Sócrates

Por Washington Bado

 

La muerte de Sócrates por el pintor David. Rodeado por sus acongojados discípulos, el Maestro se dispone a beber la cicuta. No quiso abogados y se defendió a sí mismo. Dijo: “Si muero injustamente, la vergüenza será para quienes injustamente me condenen”. Los jueces de Atenas hicieron prevalecer la seguridad sobre la justicia.

El juicio por la sabiduría

“Yo sólo sé que no sé nada” -dicen que dijo Sócrates- y esto porque nada ha quedado escrito de él,  salvo las referencias que sus contemporáneos y discípulos, especialmente Platón y Jenofonte, le han dejado a la posteridad. En una tierra de filósofos, como lo fue la antigua Grecia, aquella reflexión personal –pese  a su simplicidad- fue la clave que le valió a Sócrates estar en conflicto con la mayoría de los atenienses de su tiempo –especialmente los gobernantes- a quienes ponía en aprietos por su soberbia, a partir de un acto de humildad consigo mismo. La animadversión que entre ellos inspiró, fue la causa de que fuera sometido a juicio y condenado a la pena de muerte que debió cumplir -en un gesto de suprema grandeza- bebiendo la copa de cicuta que sus verdugos le extendieron, mientras lo rodeaban sus discípulos.

Uno de ellos, Platón, en lo que se considera como una de las más breves y mejores páginas literarias de la antigüedad, en su “Apología de Sócrates”, inmortalizó las instancias de la acusación y la defensa que el propio imputado hizo de sí mismo en el histórico juicio, culminando con el relato de su trágica inmolación.

El homenaje que a manera de memorias le hizo Jenofonte a su maestro (“Memorabilia” en latín o “Apomneumata”, en griego) si bien no tiene el brillo literario de la obra de Platón, permite redondear una visión más humana de Sócrates, sobre todo en su relación con quienes a la postre fueron los primeros instigadores de la acusación que se le hizo, sus ex-discípulos Critias y Caricles y sobre las verdaderas razones de venganza que los llevaron a atacar al filósofo y a pretender prohibirle lo que él más amaba que era enseñar. Posteriormente sus acusadores, Méleto, Anyto y Lycon –más por motivaciones políticas que religiosas- se hicieron eco de aquellas calumnias.

En el siglo V (A.C.) la Atenas que había conocido la sabiduría legislativa de Solón y Clístenes -con sus reformas democráticas que hacían de todo hombre libre de una localidad ática, un ciudadano ateniense- y luego el esplendor de Pericles que la llevó a ser la primera ciudad, entró en guerra con la autoritaria Esparta. Cuando Lisandro al frente de los lacedemonios venció en Egos Pótamos a los atenienses, la democracia sucumbió y se instaló en Atenas el gobierno de los Treinta Tiranos. Uno de ellos fue Critias, secundado por Caricles. Cuenta Jenofonte que Sócrates los criticó, porque habiendo disminuido el número de ciudadanos y empeorado su condición, no se avergonzaran de ello y tampoco se reconocieran como malos hombres de Estado. Convocaron entonces al filósofo y le mostraron una ley impuesta por ellos por la que se prohibía “ enseñar la técnica de razones y palabras.” Les preguntó entonces Sócrates: “¿Pensáis en palabras y razones correctamente dichas o en las no correctamente dichas? Si os referís a las bien dichas, es claro que vuestra prohibición va contra el decir bien; empero si a las mal dichas, es evidente que lo que se debe intentar es hablar bien”. E irritándose contra él Caricles le dijo: “Ya que no comprendes las cosas, Sócrates, te lo diremos de manera que puedas entenderlo: no dialogues en manera alguna con los jóvenes” (Jenofonte: “Memorables” –Clásicos Jackson- Bs. Aires. –1960 T. 23 p. 15)

Más claro echarle agua, diríamos ahora. Lo que no querían era que enseñara a pensar a los jóvenes. La explicación la encuentra Jenofonte en el odio de Critias hacia Sócrates, pues éste, “habiéndose apercibido de que Critias, enamorado de Eutidemo, quería gozar de él a manera como lo hacen los que abusan de sus cuerpos para deleites sexuales, se esforzó en disuadirle, diciendo ser indigno de hombre libre...”- Critias se enfureció y se hizo eco de una versión atribuida a Sócrates –que Jenofonte niega - de que “se rascaba con Eutidemo cual lo hacen los puercos con las piedras.” (ob. cit. p. 12)

          Aunque ya se sabe que las costumbres entre los griegos eran muy licenciosas, los desvíos de Critias se sumaban a los que se atribuían a Alcibíades –también ex-discípulo de Sócrates-  para influir en los acusadores. Jenofonte no escatima sus críticas a ambos: “porque Critias fue el más ladrón, violento y asesino de cuantos gobernaron durante la oligarquía; mientras que Alcibíades fue el más libertino, insolente y violento durante la democracia.” Y agregaba: “tan pronto como se tuvieron por superiores a sus compañeros, se apartaron de Sócrates para hacer política, que esta y no otra cosa deseaban...” Reflexiona entonces Jenofonte: “Tal vez alguno diga que Sócrates no debió  haber enseñado política a sus habituales antes de enseñarles sabiduría...Sócrates, lo sé muy bien, se mostraba a sus habituales como bello y bueno y con ellos dialogaba bellísimamente acerca de la virtud y otras cosas todas humanas. Y sé, además que aquellos dos varones fueron sabios mientras vivieron con Sócrates...” (Ob. cit. p. 9-10)

          Ya veremos que Sócrates no tenía muy buena idea de la política, por lo menos de la de su tiempo –que había caido en manos de ciudadanos de baja condición-  y tampoco se interesaba mucho por ella. Cuenta Jenofonte que preguntándole Antifón por qué si se vanagloriaba de hacer a otros políticos, no se daba él mismo a la política, puesto que sabía de ello, respondió: “¿Cómo haría más política: dedicándome yo a ella o bien cuidando solícitamente de hacer capaces de ella al mayor número de personas?” (ob. cit. p.30)

           Sin embargo fue en el interés político de quienes gobernaban Atenas en democracia,  que se le juzgó y condenó para que callara, lo que antes no había podido conseguir la tiranía.

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           A comienzos de siglo IV los Treinta Tiranos fueron derrocados por Trasíbulo; se reimplantó la democracia con el regreso del pueblo y,  para superar aquel terrible y violento período, se dictó una amnistía general que la población cumplió lealmente. Dicen Maisch y Pohlhammer que la democracia fue restablecida con un constante incremento de la autoridad del pueblo “porque en  todos los asuntos era su propio amo y señor, puesto que la administración toda se rigió  por las resoluciones de la mayoría y las definiciones judiciales, en las que precisamente el pueblo era quien tenía la voz decisiva.” (“Instituciones griegas” –Ed. Labor –1931 p. 65) El restablecimiento básico de la legislación de Solón y Clístenes centró esas decisiones en la Asamblea del Pueblo (“Ecclesia”) en el Consejo de los Quinientos (“Boule”) que se elegía entre los ciudadanos mayores de treinta años, por el procedimiento de  sorteo mediante habas. Sócrates criticó duramente este procedimiento y a  la  propia Asamblea del pueblo. Dicen Maisch y Pohlhammer: “Cada día más pasaba por actitud de buen gusto y hasta de buen tono entre personas cultas el apartarse de esta clase de público, que se arremolinaba discutiendo y disputando entre sí, y su consecuencia fue la retirada de la actividad política de las gentes más ilustradas, abandonando el campo de emulación a los demagogos aduladores de bajos instintos y a los delatores de profesión (sicofantes)” (Ob. cit. p.66). De esta clase de gentes salieron los jueces que condenaron a Sócrates. La competencia del Consejo abarcaba prácticamente la totalidad de los negocios públicos y todo lo que debía resolver la Asamblea pasaba previamente por el Consejo. Cincuenta de sus miembros eran los Pritanos que actuaban como una junta administradora y de entre ellos se elegía un Prefecto (“Epistato”), que era una especie de Jefe de Gobierno. Más tarde se creó un colegiado de nueve miembros. Los Estrategas –Pericles y Temístocles desempeñaron este cargo- se ocupaban de los asuntos militares.

          En la época de que se trata, tanto los Arcontes como el Areópago, instituciones   con funciones jurisdiccionales que pertenecían a  la vieja aristocracia, habían perdido atribuciones en beneficio de los Tribunales Populares, de los cuales el principal era el Tribunal de los Heliastas. Cada año se sorteaban entre los ciudadanos mayores de treinta años que se inscribieran como aspirantes, cinco mil jurados y mil suplentes, distribuidos en diez secciones. Al asumir funciones prestaban el siguiente juramento: “Me comprometo solemnemente a juzgar de conformidad con las leyes y en consonancia con las decisiones del pueblo de Atenas y de su Consejo; pero en los casos que no estén previstos por la ley fallaré con arreglo a la rectitud de mi conciencia, sin favor o rencor. Me propongo escuchar con el mismo ánimo al acusador que al acusado y daré sentencia  exclusivamente atendiendo a la índole de la causa. Así lo prometo invocando a Zeus, a Apolo y a Démeter; que sea bendecida mi casa y hogar al cumplirse sinceramente este voto, que sea maldito yo y mi familia si en algo faltare a él” (Maisch y Pohlhammer Ob. cit. p.88)

          Se distinguían las causas según fueran de derecho privado o público y, en estas últimas, para los casos flagrantes se admitía la “conducción” o, en caso contrario, la “denuncia” que el acusador debía presentar por escrito.

          En las querellas contra los calumniadores, los demagogos y los corruptores de la multitud, se procedía contra ellos directamente por un “recurso al pueblo” para ante la Asamblea, instancia prevista por una reforma forense de Euclides del 403, en un procedimiento extraordinario para prevenir la seguridad del Estado. La Asamblea se reunía entonces en la colina del Pnyx.

           Aunque los textos no lo aclaran, todo indica que este fue el procedimiento que se siguió contra Sócrates, por la índole de la acusación, pero también se ha sostenido que intervino el máximo tribunal de los Heliastas, que era asimismo de composición multitudinaria.

          El acta de  acusación fue suscrita por Méleto y según Jenofonte tenía el siguiente tenor: “Sócrates es culpable de no reconocer los dioses reconocidos por la ciudad, pues introduce otros demonios nuevos. Es culpable, además, de pervertir a los jóvenes” (Ob. cit. p. 3) El tenor de esta acusación es coincidente con las palabras que Platón le atribuye al propio Sócrates en su Apología. (Clásicos Jackson –T. II- p.13) En esta versión Sócrates se enfrenta durante la audiencia pública con Méleto y mantiene con él un diálogo en el mejor estilo mayéutico, que caracterizaba al filósofo. Ya se ha visto el espurio origen que Jenofonte le atribuía a las habladurías que Critias y Caricles habían lanzado tiempo antes contra él. En la Apología de Platón, Sócrates sólo se refiere en términos generales a esas calumnias, pero afirma que Méleto fue presionado para acusarlo por los poetas, Anyto por los artesanos y políticos y Lycon por los oradores, es decir, por los intereses corporativos de la época. Se refiere también a Aristófanes, quien en su comedia “Las nubes” lo desfiguraba haciéndolo aparecer como un ser volátil y despistado “que dice andar por los aires y suelta mil otras sandeces de las que no sé ni poco ni mucho.” Ya se sabe que el teatro era una de las grandes debilidades del pueblo griego y Aristófanes, de afilada pluma, era uno de los autores más exitosos en el campo de la comedia. La obra había sido puesta en escena muchos años antes y se dice que el propio Sócrates durante la representación reía como los demás espectadores. En cuanto al resentimiento de Anyto, resulta claramente de uno de los diálogos de Platón, el “Menón”. En un pasaje Anyto le dice: “Por lo que veo, Sócrates, hablas mal de los hombres con sobrada libertad. Si quisieras hacerme caso, te aconsejaría que fueses más reservado...” A lo que responde el filósofo:  -“Menón, Anyto se encoleriza y no me extraña, porque, en primer lugar, se figura que hablo mal de esos grandes hombres, y, además, porque se cree uno de ellos.” (Clásicos Jackson –T.2- p. 370) Tal parece que Sócrates, pese a su sabiduría, no sabía manejar ni la reserva ni la prudencia y eso lo hacía odioso a sus conciudadanos. Pero asumía las consecuencias. Dirá: “Varones atenienses: o creeís a Anyto o a mí; y tanto que me absolváis como que no me absolváis, no he de hacer otra cosa , ni aunque me exponga mil veces a morir.” (Ob. cit. p.23) Ya antes les había dicho: “Pero por deciros así la verdad estoy casi seguro de que me estoy volviendo odioso a vosotros...” (p. 13)

          ¿Acaso Sócrates estaba buscando su propia condena?

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         Sócrates nació en Atenas en el 469 (A.C.) siendo hijo del escultor Sofronisco y de la partera Fenareta. A pesar de que los retratos que procuran representarlo son obra de la ficción, se reconoce por la tradición histórica que era un hombre absolutamente feo. Se cuenta que un fisonomista de la época, que no lo conocía, viéndolo conversar con sus discípulos y mirándole la cara declaró que el hombre a la que pertenecía era presa de todos los vicios. Se trataba, como se ve de un antecesor remoto del criminólogo italiano César Lombroso, creador de la discutida teoría del delincuente nato, que pretendía descubrir por sus rasgos físicos su ineluctable naturaleza antisocial. Se dice que Sócrates, medio en broma y medio en serio, aceptó que había nacido con malas inclinaciones, pero que por su fuerza de voluntad logró superarlas imponiéndose a su naturaleza

          Lo cierto es que Sócrates no ocultaba que hablaba con un demonio que se comunicaba con él por una voz interior y a veces lo prevenía, lo que ha llevado a que algunos, modernamente, pensaran que se trataba de un alucinado. Otros consideran que de esa manera se refería solamente a lo que hoy llamaríamos la voz de su conciencia. “Y esto me comenzó ya desde pequeño, en forma de una cierta voz...aquella voz divina que me es tan familiar, la del demonio,  se me oponía siempre en todo tiempo pasado con grandísima frecuencia y por cosas bien pequeñas, si es que estaba a punto de hacer algo no correcto.” (“Apología” p.24 y 36) Este era el demonio de Sócrates.  De todas maneras eso sirvió de apoyo para la imputación que se le hacía de no valerse de “los dioses reconocidos de la ciudad, sino de otros demonios nuevos.”

          Sócrates en su apredizaje filosófico había tenido como maestros a Parménides y Anaxágoras. Este último, protegido de Pericles, ya sostenía que el sol era una inmensa roca encendida, y si bien Sócrates no lo compartía –la piedra, decía, expuesta al fuego no produce llama y se consume- admitía la naturaleza física de los fenómenos cósmicos y cuerpos celestiales. Así dirá en el Fedón: “Estoy persuadido que si la tierra está en el medio del cielo y es de forma esférica, no tiene necesidad de aire ni de otro apoyo alguno para no caer, sino que el cielo mismo que por todas partes la rodea y su mismo equilibrio le bastan para que no se desplome” (Ob. cit. p.162) La ignorancia siempre ha sido el sustento del fanatismo religioso y así fue como Méleto acusaba a Sócrates de negar la divinidad del sol y la luna: “Por Zeus, varones jueces, que dice ser el sol piedra y la luna tierra”. Sócrates respondió que era piadoso pero de alguna manera sus palabras dejaban en pie la percepción de que no creía en los mismos dioses que aquel vulgo identificaba en la superchería poética de la mitología, a la vez que introducía una nueva visión religiosa, cercana a la que más tarde aportaría el cristianismo, que algunos como San Justino y el propio Erasmo, reconocieron con admiración.

          El filósofo, tal como lo presentan Platón y Jenofonte,  predicaba el mundo inteligible de las ideas por el conocimiento de los conceptos –el bien, lo justo, lo bello- y a través de la purificación del alma y la disciplina del amor, el acceso a la sabiduría y a la perfecta vida moral. La sabiduría, el valor y la templanza –ideales griegos-  corresponden a la parte racional, pasional y apetitiva del alma, que se unifican en la justicia. Y el alma para Sócrates era inmortal: “Cuando la muerte sobreviene al hombre, lo que hay en él mortal perece, pero lo que tiene de inmortal se aleja salvo e incorrupto, habiendo cedido su lugar a la muerte...si el alma es inmortal, ella exige que se la cuide, no solamente por el tiempo presente que llamamos vida, sino para toda la eternidad...”  (Fedón –ob. cit. p. 160)

          No es extraño que a  un hombre que tenía estas convicciones  le resultara entonces fácil afirmar ante sus jueces: “Que temer a la muerte, varones, no es otra cosa sino tenerse por sabio, pues es pensar saber lo que uno no sabe. Que nadie de cierto sabe si es para el hombre la muerte el mayor de los bienes ; y, con todo, la temen de buen saber como si supieran que es el mayor de los males.” (ob. cit. p.21).

           Sócrates le debía a su compañero de juventud, Querofonte, la atribución de sabiduría que se le adjudicaba, pues habiendo éste concurrido al oráculo de Delfos le preguntó a la pitonisa si existía alguien más sabio que su amigo y ésta le contestó que no. En su portada el oráculo lucía una leyenda que decía: “Conócete a ti mismo”. Y Sócrates, desorientado por aquella respuesta que no podía ser mentira, comenzó por interrogarse primero a sí mismo y luego lo hizo con otro que se tenía por sabio pero resultó no serlo, llegando a la siguiente conclusión: “como yo sé que no sé nada, nada me creo saber. Parece pues que soy más sabio en esto poquito: en no creer saber lo que no sé”. (Ob. cit. p. 9 y 10)

          Pero los jueces tampoco supieron comprenderlo.

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          Después de interrogar a políticos, poetas, artesanos y comerciantes y de haber recorrido los lugares públicos de Atenas, para persuadir a unos y otros “lo mismo a los más jóvenes que a los más viejos, de no acuitarse por los cuerpos ni por las riquezas antes ni tan ahincadamente como por el alma, para hacerla óptima...” terminó Sócrates acusado de pervertir a los jóvenes. Y esto, entonces como ahora era era peor aún que desconocer a los dioses, pues nada hay que pueda ser tan malo como destruir la esperanza del futuro que encarnan los jóvenes, frente a los males del presente.

          Sócrates llevaba una vida hororable. Estaba casado con Jantipa, esforzada mujer que le había dado cinco hijos resignándose a la vocación de su esposo e ingeniándose para sobrevivir en la pobreza, pues aquél consideraba indigno y sólo propio de los sofistas a quienes despreciaba, cobrar por sus clases a sus discípulos.

           Después de recordar Jenofonte sus virtudes de moderación y fortaleza física y moral, demostradas en la paz y aún en la guerra con acciones que le valieron el reconocimiento por su valor y patriotismo como en Potidea y Sollium, se preguntaba: “Cómo pues corrompiera  a la juventud semejante varón? A no ser que corrompa el solícito cuidado por la virtud.” (Ob. cit. p.8) Aquí es donde la sombra de los depravados Critias y Alcibíades se proyectaba injustamente sobre su viejo maestro.

          De Critias ya hemos hablado. En cuanto a Alcibíades, inteligente y contradictorio, seductor empedernido, que comprometió sus tempranos éxitos militares con una tremenda derrota en Siracusa, que lo obligó al exilio acusado de traición, lo menos que puede decirse es que compartía con igual fervor los favores de uno y otro sexo. De sus desvíos y de la integridad de Sócrates que lo pone a salvo de cualquier suspicacia, no hay mejor testimonio que el relato que le atribuye Platón en “El Banquete”. Empieza por confesar su admiración como discípulo reconociendo que si lo oye quedará atrapado y olvidará sus propias necesidades para acudir a las de los atenienses. Admira su heroismo en Potidea, reconociendo que le salvó la vida y que renunció en su favor con hidalguía a los honores que se le dispensaban. Pero en un rapto de desenfreno, recordando viejos tiempos de debilidad, se expresa en estos términos: “Estaba pues varones, solo y a solas y pensaba que sin más dilación me hablaría cual el amante habla al doncel predilecto cuando se encuentra sin testigos y no cabía ya de contento. Mas nada de eso sucedió; dialogó conmigo según acostumbraba, pasó conmigo el día se fue y me dejó.” Y en otra ocasión ante su insistencia le dijo Sócrates: “Pero, Alcibíades, feliz, reflexiónalo mejor; no te engañes que soy nada...” Pese a lo cual llegó al extremo de metérsele bajo su raída capa, confesándose desdeñado “porque –dijo- sabed por dioses y por diosas, que me levanté, habiendo dormido con Sócrates, ni más ni menos que si lo hubiera hecho con padre o hermano mayor.” (Ob. cit. p. 323-324)

          Cierto que los humos del alcohol en aquel banquete pudieron haber nublado al desenfadado Alcibíades, que había llegado bastante pasado de copas, pero como el mismo lo afirmaba, no lo diría “si en el vino, con niños o sin niños, no estuviese la verdad.” Como dirían después los romanos: “in vino veritas”.

          De todos modos es claro que si la rectitud de Sócrates podía pasar por esa clase de pruebas, es porque su conducta era intachable.

 

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          Surge de todo lo expuesto que Sócrates asumió su propia defensa en el juicio. La experiencia forense ha acuñado un dicho no muy académico que viene al caso recordar: “el que se defiende a sí mismo tiene un tonto por cliente.” Y si esto es aplicable a los abogados con mayor razón hay que aplicarlo a quienes no lo son. Sócrates era filósofo pero no abogado. Con su altanería habitual le decía a sus jueces: “Así que, varones atenienses, estoy en estos momentos muy lejos de defenderme a mí mismo, aunque alguno tal vez lo crea; a vosotros estoy defendiendo para que condenándome, no pequéis de alguna manera contra el don que en mí os ha hecho el dios.” (“Apología”-30 p.23) Pero antes él mismo había declarado: “Ahora, por primera vez, a los setenta años cumplidos, subo al juzgado. Me hallo, pues sin la técnica del lenguaje judicial, cual extranjero.” Tras lo cual pedía que se le disculpara por su manera de hablar, “sea mejor o peor que otras” y solicitando que solo se considerara “si lo que digo es justo o no”. Después de lo cual agregaba: “Tal es la virtud propia del juez; que la del orador consiste en decir la verdad.” (p. 3)

          Pero se equivocaba pues la virtud de los oradores áticos, los primeros abogados profesionales, era defender a sus clientes, pues si la justicia quedaba reservada a los jueces a ellos incumbía la búsqueda de la verdad. Es en la Grecia clásica donde podemos ver a los que hoy llamamos abogados, que de simples defensores de pleitos llegan a conquistar al pueblo, permaneciendo, las más de las veces alejados de la política. El pueblo se apartaba hasta del teatro para ir a escuchar a aquellos oradores en las grandes causas, pues a semejanza de los actores, adquirieron la técnica indispensable para conmover al público. Allí estaba la tragedia real, la que cualquiera podía vivir todos los días y no la imaginaria que cultivaban los poetas y dramaturgos, que generalmente transcurría entre héroes y dioses. Así fue como muchos abogados como Lisias, Isócrates, Demóstenes, Hipérides y tantos otros, se volvieron famosos en la Grecia Antigua. Aunque muchas veces intervenían personalmente en las causas, por lo común preparaban de antemano sus defensas como piezas escritas que eran leídas por los propios acusados, lo que en muchos casos era obligatorio. Se les conocía entonces como “logógrafos” y ejercían su profesión liberal, tanto o más redituable cuanto mayor fuera su prestigio. No siempre estos abogados eran escrupulosos en sus defensas, porque –sobre todo en los negocios privados- sabían de la falta de bondad de las causas que patrocinaban y se valían de ardides para obtener el éxito que les reportaba jugosos honorarios. Pero, aunque pueda decirse que esto desdichadamente se ha repetido en la historia de la mala abogacía -lo que no compromete la nobleza de las buenas defensas que siempre han de ser más-  en el caso de aquellos primeros abogados griegos se atribuye a la influencia nociva de los sofistas, muy en boga en la época, que enseñaban un pragmatismo ausente de altos ideales.

          Lisias era el más prestigioso abogado en la época en que Sócrates fue juzgado y pudo haber sido su defensor, porque aunque menor en edad, lo había conocido y admiraba, como surge de “La República” de Platón. Lisias, además, al igual que Sócrates había sufrido la persecución de los Treinta Tiranos por sus ideas democráticas y su hermano fue condenado a muerte después de haber sido despojado de sus bienes. Fue uno de los que apoyó  la revolución victoriosa que los derrocó  y su primer gran discurso fue precisamente para acusar a los asesinos de su hermano desde la colina del Pnyx . Sus palabras, que se han conservado, finalizaban así: ¡Jueces, las víctimas se levantan para preguntaros si queréis ser cómplices de sus asesinos o vengadores de su muerte! Las habéis visto, las habéis oído, dictad ahora vuestra sentencia.” (“Historia Universal” –Salvat –2004- T. V –p.140) A partir del éxito que tuvo su prestigio como abogado se hizo inmenso ante el pueblo. Se recuerda que su estilo, sin los énfasis de la retórica, se caracterizaba por la armonía, una cautivante sencillez y por sobre todas las cosas, porque sabía ponerse en la posición de su defendido, joven o viejo,con lo que conseguía impresionar a los jurados. (Cfr. Bowra –“Historia de la literatura griega-  F.C.E. 3ª. Ed. p.160)

          Lisias no hubiera cometido los errores que, a sabiendas o no, cometió Sócrates, más allá de la profundidad de las reflexiones que sus jueces no alcanzaron a comprender. No los hubiera desafiado con su estilo irónico y punzante como Sócrates lo hizo; no hubiera puesto como testigo a su pobreza en lugar los muchos atenienses que lo reconocían como valeroso patriota demócrata y es más, se hubiera valido de lo que aquél expresamente desestimó: el respeto que merecía por sus años y su condición de padre. “Tengo tres hijos –dijo- uno ya mozo, dos todavía niños. Pero no estoy para hacer subir aquí a ninguno de ellos a fin de pediros que me favorezcáis con vuestros votos”. Sus dos hijos mayores habían perecido luchando como él por Atenas. No lo haría, dijo entonces, porque “por mi honor, por el vuestro y por el de toda la Ciudad no me parece bello hacer ninguna de tales cosas, siendo encima de la edad que soy y teniendo la nombradía que tengo, verdadera o falsa” (“Apología” – 35- p. 29) Sócrates también era una víctima de la búsqueda de la belleza.        

        ¿Cuánto se hubiera beneficiado de una defensa profesional como la de Lisias? La respuesta es obvia. Sin embargo desechó el ofrecimiento y prefirió defenderse a sí mismo, tal vez por un exceso de confianza, por un acto de soberbia, porque así podía despreciar aún más a sus enemigos o porque no temiéndole a la muerte, quiso despedirse de sus discípulos brindando por ellos con la copa de cicuta, hasta la eternidad.

         “Un bel morire tutta la vita onora.”

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          La muerte de Sócrates se decidió por el escaso margen de treinta votos de diferencia, que apoyaron la condena pedida por el acusador Méleto. Le quedaba de todas maneras y de a acuerdo a la ley, la posibilidad de  pedir un castigo sustitutivo. Sócrates no aceptaba ni la prisión que lo privaría de su vida andariega, ni la multa que no estaba en condiciones de pagar, ni el destierro que lo hubiera apartado de su amada Atenas. Sus discípulos Platón, Critón, Cristóbulo y Apolodoro ofrecieron una fianza como garantía. Todo lo rechaza y muy irónicamente, cual era su estilo, ofrece que su castigo consista en que lo mantenga el Estado en el Prytaneo: “¿Qué puede pues estarle bien a un varón pobre y bienhechor que pide solamente tener que vagar para amonestaros?

      Por eso optó por la muerte. “No es difícil varones huir de la muerte –les dice a sus jueces- mucho más difícil es huir de la maldad, que corre más veloz que la muerte”. El –les dice- ha sido alcanzado por lo más lento, que es la muerte, mientras que sus acusadores lo han sido por lo más veloz, que es la maldad. Y terminará su oración con estas bellas palabras que desde entonces se tienen por inmortales: “No me irrito gran cosa ni contra mis acusadores ni contra los que me han condenado, aunque no me hayan condenado ni acusado con esta intención, sino creyendo dañarme; y en esto son dignos de reprobación. Una cosa por cierto les pido: cuando mis hijos lleguen a la bella edad, si os pareciere varones, que se acuitan por las riquezas o por otra cosa cualquiera más que por la virtud, dadles como merecidas las mismas molestias con que yo os he molestado; y si se tuviesen por algo, siendo nada, echadles en cara, como yo lo he hecho con vosotros, que no se cuidan de lo que debieren cuidarse y que se creen ser algo, no siendo dignos de nada. Y si esto hiciéreis, nos habréis hecho justicia a mí y a mis hijos. Pero es tiempo de marchar: que yo tengo que morir y vosotros tenéis que vivir. Mas quien de nosostros vaya a lo mejor, cosa es, para todos menos para el dios, desconocida.” (“Apología” -40 p. 39)

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          La ejecución de la sentencia dictada se demoró por treinta días. En el comienzo del Fedón se explica la circunstancia casual de tal demora, por el hecho de que, durante la víspera del juicio, se había coronado la popa del navío que los atenienses enviaban a Delos cada año, en conmemoración de la que había llevado a Teseo a Creta donde matara al Minotauro, liberando a Atenas del rey Minos. Durante ese tiempo se prohibían las ejecuciones pues la ciudad debía permanecer limpia. Sócrates estuvo en prisión acompañado por muchos de sus discípulos y allí se planteó  el célebre diálogo sobre el alma donde el filósofo desarrolla dialécticamente la teoría de su inmortalidad.  El relato tiene como participantes a Simias, Cebes, Equécrates y el propio Fedón, a quien Platón –que había estado enfermo- atribuye la reconstrucción de los diálogos con el maestro, hasta las últimas horas de su vida.

Más brevemente y a partir de la comprobación de que el demonio con el quedecíahablar Sócrates, no lo previno esa vez contra el peligro que lo acechaba, Jenofonterecuerda en sus Memorables que en realidad no quiso preservar su vida,  y que “al renunciar a ellapuso de manifiesto toda la fortaleza de su alma; se cubrió de gloria por la verdad, lalibertad y la justicia de su defensa, tanto como por la mansedumbreyvalentíaconquerecibió la sentencia de muerte.” (Ob. Cit  T:XXIII. p. 131)

Recordaba que Hermógenes antes del juicio le había advertido “que los jueces de Atenas según sean los discursos han hecho perecer muchos inocentes y han absuelto no pocos culpables”. Ante lo cual  Sócrates replicó “Intenté preparar una apología para presentar a mis jueces, pero mi demonio se ha opuesto... Pero, ¿por qué admirarte si al dios le parece serme más ventajoso que salga de la vida en estos momentos?” Y después de expresar que había vivido la mejor y más agradable de las vidas, haciéndose cada día mejor, no lamentaba tener que perderla ante la perspectiva de una vejez en la que “le costaría más trabajo aprender” y le “resultaría más fácil olvidar” Luego de lo cual Jenofonte  pone en boca de su maestro Sócrates, este maravilloso mensaje: “Si muero injustamente, la vergüenza será para quienes injustamente me condenen; porque si la injusticia es una vergüenza ¿cómo no va a ser vergonzoso un acto injusto?...Veo que la fama de los hombres que me han precedido en la vida pasa a la historia diferentemente según que hayan sido autores o víctimas de injusticias. Sé también que los sentimientos que inspiraré a los hombres, muriendo hoy,  no serán los mismos que inspiren quienes me matan, porque darán testimonio de que jamás hice mal a nadie, y que, lejos de corromper a quienes frecuentaban mi trato, me esforcé en volverlos mejores.” ( Cit.p. 133)

Los últimos momentos de Sócrates están descritos en el Fedón. La sentencia debía ejecutarse antes de la puesta del sol. El verdugo, tan conmovido como los discípulos que le rodeaban,  le había alcanzado la copa con la cicuta recién machacada. Sócrates se había despedido de su mujer y sus hijos, pues no quería que estuvieran presentes en su final  y había tomado su último baño. Su amigo Critón que antes le había propuesto una fuga que el maestro rechazó, quería demorar el trago fatal. “No te apresures, pues hay tiempo todavía...” y el filósofo serenamente le contestó que nada adelantaría tardándose unos momentos en tomarlo “fuera de hacerme ridículo a mi mismo mostrándome tan apegado al vivir y temiendo a lo que no es nada.” En tono de broma le preguntó al verdugo: “¿Qué dices de hacer una libación con esta bebida? ¿Está permitido o no? Luego de lo cual y pidiéndole a los dioses que fuera feliz el tránsito de una morada a la otra, bebió el contenido con total tranquilidad.  Y cuando sus discípulos estallaron en llantos los increpó diciéndoles: “¿Que hacéis amigos míos?...Calmaos y mostrad firmeza”. Caminó entonces unos pasos y luego se acostó. Mientras la muerte le subía por las extremidades, acercándose al corazón, dijo sus últimas palabras: “Critón, debemos un gallo a Esculapio. Pagad la deuda. No la descuidéis.” (“Fedón” cit- p 174) Y dejó de existir. Critón le cerró la boca y los ojos. Esculapio era el dios pagano de la medicina y la salud y la ofrenda del gallo que se le hacía,  significaba el amanecer.

El sol se ponía en Atenas, en un atardecer de junio, 399 años antes del nacimiento de Jesucristo.

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