecer que llegaran más rápidamente al veredicto.

      El juicio por Jurados rigió en Uruguay hasta que la ley No. 9755 del 7 de enero de 1938, los abolió. Inocultablemente esa abolición fue el resultado del juicio popular adverso contra el  último Jurado, que intervino en el famoso caso que pasaría a la historia bajo el nombre de “El crimen de La Ternera”.

 

                                    ____________()____________

 

      El Paso de La Ternera, aún hoy, a comienzos del siglo XXI, es un lugar remoto del Uruguay profundo, a 250 kilómetros de Montevideo, cercano a Santa Clara del Olimar, en jurisdicción rural del Departamento de Treinta y Tres. Piénsese en lo que sería setenta y cinco años atrás. En ese lugar y más concretamente en la estancia que llevaba su nombre, ocurrió el terrible crimen que trataremos de recordar.

      El 28 de abril de 1929 fue encontrada muerta en el patio de su estancia, Doña Jacinta Correa de Saravia, mientras su esposo, Don José Saravia y los peones realizaban una yerra en los campos del establecimiento. Según el parte policial, a las ocho de la mañana, dos sujetos “indiados, de mala facha”, habían llegado diciéndose portadores de una misiva y estando la señora en el comedor, fue arrastada a un galpón, donde se la estranguló, abandonando su cuerpo en el patio, donde fue encontrada por el esposo al volver de la yerra. Don José Saravia, era hermano de Aparicio, el célebre jefe revolucionario blanco, pero en oposición a éste, era ardientemente colorado -al igual que su otro hermano, Basilisio, que lo había enfrentado en el campo de batalla-  siendo  caudillo político de la región de Santa Clara del Olimar. No se encontraban motivos para el crimen, pues nada se había robado y la occisa era una persona mayor, bienquerida de todos.

      Interrogada la sirvienta Martina Silva, que estaba en la cocina cuando llegaron los desconocidos de a caballo, a quienes franqueó la entrada, incurrió en contradicciones y terminó por confesar que el instigador del crimen había sido el propio José Saravia. Según sus declaraciones, primero la indujo a que envenenara a la señora para evitar que se divorciara o separara de bienes, pero como ella no lo hiciera, contrató a dos sicarios, los hermanos Octalivio y Orcilio Silvera -sobrinos de Antonio Silvera, uno de sus encargados- para que le dieran muerte, aprovechando que el personal se retiraba para la yerra. Detenidos los imputados, confesaron inmediatamente la autoría del crimen, atribuyendo la instigación a Don José Saravia, por la promesa de una paga y a su tío Antonio Silvera por la mediación para el concierto delictivo.

      En las declaraciones y careos sucesivos, Saravia negó terminantemente la responsabilidad que se le atribuía, expresándose con violencia contra sus acusadores a quienes tildó de “bandidos y asesinos”.

     La instrucción del Sumario quedó a cargo del Dr. Muñoz Callorda, Juez Letrado de Treinta y Tres y en el Plenario intervino el Juez del Crimen de 2º. Turno, Dr. Francisco Gamarra, eminente magistrado que más tarde integró la Suprema Corte de Justicia. El  Fiscal fue otro distinguido jurista, el Dr. Luis Piñeyro Chain. La defensa de Saravia estuvo a cargo del Dr. Raúl Jude, prestigioso abogado, que además de dirigente deportivo -con una destacada actuación en la época en que Uruguay alcanzó sus primeros y más rutilantes triunfos futbolísticos a nivel mundial- era un importante dirigente del Partido Colorado, del sector que apoyaba al Dr. Gabriel Terra, quien poco después sería electo Presidente de la República. El Dr. Raúl Jude fue  Senador de la República.

      El Juez instructor decretó el procesamiento con prisión  de los implicados confesos, los hermanos Silvera, Martina Silva y también de José Saravia y Antonio Silvera, que continuaron negando las acusaciones de que eran objeto.

.     El caso, por sus características, alcanzó una inmediata y gran repercusión en los medios de prensa de la época y provocó una fuerte reacción en la opinión publica, mayormente contraria a José Saravia,  ya que se le consideraba, de acuerdo a los trascendidos, responsable de la muerte de su esposa.

      Cuando, concluido el Sumario y después de más de dos años de actuaciones, el Dr. Jude pidió la excarcelación de su defendido, expresó al comienzo de su escrito: “he aguardado hasta el presente toda gestión positiva encaminada a obtener la libertad provisoria de parte de sus jueces naturales, porque creía que era indispensable que se diluyera previamente la atmósfera irrespirable y tóxica, diría, que se formó en su derredor desde los primeros instantes al amparo de un folletinismo periodístico que conectó para su mal, con la pasión política...” Era cierto. Todavía estaba estaba muy fresco el recuerdo de la última revolución de 1904, que enfrentara en esos mismos pagos a aquellos hermanos y a sus partidarios, apasionados y violentos. El escenario trágico de Tupambaé, donde se librara la más terrible de sus batallas, no estaba muy lejos.

          El incidente excarcelatorio que se formalizó con el petitorio del Dr. Jude y  la oposición del Sr. Fiscal, dio lugar a verdaderas piezas jurídicas de alto nivel por ambas partes, tan extensas y fundadas, que  fueron incluso publicadas en forma de libro por la Editorial de Claudio García, en el año 1933.

           Finalmente, la Justicia no hizo lugar a la libertad provisional y Saravia, que ya era septuagenario, debió permanecer preso durante ocho años, hasta la finalización del proceso.

                                        _____________()____________

 

      La prueba incriminatoria contra  José Saravia, en la que se apoyaban tanto el Juez que decretó el procesamiento como  el Fiscal que se oponía a la excarcelación, tenía la particularidad de que consistía en la declaración de los propios autores confesos del homicidio. Se planteaba así una discutible cuestión jurídica: ¿podía considerarse eso como prueba válida?

      La defensa objetaba esa validez tanto en lo formal como en lo sustancial. En lo formal por que la ley procesal no la preveía, ya que no podía ser considerada como prueba testimonial y tampoco podía servir de soporte para una prueba presuncional o indiciaria. El Fiscal Piñeyro Chain a su vez replicaba que “las declaraciones de los encausados son verdaderos testimonios y aunque carecieran de algunas formalidades legales, tendrían fuerza probatoria como indicios o presunciones.” Invocaba jurisprudencia y doctrina en su favor.

       Contestaba la Defensa sosteniendo que  no se reunirían los requisitos del artículo 254 del Código de Instrucción Criminal que exigía que los indicios fueran anteriores, concomitantes y posteriores y fundamentalmente,  porque los acusadores tenían interés en el proceso para tratar de aminorar su propia responsabilidad como autores materiales del crimen. En lo sustancial las rechazaba porque entendía que se habían aportado por la Defensa elementos probatorios que contrarrestaban y ponían fundadamente en sospecha aquellas afirmaciones. Los hermanos Silvera dijeron haberse entrevistado con Saravia en el Paso de la Ternera entre las tres y las cinco de la tarde del sábado 27 de abril, con el fin  concertar el crimen –que habían suspendido el día anterior por la presencia de extraños-  para el día siguiente. Allí, según ellos, Saravia les aseguró que se haría el domingo la yerra, para alejar al personal de la estancia.  Sin embargo, tres  testigos aportados por la defensa afirmaban haber visto a Orcilio a las cuatro de la tarde en el Pueblo Olimar y otros que habían visto a Octalivio monteando en otro lugar, lo que volvía imposible que pudieran estar allí a esas horas. Un peritaje efectuado lo demostraba.

       En un careo los hermanos insistieron diciendo que Saravia “montaba una petiza malacara y andaba sin poncho” ese día, lo cual Saravia admitió. ¿Cómo lo sabían, si la entrevista no se hubiera hecho?, argumentaba entonces el Fiscal. Tal vez por otros medios  -contestaba Jude-  porque era habitual que lo hiciera. También afirmaba que era innecesario ese encuentro, resultando inverosímil que Saravia consintiera en que tal entrevista se hiciera en un camino público. Finalmente, otro testigo declaraba haber estado en un lugar cercano toda la tarde, desde donde podía divisar el punto del supuesto encuentro, negando que el mismo hubiera ocurrido. El Fiscal objetaba esas declaraciones asegurando que era una “prueba preparada”  por tratarse de personas allegadas a Saravia, solicitando que se formara pieza separada por falso testimonio. Ambas partes coincidían, sin embargo, en que la existencia o inexistencia de esa entrevista, era un punto clave para la dilucidación del litigio.

      Pero la situación de José Saravia se veía además comprometida por las declaraciones de la sirvienta, Martina Silva. Todos sabían y la Defensa lo admitía que Don José tenía una amante con la que mantenía una relación de más de veinte años. También lo sabía su esposa Doña Jacinta que al parecer lo toleraba. Martina decía que la había mandado matar para irse a vivir con aquella. Quedaba probado que si bien los esposos ya no tenían vida de consuno –la esposa vivía en Montevideo y sólo viajaba esporádicamente a la estancia- el trato seguía siendo cordial; la señora vivía rodeada de comodidades en una quinta y el marido se hacía cargo de todos los gastos. Por ello –argumentaba el Dr. Jude- no tenía sentido que Saravia quisiera eliminarla para irse a vivir con su amante, como lo había afirmado  Martina, ni que la esposa buscara tardíamente una separación de bienes por la vía del divorcio. Para apuntalarlo, se aportó un testamento en el que Saravia nombraba a su esposa como su heredera universal. Según el defensor, se trataba de dos personas muy mayores que lo más probable es que aceptaran un “status-quo” generado por el paso de los años.

      En cambio el Fiscal daba por probado que “Saravia decidió entonces eliminar a su señora para conservar íntegra su fortuna y poder unirse definitivamente con su concubina. Móvil de interés y concupiscencia”, remarcaba.

      Para contrariar la afirmación de que Doña Jacinta había promovido los trámites de separación de bienes,  Jude obtuvo que Rufino Cuadrado - la persona que mencionaba Martina como la encargada de llevarlos adelante-  negara totalmente su intervención en ese sentido. 

      Pero las acusaciones de Martina Silva iban mucho más lejos. Le atribuía a Saravia haber influido para demorar deliberadamente el retorno de su esposa a Montevideo con la finalidad de buscar la oportunidad para hacerla matar y aunque la Defensa proporcionó testigos que declararon en sentido contrario, Pineyro Chaín insistía en que se trataba de testigos falsos, señalando contradicciones.

       Lo más grave era que Martina acusaba a Saravia de que en el mes de marzo anterior la había llamado para proponerle que envenenara a su esposa, prometiéndole a cambio dos mil pesos y cincuenta ovejas y proporcionándole para ello unos “polvos blancos” que sacó de su valija de viaje, con la advertencia de que “eran muy bravos”. Le dijo que los probara con un perro lobuno, cosa que ella no hizo por lástima. Pero tampoco se animó a dárselos a Doña Jacinta cuando llegó a la estancia, lo que motivó que su patrón insistiera para que echara el veneno en el mate, utilizando para ello dos iguales y enterrando luego el envenenado. Como Martina le dijera que la señora ya no tomaba mate con ella sino con “unas negritas”, le contestó que igual se los echara “se joda quien se joda”. Como ella no se animara, más tarde le dijo que el viernes 26 de abril –lo que después se postergó para el 28 por la presencia de un extraño- Octalivio y Orcilio Silvera iban a llegar a la estancia para matar a la esposa, por lo cual debía franquearles la entrada, diciéndole a la señora que le traían una misiva del ya mencionado Rufino Cuadrado.

      Durante un careo, Martina protestó de decir “la verdad, la pura verdad”. Como Saravia replicara: “mentira, mentira de esta china asesina”, ella le contestó: “asesina porque Vd. me quería asesina...no era eso cuando Vd. quería dormir conmigo”. Saravia cerró el incidente diciéndole: “mentira, no es cierto, ¡no faltaba más! (fs. 365 vta.-vista fiscal- ob. cit. Claudio García p.83).

       Estas declaraciones motivaron un severo análisis crítico de la Defensa. La propia Martina Silva reconocía que el veneno sería cianuro de potasio, por el parecido con el  que se guardaba en la casa para combatir las comadrejas, lo que volvía bastante insólito que el inculpado lo trajera en su maleta de viaje desde Montevideo, con los riesgos consiguientes, pudiendo valerse de aquél. El perro lobuno era muy apreciado por Saravia, que lo había recibido como obsequio de un sobrino. Era inconsistente que el supuesto instigador, pudiendo valerse de otros métodos, agregara al crimen la muerte innecesaria de las “negritas” que asistían a su esposa.

       El defensor sostenía que las declaraciones eran falsas, mientras que el Fiscal las relacionaba con la de los hermanos Silvera, afirmando su validez. Su posición se resumía así: “Desde luego que a los Silvera y a la Silva no se le conoce otro móvil para delinquir  que la instigación de Saravia. Basta hacer esta consideración: ¿Qué motivo puede llevar a gente adicta a Saravia y a su propia sirvienta, a matar en plena estancia de Saravia, la señora de Saravia, sino la propia orden de Saravia? ...Eliminada la participación de Saravia del delito, éste queda como un hecho sin sentido, sin explicación. En cambio con la intervención  de Saravia, todos los hechos se explican con toda lógica y precisión.”  (cit. p. 115)

      Pero el Defensor contestaba que hacía falta algo más para condenar a Saravia. También faltaba explicación y sentido para la actitud que se le atribuía, porque –preguntaba- ¿es posible que los criminales queden así, en blanco y que la Justicia deje cerrar con broche de oro el círculo de su augusta armonía?

 

                                    _____________()_____________

 

       Prueba -decía Couture- es “todo aquello que sirve para averiguar un hecho, yendo de lo conocido a lo desconocido.”(Vocabulario Jurídico –1960- Ed. Biblioteca de la Facultad de Derecho). Se le llama “prueba diabólica” a la prueba negativa de un hecho que por lo mismo que no ha existido no deja rastros de su inexistencia. Jude se quejaba que no podía probar la inexistencia de las proposiciones deshonestas que la sirvienta le atribuía al patrón, aunque mintiera.

      Respecto de la trama que surgía de las declaraciones de los coprocesados, reflexionaba: “De admitirse la culpabilidad de Saravia ¿puede pedirse torpeza mayor que la suya, despreocupación más lindera con la inconciencia por todos los detalles, pequeños e importantes que pudieran ser explotados en contra suya.¿Es conciliable todo esto con una preparación tan meticulosa como la que se acusa ...? Hacía caudal entonces de la sagacidad que proverbialmente se le reconocía a Saravia y al gran poder que se le atribuía, que le hubiera en tal caso permitido actuar de otra manera.

      No faltaban tampoco contradicciones entre los declarantes, tanto respecto de la señal que la Silva les había hecho a los criminales para que entraran en la estancia, como de la forma como dieron muerte a Doña Jacinta, estrangulándola con una bufanda, de la que tironearon de uno y otro extremo. Orcilio dijo que él no lo había hecho y culpaba a su hermano.

     En cuanto a que Saravia hubiera planificado la yerra el día anterior, “parando rodeo” para  dejar sola en las casas a las mujeres, existían testigos que declaraban haber sido invitados de antes y la Defensa ponía el acento en que habiendo salido de madrugada, no era concebible que los partícipes hubieran regresado en la mañana, poco después de las ocho cuando se cometió el crimen, sobre todo porque entre quienes acompañaban a Saravia estaban dos oficiales, un capitán y un alférez, que habían participado de la yerra.

      Al no existir  robo, no le resultaba fácil a la Defensa encontrar un móvil para el crimen, que permitiera descartar como tal,  la instigación de Saravia que el Fiscal encontraba como única explicación para los hechos. Se probó que Martina Silva había recibido una reprimenda de su patrona por haber sabido que las jovencitas habían bailado utilizando sin permiso una fonola de su propiedad. Se dijo que un hijo de aquella –al que la Defensa atribuía una conducta misteriosa-  había participado, aunque después no le localizó. Se probó también que Octalivio había tenido un altercado con Don José, tiempo antes durante una esquila y también resultaba de un careo que Orcilio le llegó a decir: “El asesino es Vd....Vd. fue capaz de matar a su esposa y dejar morir de hambre a mis hijos.”

     Pero nada de eso tenía la contundencia necesaria como para que se reconociera la existencia un concierto entre los acusadores, contra José Saravia. Tal vez por eso y en referencia a la “espontaneidad” que el Fiscal atribuía a la confesión de los criminales, el Defensor deslizó que le habían llegado noticias de que “la Martina habría hablado luego de cierta clase de “exorcismos” y en cuanto a los Silvera, antes de hacerlo habrían sido macerados a golpes para que tuvieran la lengua “fácil”

      En todo esto volvía a estar presente el medio ambiente de características semisalvajes en que se desarrollaron los hechos y los ingredientes políticos que inocultablemente rodearon la sustanciación de la causa, al punto de que destacadas figuras políticas fueron llamadas a declarar como testigos, entre otras, nada menos que el Presidente de la República, Dr. Campisteguy y el del Consejo Nacional de Administración, Dr.Caviglia. Con su declaración se probaba que Antonio Silvera iba a ser nombrado Comisario de la zona, por lo que podía suponerse que de existir un propósito criminal de parte de Saravia, hubiera esperado a que se produjera ese nombramiento. Al revés, el Comisario que actuó estaba enemistado con aquél y toda la instrucción del presumario fue objetada por el Defensor, que también recriminó duramente al Juez instructor, por lo que consideraba graves omisiones en los careos y la falta de una apropiada reconstrucción del hecho.

       Colateralmente esto derivó en la denuncia de que un abogado muy allegado al Juez, estaba representando a algunos hermanos de la extinta en su sucesión, por la parte de sus bienes que por indignidad perdería Saravia,  en caso de ser hallado culpable. Se formó pieza separada y la disputa se trasladó a la prensa ante la cual el abogado implicado se apresuró a negar toda vinculación inapropiada, dejando a salvo el buen proceder del magistrado.

      A tres años de iniciado, el legajo del proceso sobrepasaba largamente las mil quinientas fojas.

                                        ____________()____________

 

       La imagen de Saravia era parte fundamental de la litis.  Reconocidas figuras del Partido Nacional lo pintaban con caracteres siniestros y le adjudicaban un perfil de protector de malhechores y contrabandistas, lo que se resumía en una frase que le atribuían al propio Saravia  en el pago: “mi poncho es grande pero ya no alcanza para tapar a tanto bandido”.  A la inversa otros testigos –seguramente allegados al Partido Colorado- lo destacaban como un hombre honrado y bueno, de generosa conducta, que hasta una escuela llegó a sostener de su peculio para que se pudieran educar los niños pobres de la región. Pero el Fiscal tenía una respuesta para esa contradicción: “La envergadura maligna del caudillo, no impide que fuera buen vecino y dadivoso, para mantener su influencia. Las declaraciones de autos, pueden conciliarse desde ese punto de vista.” (cit. p. 115) La imagen que le atribuía al acusado puede resumirse en el siguiente párrafo: “Dueño de una gran fortuna, poderoso terrateniente, caudillo de gran número de adeptos, verdadero señor feudal... en el final de su existencia, por atávico impulso, por sensación de absoluta impunidad, instigó el bárbaro crimen contra la esposa que perturbaba sus planes y la libre expansión de su concupiscencia. La justicia debe ser inflexible. Los que ocupan una situación social de selección y se dejan arrastrar por instintos antisociales, demuestran una perversidad que supera la de los criminales que se agitan sin frenos, en las bajas capas sociales”

      En el extremo opuesto la Defensa sostuvo que todo no pasaba de ser una fantasía alimentada por cierto periodismo que “sacó todo el partido posible para herir la imaginación de la muchedumbre con la pintura de cuadros terriblemente sombríos, en el que cada  cual volcaba un poco el recuerdo de la lectura de las viejas consejas de pasión, de interés y de sangre.” Según el Dr. Jude se hacía aparecer “la silueta del caudillo que la leyenda interesada forja sanguinario y selvático... fiero y soberbio y prepotente y lleno de vanidad…cuyos antojos han de cumplirse siempre, sean cuales fueren, aunque deban mediar para lograrlo la persuasión filosa y puntiaguda de las dagas de sus sicarios” Y culminaba exclamando:

      “¡Pobre viejo! ¡No habrías de pensar nunca que tu fuerte pasión gaucha por la divisa de tus amores, habría de ser, andando el tiempo, la mala sombra venenosa que excitara contra ti la execración despiadada y la anticipación de una condena sin proceso y de una sanción al margen de las leyes!” (Cit. p.73)

      La polémica entre el Fiscal y el Defensor había subido de tono y ya casi rozaba lo personal. Piñeyro Chaín llegó a decir que los extensos escritos de su contraparte eran “un derroche de dialéctica y de literatura” y agregaba “todo ha sido inútil. No se ha conseguido borrar la huellas de la verdad...”

      A su vez Jude afirmaba,  refiriéndose al Fiscal, que “lo único que tiene importancia para él es solo aquello que pueda comprometer, a su juicio, la situación de mi representado”. (Cit. 139)

      Y llegó a preguntar: “¿Es que su voluntad todopoderosa no tiene límites? ¿Hay un feudalismo de ciudad?”

                                        ____________()____________

 

      La instancia final y definitiva del largo proceso se dirimió, entre el 2 y el 7 de agosto de 1937, ante el Tribunal de Apelaciones que integraban los doctores Ernesto Llovet, Meliton Romero y Juan M. Minelli. Se trataba de tres jueces de carrera altamente prestigiosos a los que se sumaban los ocho miembros del Jurado sorteados de la nómina que la Suprema Corte de Justicia asignaba a los tribunales, de acuerdo a la lista que se confeccionaba según lo dispuesto por el artículo 293 del Código de Instrucción Criminal.

      En los ocho años transcurridos el panorama político había cambiado. Después del golpe de estado que el Dr. Gabriel Terra diera el 31 de marzo de 1933, se reformó la Constitución y el presidente golpista fue elegido para un segundo mandato. Ambos partidos tradicionales se habían fracturado dividiéndose  entre seguidores y opositores al gobierno. El Dr. Jude era una de las figuras que lo apoyaban.

      Con la reforma constitucional las funciones de  los Concejos de Administración pasaron a los Intendentes Municipales, entre ellas, la confección de  la nómina de los ciudadanos que podían ser convocados como  jurados.  La lista de Montevideo había sido confeccionada por el Intendente  Alberto Dagnino, una de las principales figuras del terrismo. Con este telón de fondo, la prensa –a la que se había sumado la radiotelefonía en pleno auge-  le daba una gran difusión al juicio, tejiéndose las más variadas conjeturas y alimentándose suspicacias.

      En la audiencia se volvieron a enfrentar el Fiscal y el Defensor, con la presencia de los acusados, salvo Martina Silva que había fallecido tiempo antes.

      Uno de los temas jurídicos en los que más habían confrontado los dos brillantes abogados que intervenían en la causa, con un gran acopio de doctrina, era, como ya lo recordamos,  el de la validez formal, como prueba, de las declaraciones de los propios coprocesados que acusaban a Saravia. Curiosamente ambos letrados se habían apoyado en el eminente jurista alemán Mittermaier. El Fiscal recogía su opinión de que cuando el culpable ha confesado plenamente su crimen, es válida su deposición contra un cómplice “si no encierra reticencia alguna que haga sospechar que espera para sí alguna ventaja directa.” Pero el Defensor objetaba que en otra parte el mismo autor prevenía lo siguiente: “Se han visto algunas veces criminales que, cuando han conocido no poder librarse de la pena, se han esforzado en su desesperación en arrastrar a otros ciudadanos al abismo donde ellos caían...”

      De todos modos, en la última instancia, esta confrontación perdía interés, porque los jurados –a diferencia de los jueces- de acuerdo al artículo 301del Código de Instrucción Criminal, podían fallar por libre convicción, según “la manifestación sincera de su opiniones sobre los hechos llamados a juzgar, teniendo en cuenta las resultancias del proceso”.

      Finalmente se conoció el veredicto unánime de los miembros del Jurado:

      Aún cuando se reconocía la existencia de “graves presunciones de que los encausados Octalivio y Orcilio Silvera cometieron el delito instigados por una tercera persona y bajo promesa de paga” no resultaba eso a juicio del Jurado “sufientemente probado.” Y, en segundo lugar, que si bien existían “serias presunciones de que el procesado José Saravia fue el instigador de la muerte de su esposa doña Jacinta Correa y de que el también procesado Antonio Silvera obró como mediador entre el mencionado Saravia y los hermanos Octalivio y Orcilio, estas presunciones no constituyen a juicio del Jurado  prueba acabada de la intervención que se les imputa.” En definitiva, José Saravia quedaba absuelto.

       Los tres jueces de carrera del Tribunal firmaron discordes.

      Tras permanecer casi ocho años en prisión, ya octogenario y muy enfermo, José Saravia quedó en libertad. Falleció poco después.

      Luego del fallo, las habladurías siguieron y se afirmaba que el Jurado había sido complaciente. A fines de ese mismo año, como consecuencia de las repercusiones, pero sin que durante la rápida discusión legislativa se tratara ese tema en especial, se aprobó la ley que abolió los jurados.

      Sea cual sea la opinión que se tenga sobre ellos –y hay que recordar que sobrevive en muchos países avanzados- el Parlamento le atribuyó implícitamente a la institución que desaparecía, después de tantos años, la responsabilidad de un fallo que se consideró injusto.

      ¿Pero fue realmente así? ¿Acaso no fue más injusto que alguien declarado inocente estuviera tantos años en prisión?

      La conclusión que se extrae de aquel juicio es que nadie, ni el Fiscal ni el Defensor y ni siquiera la propia justicia, resultaron vencedores;  porque nunca se sabrá donde estuvo la verdad y el gran drama de la justicia penal – como lo enseñara Carnelutti- es que no puede castigar sin juzgar, pero –paradojalmente- tampoco puede juzgar sin castigar.     

                                       _____________()____________

 

      Santa Clara del Olimar, que fue el epicentro de aquellos trágicos hechos, sigue siendo un pequeño pueblo en el Uruguay profundo y tiene todavía hoy una carga de misterio. Una última reflexión debe hacerse con relación al medio, a la división que existía en la prestigiosa y acaudalada familia que unía a dos influyentes figuras  opuestas, como Basilisio y Aparicio, con el principal imputado del delito y con los violentos tiempos políticos que allí se habían vivido poco antes, que inevitablemente seguían flotando en el ambiente.

      José Saravia, antes de morir, pudo ver cumplido el sueño que acariciaba de hacer levantar en el pueblo un monumento en memoria de su admirado hermano Basilisio, colorado como él, por quien había luchado. Se trata de una gran figura ecuestre de bronce, cuyo tamaño sorprende en un medio tan reducido –de mucho valor material y artístico- que Don José encomendó  al escultor Armando González y cuyo elevado costo asumió enteramente. Basilisio luce con gallarda estampa militar, conduciendo a rienda corta su corcel, vestido con su uniforme oficial y tocado con un kepis que –según se dice- el escultor había omitido y debió agregar a último momento sobre la cabeza de la estatua, por exigencia de José Saravia.

En el otro extremo del pueblo descansan los restos de Aparicio Saravia –el gran caudillo blanco, hermano de ambos- quien muriera a causa de una bala perdida que lo alcanzó en Masoller,  en lo que fue la batalla final de la última guerra civil del Uruguay. El ejército que comandaba, al ver caído a su jefe, se desbandó y cayó vencido. Los restos de Aparicio nunca fueron trasladados al gran panteón del Cementerio del Buceo en Montevideo, que en forma conmovedora lo recuerda con su figura yacente, rodeado por sus acongojados compañeros de lucha que le hacen guardia de honor, instantes antes de morir.

Aparicio y Basilisio, enfrentados políticamente y en el campo de batalla, se querían y respetaban como hermanos de sangre. Un cruzamiento de cartas entre ellos, sin perjuicio de marcar sus diferencias, así lo demuestra. Basilisio le recordaba a su hermano su formación familiar y le reprochaba que se empeñara en una lucha inútil que solo traería desgracias para el país y lo conduciría a la derrota.

Aparicio, que en una carta anterior le había dicho que “la patria es la dignidad arriba y el regocijo abajo”, refiriéndose también a sus otros hermanos, le contestaba:

“En holocausto a ideales que tú juzgas imposibles, cayó Gumersindo (muerto en Brasil) y Chiquito regó con su sangre el suelo de su patria. No sé si la suerte hará lo mismo conmigo, pero acepto resignadamente mi destino a impulsos no de un fanatismo que no tiene accesos en mi espíritu sereno, como tú supones, sino de una fe probada en principios invencibles que triunfarán al fin con mi muerte o sin mi muerte, para honor de los orientales.”

“El águila engarbada en el yatay” –como lo dijera Javier de Viana-  no encontraría “sepulcro a su medida”. (Cfr. Washington Lockhart: “Saravia, el fin de las guerras civiles” en “Historia de la Civilización Uruguaya –Arca- T. III pg. 194)

El Uruguay pudo realizar aquellos principios que anunciara Saravia, cuando alcanzó la paz y con el Presidente vencedor, Don José Batlle y Ordóñez, conoció sus mejores épocas en libertad y democracia.

Como bien lo señala Lockhart, si Batlle y Ordóñez y Aparicio Saravia se hubieran conocido, aquella terrible guerra no se hubiera producido .

Flag Counter

El conteo comenzó el 1/1/2014