Luis XVI, Danton y Robespierre

 La ejecución de Luis XVI en la guillotina. El verdugo Sanson exhibe su cabeza a la multitud mientras exclama: ¡Viva la República!

La seguridad del nuevo Estado se sobrepuso a los ideales de la propia revolución -que Danton y Robespierre habían compartido- porque solo a través de la legitimidad que da el Derecho se puede hacer verdadera Justicia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                                           

 

Los juicios por la revolución

 

 

      Se han escrito innumerables obras sobre la Revolución francesa, pero ninguna –más allá de la opinión que sobre su autor se tenga como político- ha alcanzado la trascendencia de la que compusiera entre 1823 y 1827, Luis Adolfo Thiers, que bien puede ser considerada como un clásico. Thiers  -a quien Carlos Marx llamara “enano

monstruoso” por la represión de la Comuna de París de 1870- encabezaba así el  prólogo de su obra: “Voy a escribir la historia de una revolución memorable que ha conmovido profundamente a los hombres y que todavía los tiene divididos.” Y agregaba: “Pero por más que apoyemos la misma causa, no nos incumbe defender su conducta, y podemos separar la libertad de las personas que la han servido bien o mal...Quizás el momento en que esos actores van a desaparecer, es el más a propósito para escribir la historia, porque puede apelarse a su testimonio, sin participar de sus pasiones.” (“Revolución Francesa” 3ª. Ed. Bouret París-Méjico-1926

      Es que en aquella revolución, generosa y cruel, idealista y vulgar al mismo tiempo, lo que sobró fueron pasiones y aunque Thiers tuvo el privilegio de recoger el testimonio de los sobrevivientes, seguramente fueron más los que terminaron antes sus días bajo el ominoso tajo de la guillotina.

      No pudieron conocer el final de aquella trágica historia, entre tantos otros, tres de sus principales protagonistas, el Rey Luis XVI y los abogados Jorge Jacobo Danton y Maximiliano Robespierre, que votaron por su decapitación en la Convención Nacional y terminaron como él, también decapitados. Todos eran jóvenes, ninguno sobrepasó los cuarenta años y aunque de origen diferente, todo                                                                                                       m  s fueron queridos y odiados por el mismo pueblo que los aclamó y luego condenó, con la misma vara de una justicia injusta: el juicio de la revolución. 

      Pero ¿qué es una revolución? Esta palabra tiene un enorme poder de seducción, sobre todo entre los jóvenes, tal vez porque ellos no proyectaron ni hicieron nada por el pasado, por lo que, llevados por su sed de justicia, suelen querer cambiar el presente que deriva de él, en el menor tiempo posible y aún al precio de la violencia. Para la sociología, la revolución es ante todo un cambio social.  Grompone decía que para los revolucionarios el único valor del pasado es servir de punto de apoyo para dar el salto y Ganon agregaba que la ideología revolucionaria “se nutre además de la creencia en la excepcionalidad del movimiento que informa.” (“Resumen de Sociología General” –1952- Montevideo- Facultad de Derecho.T. II pg.551)

       Para Marx la violencia oficiaba de partera de todas las viejas sociedades “preñadas de una nueva” y el anarquista Eliseo Reclus afirmaba que la revolución se produce cuando la evolución es contenida. Uno y otro coincidían en la ilusión de que la abolición del viejo orden capitalista implantaría otro que ya no necesitaría de revoluciones. Lo mismo pensaba Robespierre: “Debéis mientras os sea posible, favorecer el progreso de esta gran revolución que debe cambiar los destinos del mundo”.( Discurso ante la Convención de 3.11.92 Ed. La República –1989 – p.26)

      Más sabio que ellos, el viejo Aristóteles  -quien afirmaba que la más alta de las ciencias es la política, que persigue la justicia y la utilidad general-  lejos estaba de pensar que la revolución pudiera significar un bien y afirmaba respecto de los revolucionarios: “Y así los unos como los otros, tan pronto como no han obtenido, en punto a poder político, todo lo que tan falsamente creen merecer, apelan a la revolución.  Ciertamente, el derecho de insurrección a nadie debería pertenecer con más legitimidad que a los ciudadanos de mérito superior, aunque jamás usen de este derecho”.  Consideraba el estagirita que la desigualdad, que por sus valores relativos podía conspirar contra cualquier sistema, era la causa de las revoluciones, por lo que “lo más prudente es combinar la igualdad relativa al número con la igualdad relativa al mérito.” (“ La Política ” –Espasa-Calpe- 1943-Bs. Aires ps. 238-250).

      También los revolucionarios franceses creyeron en la excepcionalidad de su revolución y aunque  hoy se reconoce que tuvo el mayor de los éxitos por la extensión universal de su doctrina, no debe olvidarse que la base de la misma ya había sido predicada en la revolución inglesa de 1648 y en particular la norteamericana de 1776. Pero también hay que reconocer que en la Revolución Francesa hubo  un conflicto religioso y una suerte de misterio que ligó en su destino a Luis XVI, con Danton y Robespierre y se prolongaría más tarde con Napoleón Bonaparte, quien se presentará como restaurador del orden y de la religión, a la que se abrazaba el rey decapitado.

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      Cuando el ujier de la Convención convocó al “ciudadano Luis Capeto”, el convocado, que no era otro que el rey Luis XVI, protestó  diciendo que ese sólo era el sobrenombre de uno de sus antepasados. En efecto, Hugo Capeto se hizo del trono francés en el año 987, desplazando al último de los descendientes de Carlomagno. A una de las ramas colaterales de su descendencia, los Borbones, pertenecieron el Rey Sol, Luis XIV, su nieto, Luis XV el “bien amado” (se supone que de la Marquesa de Pompadour y Mme. Du Barry ya que fue muy impopular) siendo sucedido a su muerte, en 1774, también por un nieto, el Duque de  Berry, que pasó a ser Luis XVI.

       El futuro rey, se había casado en 1770  con la Archiduquesa de Austria, María Antonieta, hija del Emperador de Alemania, Francisco lo. y de la Emperatriz de Austria, María Teresa y su matrimonio –negociado políticamente como tantos otros- serviría de telón de fondo para una alianza entre sus respectivos países que aseguraría la paz y prosperidad poniéndolos a salvo de su enemiga Inglaterra.

      Cuenta Bernard Fay que al morir Luis XV, sobre los muros de Paris se leyeron “grafitti” que decían: “Aquí yace Luis el Quince, el segundo bienamado, Dios nos guarde del tercero...” (“ La Revolución Francesa ” –Siglo XX- Bs. Aires –1967- p.45).

      Sin embargo su sucesor no tuvo dificultades para asumir el poder y la simpatía popular se volcó rápidamente hacia él, pese a su físico ingrato y su miopía. La gente parecía respaldar todavía a la monarquía. Recuerda Fay: “quienes lo vieron admiraron el recogimiento apasionado con que se volvió hacia Dios y la cálida benevolencia que puso en sus contactos con el pueblo, especialmente con la gente más modesta que se le acercaba.” (Ob. cit. p. 54). Talleyrand en sus Memorias –cuya recomendable lectura puede hacer dudar sobre las malas intenciones que generalmente se le atribuyen- hace esta descripción: “Un rey joven, de moral escrupulosa y de rara modestia; ministros conocidos por su honradez y sus cualidades; una reina cuya afabilidad, gracias y bondad atemperaban la austeridad de la de las virtudes de su esposo: ¡todo era respeto!; todo era amor, todo eran fiestas...Jamás tan brillante primavera, ha precedido a un otoño tan tempestuoso y a un invierno tan funesto.”( Ed. Sarpe –Madrid- 1985 p.63)

       Pero la marea revolucionaria, impulsada por los enciclopedistas desde la altura de los grandes salones –no desde abajo-  crecía cada día más. Los acontecimientos, para desdicha del rey que siempre estuvo bien intencionado y amaba al pueblo, se fueron precipitando en los años siguientes junto con una crisis económica que no pudo ser resuelta  por todos los hacendistas que fueron llamados por el monarca; ni por el reconocido Turgot, ni por Calonne, ni por De Brienne, hasta llegar al ginebrino Necker. El observador Talleyrand da sobre él una opinión que puede hacernos recordar a alguno de los economistas de ahora: “Precipitado desde aquella altura en que su amor propio le había colocado y desde donde se jactaba de poder dominar los acontecimientos se fue a llorar en el retiro los males que no había querido causar...” (ob. cit. p. 81) Pese a los tres tomos de su “Tratado sobre las Finanzas de Francia” tampoco pudo contener y aún precipitó la “debacle” final que arrastró al antiguo régimen y lo entregó a la furia popular del 14 de julio de 1789, cuando se desplomó junto con La Bastilla.

      Pero, más allá de la crisis económica que la gente común pagaba con carestía y miseria y de la trastienda política desestabilizante que involucraba a Felipe de Orleáns, llamado Felipe-Igualdad y a la poderosa Masonería, el pueblo se hizo eco de rumores que le atribuían a la Reina –la “austríaca” como se le decía despectivamente- desvíos de conducta, seguramente inciertos, que eran el producto de una corte parasitaria y desprestigiada que el Rey no sabía contener. En buena medida esa es la imagen con que Luis XVI pasó a la posteridad, tal como lo recoge Thiers en su obra: “Acosado incesantemente de debilidades, de terrores y de incertidumbres, el desgraciado Luis XVI, resuelto por sí a todos los sacrificios, pero no sabiendo como imponerlos a los demás, víctima de su debilidad con la corte y de su condescendencia con la reina, expiaba faltas que no había cometido pero que necesariamente habían de atribuírsele porque las toleraba” (Ob. cit p. 19) Y, aunque la historiografía moderna ha tratado de cambiar esa imagen en base a un análisis político más profundo, de algún modo se le sigue considerando como una víctima de su mujer, lo que parece un exceso pero no nos debe extrañar en un país que acuñó la célebre frase: “¡cherchez la femme!”

           Lo cierto es que cuando aquel monarca entró  como el ciudadano Luis Capeto a la Sala de la Convención para que se le juzgara, bajo la imputación de traición, la propia convocatoria parecía sellar su destino.

         Aún así el Presidente Barrère se animó a decir: “Ciudadanos, la Europa os contempla: la posteridad os juzgará con severidad inflexible; conservad pues la dignidad y rectitud propias de los jueces. Acordaos del terrible silencio que acompañó a Luis cuando se le trajo de Varennes.” Se refería al episodio de la captura del rey y su familia, cuando agotados sus esfuerzos por complacer a los sublevados , después de haber jurado la Constitución revolucionaria y paseado su estampa luciendo la cocarda tricolor ente los “sans culottes”, trató desesperadamente de huir de Paris.

       Pero, ¿qué jueces eran estos; acaso podían serlo? La Convención era la continuadora de la Asamblea Nacional , constituída el 17 de junio de 1789, y esta era continuadora a su vez de los Estados Generales convocados frente a la crisis por el propio Luis XVI, que integraban los tres órdenes, la nobleza, el clero y el llamado tercer estado, representativo de la burguesía en ciernes. Este tercer estado obligó a la nobleza y al clero a deponer sus privilegios y se constituyó en Asamblea Constituyente. La nueva Constitución instituyó la Asamblea Legislativa , que entró en funciones el lo. de octubre de 1791  y le dejó al rey la función ejecutiva. Es en esta Asamblea donde -luego de comenzada la guerra contra la coalición de los países vecinos enfrentados a la revolución-  el 10 de agosto de 1792 se suspendió la autoridad real y se convocó a la Convención. Era un cuerpo multitudinario (¡setecientos cuarenta y nueve miembros!) que no podía constituirse en un tribunal;  no tenía poderes para juzgar al Rey, salvo el poder desnudo que la propia Convención se atribuía y las resoluciones que adoptó -  la proclamación de la República y la condena del monarca a la pena capital- fueron actos políticos que respondían a un proceso inexorable guiado por el poder y alejado de un auténtico sentido de justicia.

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         El 11 de diciembre de 1792, a las dos y media de la tarde, se presentó Luis XVI ante la Convención. Thiers lo describe así: “Un profundo silencio reinaba en la asamblea. La dignidad de Luis y su tranquila presencia en tamaño infortunio, conmueven a todos, y especialmente a los diputados del centro. Los girondinos sienten un íntimo enternecimiento, y Saint Just, Robespierre y Marat conocen que se debilita su fanatismo, y se admiran de hallar un hombre en el rey, cuyo suplicio piden”. (Ob. cit, p.580)

      Aunque ya estaban planteadas la diferencias, es aquí donde se patentiza el enfrentamiento ideológico entre girondinos y montañeses, entre conservadores, moderados y  radicales –las futuras derecha, centro e izquierda, según el lugar que ocupaban, como un referente que llegará hasta nuestros días- donde estaba en juego no solo la suerte del rey sino también, aunque sin saberlo, la de muchos de quienes lo juzgaban, tanto para absolverlo como para condenarlo.

       Después de negar los cargos que se le imputaban, Luis XVI pidió designar sus defensores, a lo que se accedió, no sin que antes algunos de los presuntos jueces se opusieran alegando que se trataba de un subterfugio.

      Los designados, para una tarea que se sabía altamente riesgosa, fueron Tronchet, Malesherbes –anciano conspicuo- y el joven abogado Desèze. Este último fue el que asumió la oratoria ante la Convención y tras recordar que la propia Constitución de 1791 le aseguraba al monarca imputado su inviolabilidad- aún tomándolo en su simple condición de ciudadano-  tenía el derecho de invocar la incompetencia y la recusabilidad de la sede. Y –recuerda Thiers- “ añadió con una osadía que mereció también profundo silencio, que buscaba por todas partes jueces y solo encontraba acusadores.” (Ob. cit. p. 593) En lo sustancial, negó los cargos -muy especialmente que hubiera derramado sangre francesa o traicionado al pueblo- objetó la prueba y argumentó que en el peor de los casos el rey solo podía ser destituido, apuntando al carácter estrictamente político de la requisitoria.

               Las deliberaciones de la Convención se extendieron por más de un mes. Hubo brillantes intervenciones de quienes querían la absolución como Vergniaud y Brissot y quienes proponían la pena de muerte, como Saint-Just, Robespierre y Barrère. Hubo también una tercera posición que fue planteada por Salles y apoyada por Serres, para que la decisión se trasladara al pueblo soberano.

               Finalmente se resolvió que la votación nominal fuera el 15 de enero, sobre los siguientes puntos:

               “¿Luis Capeto es reo de conspiración contra la libertad nacional y de atentados contra la seguridad general del Estado?

               “¿La sentencia sea cual fuere debe remitirse a la sanción del pueblo?

               “¿Qué pena debe imponérsele?

            En cuanto al primer punto: una amplia mayoría de 683 convencionales lo declaró reo. En cuanto al segundo, una mayoría de 423 votos declaró que la sentencia no se remitirá a la sanción del pueblo.

           Sobre el tercer punto la sentencia se difirió para el día siguiente.  Se discutió si debía exigirse una mayoría especial de dos tercios o la simple mayoría, la mitad mas uno. Danton que venía de Bélgica –después de seguir  al General Dumouriez, vencedor en Valmy- pronunció un encendido discurso y bajo la consigna de que no se debería votar “bajo el cañón y el puñal de los facciosos” consiguió que se resolviera la votación por mayoría simple de presentes.

         Según Thiers,Vergniaud presidía la sesión y con acento de dolor dio a conocer el resultado: sobre setecientos veintiún convencionales presentes, trescientos sesenta y uno votaron que “la pena pronunciada contra Luis Capeto es LA DE MUERTE.” (Cfr.  Ob. cit.  ps.591 y ss.)  Por un voto, con el que se alcanzó la simple mayoría, se decidió la muerte del rey. Pudo haber sido el de Felipe de Orleáns, el primo del monarca, que también lo votó.

         El 21 de enero de 1793 Luis XVI fue ejecutado en la guillotina. Dirigiéndose al pueblo congregado en la plaza que rodeaba el cadalso, sus últimas palabras fueron: “¡Muero inocente de todos los crímenes que se me atribuyen! ¡Perdono a los autores de mi muerte y ruego a Dios que la sangre que derramáis no caiga jamás sobre Francia!” Los tambores ahogaron su voz. Luego, Sanson, el verdugo, mostró su cabeza a la multitud mientras gritaba: “¡Viva la República !”

 

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         Haya sido de uno o de un número mayor –como otros lo afirman- la diferencia de votos que sirvió para condenar al rey, lo cierto es que fue exigua en un cuerpo tan multitudinario, ganado por la exaltación que provocaba el fanatismo.

                Las intervenciones de Robespierre y Danton fueron decisivas. El primero para atacar la argumentación jurídica principista de Deseze y la prudente advertencia política de Vergniaud sobre el futuro de Francia. El segundo para eliminar la traba de la mayoría especial, fundada en antiguos preceptos, que se sabía inalcanzable.

                Asumiendo Robespierre que no se cumplían las normas de derecho positivo y aún los principios del derecho natural; admitiendo incluso que la pena de muerte era contraria a los principios revolucionarios y que un hombre debía ser considerado inocente hasta que se probara su culpabilidad en un proceso con plenas garantías, hacía excepción de este caso. Proclamaba: “Aquí es la nación la que juzga su propia causa.” Y agregaba: “De donde se deduce que no se puede aplicar aquí las reglas positivas y variables del procedimiento criminal y de la organización de los tribunales, sino únicamente los principios invariables de la justicia combinados con las reglas de una sabia política. No se trata aquí en absoluto de un acto judicial, sino de un acto de la sabiduría y del poder soberano... Aquí no hay que hacer ningún proceso. Luis no es un acusado. Vosotros no sois jueces. No sois, no podéis más que ser hombres de Estado y los representantes de la nación. No tenéis que dictar una sentencia a favor o en contra de un hombre, sino que tenéis que tomar una medida de salvación pública, tenéis que ejercer un acto de providencia nacional.” (Carta a sus mandatarios y discurso en la Convención , publicados con los auspicios de la Embajada de Francia en “ La Revolución Francesa ” -Ed. La República- 1989- p.30) Este es el poder desnudo; el juicio de la revolución. No puede haber más terrible  ni más honesta descripción de sus alcances.

         Arrebatadamente lo afirmaba aquel a quien llamaban “el incorruptible”: “Pase lo que pase, el castigo de Luis no será válido más que cuando comporte el carácter solemne de una venganza pública. ¿Qué le importa al pueblo la despreciable persona del último rey?....Abogados del rey ¿es por piedad o por crueldad por lo que queréis sustraerle al castigo de sus crímenes? Por mi parte, odio la pena de muerte, prodigada por vuestras leyes y no siento hacia Luis ni amor ni odio. No odio más que sus crímenes... Pero Luis debe morir, porque es preciso que la patria viva.” (cit. p.37-38)

 

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               Es extraño que dos hombres tan opuestos como Danton y Robespierre, hayan coincidido en la defensa sincera de una causa común, con actitudes tan diferentes. Danton era voluptuoso y opulento. Con su rostro marcado de viruela, pero de gesto jovial, se imponía con la corpulencia de su físico y su estentóreo vozarrón. No en vano se le llamó “el titán”. Robespierre, en cambio, era menudo y sutil. Se distinguía con sus suaves modales y su elegancia en el vestir, erguido sobre sus tacones altos y luciendo siempre su empolvada peluca. Algunos dijeron que tenía la cabeza de un gato furioso. Era “el incorruptible”. Danton se mezclaba con el pueblo junto con su amigo el poeta Desmoulins; Robespierre hablaba siempre del pueblo pero se mantenía apartado de él, con su admirador Saint Just, que alguna vez le había dicho “Vos, a quien sólo conozco como Dios, por vuestras maravillas”. (Louis Madelin “Los hombres de la Revolución Francesa ” –Vergara- Bs. Aires-2004 ps.208 y ss.)

              Danton y Robespierre eran hijos de hombres de leyes y ellos mismos, jóvenes y prometedores juristas. Casi con la misma edad llegaron a París en la misma época como dos provincianos oscuros;  uno provenía de Troyes y el otro de Arras. Los dos buscaban abrirse camino en la gran ciudad, poco antes de que estallara la revolución ¡Vaya si lo consiguieron!

             Cuando comenzó la revolución, Danton integraba el Club de los Cordeleros, junto con Marat y Desmoulins. Su rival era el Club de los Jacobinos al cual pertenecía Robespierre y en sus comienzos, Barnave y La Fayette. Recibían sus nombres de antiguos conventos que la revolución había desmantelado, en donde se reunían.

            Danton y Robespierre no fueron amigos –aunque alguna vez se trataron de tal- pero sin duda se respetaban hasta que sus ambiciones y los acontecimientos los llevaron a enfrentarse. Mientras no lo hicieron Danton se dedicó a la función ejecutiva –fue Ministro de Justicia y organizador del Ejército - en tanto que Robespierre se dedicaba a tratar de controlar la Asamblea y luego la Convención.

            Cuenta Madelin que Danton se burlaba de Robespierre porque decía que “le tenía miedo al dinero” A él en cambio le gustaba. No era venal –según Madelin- pero sí derrochador y lo necesitaba. Según Fay llevaba “cuentas de boticario.”

            El propio Madelin dice que tiene dudas de que fuera un verdadero republicano. (Ob. cit. p. 175) Y esto tal vez explique lo que las malas lenguas de la época le atribuyeron en cuanto a que trató de salvar a Luis XVI ante una solicitud de Lameth, arriesgándose a ello pero bajo la siguiente aclaración que le atribuye Fay: “Si pierdo toda esperanza, os lo digo desde ya, como no quiero que mi cabeza caiga con la del rey, estaré entre quienes lo condenen” (ob. cit. p. 408) Y así fue. Luego, tal vez su conciencia y sus posiciones moderadas lo llevaron a tratar  de salvar a los girondinos - que habían defendido al rey- y a María Antonieta y tampoco lo consiguió. También fueron guillotinados. Más tarde, Danton fue desplazado por Robespierre y sus amigos del primer Comité de Salvación Pública y empezó a caer en desgracia. Había comenzado el Gran Terror.

          Fue acusado y sometido al tribunal revolucionario. Era el hombre que tuvo el indiscutible mérito de consolidar a la Revolución ; el mismo que se atrevió a proclamar: “la naturaleza me ha dado las formas atléticas y la fisonomía ruda de la libertad”. Pero le había llegado su hora.

          Entre los acusadores están Saint-Just y el siniestro Fouquier-Tinville, antiguo protegido de Danton, pero detrás de ellos está Robespierre.  Los cargos iban desde haber apoyado a Dumouriez –caído en desgracia y acusado de traidor- hasta tratar de destruir el gobierno republicano y restablecer el poder real. Danton se indigna y refuta los cargos a los gritos, hasta quedar afónico. Intuye que será condenado: “¡Mi morada pronto estará en el olvido y mi nombre en el Panteón! ¡Aquí está mi cabeza! ¡Ella responderá por todo!”

       Sin haberse recibido ni analizado pruebas, Saint-Just obtiene que se den por cerrados los debates y Danton es condenado a muerte, junto con Desmoulins y otros de sus compañeros.

            El  6 de abril de 1794 los condenados fueron conducidos al cadalso. Al pasar la fatídica carreta frente a la casa donde estaba Robespierre,  Danton le gritó con furia:     “Es inútil que te escondas: ¡Me seguirás!” y ya a punto de ser decapitado, le dijo al verdugo: “¡Mostrarás mi cabeza al pueblo! ¡Ella vale la pena!”

            No se equivocó Danton.  El poder del “Incorruptible”, al decir de Madelin, se fundaba en tres dogmas: el Terror que sostiene la virtud, la existencia del Ser Supremo a cuyo culto se obligaba a la gente y la igualdad de derechos, aunque respetando la desigualdad en la sociedad. (Ob.cit.p.221) En esto se diferenciaba de Babeuf, precursor del comunismo.

            El baño de sangre que siguió terminó por asquear a la propia Convención. El hechizo quedó roto. Saint-Just fue abucheado y los convencionales gritaban: “¡Abajo el tirano! Robespierre trató de hacerse oír pero no pudo. Finalmente la Convención lo declaró fuera de la ley y ordenó su arresto, comisionando a Barras con un grupo de soldados, para que lo detuvieran en el Hôtel de Ville, donde se había refugiado.

            El “incorruptible” no tuvo ni siquiera un juicio ante la Convención. Conducido a la Concerjería , donde antes que él habían pasado sus últimos días María Antonieta, los Girondinos y el propio Danton, fue “juzgado” a mediodía y a las 6 de la tarde, en medio de las mayores vejaciones populares y muy malherido -el 28 de julio de 1794 (10 Termidor)-  cayó bajo la cuchilla de la guillotina. Una inmensa alegría se propagó entonces por todo París. Era el fin del Gran Terror.

 

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           Puede haber algo peor que no tener ideales y ser un cínico: es tenerlos y quedar esclavo de ellos. Ese es el camino que conduce al fanatismo y fue lo que les ocurrió a aquellos revolucionarios franceses y en especial a Robespierre. La imagen desagradable que de él ha recogido la historia, se descomprime cuando se leen los documentos que aportó para el mejor legado de la causa revolucionaria. Su discurso ante la Convención del 10 de mayo de 1793, es una pieza memorable del pensamiento democrático universal. “No olvidéis nunca –decía- que es a la opinión pública a la que le corresponde juzgar a los gobernantes, y no a estos dominarla y crearla” Por eso afirmaba que “la primera finalidad de toda constitución debe ser defender la libertad pública e individual contra el gobierno mismo”.

           En las dos Declaraciones de Derechos del Hombre y el Ciudadano que se aprobaron durante el proceso revolucionario, el 26 de agosto de 1789 y el 24 de abril de 1793, se descubre ese aporte. Además del reconocimiento de los derechos, deberes y garantías  fundamentales, de la separación de poderes y del derecho de elegir y ser elegido, base de los regímenes democráticos, se consagra una figura que generalmente no está incluida, por lo menos explícitamente, en las constituciones liberales que siguieron su modelo: el derecho de resistencia a la opresión . Este derecho se reconoció por primera vez en el numeral II de la primera Declaración y en el artículo 27 de la segunda se expresó que “es la consecuencia de los demás derechos del hombre y del ciudadano”.

 Con el mismo espíritu, en la actualidad, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada por las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948, expresa en su preámbulo que es “esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión”.  Pero, previendo las contradicciones  que aquellos  revolucionarios franceses no supieron superar, el último artículo, reza así: “Nada en esta Declaración podrá interpretarse en el sentido de que confiere derecho alguno al Estado, a un grupo o a una persona, para emprender y desarrollar actividades o realizar actos tendientes a la supresión de cualquiera de los derechos y libertades proclamados en esta Declaración.

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 En pleno Barrio Latino de París,  cuando se sube la empinada cuesta de la Rue Soufflot , se llega al Panteón, un edificio destinado a Iglesia que Luis XV mandó construir en homenaje a Santa Genoveva. La Revolución cambió su destino y allí fueron enterrados Voltaire y Juan Jacobo Rousseau que bien pueden ser considerados como sus padres ideológicos.

De algún modo resulta comprensible que una iglesia frustrada fuera la morada de  sus restos, considerando que ellos fueron quienes hundieron la catedral medieval de la superstición y el clericalismo.

En otro extremo de París se alza la centenaria abadía de Saint Denis, que conserva en lo que parece un verdadero mar de mármol, las estatuas yacentes de los antiguos monarcas de Francia. Sus restos ya no están allí porque fueron llevados a una fosa común durante la Revolución. Cuando se desciende a la cripta, en medio de una tocante media luz, el visitante se encuentra con las losas negras de las tumbas de los últimos Borbones; de Luis XVI, María Antonieta y el corazón,  conservado en una ampolla, de su hijo, que no pudo llegar a ser Luis XVII.

Entre  tanta soledad uno llega a hacerse la siguiente reflexión: el poder es efímero y la justicia absoluta; por eso sólo a través de la legitimidad que da el Derecho los hombres pueden hacer algo que se parezca a ella.

El juicio de la revolución dejará para siempre una enseñanza: los que luchan por la justicia valiéndose de medios injustos, caen víctimas de su propia injusticia.

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El conteo comenzó el 1/1/2014