Friné  

Por Washington Bado

   

 

El gran abogado ateniense Hipérides descubre la belleza de Friné ante sus jueces para obtener su absolución.Los derechos de la belleza tan importantes en la Grecia clásica, se impusieron a la sacralidad de los misterios de Eleusis. Friné además de bella era inocente. La justicia se sobrepuso a la seguridad.

   

El juicio de la belleza

 Casi todos hemos visto y disfrutado la exitosa comedia musical “Chicago”, que en su última y premiada versión cinematográfica,  protagonizada por Renée Zellwegger y Richard Gere, reeditó el éxito de las versiones teatrales anteriores. Recordaremos que en lo esencial de su trama, la bella Roxie Hart, mata a su amante quien la engañó al hacerle creer que podía abrirle las puertas de una carrera de artista con la que soñaba. Su inescrupuloso abogado, Billy Flynn, concibe para su defensa una estrategia basada en deslumbrar al jurado con la belleza de su clienta, como única vía para lograr una sentencia absolutoria. Y al final lo consigue.

     Es difícil pensar que los autores de la comedia musical hayan querido ir más lejos que plantear un tema entretenido sobre un caso que posiblemente haya tenido algo de verdad, para que les sirviera de fondo apropiado a lo que verdaderamente era su propósito: lograr a través de los brillos de la música y la danza reconstruir un cuadro de época de los famosos “twenties”. Sin embargo, al hacerlo incursionaron en uno de los temas que más pueden dar para meditar a los pensadores del Derecho o sea, el verdadero fundamento del proceso y las causas que pueden llegar a distorsionarlo.

      La belleza en el proceso puede estar en muchos lados; en el propio juicio en sí mismo, cuando su trama o el fallo que lo define lo acercan a una obra de arte; en las partes o en sus abogados, como en el caso de Roxie, pero incluso en los testigos, como en aquel otro recordado éxito de Agatha Christie, “Testigo de cargo”. Esta obra teatral, llevada al cine,  nos enfrentó con la enigmática belleza de Marlene Dietrich y nada menos que Tyrone Power como el acusado que es absuelto y el opulento Charles Laughton como el abogado que encuentra en el éxito, su más recóndito fracaso. El cine y el teatro han tenido siempre mucho de eso.

      Pero en esta materia es la historia la que puede depararnos mayores sorpresas. Empezando por los griegos.

      Sólo la belleza es la verdad, se dice que decía Sócrates, Pero, ¿qué belleza?;  ¿Qué verdad?   La verdad de la idea. Como se lo atribuye Platón en el “Banquete”, en el encuentro que relata con la profetisa Diótima de Mantinea: “Belleza ante todo y sobre todo, eterna en su ser, no engendrable, no perecible, sin crecientes ni menguantes...” por lo cual lo que da valor a la vida sería la contemplación de la belleza absoluta. Y esta versión de la belleza no excluye la del cuerpo humano, porque “la creación de la belleza se realiza sea en el cuerpo, sea en el alma” y “la belleza que se muestra en un cuerpo cualquiera es hermana de la que se encuentra en todos los otros.” (Ob. Cit.-Clásicos Jackson T. II p. 312)

      Y siendo para el griego las virtudes del alma la sabiduría, el valor y la templanza, no ha de extrañar que la cuarta, la justicia, que las comprende a todas, no se limite a las acciones externas sino que abarque a los deberes internos y que ella “estime y designe como justa y bella a toda acción que haga nacer o conserve en él ese orden bello (“República” VII)

       Bajo esa concepción, en la plenitud de la Grecia clásica, no puede sorprender que el sereno ideal de la Academia platónica, se trasladara  a un Tribunal de Justicia, cuando  el más conceptuado de los abogados  atenienses, Hipérides, no encontró mejor defensa para la más famosa de las cortesanas de aquel tiempo, acusada de violar los misterios de Eleusis, que despojarla de su túnica ante los azorados jueces, para exhibirla desnuda en la plenitud de su belleza, reclamando su absolución. Esta es la historia del juicio de Friné.

 

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       Friné había nacido en Tespias, Beocia pero toda su carrera –como tal puede llamársele-  que la llevó a ser la más admirada de las hetairas, superando incluso a otras como Lais y Glicere, la desarrolló en Atenas.

       Entre las cortesanas de la antigua Grecia se establecía una tremenda distancia social que separaba a las  dicteriadas -que prestaban servicios en la oscuridad de los prostíbulos y que generalmente se reclutaban entre las esclavas, las libertas y las extranjeras- y las hetairas, que aunque privadas de la condición de ciudadanas, se relacionaban con los hombre más eminentes, escritores, poetas, artistas y políticos. Solían pasearse en magníficas literas, rodeadas de esclavos y de eunucos, luciendo collares, pendientes y  sortijas, cuidadosamente maquilladas y luciendo vestimentas de seda.

        Pero Friné, pese a su notoriedad llevaba una vida recatada. No frecuentaba  el teatro,  ni los estadios o casas de baños. Vestía cumplidamente cuando transitaba por las calles de la ciudad, pero su belleza era el comentario de todos y se la reconocía por los rasgos y líneas de su rostro que tenían la pureza, armonía y majestad que los artistas de la talla de Praxíteles –de quien había sido modelo- reservaban para las estatuas de mármol de Paros.

       Friné ocultaba sus previsibles encantos aún a sus más íntimos amantes a quienes sólo se entregaba en la oscuridad.  Pero en los misterios de Eleusis,  aparecía como una diosa bajo el pórtico del templo y dejando caer sus vestiduras, cubría su desnudez frente a la admirada multitud, apenas envuelta en sus cabellos, mientras entraba al agua para rendir homenaje a Neptuno y regresar luego como una Venus rediviva.  Después, Friné huía de las aclamaciones y retornaba a su vida reservada a los pocos que podían acceder a ella a costa de grandes sacrificios monetarios. Su fama mientras tanto crecía.

      La envidia que despertó entre otras mujeres hizo que un infame llamado Eutias  -enamorado de Friné pero que no pudo obtener sus favores, reservados por la cortesana al oro o al genio- se prestara para denunciarla ante el Tribunal de los Heliastas.Ya hemos hablado de este Tribunal. La Heliea tenía a su cargo la parte más importante de la Justicia en la Grecia del Siglo IV con funciones de jurado popular. Heliasta podía ser todo ciudadano mayor de 30 años, pero, pese al juramento que se les exigía, no escaparon de serias críticas por los desvíos que se les atribuían, lo que llevó a que se les convocara por sorteo  y en el mismo día del juicio. La plaza de la audiencia funcionaba junto al mercado. Estaba aislada por barras y los jueces se sentaban en bancos de madera mientras que los testigos y las partes declaraban desde una tribuna. Sustanciada la causa, los jueces votaban con guijarros que eran perforados, en caso de condena o sin perforar en caso de absolución, siendo depositados en dos urnas separadas. Luego el presidente efectuaba el recuento y proclamaba la sentencia.

    La acusación pública contra Friné se libraba por haber profanado la sacralidad de los misterios eleusinos, corrompiendo a los varones ilustres (seguramente los maridos de aquellas que la odiaban). Los misterios que se celebraban en Eleusis, en honor de la diosa Démeter, tenían una gran importancia y solemnidad. Los sacerdotes se servían de ellos con un imponente ceremonial para iniciar a los neófitos en misteriosas doctrinas. La creencia en ellas no le iba en zaga a la revelación de la voluntad de los dioses por oráculos o revelaciones divinas. La acusación contra Friné era pues verdaderamente grave y  arriesgaba que pudiera ser condenada a muerte.

     Acudió entonces a Hipérides, considerado como el mejor abogado de su tiempo, a quien rogó que la defendiera, arrojándose a sus pies.  El abogado aceptó.

     Hipérides, había nacido en el año 389, diez años después de la muerte de Sócrates. Podía ser considerado como un continuador de Lisias –de quien ya hemos hablado-  y fue a su vez competidor y adversario implacable de Demóstenes –el otro gran orador que pudo superar su tartamudez-  de quien hablaremos después.

     Hipérides sabía variar su estilo valiéndose de diferentes modos; usaba a veces de formas coloquiales que recordaban los de la vieja comedia de Aristófanes o se volcaba a metáforas atrevidas. Era maestro en el sarcasmo y su agudeza e ingenio se volvieron proverbiales aumentando su prestigio, a medida en que lograba el éxito en las causas que defendía. Su opinión respecto de sí mismo y de los abogados de su tiempo, quedó plasmada en el siguiente fragmento de uno de sus discursos:

     “Los oradores (abogados) son como las serpientes; todas son igualmente aborrecibles, pero algunas, las víboras, son dañinas al hombre, en tanto que las mayores se comen a las víboras”(Bowra “Historia de la literatura griega” Méjico F.C.E. p.165)

      Durante el juicio de Friné, el abogado defensor hizo gala de sus mejores recursos oratorios; su voz por momentos se quebró y sus ojos se nublaron de lágrimas... Pero no tenía suerte. Los jueces se mostraban fríos y silenciosos. De pronto, como ganado por una radiante luz, consigue recrear entre los presentes el ámbito que en Eleusis se reservaba para los iniciados que se sumergían en  vivencias divinas, como las que se reflejan en la serenidad olímpica de sus estatuas.

      Entonces, llevado por el paroxismo, Hipérides acerca a la acusada a los jueces, con un golpe seguro de su brazo la despoja de su túnica y exhibiéndola desnuda, invoca con profunda convicción los derechos de la belleza, para arrancar de la muerte a la sacerdotisa de Venus rediviva. Y ante aquel “escándalo de belleza” –como lo describiera Pedro Dufour en su “Historia de la Prostitución” (Barcelona –T. I- 2ª. E. p. 316) los jueces, conmovidos, la absolvieron.

 

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    El escritor francés Pierre Louys, a fines del siglo XIX, logró conmover a la sociedad de su tiempo, con una novela que fue considerada como desenfadada y tuvo un éxito editorial extraordinario. Se titulaba “Afrodita” y en ella se recreaban los devaneos de una bellísima cortesana, llamada Khrysis, que despertaban una incontrolable  pasión en el escultor Demetrios, al punto de llevarlo a profanar el santuario de la diosa, cuya efigie había esculpido,  para satisfacer sus caprichos. El autor, que probablemente se inspiró en la historia de Friné, era un apasionado helenista y nos ha dejado una espléndida descripción de “la juventud embriagada de la tierra que llamamos vida antigua”. El escritor pretendía renacer en ella “por medio de una ilusión fecunda, en los tiempos en que la desnudez humana –forma la más perfecta que nos sea dable conocer y aún concebir, ya que a la imagen de Dios la suponemos- podía mostrarse bajo los contornos de una cortesana sagrada, ante los veinte mil peregrinos que cubrían las playas de Eleusis¸ tiempos en que el amor más sensual, el divino amor del que nacimos, era sin mancha, sin bochorno y sin pecado.·  (Ed. Prometeo –Valencia- 1893)

      Aristóteles dijo que en los Misterios  de Eleusis los iniciados “no tenían algo que aprender sino algo que vivir.” Se trataba de representaciones o dramas litúrgicos, particularmente el de Perséfone, la virgen raptada por Plutón y conducida  a su morada del Hades y a quien su madre Démeter pudo reencontrar, resurgiendo a la luz del día con la llegada de la primavera, esperanza de la resurrección después de la muerte. Las ceremonias transcurrían con sacrificios, danzas de antorchas y abluciones que impresionaban vivamente a los asistentes, por golpes de efecto, juegos de luces y acompañamientos musicales.

       Allí, en el momento oportuno, era donde Friné hacía la exhibición de sus encantos despojándose de sus velos y mostrándose en la plenitud de su desnudez.

     Y en este punto recordaremos un comentario de José Camon Aznar, a propósito de lo que él considera  uno de los enigmas menos aclarados del arte griego: el problema del desnudo. “¿Porqué es  el desnudo una de sus formas expresivas más normales? El tipo religioso griego, convivencial con las divinidades, obligaba a dotar a éstas de un fondo genérico con lo humano que permitiera esa transustanciación. La identificación con la divinidad sólo es posible ascendiendo a esa divinidad sin hiatos formales. Los dioses no tienen en Grecia más atributo que el de su perfección. El desnudo conjuga la distancia infinita que hay entre el ser vivo y su prototipo divino, y, al mismo tiempo, la coincidencia de sus destinos.” (“Teoría del arte griego” –Barcelona- Salvat –1975 p. 99)

      Friné la cortesana, más que a la recatada y maternal Démeter, interpretaba a Afrodita. El destino de esta diosa, la Venus de los latinos, era ser bella; belleza por antonomasia, por y para la eternidad, sin infancia ni vejez.

      Renoir, el gran pintor impresionista francés, llegó a decir: “Ya surja del mar o de su lecho, ya se llame Venus o Niní, jamás se inventará nada mejor que la mujer desnuda”

      La historia de Friné terminó como debe ser,  no en los cuentos de hadas sino de cortesanas. Hipérides se enamoró de ella y la tuvo como amante. Defendiéndola, se prestigió  como abogado más que haciéndolo por los ciudadanos más ilustres de Atenas. No se sabe que le haya cobrado otros honorarios por su defensa. Después, se sabe sí que ella lo dejó por Praxíteles quien le regaló un Cupido que era su estatua más apreciada. Se dice que para obtenerla Friné lo hizo víctima de uno de sus tantos ardides. Estando Praxíteles en casa de ella un esclavo entró gritando que el taller del escultor se había prendido fuego. Praxíteles exclamó:

-          ¡Estoy perdido si mi sátiro y mi cupido se han quemado..!

-          Elijo el Cupido, le dijo entonces Friné

Lo del fuego era un engaño  del que se valió Friné para conocer la verdadera preferencia del artista.

       La cortesana le regaló esta estatua a su ciudad de origen, Tespias a la que quería honrar. Se sabe que luego pasó a las manos de Calígula, después que los romanos conquistaran Grecia  y terminó por último en las de Nerón, desapareciendo en el incendio de Roma.

       El Areópago promulgó una ley que vedaba a los abogados emplear cualquier artificio para procurar la conmiseración de los jueces, prohibiendo la comparecencia de los acusados en el momento de dictar sentencia.

      Friné envejeció pero lo hizo  con dignidad. Aún así no escapó a la sorna de Aristófanes, el humorista de su tiempo, quien en una de sus comedias dijo: “Friné ha hecho de su cara una botica.”

      Se ignora el lugar y la época de su muerte, pero Dufour a quien me he permitido seguir en este relato, asegura que Pausanias y sus amigos, amantes y compatriotas, reunieron una gran suma para erigir en su memoria una estatua de oro en el templo de Diana en Efeso, con esta inscripción:

                        “Esta estatua es obra de Praxíteles”.

      Hipérides murió en el 322 (A.C.) y de sus discursos y defensas sólo han quedado fragmentos, entre ellos una Oración Fúnebre dedicada a su amigo Leóstenes. La pieza se destaca por su emoción y permite descubrir en él un profundo sentido religioso, que su actuación pública quizás escondía. En uno de sus pasajes ofrece a los parientes del extinto como sorprendente  consuelo que “si el difunto tiene conciencia, y si está ya como lo creemos en el seno de Dios, podemos estar ciertos de que aquellos que combatieron por el honor de los dioses amenazados, son ahora objeto predilecto del amor de Dios.” (Ob. cit. p. 165)

 

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      Couture define la motivación de la sentencia como el “conjunto de razonamientos, de hecho y de derecho, en los cuales el juez apoya su decisión y que se consignan habitualmente en los considerandos de la sentencia”. (Vocabulario Jurídico –Montevideo- 1960 p. 425) El fallo (proviene de la forma  arcaizante del verbo  “hallar”) es la parte final de la sentencia en la que el juez encuentra la solución del litigio. Pero cuando el juez toma su decisión en base a una convicción emocional profunda “in petore”, se exprese o no en los considerandos esa motivación, se fundamenta en la equidad.

      Los jueces que  absolvieron a Friné, más que la belleza de su cuerpo seguramente   tuvieron ante sus ojos a la verdadera equidad, según la sabia sentencia de Ulpiano: “Aequitatem ante oculos habere debet iudex”.

      El fundamento moral de todo proceso es la averiguación de la verdad y el fallo dictado fue intrínsecamente justo porque la acusada era inocente, con independencia del artificio utilizado por su defensor.

      El abogado debe cobrar por su trabajo –salvo en los casos de pobreza solemne- y jamás involucrarse con su cliente en otra cosa que no sea la legitimidad de su defensa. Hipérides fue más sensible a los encantos de Friné que los propios jueces que probablemente la hubieran absuelto, aún si no hubiera incurrido en aquel acto de gloriosa exhibición.

       Como abogado la defendió y triunfó. En cierto modo la inmortalizó y esto hace que se le puedan perdonar sus pecados.

       Como amante perdió. Friné lo abandonó por Praxíteles. El escultor triunfó sobre el orador; el mármol sobre la palabra.

        Pero, como en el fondo todo gran juicio es una obra de arte, la defensa de Friné se recuerda aún en nuestros días.

         En cambio, aquella estatua de oro ha desaparecido.

                                       

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Quien escribe estas líneas, como abogado, hace ya muchos años, tuvo la oportunidad de intervenir en un juicio de divorcio en el que la belleza femenina tuvo mucho que ver. Defendía a una joven y bella mujer que, cansada de los celos y rigores poco menos que  extorsivos que le imponía su esposo, pretendía librarse de él obteniendo el divorcio. Se fundamentó la demanda en la causal de riñas y disputas, esperando –como suele ocurrir en la generalidad de estos casos- que pudiera llegarse a un acuerdo con el abogado de la contraparte, para facilitar al menos una salida elegante. Pero, sorpresivamente, el esposo -patrocinado por un colega conocido  como opositor a la ley de divorcio- se opuso, alegando la inexistencia de las riñas y disputas invocadas. En la audiencia de prueba, que presidió el propio Juez Letrado, los testigos presentados por la demandante no se mostraron del todo convincentes porque, reinterrogados por el otro abogado, admitieron que no habían sido testigos presenciales de los hechos, aunque sabían de las angustias de la esposa. Se planteaba una seria dificultad probatoria.

Afortunadamente –y esta es una recomendación a seguir cuando las situaciones conflictivas no trascienden del círculo íntimo de la pareja-  se había pedido también la prueba por posiciones (confesión) que el demandado debía absolver sin la asistencia de su defensor. Entre tantas cosas que se hablaron antes del juicio, la bella mujer  había contado que su esposo no toleraba que concurriera a la playa con malla de dos piezas (los famosos bikinis que recién se empezaban a divulgar) y que por tal motivo le había hecho un escándalo de proporciones. Interrogado sobre esto ante la presencia de su mujer, el demandado admitió el hecho y pretendiendo explicarlo se exaltó en un tono que seguramente no le dejó al Juez ninguna duda sobre la violencia de sus reacciones y la intolerancia de sus exigencias movidas por los celos.

El matrimonio quedó disuelto por divorcio.

Años después, quien esto escribe se encontró casualmente con aquel Juez, ya retirado después de una brillante carrera que lo llevó a presidir la Suprema Corte de Justicia y le dijo – sorprendentemente- que todavía recordaba los detalles conmovedores de aquella audiencia.

Hoy, de alguna manera, al recordar a su bella defendida e imaginarla correteando por la playa, podría pensar que la inmortal Friné se desprendió una vez más de su velo, para iluminar los misterios de Eleusis en aquella sala del Juzgado.

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El conteo comenzó el 1/1/2014