Demóstenes y Cicerón  

Por Washington Bado

 

Cicerón acusa a Catilina ante el Senado romano, según un fresco de Maccari. En la antigua Roma la seguridad coincidía con la justicia de la República que el gran tribuno consiguió defender aislando a quienes la amenazaban con una conspiración.

LOS ABOGADOS DE LA LIBERTAD

 Aunque grandes abogados han existido en todas las épocas, el griego Demóstenes (384- 322 A.C) y el romano Marco Tulio Cicerón (106 43 A.C.) pasan por ser los paradigmas de todos ellos. Influye en este aserto el hecho de que sus brillantes defensas y acusaciones, como abogados de su tiempo, han llegado hasta nuestros días y, en el caso de Cicerón,  porque se ha conservado además su obra como profesor de Técnica Forense, una disciplina en la que sus tratados, como por ejemplo el de la “Retórica” y el de la “Invención”, pueden ser leídos hoy con el mismo interés y provecho con que lo fueron  hace casi dos mil años.

      Hoy, un profesor le diría a sus alumnos lo mismo que Cicerón: “la narración que encierra la exposición de la causa debe reunir tres cualidades: brevedad, claridad y verosimilitud... que la expresión, en fin, sea tal que lo que se dice haga comprender lo que se calla.”

      Demóstenes y Cicerón, estos dos grandes abogados, han quedado para siempre ligados en la memoria de la posteridad, a partir de las biografías que sobre ambos escribiera Plutarco, en sus “Vidas Paralelas”,  donde se contraponen las vidas de un insigne griego con la de otro romano de su misma especialidad, abarcando un amplio espectro de personajes. Esta modalidad -que tendría un antecedente en la obra “Imagines” de Varron, que no se ha conservado- se explicaría no solo por la erudición de Plutarco, sino también por el hecho de que siendo griego vivió y enseñó tanto en Atenas como en Roma, pues era reconocido como  un distinguido profesor.

      Refiriéndose a ambos dice Plutarco: “Parece, pues, haber sido un mismo genio el que formó a Demóstenes y  Cicerón, y acumuló en su naturaleza muchas semejanzas, como la ambición, el amor de la libertad cuando tomaron parte del gobierno...y que en el mismo punto de expirar la libertad de sus conciudadanos hubiesen ellos perdido la vida...” (“Obras Inmortales” Ed. Edaf. –Madrid- 1978 p. 1398) También pudo haber agregado su excelencia en el “arte del Derecho”, como con acierto denominaba Couture al ejercio de la Abogacía.

      Demóstenes debió luchar contra una condición enfermiza que le dificultaba la dicción y lo hacía encogerse de hombros cuando se ponía nervioso. Debió luchar además contra sus tutores que se apoderaron de la herencia que le había dejado su padre y para hacerlo quiso dedicarse a la abogacía, algo para lo cual no parecía estar  -por lo menos físicamente-  muy bien dotado. Cuenta Plutarco que a fin de mejorar la debilidad de su voz solía hablar por lo alto a orillas del mar, para superar el ruido de las olas y que se ponía pequeños guijarros en la boca para dominar su tartamudez. No solo lo consiguió sino que se transformó con el tiempo en uno de los mejores oradores y pudo más tarde recuperar su patrimonio.

      Cicerón no tuvo esas dificultades. La buena posición de su familia -que debía su apellido a una verruga con forma de garbanzo (“cicer”) que tenía un antepasado- le permitió recibir una esmerada educación que incluyó el aprendizaje junto al jurisconsulto Mucio Escévola y un viaje a Grecia, donde asistió a cursos de retórica, que hicieron de él, ya desde muy joven un reputado profesional.

      Políticamente los dos se identificaron por su condición de republicanos y demócratas. Ambos eran además entusiastas patriotas. Demóstenes luchó en defensa de la libertad de Atenas frente a Filipo de Macedonia y su hijo Alejandro. Dejó entre sus más de sesenta discursos las célebres  “Filípicas” en las que, al par de prevenir a su pueblo contra el peligro macedonio, procuraba la unión de las ciudades griegas para enfrentarlo. Cicerón combatió la conjuración de Catilina y consiguió que el Senado la derrotara, defendiendo siempre a la República, incluso  frente a la incipiente dictadura de Julio César, a quien sin embargo respetaba. Luego de su asesinato, en el que no participó, denunció a Marco Antonio que con muchos menos méritos intentaba aprovecharse de la memoria de aquél. Sus memorables discursos ante el Senado recibieron entonces también la denominación de “Filípicas”, en recuerdo de Demóstenes.

      Uno y otro fueron reconocidos como brillantes oradores y abogados. Lucharon por similares ideales, sufrieron el destierro injusto y se arruinaron por la política. Demóstenes se suicidó bebiendo una pócima venenosa que siempre llevaba consigo escondida en un brazalete, cuando sus enemigos iban a detenerlo. Cicerón fue traicionado y asesinado y su cabeza fue expuesta al ludibrio público por orden de Marco Antonio, en la plaza de los Rostros de Roma.

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      Demóstenes, cuyo nombre traducido significaría algo así como “la fuerza del pueblo”, recibió las lecciones de Iseo, otro de los grandes oradores griegos, luego de que su vocación se despertara oyendo a Lisístrato en una arenga. Era un ferviente lector de Tucídides cuya “Historia de la guerra del Peloponeso”, se conocía casi de memoria. Midias un hombre rico lo injurió y Demóstenes consiguió que se le condenara, obteniendo así su primer éxito profesional, al que siguieron otros en diversas causas privadas. Se mostraba como un narrador consumado que sabía ganar las simpatías del jurado, al par que sus argumentos jurídicos estaban calculados para impresionarlo en el momento oportuno. A partir de allí fue ganando la estimación de sus conciudadanos e incursionó en la política, pasando a integrar el Consejo de los Quinientos y la Asamblea donde produjo sus más memorables discursos. Se opuso con éxito a la expedición a Eubea y a una nueva guerra contra los persas, pues consideraba que el gran peligro que acechaba a Atenas era Macedonia y en esa lucha debían concentrarse todos los esfuerzos. Predicaba además Demóstenes que Atenas debía proteger a las ciudades más débiles de Grecia, despreciando a las rivalidades que las dividían y apoyando a aquellos pueblos que luchaban contra las oligarquías que los oprimían.

      En el año 352 pronunció la primera de sus célebres “Filípicas”. En esta oportunidad su reconocida elocuencia no bastó para despertar a los apáticos atenienses que seguían sin apreciar el peligro macedonio, distraídos por las discusiones inconducentes de su partidos encabezados por Focion y Esquines. Filipo, en quien Demóstenes veía a un bárbaro inmoral que quería destruir una civilización, aprovechó entonces para atacar a Olintia a la que conquistó rápidamente. A partir de allí y con muchas promesas acordó la paz con Atenas, pero Demóstenes previno que la guerra era inevitable, tarde o temprano. Continuó entonces el macedonio atacando a Tebas y a Focea, pero los atenienses empuñaron las armas a instancias de Demóstenes y consiguieron detenerlo momentáneamente. De a poco siguió Filipo avanzando y finalmente los atenienses, alentados por otra Filípica de Demóstenes,  declararon la guerra a Macedonia y confiaron el mando de sus tropas al reconocido Foción, quien consiguió algunos triunfos. Demóstenes con sus discursos despertó el entusiamo de las ciudades del Atica, como Corinto, Megara y Corfú que se aliaron con Atenas. Pero la reacción había sido tardía y finalmente los griegos fueron totalmente derrotados en la batalla de Queronea en el 338 A.C. Pese a ello los esfuerzos de Demóstenes dieron sus frutos y aunque –como lo recuerda Plutarco- no se le podía pedir a un orador lo que era del caso exigirle a un general, Atenas pudo obtener una paz honrosa.

      En medio de estas acciones, Demóstenes y su rival Esquines integraron una embajada que negoció con Filipo y fue objeto de diferentes interpretaciones. Uno y otro se acusaron mutuamente de soborno. En estas disputas se manifestaron las cualidades de ambos oradores y la oratoria se transformó casi en una competencia de atletas. Demóstenes llevó la ventaja de haberse mantenido fiel a sus convicciones notoriamente patrióticas. Esquines sostuvo haber sido engañado por Filipo, alegando además, como imperativo ético de conveniencia, que tanto el individuo como el Estado, al cambiar las circunstancias, pueden cambiar de posición en procura de lo que fuere mejor en el momento. Acudió además al recuerdo de las dificultades vocales de su rival y sostuvo que había enmudecido frente a Filipo. El punto flaco de Esquines radicaba en  que habiendo carecido de una verdadera política, quedaba mal parado en una competencia en la que Demóstenes podía demostrar su acendrado patriotismo.Su discutible teoría de la ética de la conveniencia, desde siempre se ha prestado al doble discurso y quienes se valen de la mentira para alcanzar una verdad, tarde o temprano son castigados por la propia verdad. Esquines perdió la causa y fue condenado a una multa, pero ejerciendo la opción que las leyes atenienses le reconocían, prefirió desterrarse. (Bowra –“Historia de la literatura griega” f.c.e. –Méjico- p.174) Han quedado para la posteridad, de aquel discurso de Demóstenes, las siguientes palabras:

      “Antes, ¡oh atenienses! todos los helenos aguardaban nuestros decretos; pero hoy somos nosotros los que siempre andamos indagando las decisiones de los demás pueblos. ¿Qué hacen los arcadios? ¿Qué ordenan los anfictiones? ¿Dónde va Filipo? ¿Ha muerto? ¿Vive todavía? Esto es lo que nos ocupa. Por mi parte no es que Filipo viva lo que temo; sino que el horror de los traidores y el deseo de castigarlos hayan muerto en el corazón de la República. Si recobráis vuestra energía, Filipo no ofrece nada que inspire miedo; pero el conceder entre vosotros la impunidad a los que se  prestan a ser asalariados; el que muchos de  vuestros oradores de crédito hablen para defenderlos, cuando siempre ha estado prohibido el obrar en beneficio del Macedonio, ¡he aquí lo que me espanta!” (Clásicos Jackson –T. XIX-p.39)

      Cuenta Plutarco que antes de la batalla de Queronea, la Pitia había revelado un antiguo oráculo de las sibilas, que anunciaba “fiera lid en el Termodonte”, donde lloraría el vencido y el vencedor perecería. Demóstenes fue el encargado de llorar a las víctimas griegas. Después de rechazar a la oligarquía “que puede inspirar el temor, pero no puede inspirar el odio a la bajeza”, afirma que “en una democracia el derecho de publicar la verdad es uno de los más nobles títulos... La muerte de estos ciudadanos, rompiendo los lazos íntimos que los unían a sus amigos y sus familias, hace a los que les han sobrevivido muy dignos de compasión; la patria ha quedado viuda en cierto modo y vive sumida en lágrimas y duelo. Pero ellos, por el contrario son dichosos, según el juicio de los sabios” (Ob. cit. p.52)

      Poco después se supo de la muerte del vencedor, Filipo, como lo anunciara el oráculo, pero los atenienses no tuvieron mucho tiempo para festejarlo. A pesar de que Demóstenes lo trató de “muchacho y atolondrado” su hijo Alejandro, superando al padre, invadió la Beocia y destruyó por completo a Tebas que se le opuso infructuosamente. Atenas trató de negociar nuevamente pero debió resignar su libertad, ante un vencedor que habiendo sido discípulo de Aristóteles admiraba su cultura pero que, ávido de nuevas conquistas, ya no se detendría sino en las orillas del Ganges.

      Los enemigos de Demóstenes, incluido el resentido Esquines –que no había podido impedir en un nuevo juicio que aquél retuviera una corona que el pueblo agradecido le había entregado en premio de sus servicios- se habían hecho fuertes en  Atenas y gozaban del favor de los nuevos gobernantes. Demóstenes debió enfrentarse a Hipérides y se vio involucrado en un nuevo juicio, acusado de soborno por haber recibido un regalo del sátrapa Harpalo y fue condenado a destierro. Demóstenes siempre protestó por su inocencia pero cumplió su condena en las costas de Egina, añorando a su querida Atenas. Desilusionado, se dice que recomendaba a los jóvenes que lo visitaban que se abstuvieran de actuar en política. “Si desde el principio –les decía- me hubiesen mostrado dos caminos, uno el de la tribuna y las asambleas nacionales, y otro el de una muerte segura y si hubiese podido prever todos los dolores inevitables del hombre de Estado, hubiera aceptado sin dudar el camino de la muerte.” ¡Cuántos hombres públicos, en todas las épocas, habrán pensado lo mismo!

      Pero cuando supo de la muerte de Alejandro, le volvieron los bríos y por aquello de que el fuego de la política nunca se apaga para quien lo lleva adentro, corrió a unirse con los embajadores atenienses, que planeaban una nueva coalición de los pueblos griegos contra los macedonios y regresó a su patria. Poco después,  en la batalla de Cranon se terminaron de frustrar las esperanzas de los luchadores por la libertad.

      Escapando de los vencedores y cuando ya iban a detenerle, Demóstenes  encontró la muerte que llevaba consigo, bajo la forma de un veneno  que  escondía en su brazalete.

      Tiempo después se levantó una estatua en su honor, con una leyenda que decía que si su fuerza hubiese competido con su genio, el macedonio no habría mandado en Grecia.

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      “¿Quousque tandem abutere, Catilina,  patientia nostra?” (¿Hasta cuándo abusarás, Catilina,  de nuestra paciencia?) ¡Cuántos estudiantes se han esforzado en repetir este latinazgo! Es que estas palabras de Cicerón, con las que comienza su primer discurso contra Lucio Sergio Catilina en el Senado de Roma, son el primer paso que debe darse para entrar en uno de los discursos más memorables de la historia –aunque probabemente no el mejor- de uno de sus más grandes oradores. Mucho más impactante aunque menos divulgada, es la imagen que muestra el fresco del pintor italiano Maccari, donde el  acusado luce solo y apartado de sus colegas en los escaños del Senado, con la mirada clavada en el suelo, mientras Cicerón, de pie y con los brazos extendidos, proclama su acusación:

      “¡Desgraciado! ¿Qué vida es la tuya? Te hablo, ahora, no con el sentimiento de odio que te debo, sino con el sentimiento de piedad que no te debe nadie. Acabas de entrar en el Senado. En una asamblea tan numerosa, en la que tienes amigos y parientes ¿has visto que te salude alguien? Si no hay memoria de que nadie antes que tú haya recibido semejante afrenta, ¿qué haces aquí? ¿Esperas que una votación confirme la sentencia que hace pesar sobre ti el silencio general? ¿Por qué desde que llegaste se han quedado vacíos los escaños que están a tu alrededor? ¿Por qué los consulares, cuya muerte has meditado repetidas veces, han dejado desierto y solitario ese sitio desde que tuviste la osadía de sentarte entre ellos? ¿Cómo puedes sufrir tamaña humillación?”

      Ante tantas y tan acuciantes  preguntas, cabe por nuestra parte agregar una: ¿De qué se le acusaba a Catilina? Se le acusaba de conspiración y sedición contra la República, lo que habilitaba el juicio ante el Senado, en una especie de antecedente de lo que hoy conocemos como juicio político.

      Corría el año 63 A.C de la Roma republicana; Cicerón era Cónsul, la máxima autoridad ejecutiva -en un cargo que la sabiduría y la experiencia habían hecho bicéfalo y temporario- el más apreciado de la carrera de los honores, que ejercía conjuntamente con Cayo Antonio, por el término de un año. Originario de Arpino, pequeño pueblo en el país de los volscos, Cicerón había prestado servicios como militar bajo la dictadura de Sila, que desplazó del poder al partido democrático de los Gracos y Mario.Se le reconocía sin embargo como demócrata y - ya prestigioso como abogado al haber obtenido la absolución de Roscio Amerino, acusado de parricidio por protegidos de Sila-  se inició más tarde en la vida política como Cuestor -algo así como un tesorero- en la lejana provincia de Sicilia. Su buena actuación y el éxito que tuvo como acusador de Verres –un ávido ladrón que terminó robando al Rey Antíoco de Siria-  hicieron que al término de su mandato pasara a integrar el Senado, que llegó a contar con quinientos miembros, como estaba previsto por las leyes romanas. A partir de allí su prestigio fue aumentando obteniendo el respado de la mayoría de los senadores, pertenecientes al partido conservador, lo que hizo que Cicerón dejara el partido popular al que hasta entonces había pertenecido, para colocarse en una posición ecléctica.

      Lucio Sergio Catilina, dos años mayor que Cicerón, era de ilustre familia y  había ejercido los cargos de Cuestor y Pretor en Africa, por lo que también integraba el Senado. Dispuesto a obtener el cargo de Cónsul, su candidatura se vio frustrada en el año 66, cuando los africanos lo acusaron por su mala gestión. Pese a este fracaso replanteó su aspiración en el año 63. Hay quienes afirman que estaba apoyado por el millonario Craso y por Julio César, sobrino de Mario y continuador del partido popular, cuyas aspiraciones se volcaban por entonces a las extensiones territoriales. Las desigualdades reinantes en Roma, con un patriciado rodeado de lujos y una plebe de soldados, gladiadores y marineros, ansiosos de un botín que no colmaban las conquistas de los militares, llevaron a que Julio César alentara la constitución de una república autoritaria, inclinándose a las reformas sociales en desmedro de las libertades públicas defendidas por el Senado.

      Catilina y Clodio, un sujeto siniestro, especie de “dandy” de la época –enemigo acérrimo de Cicerón- fueron las cabezas visibles de una conspiración que es muy dudoso que estuviera apoyada por Julio César, como se ha sostenido, pues, tal cual los hechos después lo demostraron, no necesitaba de ella para llegar al poder absoluto. Hay que agregar a lo anterior que César rechazó a los conjurados en el Senado, aunque no era partidario de que se les aplicara la pena de muerte.

      Conviene en esto recoger la palabra de Cayo Salustio, historiador al que puede atribuírsele una opinión imparcial, que escribió sobre estos hechos unos veinte años después de que ocurrieran: “ En ciudad tan populosa y pervertida le fue bien fácil a Catilina agrupar a su alrededor, a manera de escolta, catervas de hombres infames y facinerosos de toda especie...Les prometió la anulación de los registros de créditos, la proscripción de los grandes terratenientes, magistraturas, sacerdocios, saqueos y todas aquellas cosas que trae consigo la guerra y el desenfreno de los vencedores.” Salustio recoge el discurso de Catilina en los siguientes términos: “Ya antes habéis oído cada uno por separado cuanto yo he agitado dentro de mí. El ánimo se me enciende más cada día, considerando cual va a ser la condición de nuestra vida, si por nosotros mismos no reconquistamos nuestra libertad. Porque desde que la República cayó bajo la autoridad y el poder de unos cuantos privilegiados, los reyes y tetrarcas no son tributarios sino de ellos, y a ellos solo pagan sus impuestos los estados y pueblos; todos los demás, hombres animosos, capaces, de noble o plebeya condición no hemos sido sino una grey sin favor ni influencia, esclavos de aquellos mismos a quienes tendríamos atemorizados si la República estuviese en su ser. Solo ellos o quienes ellos quieren tienen valimiento, poder, cargos, riquezas: a nosotros nos han dejado las persecuciones y los fracasos, los procesos, las miserias.” (“Reportaje de la Historia” –Planeta- I –p. 53-54)

      Este discurso -que parece escrito por Marat o Saint Just, en pleno Terror de la Revolución Francesa-  culminaba con una exhortación: “ En tanto,  nosotros no tenemos sino miseria en casa, deudas fuera, malo el presente y mucho peor el porvenir... ¡Despertad, pues! He aquí aquella, aquella misma libertad que tantas veces habéis deseado y con ella al alcance de nuestros ojos las riquezas, la dignidad, la gloria.” Luego, Catilina se ofrecía a los conjurados como general y futuro cónsul. El plan consistiría en desatar, dentro y fuera de Roma, incluso en España y en Mauritania, donde decía contar con fuerzas, una serie de actos terroristas en gran escala. Mientras tanto los conjurados se proponían eliminar a Cicerón y estuvieron a punto de asesinarlo, si no fuera que la debilidad de uno de ellos llamado Curio, hizo que esos planes trascendieran a su amante, Fulvia, quien se los hizo saber a aquél, por lo que pudo impedirlo.

      Electo Cónsul, Cicerón convocó al Senado en el Templo de Júpiter, el 7 de noviembre del año 63, donde pronunció su célebre discurso (“quousque tandem...) aportó las pruebas y le exigió al sorprendido y azorado Catilina, que se fuera del recinto y alejara de Roma. “Márchate, pues, Catilina, para bien de la República, para desdicha y perdición tuyas y de cuantos son tus cómplices en toda clase de maldades y en el parricidio; márchate a comenzar esta guerra impía y maldita”. (C. Jackson  XIX p-133)

      En el Senado se escuchó un gran clamor: “¡Traidor! ¡Parricida! Catilina trató de defenderse invocando su condición de patricio y acusando a Cicerón poco menos que de extranjero. Al final gritó: “¡Si encienden contra mí la llama, con ruinas apagaré el incencio!” Y se alejó velozmente.-

      Cicerón pronunció tres discursos más. En el segundo denuncia a los conjurados: “Forman una clase los que teniendo grandes deudas, poseen sin embargo bienes de más valía, pero no queriendo desprenderse de ellos, tampoco pueden pagar las deudas...¿La abolición de las deudas? ¡Cómo se equivocan los que tal cosa aguardan de Catilina! Yo seré quien acabe con las deudas, pero obligando a los deudores a vender sus bienes; pues no hay otro camino para que éstos dejen a salvo su responsabilidad.” (ob. cit. p. 141) Cicerón era un celoso defensor del dereho de propiedad. En “Los Oficios” dirá que la verdadera ciencia de un ciudadano consiste en “no destruir los intereses de los demás sino medirlos a todos por una misma medida”. Y preguntará: ¿Qué diferencia hay en quitarle a uno lo que es suyo y dar a otro lo ajeno? (Ob. cit. T. XXIV p.254)

      Catilina se alejó del Senado y se fue a reunir con Manlio que era su principal apoyo en la Toscana. César -aún reconociendo las culpas de Catilina- intervino entonces para pedir moderación en el castigo de los conspiradores, pero el influyente  Catón se sumó a Cicerón, terminando su discurso de la siguiente manera: “ Y así mi sentir es, que habiendo la República llegado a un peligro extremo por la traición de estos malvados ciudadanos... convictos y confesos de haber maquinado incendios, muertes y otras enormes crueldades, contra sus conciudadanos y la patria, se le imponga el último suplicio, según la costumbre de nuestros mayores, como a notorios reos de delitos capitales” Y el Senado lo aprobó. (ob.cit. T. XIX p. 182)

      Los conjurados que se levantaron en armas fueron derrotados en la batalla de Pistoia poco después y Catilina murió. Otros que permanecieron en Roma fueron asesinados. Cicerón fue proclamado  “padre de la patria”. Estaba en su momento culminante; pero sus desventuras recién iban a comenzar.

 

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      Cuando Cneo Pompeyo volvió victorioso de la guerra contra Mitrídates, conquistadas Grecia y el Cercano Oriente para el poderío romano, se encontró con una Roma todavía perturbada por la revuelta de Catilina. El patriotismo de Cicerón había logrado vencerla, pero pese a la amistad de aquél con el general vencedor -a quien el pueblo ya empezaba a llamar “princeps”- se temía que basado en su inmenso prestigio alentara el propósito de conculcar la libertad. No fue así. Pompeyo licenció a su ejército y se transformó en un simple ciudadano lo que terminó por irritarlo, sobre todo cuando Catón consiguió que el Senado no le reconociera los beneficios que, en tierras y dinero, el insigne general reclamaba para sus veteranos de guerra.

      Pompeyo encontró el apoyo de Julio César que volvía exitoso  de España y se sentía  continuador de Mario y heredero de su popularidad entre las clases humildes. A su vez Craso, codicioso como el que más, llevaba a la práctica su afirmación de que nadie era rico del todo si no podía sostener su propio ejército, cosa que él hacía. Los tres,  no tardaron en celebrar un acuerdo que constituyó el primer triunvirato. Aunque esta situación no era propiamente institucional, les aseguraba el poder por el reparto de los cargos institucionalmente previstos. En el año 59 César fue designado Cónsul y luego recibió el gobierno de la Galia Cisalpina, con cuatro legiones. Pompeyo como Cónsul consiguió el reparto de tierras que pretendía para sus soldados y Craso quedó al frente de Roma con el apoyo de ambos.

      Es aquí cuando reaparece en la escena el siniestro enemigo de Cicerón, Clodio. En su pasado registraba una vida disoluta que incluía el haber sido descubierto, disfrazado de mujer, en las fiestas de la diosa Bona, que se reservaban al bello sexo. Se le atribuía una relación con la mujer de César, Pompeya –que en modo alguno se probó- pero que igual le permitió a aquél  obtener el divorcio (que en realidad quería de antes) bajo la imputación, que se hizo célebre, de que la mujer de César no sólo debe ser honesta, sino parecerlo.

      Bajo el consulado de César se siguió con el reparto de tierras, se toleró que los arrendatarios no pagaran la renta por un año, repartiéndose trigo y colmándose de diversiones al pueblo, todo lo cual aumentó su popularidad. Era el ejemplo de lo que podríamos llamar hoy un gobierno populista, que aprovechaba una coyuntura internacional favorable.

      Clodio fue electo tribuno y desde allí desató la persecución contra Cicerón.  –Este ya no tenía el apoyo de Catón, que estaba en Chipre como gobernador y tampoco podía controlar al Senado. Sus enemigos consiguieron por fin que el vencedor de la conspiración de Catilina fuera condenado a  destierro, por hallársele responsable de la muerte de sus secuaces, confiscándosele sus bienes y quemando su casa.

      Pero la siempre complicada vida política romana, dio otra de sus vueltas y en el año 57 Cicerón, reivindicado por Léntulo y Pompeyo - quienes  lo consiguieron reuniendo al pueblo en asamblea-  pudo volver del destierro y se reincorporó al Senado, ocasión en que pronunció otro de sus célebres discursos.

      Clodio terminó sus días muerto por Milón, en un enfrentamiento callejero. Milón no las tenía todas consigo y fue acusado de homicidio.  Cicerón asumió entonces su defensa y pronunció otro de sus admirables discursos, en un alarde de poder oratorio y virtuosismo jurídico para tratar de develar el confuso episodio y volcar sobre Clodio la responsabilidad de su propia muerte. Por último decía:

       “No creo que se diga, jueces, que resentido y ofuscado yo por tantas injurias recibidas del difunto Clodio, hablo de él con más pasión que justicia. Yo tenía, ciertamente, razones particulares para odiarlo pero todos los buenos ciudadanos veían en él  a un enemigo común, todos tenían razones para aborrecerlo...Suponedme por un instante incapaz de haceros absolver a Milón de otra manera que resucitando a Clodio. ¡Qué! ¿Os inmutáis? Si muerto os espanta y os hiela hasta su sombra, ¡qué pavor no os causaría si volviera?...El exterminador de un forajido, aun pregonando su acción ¿ha de temer el rigor de aquellos mismos que su valor ha salvado?” ( Claudio García Editores.- p.119)

      Pero ocurrió que esta vez Cicerón fue incapaz de hacer absolver a Milón. Aunque pudo salvarle la vida, Milón fue condenado a destierro, por 51 votos contra 13 que votaron la absolución.

        No hay abogado que las haya ganado todas y Cicerón no fue la excepción.

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       En todos los países y en todas las épocas, cuando no hay lugar para dos caudillos poderosos que ansían el poder total, es inevitable que  terminen enfrentándose. Así ocurrió también con César y Pompeyo. Craso había muerto.

       El 10 de noviembre del año 49 César cruzó con sus legiones el Rubicón, lo que le estaba vedado,  pronunció –como lo hacían los jugadores de dados-  su célebre “alea jacta est” (la suerte está echada) y terminó derrotando totalmente a Pompeyo  en la batalla de Farsalia, lo que le permitió alzarse  con el poder dictatorial.

      Cicerón en todo ese tiempo fue presa de grandes vacilaciones. Le debía mucho a Pompeyo pero respetaba y admiraba a César, aunque no se le ocultaban sus propósitos. Recuerda Plutarco que en una de sus cartas escribió: “¿A qué lado me volveré cuando Pompeyo tiene para la guerra el motivo más glorioso y honesto, pero César se ha de conducir mejor en esta terrible crisis...” (Ob. cit. p. 1447)

      Finalmente, sus principios pudieron más y se volcó a Pompeyo. Consumada su derrota, cuando lleno de temores se encontró con César, éste lo abrazó y juntos caminaron un buen trecho conversado amistosamente. Pero Cicerón ya no iba a ser el mismo. Se retiró tranquilamente a su refugio de Túsculo, donde  escribió muchos de los tratados y obras  que lo enaltecerían  aún más.

      Las afinidades literarias y filosóficas habían estrechado la amistad entre Cicerón y Marco Bruto, tanto que aquél  le dedicó uno de sus más importantes tratados que tituló “Del Sumo Bien y del Sumo Mal”. A Cicerón le repugnaba la violencia y recordaba que “las acciones de cabeza y consejo son más útiles que  las de la guerra , aunque no de tanto esplendor”. Recordándole a su hijo el asesinato de Tiberio Graco,  repetía unos versos que decían: “Ceda la guerra a la toga y a la elocuencia el laurel” (“Los Oficios” –Clásicos Jackson-  T. XXIV –p. 189) 

      No debe extrañar entonces que, aunque compartía el ideal de Marco Bruto de preservar la república frente a las ambiciones de César, no haya participado de la conjura de los senadores que en los Idus de Marzo del 44, pusieron fin a la vida del dictador, asestándole veintitrés puñaladas. César cayó frente a la estatua que había ordenado levantar en el Senado en honor de Pompeyo. Luego se desató la reacción encabezada por Marco Antonio quien exhibió ante el pueblo la toga ensangrentada del muerto, reclamando su venganza. Antonio, oficial de César en las Galias, hecho a la rudeza de los campamentos y cargado de audacia, anhelaba el poder de César, pero carecía de su carisma e inteligencia.
      Cicerón, ya anciano, se le opuso y con bríos recuperados se lanzó nuevamente a la política que había querido abandonar. Pronuncia entonces sus célebres Filípicas, en las que muestra con brillo su ironía mordaz contra el advenedizo, desplegando, como siempre,  una profunda intensidad emocional. Lo acusa de haber saqueado el templo de Opis, de apoderarse de títulos de los registros  y llevarse riquezas de la casa César. “Con César –le dice- solo puedo compararte en la ambición de reinar; en todo lo demás en manera alguna puedes ser comparado. Entre los muchos males que ha causado César a la República, ha resultado el bien de que el pueblo romano sabe ya lo que debe esperar de cada uno; a quienes puede entregarse y de quienes precaverse ¿No piensas en estas cosas? ¿No comprendes que basta a los varones esforzados haber aprendido que no hay acción más bella, más grato beneficio, ni fama más gloriosa que quitar la vida a un tirano?  Los que no sufrieron a César ¿te sufrirán a ti? A porfía, créeme, correrán en adelante a realizar tal empresa, sin esperar a que se presente ocasión oportuna. Mira, pues, Antonio por la República; te lo ruego encarecidamente. Considera de quiénes naciste y con quiénes vives. Haz conmigo lo que gustes pero reconcíliate con la República. Tú harás de ti lo que te parezca; yo, por mi parte, declaro que en mi juventud defendí la República y no la desamparé en mi vejez. Desprecié las espadas de Catilina y no he de temer las tuyas; antes bien ofrezco gustoso mi vida si a costa de ella recupera Roma su libertad y acaba alguna vez el dolor del pueblo romano arrojando lo que ha tiempo le embaraza.” (Ob. cit. Ed. Claudio García- p. 256).
      La última esperanza de Cicerón fue Octaviano, también conocido como Octavio, el futuro César Augusto, un joven recién llegado a Roma, sobrino e hijo adoptivo de Julio César. Los senadores pensaron utilizar el prestigio de su nombre y su herencia, como foma de deshacerse de Antonio, pero después de apoyarlo resultaron burlados, pues ambos se entendieron con el otro pretendiente del poder, Lépido, para constituir el segundo triunvirato, repartiéndose los dominios del ya incipiente imperio.
             Comenzaron entonces las proscripciones y Antonio obtuvo la de su antiguo enemigo Cicerón. Perseguido por el centurión Herenio y el tribuno Popilio a quien había defendido, Cicerón trató de huir, pero fue entregado por un liberto de su hermano Quinto, quien indicó el camino que seguía. Cansado al fin, víctima tal vez del “taedium vitae”, hizo detener la litera que lo transportaba y enfrentándose a sus perseguidores les presentó su garganta. Herenio le asestó el tajo fatal. Fue entonces que Antonio ordenó que las manos y la cabeza de Cicerón se exhibieran en la tribuna de Los Rostros de Roma. Ese lugar –que todavía se conserva entre las ruinas del viejo Foro- era el que utilizaban quienes, no disponiendo de ninguna tribuna para hacerlo, deseaban discursear en público. No podía existir peor afrenta para la memoria de alguien que había hecho de la elocuencia su principal atributo.

      Antonio, que controlaba los dominios de Oriente y estaba casado con la hermana de Octaviano, se enredó en amores con Cleopatra, con quien pretendía compartir el gobierno de Egipto, en tanto elevaba a la categoría de Faraón, a Cesarión, el hijo que Julio César había tenido con aquella.

      Como todos bien lo sabemos, todo esto terminó en un nuevo enfrentamiento. Octaviano, agraviado por la conducta de Antonio, hizo público el testamento de este último, en el que designaba a Cleopatra como heredera y pedía que a su muerte sus restos fueran inhumados junto a los de su amada. Esto terminó por indignar al pueblo romano, lo que Octaviano aprovechó para entrar en guerra contra su ex compañero de triunvirato, al igual que su tío lo había hecho antes con Pompeyo. Para entonces, Marco Bruto, el último de los amigos de Cicerón, angustiado por la carga de ingratitud y la sospecha de parricidio -pues se le tenía como hijo ilegítimo de César- había caído derrotado en Macedonia, dándose muerte al arrojarse contra una espada.

      La batalla de Actium, la más grande de la historia hasta ese momento, en la que se enfrentaron decenas de miles de soldados por ambos lados y cientos de embarcaciones, le dio la victoria al joven que más tarde asumiría como “princeps” - bajo el nombre de César Augusto- el Imperio más grande de la tierra.

      Cicerón fue rehabilitado y su hijo fue designado cónsul por el propio Octavio. El Senado ordenó quitar las estatuas de Antonio; se le retiraron todos los honores, decretándose además que, en adelante, ninguno de la familia de los Antonios pudiera tener el nombre de Marco.

      “Por este medio –cuenta Plutarco-  parece que una superior providencia reservó para la casa de Cicerón el fin del castigo de Antonio” (ob. cit. p.1456)

 

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       Aunque Demóstenes y Cicerón estuvieron unidos por la común pasión patriótica y republicana y en la muerte, porque sucumbieron cuando la libertad por la que habían luchado,  desaparecía, es necesario coincidir con Plutarco en que tuvieron también serios defectos, en la faz propiamente humana.
      Más de dos siglos los separaban en el tiempo, pero Cicerón conocía la obra y el estilo de Demóstenes y lo admiraba profundamente. Cuando se le preguntó en cierta ocasión cuál de los discursos de Demóstenes apreciaba más, contestó sin vacilaciones: “el más largo”. El propio Cicerón adjudicó la denominación de “Filípicas” a sus discursos contra Marco Antonio y si se comparan las piezas oratorias de uno y otro se encuentran recursos comunes, propios del ejercicio dialéctico de aquellos tiempos. Uno y otro se valen frecuentemente de interrogantes e imprecaciones:  “¿Dónde encontraré palabra bastante injuriosa para calificarte?”, le pregunta Demóstenes a Esquines; “¿Vacilas en huir de la vista y presencia de aquellos cuyas ideas y sentimientos ofendes?, le increpa Cicerón a Catilina. Es frecuente que ambos invoquen también a “los dioses inmortales”. Pero en ambos, pese al tiempo y la distancia, se puede seguir con perfecto orden el hilo de sus razonamientos e imaginarlos plenamente con la potencia magistral de sus declamación, más allá de que tuvieran o no razón en la posición que defendían. Decía Cicerón: “El oficio de un juez es seguir siempre en las causas la verdad; el de orador (abogado) es a veces defender lo verosímil, aunque no sea lo más verdadero”. Sutil diferencia, si se quiere, que mitigaba afirmando que se debería guardar con exactitud de  precepto, “la obligación de no acusar jamás a un inocente”, porque, preguntaba: “¿Qué mayor crueldad que convertir en perjuicio y ruina de los buenos este don de la elocuencia que la naturaleza puso en nosotros para bien y conservación de los hombres?” (“Los Oficios” ob. cit. p. 240)
       Sabía Cicerón que no siempre  los jueces se atienen a la búsqueda de la verdad y que desgraciadamente pueden dejarse influenciar para apartarse de ella.  En una carta dirigida a su amigo Atico, le recuerda  una contienda con el no menos célebre jurisconsulto Hortensio y le dice: “ Yo recogí velas...y si tu me preguntas el motivo de la absolución yo te diré... que se debió a la pobreza de los jueces y a su deshonestidad.” Se refería a Clodio. Y le advertía al absuelto: “No, Clodio, tú te engañas, no es la permanencia en Roma , es la prisión lo que te reserva la absolución de los jueces...Aún subsiste en la República la unión de la gente de bien, la gente honesta tiene un motivo más de dolor, pero su valentía no ha disminuido...” Ese era el estilo de Cicerón. Por encima de todo luchaba con fé para que se hiciera justicia y no cejaría hasta obtenerla .

      Pero tanto Demóstenes como Cicerón, cuyas virtudes ha recogido la posteridad, compartían un defecto: la arrogancia, algo en lo que suelen incurrir quienes gozan del favor del gran público. Por algo los abogados tienen algo de actores. Esta debilidad de carácter,  puede decirse que fue la causa de muchas de las dificultades que ambos debieron afrontar.

      Demóstenes no debió aceptar la corona que se le ofreció en nombre del pueblo, porque la ley democrática griega lo prohibía y, aunque los jueces le dieron la razón, siempre deberá recordarse  la advertencia de Esquines, cuando les preguntó: “Habéis olvidado que la opresión de los tribunales fue siempre el preludio de la tiranía? (Clásicos Jackson T. 40 p.79)

En cuanto a Cicerón, la vanidad le hacía perder pie, cuando decía en su tercera Catilinaria: “yo he preservado a Roma del incendio, a los ciudadanos del exterminio, a Italia de la guerra... todos los demás han recibido semejante honor por haber servido a la República, yo por haberla salvado”  (Ob. cit. Ed. C. García p. 75) Si sus méritos eran grandes, su arrogancia era mayor y eso lo llevó a despreciar la prevención de Julio César, en el discurso en que pedía moderación para el castigo de Catilina y sus cómplices, que encabezó con estas sabias palabras: “Los que han de dar dictamen en negocios graves y dudosos deben estar desnudos de odio, de amistad, de ira y compasión. No es fácil que el ánimo descubra entre estos estorbos la verdad, ni nadie acertó jamás siguiendo su capricho.” (Ob. cit. Jackson T. XIX  p. 169)

Cuando las vueltas de la política  lo llevaron a sufrir por ello la persecución y el destierro, lejos de recordar aquella advertencia, y evocando su obra, le seguía diciendo a su hijo: “porque bien puedo vanagloriarme así contigo, hijo mío Marco, a quien toca la herencia de esa gloria y la imitación de mis hechos.” (“Los Oficios” ob. cit. p. 190) Así también era Cicerón.

Es bueno recordar los defectos de los grandes personajes, para no perder de vista la humanidad de su grandeza.

Demóstenes y Cicerón seguirán siendo para siempre los abogados de la libertad.

                                                                 

 

                         Demóstenes                                     Cicerón

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El conteo comenzó el 1/1/2014