Shylock y el Mercader de Venecia

 Por Washington Bado

   

Al Pacino y Jeremy Irons, representan a Shylock y Antonio en una escena culminante de la versión cinematográfica de “El mercader de Venecia”, obra del dramaturgo William Shakespeare.Cuando Shylock exigió al Dux que se diera cumplimiento a lo pactado y le entregara una libra de carne por la deuda incumplida, la injusticia intrínseca del pacto hizo que la garantía se declarara inexigible.Además de su discutido mensaje, el juicio ficticio de “El Mercader de Venecia” nos introduce en el mundo incipiente del Derecho Comercial que se desarrolló en las repúblicas italianas, con el comienzo del capitalismo moderno. 

El juicio por el prejuicio

El título podrá parecer contradictorio y en realidad lo es. Es más, es lo que los abogados solemos llamar una verdadera “contradictio in adjectio”, expresión latina con la que se reconoce la máxima incompatibilidad entre dos proposiciones, de las cuales una afirma lo que la otra niega, no pudiendo ser al mismo tiempo verdaderas. Y sin embargo es frecuente que en un clima de negación de lo racional, estas contradicciones pasen inadvertidas o cuando menos, se disimulen bajo la hipocresía de un convencionalismo aceptado por comodidad.

Ha habido y por desgracia seguirá habiendo juicios malogrados en el prejuicio que adoptarán la apariencia de los valederos, llegando hasta ser aplaudidos por una sociedad conformista y más aún temerosa de sí misma, al punto de no atreverse siquiera a advertirlo. Los ejemplos que podemos encontrar en la historia real del derecho son muchos, casi tantos como aquellos en los que no se quiso deliberadamente hacer justicia, pero aquí nos ocuparemos de uno que a través de la ficción literaria concebida por uno de los más grandes poetas, Shakespeare, ha alcanzado destaque universal. Se trata del juicio del “Mercader de Venecia” en el que el demandado, Antonio, resultó absuelto y su contraparte, el judío Shylock, condenado, aunque sólo reclamaba el cumplimiento de un contrato libremente consentido.

¿Fue esa una sentencia justa? ¿Fueron válidos sus fundamentos?

Se ha dicho que la obra está inbuida de un profundo antisemitismo, aunque el judío prestamista que reclamaba el pago de una libra de carne de su deudor, obraba sin duda como un canalla al exigirle una garantía que le costaría la vida.

      El reciente film de Michael Radford, protagonizado por un brillante Al Pacino, en el papel de Shylock y el siempre enigmático Jeremy Irons en el de Antonio, ha replanteado el asunto, que como lo veremos, ya había merecido el profundo análisis de un maestro del derecho como Ihering, en una obra también clásica: “La lucha por el derecho”. Vale la pena recordar aquella trama y algunas reflexiones del gran jurista alemán.

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      Shakespeare compuso “El Mercader de Venecia” a fines de 1593. En esa época un gran movimiento antisemita se había extendido por Inglaterra y el relato se hace eco de él. Aunque la historia podía reconocer un antecedente en “El Judío de Malta” de su contemporáneo Marlowe, Shakespeare ubicó su acción  en la “Serenísima República” y en una legendaria e inubicable Belmont, allende los mares.  Allí residía la rica heredera Porcia, prometida en matrimonio por su padre a quien fuera capaz de acertar en descubrir el retrato de la bella, escondido dentro de uno de  tres cofres  -de oro, plata y plomo- por alguno de los cuales deberían optar los pretendientes: los Príncipes de Marruecos y Aragón y el apuesto pero empobrecido Bassanio. Y es precisamente Bassanio, amigo de Antonio, quien decidido  a emprender la aventura de llegar hasta Belmont, obtiene el apoyo del mercader veneciano para financiar la expedición.     Antonio carece de dinero efectivo -ya que todo lo ha volcado como armador en sus  bajeles que navegan, cargados de sederías y especias,  hacia Trípoli, las Indias, Inglaterra y Méjico y acepta para ello tomar del judío Shylock, a quien desprecia y ha humillado, un préstamo de tres mil ducados que entregará Bassanio.

       El judío está movido por un sordo rencor. “Le odio –dice en la escena III del acto primero- porque es cristiano, pero mucho más todavía porque, en su baja simplicidad, presta dinero gratis y hace así descender la tasa de la usura en Venecia.” ( Aguilar –Obras completas – Madrid- 1965 pg. 1051) Esta curiosa reflexión financiera del más moderno cuño monetarista, no le impide sin embargo renunciar a cobrar los intereses del dinero que prestará por tres meses, apartándose así de lo que era norma en su negocio. Después de recordarle a Antonio las humillaciones que le había infligido, le dice que el préstamo será por “ pura generosidad” -lo que aquél no deja de reconocer- pero, tendiendo ya los hilos de una sutil venganza que de algún modo presiente, le exige lo que en el derecho se llama una cláusula penal,  para el caso de incumplimiento en la devolución del dinero prestado, a la fecha estipulada. “La penalidad consistirá en una  libra exacta de vuestra hermosa carne que podrá ser cortada de no importa qué parte de vuestro cuerpo que me plazca.” Antonio, confiado de que “no caerá en falta” ya que en dos meses espera recibir ingresos muy superiores a la suma del pagaré, acepta firmarlo y se dispone a concurrir al notario. La escena se cierra con la siguiente reflexión del mercader:

      “Apresúrate, amable judío.Este hebreo acabará por hacerse cristiano; ya va siendo obsequioso” (Ob. cit. pg. 1053).

      A partir de allí la obra se desliza en tono de comedia sobre los risueños devaneos que envuelven a las tres parejas de enamorados que transitan por ella: Bassanio que encuentra el retrato de Porcia en el cofre de plomo que elige y se casa con ella; Graciano y Nerissa, acompañantes de aquellos y Jessica, la hija de Shylock que –para colmo de afrentas- traiciona y abandona a su padre robándole sus joyas, para seguir a Lorenzo, otro amigo de Bassanio. Todo ello en el marco de una Venecia voluptuosa, con sus góndolas, sus palacios afiligranados, sus antorchas y sus máscaras, bajo  el claroscuro de un imaginario Tiziano.

      Pero el talento de Shakespeare se las ingenia para desplegar sobre ese primer plano endulcorado, como un sombrío telón de fondo, la mueca trágica de Shylock,  aguardando que la ruina inesperada de Antonio lo redima del desprecio y la traición a través de su venganza.

      Más tarde llega  a Venecia la noticia de que los galeones de Antonio naufragaron y al vencimiento del plazo Shylock exigirá del Dux que se de cumplimiento a lo pactado. Reclama la libra de carne prometida.

Salarino, otro amigo de Antonio le dice:

     “Estoy seguro de que el Dux no otorgará jamás la ejecución de ese contrato.”   Y dando otro ejemplo de notable modernidad conceptual que lleva a percibir ya  en Shakespeare el mundo globalizado de hoy, le responde el propio Antonio:

 “El Dux no puede impedir a la ley que siga su curso, a causa de las garantías comerciales que los extranjeros encuentran cerca de nosotros en Venecia; suspender la ley sería atentar contra la justicia del Estado puesto que el comercio y la riqueza de la ciudad dependen de todas las naciones.” (Ob.cit-ActoIII)

 
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      El gran jurisconsulto alemán Rudolph Von Ihering (1818-1892) es considerado  como un verdadero artista de la ciencia jurídica. Maestro de maestros, fue discípulo a su vez de otro grande, Savigny, de cuyo escuela historicista se apartó para abrir las puertas de la moderna filosofía del derecho, con su teoría del derecho en el mundo de los fines. Una de sus grandes obras fue “ La Lucha por el Derecho”. Decía en ella Ihering:

      “Todo derecho en el mundo debió ser adquirido por la lucha; estos principios de derecho que están hoy en vigor ha sido indispensable imponerlos por la lucha a los que no los aceptaban, por lo que todo derecho, tanto el derecho de un pueblo, como el de un individuo, supone que están el individuo y el pueblo dispuestos a defenderlos”. (Trad. A. Posada –TOR- Bs. Aires p, 46)  Afirmaba que resistir la injusticia es un deber del individuo para consigo mismo y para con la sociedad, pues “el derecho personal no puede ser sacrificado, sin que la ley lo sea igualmente.” Y en este punto rescata el ejemplo de Shylock  y dice:

      “El poeta , en estas cuatro palabras “yo represento la ley” ha determinado la  verdadera relación del derecho bajo el punto de vista objetivo y subjetivo y la significación  de la lucha para su defensa, mejor que pudiera hacerlo cualquier filósofo. Esas palabras cambian por completo la pretensión de Shylock en una cuestión tal, en que objeto en cuestión es el mismo derecho de Venecia.” Y agrega:

      “No es el judío que reclama su libra de carne, sino que es la misma ley veneciana quien llega hasta la barra de la justicia porque su derecho y el derecho de Venecia son uno mismo, el primero no puede perecer sin perecer el segundo; sucumbe al fin bajo el peso de la sentencia del juez que desconoce su derecho por una burla extraña; si lo vemos herido por el dolor más amargo, cubierto por el ridículo y completamente abatido alejarse vacilante, podemos entonces afirmarnos en ese sentimiento de que el derecho de Venecia está humillado en su persona, que no es el judío Shylock quien se aleja consternado, sino un hombre de la Edad Media , ese paria de la sociedad que en vano grita: ¡Justicia!” (ob. cit. p. 95)

      Ciertamente en su comparecencia ante el Dux, Shylock declaró haber jurado por el Sábado Santo que iría a obtener la ejecución de la cláusula penal y agregó: “si me la negáis que el daño que resulte de ello recaiga sobre la Constitución y las libertades de vuestra ciudad.”

      No se le oculta a Ihering y así lo destaca en una nota que “el legista que estudia la cuestión estará obligado a decir que el título no estaba en vigor porque contenía alguna cláusula inmoral y que el juez apoyado en esta sola razón ha podido negar lo pedido por el querellante...” No obstante esta apreciación no conmueve su convencimiento de que el derecho fue desconocido y que Shylock fue burlado por el Juez. Esto es lo aterra a Ihering y proclama: “El asesinato judicial, como lo llama perfectamente nuestra lengua alemana, es el verdadero pecado mortal del derecho.”

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      Situados hoy en la óptica del siglo XXI y después de conocer los crímenes que el racismo pudo consumar contra el pueblo judío en la propia patria de Ihering, no podemos menos que admirar la noble reciedumbre de las palabras de Ihering, en la lucha eterna por el Derecho. También podemos disculpar que Shakespeare haya situado esa obra en el marco de los prejuicios y con las limitaciones del derecho de su tiempo. En el fondo, como también lo reconociera Ihering “el poeta puede indudablemente hacerse una jurisprudencia a su capricho...”

      En efecto. Este es un juicio extraño en el que el Dux tiene que llamar a un doctor en leyes para que lo asesore en el acto de dictar justicia.  Y ese abogado no es otro que la bella Porcia que, travestida de hombre,  a la mejor aunque inconvincente usanza de las letras medioevales –piénsese en el Don Gil de las Calzas Verdes de Tirso de Molina o en la Viola del propio Shakespeare en Noche de Reyes- ha engañado al Dux  haciéndose pasar por Baltasar, el joven  letrado que habrá de dictaminar la causa.

      Después de haber intentado el propio Dux la conciliación con la propuesta de Bassanio (respaldado secretamente por la rica Porcia) de devolver duplicado y hasta triplicado el capital del préstamo, lo que Shylock rechaza empecinadamente, el falso juez proclama:

      “El objeto de la ley y el fin que persigue están estrechamente en relación con la penalidad que este documento muestra que se puede reclamar” Y ordena que Antonio ofrezca su pecho al cuchillo. “Te pertenece una libra de carne de ese mercader; la ley te la da y el tribunal te la adjudica.”

      A esta altura, Shylock, entusiasmado, considera que el juez es un nuevo Daniel. No es casual esto ni es casual que Porcia asumiera el nombre de Baltasar para interpretar su rol de sabio doctor. Todo gira en torno de una sutil ironía de Shakespeare. Recordaremos que en la Biblia el sabio profeta Daniel  era llamado por los babilonios Baltasar y alcanzó  el reconocimiento de Nabucodonosor, luego de la conquista de Jerusalen, cuando consiguió interpretar el sueño del gigante de los pies de barro que lo advertía de su destino y que el propio rey no podía recordar. Se explica pues que para el judío, Baltasar fuera el prototipo del gran jurista.

      “Rectísimo Juez”, exclama Shylock; pero su alegría desaparece cuando Baltasar le advierte que el pagaré no le concede ni una gota de sangre y que si al cortar la carne –ni un gramo más sobre la libra convenida- vierte una sola gota de sangre cristiana, según las leyes de Venecia sus tierras y demás bienes será  confiscados en beneficio del Estado. Intenta entonces el judío dar marcha atrás y aceptar el el ofrecimiento de Bassanio, pero ya ni siquiera se le reconoce el capital adeudado. Rebuscadamente el falso juez lo acusa de haber violado las leyes de Venecia al procurar atentar contra la vida de un ciudadano, por lo cual la mitad de sus bienes pertenecerá a la persona contra la cual ha conspirado y la otra mitad al Estado, dependiendo a su vez la vida del ofensor de la misericordia del Dux, ante quien Shylock es conminado a arrodillarse.

Shylock se desploma. “Tomad mi vida y todo”, llega a decir.

      Pero queda una última instancia: el perdón de Antonio. Y este exige dos condiciones a su gracia: que se convierta  sin demora en cristiano y que a su muerte haga donación de lo que le quedare a su hija Jessica y a su yerno Lorenzo.

_“¿Estáis satisfecho judío –dice Porcia siempre en su rol de falso Juez- ¿Qué dices pues?”

_ “Estoy satisfecho – contestará Shylock. Y terminará: “Os lo ruego; dadme permiso para salir de aquí. No me siento bien.”

      Después de esto  la trama vuelve a su juego de sonrisas entre los enamorados, en un último acto , en torno de unos anillos que se entregan y que van y que vienen. Pero el verdadero final ya está dado.

      Al genio de Shakespeare no se le podía ocultar la imperfección de este juicio imaginario, aunque pudiera estar inspirado en hechos reales. Por eso hay que entender que se trata de una verdadera denuncia y que el poeta supo esconder un profundo drama de la humanidad, bajo la apariencia de una comedia divertida. Ya se sabe que en aquel y en todos los tiempos, el pacto de sangre que como garantía selló el acuerdo entre Antonio y Shylock, era nulo por objeto ilícito, por ser contrario a la moral y a las buenas costumbres. Esto es lo que el improvisado juez debió haber declarado, estableciendo la nulidad de la cláusula accesoria pero preservado la validez del negocio principal. Por otra parte no podría excluirse que la cláusula de garantía hubiera podido tener un alcance puramente simbólico.  El propio Shylock así parecía reconocerlo en la escena final del acto primero, cuando le decía a Antonio: “Venid conmigo a casa de un notario,  me firmaréis allí simplemente vuestro pagaré, y a manera de broma (¿“animus jocandi”?, nos preguntamos) será estipulado que si no pagáis tal día, en tal lugar, la suma o las sumas convenidas, la penalidad consistirá en una libra exacta de vuestra hermosa carne...”

      No podemos dejar de recordar que ya en el antiguo Derecho se admitía el dolo bueno y se condenaba el malo, entendiendo por el primero, como lo hacía la Legislación de Partidas, “la sagaz y astuta precaución con que cada uno debe defender su derecho, y evitar todo detrimento y perjuicio que le amenace por engaño de un tercero.” (Ley 2 –Tit. 16 Part.7 Escriche –p.567) Shylock lo que quería era defender su derecho.

       Otro gran maestro, Radbruch, se ocupa del mismo tema y lo resuelve así:

“Shylock sigue siendo, a pesar de todo, víctima de una injusticia, no en cuanto al resultado, pero sí en cuanto a la forma en que lo fundamenta. En el relato que sirvió de base al drama de Shakespeare sin duda que no entraba como factor esa injusticia: versaba sobre el trato desconsiderado otorgado a un hombre de categoría inferior y a quien no cabía tomar en serio, es decir a un judío. Pero en manos de Shakespeare, y ello es uno de los muchos testimonios que acreditan la grandeza humana del poeta, Shylock se convierte de una figura secundaria, ridícula y despreciable, en una figura verdaderamente trágica, que proyecta su sombra sobre el alegre medio que le rodea.” (“Introducción a la Filosofía del Derecho” F.C.E. – 1965 – México- p.148)

 

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      Desgraciadamente la historia  se encargó de montar un ejemplo trágico de un juicio  falseado por el prejuicio del antisemitismo medioeval, en la Francia del siglo XIX, luego  de atravesar el fracaso del violentismo revolucionario y  la caída de los oropeles de sus dos imperios napoleónicos. Fue el célebre caso del Capitán del ejército francés Alfred Dreyfus.

      La III República Francesa, surgida en 1870, luego de la derrota militar de Sedan, vivía las contradicciones de un espíritu liberal incipiente, tremendos resentimientos antigermánicos motivados por el triunfo de Bismark y una extendida opinión nacionalista, neomonárquica y antisemita. Dreyfus pertenecía a una adinerada familia de industriales alsacianos judíos y, a los treinta y cinco años de edad, había hecho una importante carrera militar. En setiembre de 1894 los servicios de inteligencia del ejército francés,  interceptaron  un documento dirigido al agregado militar alemán en París, referente a informaciones sobre nuevos elementos de la artillería francesa, considerados secretos. Dreyfus fue acusado de ser el autor de ese documento y fue inmediatamente arrestado.

      Pese a las protestas de inocencia del acusado, en un juicio amañado, con pruebas fraudulentas y jueces contumaces, fue condenado por alta traición a cadena perpetua y recluído en la sórdida cárcel  de la Isla del Diablo, en la Guayana Francesa. Más que por el error judicial todo estaba motivado  por el odio que inspiraba a militares decadentes,  su condición de judío.

      La familia de Dreyfus, cuestionó las pruebas aportadas y reclamó la existencia del error judicial., procurando apoyos en los medios políticos y en la prensa, para obtener una revisión del juicio.

      Dreyfus era inocente y en marzo de 1896, un año después de haber sido condenado,  el nuevo jefe del Servicio de Inteligencia, el teniente coronel Picquart, lo supo de inmediato al haber encontrado un telegrama que no dejaba dudas en cuanto a su inocencia. Otros elementos inculpaban a un coronel llamado Esterhazy.

      La amenaza del escándalo se volvía más preocupante  que el propio acto de espionaje. Piquart informó a sus superiores, pero el Estado Mayor no encontró mejor salida que sacarlo de París, enviarlo a la frontera este y posteriormente a Túnez. Su sucesor, el coronel Henry, elaboró entonces documentos falsos para incriminar a Dreyfus.

      En enero de 1898 un Tribunal militar absolvió a Esterhazy contra quien la familia de Dreyfus había planteado acusaciones como forma de poder obtener un nuevo juicio. Pero el “affaire” iba creciendo, al par de poner de manifiesto una grave manipulación, en la que quedaban implicados los principales mandos del ejército francés, el propio Ministro de Guerra, Jefes del Estado Mayor y Jueces Militares.

      La opinión pública se dividió entre quienes decían defender los valores de la Francia eterna, encabezados por el propio Arzobispo de París, e intelectuales nacionalistas como Barrès y Maurras, y los llamados por aquellos, “dreyfusards”, republicanos y liberales, entre los cuales se alineaban escritores como Emile Zola, Anatole France, André Gide y Marcel Proust y políticos de izquierda como Albert Sorel y Jean Jaurès. Estos  veían detrás del “affaire” Dreyfus, no solo una injusticia, sino una conspiración contra la libertad y la República. Unos y otros organizaron grandes manifestaciones públicas.

      Fue entonces que Emile Zola, el fundador del naturalismo literario, ya en la cúspide de su fama de autor de célebre novelas como Naná, La Bestia Humana y Germinal, entre otras, publicó, el 13 de enero de 1898, en el periódico L’Aurore,  una carta abierta dirigida al Presidente de la República , titulada “Yo Acuso” (“J’Accuse”), que tuvo una extraordinaria resonancia. En ella sostenía la inocencia de Dreyfus y acusaba a los titulares del Ministerio de Guerra, Mercier y Billot, al Estado Mayor y Jueces intevinientes, de fraude y desviación de poder.

      Zola fue demandado por el Ministerio de Guerra y debió alejarse de Francia. Pero el proceso siguió su curso y tuvo el mérito de que se consiguió demostrar la inocencia de Dreyfus al quedar probada la falsedad del documento que lo incriminaba. Piquart ya había sido detenido y el coronel Henry se suicidó el 30 de agosto de 1898, no sin antes admitir que los documentos por él presentados eran falsos. Todo esto condujo que el Tribunal Supremo, que ya había empezado a reexaminar el expediente Dreyfus, ordenara la revisión del juicio.

      Zola regresó de su exilio en junio de 1899, sin que el gobierno tomara medidas contra él. Dreyfus fue retornado a Francia y se le sometió a un nuevo juicio, pero fue nuevamente condenado por el Tribunal Militar que se obstinaba en no reconocer el grueso error cometido en el anterior. El gobierno presidido por René Waldeck-Roussau, quiso terminar el “affaire” otorgándole un indulto presidencial, pero Dreyfus lo rechazó, pues pretendía justificadamente que se declarara la verdad de su inocencia y su absolución.

Tuvo que esperar hasta el 12 de julio de 1906, ya muy entrado el siglo XX, para obtener su rehabilitación y lograr su restitución al Ejército, del cual había sido expulsado como traidor, más de diez años antes, para ser encarcelado en la Isla del Diablo. En compensación fue condecorado. Pero lo importante fue que se produjo, aunque tardíamente, el triunfo de la verdad y la justicia.

Emile Zola no pudo conocer el final de la historia por el que tanto había luchado. En la noche del 29 de setiembre de 1902,  fue encontrado muerto en su casa, asfixiado por el escape gaseoso de una chimenea. Su muerte se consideró como “misteriosa”, en vista de las amenazas que había recibido.

Pese a todo, el terrible “affaire” Dreyfus –que bien podría catalogarse como un “asesinato judicial”, el pecado mortal del Derecho de que hablaba el ilustre Ihering- ha quedado grabado en la peor historia de la jurisprudencia, aunque haya tenido un final justiciero.

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  Además de su discutido mensaje, el juicio ficticio del “Mercader de Venecia” nos introduce  en el mundo incipiente del Derecho Comercial, que se desarrolla en las repúblicas italianas. Ya los títulos valores, las letras de cambio, los pagarés, los contratos de fletamento y las pólizas de seguro, aparecen como nuevas estrellas en el firmamento jurídico, al abrirse las puertas de los primeros grandes bancos, para dar comienzo con el Renacimiento al capitalismo moderno. Los nuevos instrumentos jurídicos alcanzan un rápido desarrollo, al evitar el traslado de dinero y metálico, frente a la amenaza de los piratas y salteadores, en una época de gran inseguridad. Su literalidad y autonomía respecto del negocio causal  que les daba origen, serán otra garantía para su libre circulación por la vía del simple endoso.

Shylock, “ese infeliz judío de la Edad Media ”-como lo definiera Ihering- ya no existe. En su lugar hay un pueblo que supo luchar por su derecho y ocupar lugar sobre la tierra. Decía el insigne jurista: “La fuerza de un pueblo, responde a la de su sentimiento del derecho” y agregaba “la esencia del derecho consiste en la acción.” (ob. cit. p. 107)

Sacudidos por las terribles noticias que día tras día nos llegan del Medio Oriente, sería bueno que todos comprendiéramos que también el pueblo palestino está en lucha por su derecho. El Derecho Internacional que es la gran esperanza de .la humanidad deberá encontrar una solución para este difícil problema.

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El conteo comenzó el 1/1/2014